sábado, 19 de diciembre de 2020

«No temas, Zacarías, porque tu ruego ha sido escuchado»

 ¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar la Palabra de Dios, en este sábado de la Feria Privilegiada de Adviento..

Dios nos bendice…

Hoy, sábado, 19 de diciembre de 2020 


Primera lectura
Lectura del libro de los Jueces (13,2-7.24-25a):

EN aquellos días, había en Sorá un hombre de estirpe danita, llamado Manoj. Su esposa era estéril y no tenía hijos.
El ángel del Señor se apareció a la mujer y le dijo:
«Eres estéril y no has engendrado. Pero concebirás y darás a luz un hijo. Ahora guárdate de beber vino o licor, y no comas nada impuro, pues concebirás y darás a luz un hijo. La navaja no pasará por su cabeza, porque el niño será un nazir de Dios desde el seno materno. Él comenzará a salvar a Israel de la mano de los filisteos».
La mujer dijo al esposo:
«Ha venido a verme un hombre de Dios. Su semblante era como el semblante de un ángel de Dios, muy terrible. No le pregunté de dónde era, ni me dio a conocer su nombre. Me dijo: “He aquí que concebirás y darás a luz un hijo. Ahora, pues, no bebas vino o licor, y no comas nada impuro; porque el niño será nazir de Dios desde el seno materno hasta el día de su muerte”».
La mujer dio a luz un hijo, al que puso de nombre Sansón. El niño creció, y el Señor lo bendijo. El espíritu del Señor comenzó a agitarlo.

Palabra de Dios

Salmo
Sal 70,3-4a.5-6ab.16-17

R/. Que se llene mi boca de tu alabanza,
y así cantaré tu gloria.

V/. Sé tú mi roca de refugio,
el alcázar donde me salve,
porque mi peña y mi alcázar eres tú.
Dios mío, líbrame de la mano perversa. R/.

V/. Porque tú, Señor, fuiste mi esperanza
y mi confianza, Señor, desde mi juventud.
En el vientre materno ya me apoyaba en ti,
en el seno tú me sostenías. R/.

V/. Contaré tus proezas, Señor mío;
narraré tu justicia, tuya entera.
Dios mío, me instruiste desde mi juventud,
y hasta hoy relato tus maravillas. R/.

Evangelio de hoy
Lectura del santo evangelio según san Lucas (1,5-25):

EN los días de Herodes, rey de Judea, había un sacerdote de nombre Zacarías, del turno de Abías, casado con una descendiente de Aarón, cuyo nombre era Isabel.
Los dos eran justos ante Dios, y caminaban sin falta según los mandamientos y leyes del Señor. No tenían hijos, porque Isabel era estéril, y los dos eran de edad avanzada.
Una vez que Zacarías oficiaba delante de Dios con el grupo de su turno, según la costumbre de los sacerdotes, le tocó en suerte a él entrar en el santuario del Señor a ofrecer el incienso; la muchedumbre del pueblo estaba fuera rezando durante la ofrenda del incienso.
Y se le apareció el ángel del Señor, de pie a la derecha del altar del incienso. Al verlo, Zacarías se sobresaltó y quedó sobrecogido de temor.
Pero el ángel le dijo:
«No temas, Zacarías, porque tu ruego ha sido escuchado: tu mujer Isabel te dará un hijo, y le pondrás por nombre Juan. Te llenarás de alegría y gozo, y muchos se alegrarán de su nacimiento. Pues será grande a los ojos del Señor: no beberá vino ni licor; estará lleno del Espíritu Santo ya en el vientre materno, y convertirá muchos hijos de Israel al Señor, su Dios. Irá delante del Señor, con el espíritu y poder de Elías, “para convertir los corazones de los padres hacía los hijos”, y a los desobedientes, a la sensatez de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto».
Zacarías replicó al ángel:
«¿Cómo estaré seguro de eso? Porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada».
Respondiendo el ángel, le dijo:
«Yo soy Gabriel, que sirvo en presencia de Dios; he sido enviado para hablarte y comunicarte esta buena noticia. Pero te quedarás mudo, sin poder hablar, hasta el día en que esto suceda, porque no has dado fe a mis palabras, que se cumplirán en su momento oportuno».
El pueblo, que estaba aguardando a Zacarías, se sorprendía de que tardase tanto en el santuario. Al salir no podía hablarles, y ellos comprendieron que había tenido una visión en el santuario. Él les hablaba por señas, porque seguía mudo.
Al cumplirse los días de su servicio en el templo, volvió a casa. Días después concibió Isabel, su mujer, y estuvo sin salir de casa cinco meses, diciendo:
«Esto es lo que ha hecho por mí el Señor, cuando se ha fijado en mí para quitar mi oprobio ante la gente».

Palabra del Señor

Reflexión


El Adviento es el tiempo de la esperanza. Pero, ¿qué sucede cuando la esperanza ya no parece posible? ¿cuándo estamos, literalmente, desesperados, tal vez en alguna área concreta de nuestra existencia, o, puede ser, en relación con nuestra vida entera?


La esterilidad era en la antigüedad una situación de desesperanza, y no sólo para la mujer, sino también para su marido, que se sentía despojado de la descendencia que perpetuara su apellido. Por eso se consideraba un oprobio, una vergüenza, un castigo divino. Y si a la esterilidad se añade la vejez, entonces la desesperanza se refuerza con la perspectiva de una próxima muerte. Si en situaciones de crisis, dificultad y sufrimiento la esperanza nos fortalece, nos consuela, nos ayuda a seguir caminando, la desesperanza significa que al sufrimiento presente se añade la falta de perspectivas en el futuro.
 

La Palabra de Dios hoy quiere responder a todas las formas de desesperanza que afligen el corazón humano. Si la esperanza es proclamada por los profetas, responder a la desesperanza es cosa de la que se ocupa directamente Dios. Por eso son ángeles los heraldos de las buenas noticias que nos curan de la desesperación. Aquí Dios no sólo cumple las promesas (que generan nuestra esperanza), sino que actúa como creador de la nada (de la esterilidad y la vejez). La salvación que Dios nos ofrece en Cristo es una restauración, pero también una verdadera recreación, una creación nueva, que abre horizontes donde parecía haber callejones sin salida.
 

Pero Dios no quiere actuar sin contar con nosotros. Por eso, a su acción salvífica precede un diálogo en el que se anuncia lo que Dios se dispone a hacer, y se solicita la cooperación humana. Hoy nos encontramos con las dudas de Zacarías, tocadas por un deje de escepticismo. Este anciano sacerdote del Antiguo Testamento representa una alianza ya envejecida, que se ha cansado de esperar y ya no cree que nada pueda cambiar, que pueda acontecer algo nuevo. La falta de confianza, fe y esperanza nos vuelven mudos. Podemos como Zacarías ser creyentes y practicantes, pero estar cerrados a la novedad de Dios, escépticos de que las cosas puedan cambiar, de que las personas puedan convertirse, de que la vida venza a la esterilidad. Cuando esto sucede, podremos participar en los ritos, pero nuestra vida no hablará dando testimonio de la acción salvífica de Dios. Zacarías acabó aceptando la evidencia, y pudo cantar las maravillas de Dios. Es importante, cuando nos asalta la tentación de la duda y el escepticismo, saber rectificar a tiempo. Pero lo importante es que la figura de Zacarías, en el contexto del Adviento y en la cercanía del cumplimiento de las promesas, contrasta fuertemente con la de María. 

Que también sin entenderlo todo se fía totalmente de lo que Dios le comunica por boca del ángel.
En esta etapa final del Adviento la Palabra de Dios nos llama con fuerza sacudirnos toda vacilación, todo escepticismo, todo “estar de vuelta”, para creer que, por imposible que nos parezca, las promesas de Dios se cumplen, y nosotros estamos llamados a cooperar a convertir los corazones de los padres hacia los hijos y preparar al Señor un pueblo bien dispuesto.

José M. Vegas cmf
Ciudad Redonda