martes, 8 de enero de 2013

Jesús ama, se compadece de los necesitados y satisface sus necesidades

¡Amor y paz!

Continuamos recibiendo los "signos" que Jesús nos da. Para comprenderlos mejor, hoy incluiremos la 1a. lectura que, junto al salmo y el Evangelio, se proclaman en la Eucaristía diariamente. Esta vez se trata de la Primera carta de Juan, y cuya afirmación más profunda es que Dios nos ha amado primero y que su amor se ha manifestado en que nos ha enviado a su Hijo como Salvador de todos.

Todo lo demás es consecuencia y respuesta. La que insistentemente nos repite la carta es: «amémonos unos a otros», porque todos somos hijos de ese Dios que ama, y por tanto hermanos los unos de los otros.

El evangelio, por su parte, destaca el mejor ejemplo de amor, el de Cristo Jesús, tal como aparece ya en sus primeras intervenciones como misionero del Reino, y como seguirá a lo largo de su vida: siempre atiende a los que sufren.

Jesús predica a las multitudes la Palabra, porque se compadece de ellas. Pero no sólo les predica sino que las alimenta generosamente. El Movimiento Fratres se ha dedicado hasta ahora a proclamar el Evangelio. En adelante se ocupará también, a su manera, de la sanación y el alimento.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este martes del tiempo de Navidad después de la Epifanía del Señor.

Dios los bendiga...

Epístola I de San Juan 4,7-10.
Queridos míos, amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios, y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. Así Dios nos manifestó su amor: envió a su Hijo único al mundo, para que tuviéramos Vida por medio de él. Y este amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero, y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados. 
Evangelio según San Marcos 6,34-44. 
Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato. Como se había hecho tarde, sus discípulos se acercaron y le dijeron: "Este es un lugar desierto, y ya es muy tarde. Despide a la gente, para que vaya a las poblaciones cercanas a comprar algo para comer". El respondió: "Denles de comer ustedes mismos". Ellos le dijeron: "Habría que comprar pan por valor de doscientos denarios para dar de comer a todos". Jesús preguntó: "¿Cuántos panes tienen ustedes? Vayan a ver". Después de averiguarlo, dijeron: "Cinco panes y dos pescados". Él les ordenó que hicieran sentar a todos en grupos, sobre la hierba verde, y la gente se sentó en grupos de cien y de cincuenta. Entonces él tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los fue entregando a sus discípulos para que los distribuyeran. También repartió los dos pescados entre la gente. Todos comieron hasta saciarse, y se recogieron doce canastas llenas de sobras de pan y de restos de pescado. Los que comieron eran cinco mil hombres. 
Comentario

"Amor", "amar", son las palabras que resuenan con insistencia en la primera lectura de hoy. Son palabras tan usadas que ya casi no significan nada, o significan muchas cosas que no son ni verdadero amor, ni verdadero amar.

Hemos leído una definición sublime de Dios, no por sublime menos comprensible: "Dios es amor", un amor operativo, activo, que se ha volcado sobre nuestro mundo necesitado dándonos la salvación en su hijo Jesucristo, cuyo nacimiento estamos acabando de celebrar en este tiempo de Navidad y Epifanía. Se nos exhorta a que también nosotros nos amemos, como Dios nos ama; Él nos ha tomado la delantera, nos ha amado primero, para movernos a obrar como Él.

No se trata de cumplir muchas leyes, muchos mandamientos o normas. Se trata simplemente de amar a nuestros hermanos, de manifestarles nuestro amor en el servicio, como nos ha servido Dios en su Hijo Jesucristo al cual hizo "propiciación", es decir, rescate, expiación, perdón, pago y cancelación de nuestros pecados: aquellos que cometemos contra nuestros hermanos, que son, por eso, pecados contra nuestro Padre Dios.

En el Evangelio, al igual que ayer Mateo, hoy Marcos nos presenta a Jesús en plena actividad: predica a las multitudes la Palabra, porque se apiada de ellas que estaban como ovejas sin pastor. Pero no solamente les predica sino que las alimenta generosa, gratuitamente. Palabra y sanación. Palabra y alimento. 

Como debemos hacer nosotros: proclamar el Evangelio, la buena noticia de la salvación que Dios nos otorga en Jesucristo; y luchar para que la Palabra se haga realidad en una sociedad más justa, en la cual los hijos de Dios podamos vivir dignamente como tales.

Claramente se nos dice en este pasaje que el Evangelio proclamado se debe hacer realidad en la existencia de quienes lo reciben. Los milagros de Jesús, que tanto nos asombran y nos intrigan, no son actos de magia para dominar a los demás, son signos de lo que dicen las palabras: solidaridad, justicia, paz. 

La Eucaristía celebrada como un signo de compartir, de estar unidos, debe hacerse realidad en nuestros pueblos aquejados de hambre, desempleo, ignorancia, violencia. Este es el "programa" de Jesús, y debe ser nuestro programa a lo largo del año.

Servicio Bíblico Latinoamericano

lunes, 7 de enero de 2013

Jesús señala un nuevo rumbo para nuestra vida

¡Amor y paz!

Esta es la semana de los "signos", de las "epifanías": la Iglesia nos propone un cierto número de gestos que "manifiestan" a Cristo.  Hoy, el Evangelio nos narra que habiendo oído que Juan había sido preso, Jesús se retiró a Galilea. Dejando Nazaret, se fue a morar en Cafarnaúm, ciudad situada a orillas del mar, en los términos de Zabulón y Neftalí.

Este gesto tiene una significación misionera. Galilea era una provincia en la que convivían varias razas, una "feria de gentiles", un camino de invasión, un país abierto por donde pasaban las caravanas que iban hacia el mar.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este lunes del tiempo de Navidad, después de la Epifanía.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Mateo 4,12-17.23-25.
Cuando Jesús se enteró de que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea. Y, dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: ¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, país de la Transjordania, Galilea de las naciones! El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en las oscuras regiones de la muerte, se levantó una luz. A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: "Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca". Jesús recorría toda la Galilea, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias de la gente. Su fama se extendió por toda la Siria, y le llevaban a todos los enfermos, afligidos por diversas enfermedades y sufrimientos: endemoniados, epilépticos y paralíticos, y él los curaba. Lo seguían grandes multitudes que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania. 
Comentario

La palabra de Dios tiene muchas dimensiones. Las palabras humanas contienen la palabra de Dios y por eso se alargan más allá de sí mismas. Un versículo del evangelio puede convertirse en una fuente de inspiración y de vida; puede impulsar todo un camino de espiritualidad; puede dar nacimiento a nuevas formas de vida carismática.

En el texto del evangelio de doy se ponen de relieve varios aspectos. Estos cinco al menos. Podemos detener amorosamente nuestra atención para contemplarlos todos y cada uno de ellos:

1. El arresto de Juan el Bautista fue significativo para Jesús. El destino de su maestro le hace cambiar de lugar. Deja Nazaret y se establece en Cafarnaúm, junto al lago. Este va a ser su centro de operaciones.

2. El evangelista da una interpretación profética de este hecho. Y lo conecta con el tema de la luz. Jesús es la luz en la Galilea de los gentiles; ilumina al pueblo que habitaba en las tinieblas de la muerte. La misión de Jesús tiene dos dimensiones distintas y complementarias:

3. Es proclamación del evangelio del reino. Jesús es heraldo del reino de Dios, es su profeta y anunciador. Y el reino es un evangelio. Es una gran buena noticia para todos. No es una amenaza apocalíptica. Jesús recorre las sinagogas. Predica y enseña; es profeta y maestro.

4. La misión de Jesús incluye también la sanación, la curación de los enfermos. Su misión es decir y hacer, proclamación y transformación. El texto de Mateo hace un sumario sobre la actividad taumatúrgica de Jesús.

5. La respuesta a la proclamación del reino y a las curaciones es el seguimiento. Las multitudes siguen a Jesús. Vienen a él de todos partes. Jesús es la nueva referencia. Señala en nuevo rumbo de sus vidas.

Bonifacio Fernández
Clareatianos 2003