domingo, 16 de febrero de 2020

“No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento”

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio, a la manera de la lectio divina, en este VI Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A.

Dios nos bendice...

Lectio Divina: 6 º Domingo del Tiempo Ordinario (A)
Lectio
Domingo, 16 de febrero de 2020
La nueva “justicia”
Así fue dicho a los antiguos; pero yo os digo…
Mateo 5,17-37
1. LECTIO
a) Oración inicial
” Habla, Señor, que tu siervo escucha.” ¡Háblanos en este momento, Señor! Queremos acoger tu Palabra, permitir que esta página del evangelio entre en nuestra vida para que ilumine y fortalezca nuestro camino, anime y transforme nuestras actitudes. Todos deseamos madurar en el camino de la escucha de tu Palabra para que nuestro corazón sea transformado.
En nosotros existe el deseo de leer y comprender esperando de tu bondad y generosidad ser guiados en la comprensión de tu Palabra. Que tu hablar a nuestro corazón no encuentre ningún obstáculo o resistencia. Que tu Palabra de vida no recorra en vano  el desierto árido de nuestra vida. Entra en el vacío de nuestro corazón con la fuerza de tu Palabra; ven a ocupar un lugar en nuestros pensamientos y sentimientos, ven a vivir en nosotros con la luz de tu Verdad.
b) Lectura del Evangelio: Mateo 5,17-37
17 "No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento.
18 Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda.
19 Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.
20 "Porque os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.
21 "Habéis oído que se dijo a los antepasados:  No matarás;  y aquel que mate será reo ante el tribunal.
22 Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano "imbécil", será reo ante el Sanedrín; y el que le llame "renegado", será reo de la gehenna de fuego.
23 Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti,
24 deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda.
25 Ponte enseguida a buenas con tu adversario mientras vas con él por el camino; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al guardia, y te metan en la cárcel.
26 Yo te aseguro: no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo.
27 "Habéis oído que se dijo:  ‘No cometerás adulterio. ‘
28 Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón.
29 Si, pues, tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehenna.
30 Y si tu mano derecha te es ocasión de pecado, córtatela y arrójala de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo vaya a la gehenna.
31 "También se dijo: El que repudie a su mujer, que le dé acta de divorcio.
32 Pues yo os digo: Todo el que repudia a su mujer, excepto el caso de fornicación, la hace ser adúltera; y el que se case con una repudiada, comete adulterio.
33 "Habéis oído también que se dijo a los antepasados:  No perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos.
34 Pues yo digo que no juréis en modo alguno: ni por el  Cielo , porque es  el trono de Dios,
35 ni por  la Tierra,  porque es  el escabel de sus pies;  ni por  Jerusalén , porque es  la ciudad del gran rey.
36 Ni tampoco jures por tu cabeza, porque ni a uno solo de tus cabellos puedes hacerlo blanco o negro.
37 Sea vuestro lenguaje: "Sí, sí"; "no, no": que lo que pasa de aquí viene del Maligno.
c) Momento de silencio orante
El silencio crea una atmósfera interior de intimidad y, al mismo tiempo, esponja nuestro espíritu para saborear la Palabra.
2. MEDITATIO
a) Clave de lectura
Mt 5-7: El contexto del “Discurso de la montaña.”
Jesús presenta a las muchedumbres que van a él para escucharlo, un discurso que sorprende por la autoridad que lo envuelve: les comunica a ellas con energía las exigencias de una vida centrada en la realidad de ser hijos de Dios y en la fraternidad con todos. Su intención es  dar pleno sentido  al precepto de la ley hebraica.
Al colocar este primer discurso de Jesús en la montaña el evangelista ha querido llevar a la mente del lector la imagen de Moisés que da la Ley en el monte Sinaí
(Ex 24,9). Esta enseñanza se lleva a cabo estando Jesús sentado, posición que recuerda la postura del rabino hebraico que interpreta la Escritura a sus discípulos. Es difícil captar la riqueza de los temas que recorren este largo discurso, tanto que algunos estudiosos prefieren llamarlo “ las palabras evangélicas de Jesús.”
Nuestro texto litúrgico va precedido de un exordio en el que se presentan las bienaventuranzas como cumplimiento de la Ley ( Mt 5,3-16). El mensaje de Jesús en este principio se centra en la felicidad en sentido bíblico, que pone al hombre en la justa relación con Dios y, en consecuencia, con la totalidad de la vida: una felicidad en relación con la  misma realidad del reino de los cielos. En una segunda parte se desarrolla el tema de la “justicia” del reino de los cielos (5,17-7,12). Al fondo de este último extenso contexto se encuentra la enseñanza de Jesús que escuchamos en la liturgia de la Palabra de este domingo ( 5,17-37).
Mt 5,17: Jesús cumplimiento de la Ley y de los Profetas
En estas primeras afirmaciones Jesús se presenta como aquel que “cumple la Ley”: "No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento” (v.17). Jesús declara que él es el cumplimiento de la Ley. El lector comprende  las consecuencias de estas palabras de este modo: sólo a través de él se puede entrar en el reino de los cielos, incluso el más pequeño de los mandamientos adquiere sentido a través de su persona. Es como decir que Jesús es la medida para entrar en el reino de los cielos: cualquiera, pequeño o grande, depende de la elección de dejarse conducir por aquel que cumple la Ley y los Profetas. De ahora en adelante, la Ley, la enseñanza de los profetas, la justicia, adquieren su verdadera profundidad salvífica a partir del vínculo con su persona.
El lector sabe que en el Antiguo Testamento estas realidades se veían como separadas y diferentes entre sí: la Ley contenía la voluntad de Dios; la justicia expresaba el compromiso humano por observar los contenidos de la voluntad de Dios presentes en la Ley; los Profetas, exégetas de la Ley, eran los testimonios del cumplimiento de la fidelidad de Dios en la historia. En la persona de Jesús estas tres realidades se unifican: encuentran en él su sentido y valor. Jesús declara abiertamente que ha venido a cumplir la Ley y los Profetas. ¿Qué quiere decir esta afirmación de Jesús? ¿Qué quiere decir “la Ley y los Profetas”? No se puede pensar que Jesús cumpla las profecías (en el sentido literal) de la Ley y de los Profetas, sino, más bien, las enseñanzas de la Ley y de los Profetas. Pero, de modo particular, ¿qué significa “abolir”, “cumplir” las enseñanzas de la Ley y de los Profetas? La respuesta se presenta en dos niveles. El primero mira hacia la enseñanza de Jesús, que no cambia los contenidos de la Ley y de los Profetas cuya función era didáctico-instructiva; en efecto, Mateo considera a los Profetas como los testimonios del mandamiento del amor ( Os 6,6// Mt 9,13; 12,7). El que Jesús lleve al cumplimiento de las enseñanzas de la Ley y de los Profetas puede significar que él  los “manifiesta en su significado”, “los lleva a su completa expresión” (U. Luz); y excluye el significado de “invalidar”, “abolir”, “no observar”, “infringir”.
El segundo nivel implica el actuar de Jesús: ¿cambia o no la misma ley? En este caso cumplir la Ley podría significar que Jesús con su comportamiento añade algo que falta o bien lo lleva a cumplimiento, perfecciona las enseñanzas de la Ley. Más concretamente: Jesús en su vida, con su obediencia al Padre, “cumple” las exigencias que nacen de la Ley y de los Profetas; en definitiva, observa completamente la Ley. Más plenamente: por medio de su muerte y resurrección Jesús ha cumplido la Ley. Pensamos que el énfasis se pone en el comportamiento de Jesús: con la obediencia y la práctica ha cumplido la Ley y los Profetas.
Mt 5,19: Jesús que enseña la voluntad del Padre es el cumplimiento de la Ley.
No se le evita al lector el uso del verbo “actuar y enseñar”: los preceptos de la Ley para “quien los observe y enseñe.” Tales aspectos recogen totalmente la imagen global de Jesús en el pensamiento de Mateo: Jesús que enseña la voluntad de Dios y el cumplimiento de la Ley es el hijo obediente del Padre (3,13-4,11). Aquí está el modelo de comportamiento que se pone ante nosotros en esta página del evangelio. Ciertamente el énfasis está en el cumplimiento de la Ley por medio de la obediencia, pero esto no excluye un cumplimiento mediante su enseñanza. No hemos de olvidar que a Mateo le es muy querida la unidad entre la práctica y la enseñanza de Jesús; es maestro en la obediencia y en la práctica. Sin embargo la prioridad la tiene la praxis como se deduce de la amonestación de guardarse de los pseudoprofetas en 7,20: “Por sus frutos los conoceréis.” Es interesante notar que Mateo utiliza este verbo cumplir, llevar a plenitud, sólo para Jesús: sólo él cumple la Ley, sólo su persona presenta las características de la plenitud. Aquí radica su autorizada exhortación, que para nosotros se convierte en un “envío”, una tarea de cumplir en plenitud la Ley: “Yo os digo…” (vv.18.20).
Mt 5,20: Jesús cumple la justicia.
Este modo de cumplir Jesús la justicia se distingue de los modos como lo entienden y viven en el judaísmo; en Jesús se presenta un nuevo estilo de justicia: "Porque os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos” (v.20). Los escribas son los teólogos y los intérpretes oficiales de la Escritura (5,21-48), los fariseos, en cambio, son los laicos comprometidos de aquel tiempo, atados excesivamente a las prácticas de piedad (6,1-18). La justicia practicada por estos dos grupos no es suficiente, no puede servir de modelo: esta impide entrar en el reino de los cielos. Los destinatarios de esta exhortación son, en el fondo, los discípulos; es una reflexión para nosotros. Ciertamente la voluntad de Dios está relacionada con la Ley, pero es Jesús quien encarna un nuevo modo de poner en práctica la justicia. Jesús quiere una “justicia más grande”, ¿qué quiere decir esto? La de los escribas y fariseos está en relación con la justicia de los hombres; la justicia que Jesús predica, en cambio, exige una justicia más consistente, sensiblemente mayor a la practicada por el judaísmo. En qué consiste este “mayor” nuestro texto no lo esclarece de modo inmediato. Se hace necesario leer lo que sigue en la enseñanza de Jesús.
Mt 5,20: La radicalidad de la justicia predicada por Jesús.
No se trata de enfatizar de modo radical algunos mandamientos de la Ley; más bien es primordial que sea el mandamiento del amor el centro de estos mandamientos particulares. El “mayor” cuantitativo va encaminado a reforzar el aspecto cualitativo delante de Dios: el mandamiento del amor. La comunidad creyente es llamada a subordinar al mandamiento del amor, considerado como central, los numerosos mandamientos de la Ley. No hay tensión entre los preceptos particulares y el mandamiento del amor. Las instrucciones de Jesús se hacen vinculantes en la línea con las enseñanzas legales veterotestamentarias. Para Jesús no hay ninguna oposición entre las prescripciones particulares de la Ley y el mandamiento del amor: se han de considerar en una relación armoniosa porque en esta relación conjunta nos viene ofrecida la voluntad de Dios ( U. Luz).
Mt 5,23-25: ¿Cómo ha de ser la relación entre los hermanos? Después de las exigencias radicales que insisten en la invitación a seguirlo, Jesús afronta el argumento de las relaciones fraternas. No basta circunscribir todo al compromiso del acto externo de no matar: "Habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás…” (v.21). Es indispensable romper esta normativa tan limitada, aunque también radical: ¡no matarás! El quinto mandamiento recomendaba el respeto a la vida (Ex 20,13; Dt 5,17). Ahora se propone una profundización o un horizonte completamente nuevo en el espíritu del decálogo. Si no se permite matar físicamente a una persona quiere decir que se permite hacerlo de otros modos: el odio, la ofensa, la maldad, el desprecio, la ira, la injuria. En la perspectiva, completamente nueva, del Discurso de la Montaña cada falta de amor hacia el prójimo conlleva la misma culpabilidad del homicidio. De hecho, la cólera, la ira, el desprecio del otro nacen de un corazón desprovisto de amor. Para Jesús no se infringe la Ley solamente matando, sino también con todas aquellas acciones que pretenden destruir o “frustrar” al otro.
Jesús no trata la cuestión de quién está equivocado o quién tiene razón sino que quien “ofende al hermano o lo calumnia públicamente no tiene ya ningún espacio delante de Dios porque es un homicida.” (Bonhoeffer, Sequela 120). De aquí la severidad que niega el valor del óbolo, del culto, de la oración y la celebración eucarística. Quien se ha separado del hermano también se ha separado de la relación con Dios. Necesita entonces una reconciliación previa con el hermano que tiene algo contra él: contra ti, no tú contra él. Se da una novedad en esta palabra, aunque no fácil de compartir. A un hermano mío que tiene “algo contra mí” le respondo yendo hacia él: “ve primero a reconciliarte”, sin  aumentar la distancia. No es sólo cuestión de querer perdonar: es urgente reconstruir las relaciones fraternas porque el bien del hermano es el bien mío. Jesús dice: “Ve primero…” En primer lugar, antes de rezar, antes de dar, antes que el otro de el primer paso, está el movimiento de mi corazón, de mi cuerpo hacia el otro. Este ir hacia el otro tiene la finalidad de recomponer el desgarro; un movimiento que tiende a la reconciliación.
b) Algunas preguntas
Para orientar la meditación y la actualización
- ¿Estás siempre, en tu vida, abierto a la llamada de Jesús a una justicia más grande? ¿Eres consciente de no estar aún en la justicia plena?
- ¿En la práctica de la justicia te confrontas con el actuar de Dios? ¿No sabes que la justicia de vivir nuevas relaciones humanas nos es dada? Una confirmación la encontramos en las palabras del apóstol Pablo: “y ser hallado en él, no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios, apoyada en la fe” (Fil 3,9).
- ¿La expresión de Jesús “pero yo os digo” es para nosotros un imperativo o un mandamiento teórico? ¿Somos conscientes de que la justicia siempre más grande no es otra que la continua disponibilidad a confrontarse con la existencia de Cristo, el solo justo (Lc 23,47)?
- ¿Nuestra justicia se compromete a imitar algo de la justicia de Dios, de su gratuidad, de su creatividad? Dios nos hace justos, nos libera de la parálisis del pecado; una vez hechos libres ¿transmitimos recíprocamente esta liberación, practicando una justicia que no juzga sino que nos hace siempre abiertos a los otros, que, de hecho, crea para los otros espacios de un posible retorno a una vida auténtica?
3. ORATIO
a) Salmo 119(118),1-2.4-5.17-18.33-34
El Salmo nos invita a obedecer la ley del Señor con todo el empeño personal. Esta posibilidad no es sólo una obligación exterior sino un don concedido al hombre que pone su confianza en Dios. La práctica de la justicia nueva para entrar en el reino de los cielos no puede nacer sólo de un empeño individualita sino de un diálogo familiar y constante con la Palabra de Dios.
Dichoso el que, con vida intachable,
Camina en la voluntad del Señor.
Dichoso el que, guardando sus preceptos
Lo busca con todo el corazón.
Tú promulgas tus decretos
Para que se observen exactamente.
Ojalá esté firme mi camino,
para cumplir tus consignas.
Haz bien a tu siervo: viviré
Y cumpliré tus palabras;
Ábreme los ojos, y contemplaré
las maravillas de tu voluntad.
Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes,
y lo seguiré puntualmente;
Enséñame a cumplir tu voluntad
y a guardarla de todo corazón.
b) Oración final
 La Palabra que hemos escuchado y meditado se nos presenta fuerte, Señor y ha puesto en crisis nuestra actitud: “Ve primero a reconciliarte”. En primer lugar, antes de presentarnos ante el altar, antes de presentar nuestras cosas y entregarlas con amor, antes que sea el hermano quien tome la iniciativa, ayuda a nuestro corazón a realizar aquel movimiento que arregla el conflicto, el desgarro  , de este modo, recomponer la armonía perdida.
4. CONTEMPLATIO
San Juan Crisóstomo nos invita con fuerza y firmeza: “ Cuando te resistes a perdonar a tu enemigo, te ocasionas una injuria a ti no a él. Esto que estás preparando es un castigo para ti en el día del juicio.” (Discurso 2,6). Déjate transformar por el amor de Dios, para cambiar la vida, para convertirte, para volver al camino de la vida.
Orden de los Carmelitas