jueves, 28 de mayo de 2026

«Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad»

¡Amor y paz!

 

Los invito, hermanos, a leer y meditar la Palabra de Dios, en la Fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote (A).

 

Dios nos bendice

 

Primera lectura

 

Lectura del libro del Génesis 22, 9-18

 

En aquellos días, llegaron al sitio que le había dicho Dios, Abrahán levantó allí el altar y apiló la leña, luego ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar, encima de la leña. Entonces Abrahán alargó la mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo. Pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo:
«¡Abrahán, Abrahán!».
Él contestó:
«Aquí estoy».
El ángel le ordenó:
«No alargues la mano contra el muchacho ni le hagas nada. Ahora he comprobado que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, a tu único hijo».
Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo.
Abrahán llamó aquel sitio «El Señor ve», por lo que se dice aún hoy «En el monte el Señor es visto».
El ángel del Señor llamó a Abrahán por segunda vez desde el cielo y le dijo:
«Juro por mí mismo, oráculo del Señor: por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo, tu hijo único, te colmaré de bendiciones y multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las puertas de sus enemigos. Todas las naciones de la tierra se bendecirán con tu descendencia, porque has escuchado mi voz».

 

Salmo de hoy

Salmo 39, 7-8a. 8b-9. 10-11ab. 17 R7.

 

Aqui estoy, Señor, para hacer tu voluntad

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides sacrificio expiatorio;
entonces yo digo: «Aquí estoy». R/.

«-Como está escrito en mi libro-
para hacer tu voluntad.
Dios mío, lo quiero,
y llevo tu ley en las entrañas». R/.

He proclamado tu justicia
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios, Señor, tú lo sabes.
No me he guardado en el pecho tu justicia,
he contado tu fidelidad y tu salvación. R/.

Alégrense y gocen contigo
todos los que te buscan;
digan siempre: «Grande es el Señor»,
los que desean tu salvación. R/.

 

Evangelio del día

 

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 26, 36-42

 

Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y dijo a los discípulos:
«Sentaos aquí, mientras voy allá a orar».
Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a sentir tristeza y angustia.
Entonces les dijo:
«Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo».
Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo:
«Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».
Y volvió a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro:
« ¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil».
De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:
«Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».

Reflexión del Evangelio de hoy

“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”

Celebramos hoy la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Él no ofrece algo externo, sino que se ofrece a sí mismo. Su sacerdocio se expresa en la oración, en la intercesión, en la entrega total al Padre por amor a los hombres.

Jesús vela y ora. Y nos invita a entrar en ese mismo movimiento: velar con Él, orar con Él, vivir para el Padre y para los hermanos. En el sacerdocio de Jesús encontramos el modelo de toda vida ofrecida: una vida disponible, entregada, fecunda en el amor.

En la lectura del Génesis, la escena de Abraham en el monte es una de las más sobrecogedoras de la Escritura. No se nos ahorran las preguntas, ni el temblor del corazón. Abraham sube con su hijo, con la promesa en sus manos… y con la fe como único apoyo. No entiende, pero confía. No retiene, sino que entrega.

En ese momento límite, cuando todo parece oscurecerse, resuena en lo profundo la actitud que el salmo pone en nuestros labios: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.”

No es una frase fácil. Es una disponibilidad que ha sido purificada. Abraham no ofrece solo algo suyo: se ofrece a sí mismo. Su fe no consiste en comprender, sino en permanecer. Y en ese permanecer, Dios revela que no quiere sacrificios de muerte, sino corazones disponibles a su voluntad.

También nosotros somos llevados, de un modo u otro, a ese monte: en la vida cotidiana, en las decisiones, en las renuncias, en lo que no entendemos. Y ahí se nos pide lo mismo: no hacer nuestra voluntad, sino acoger la del Señor.

La obediencia, vivida desde el amor, no es pérdida, sino camino de fecundidad. Lo que se pone en manos de Dios no se destruye, se transforma. Como Abraham, aprendemos que Dios provee. Que Él sostiene. Que su voluntad es siempre vida, aunque pase por el misterio.

Decir, como el salmista “aquí estoy” es, en el fondo, dejarnos encontrar por Dios tal como somos, y permanecer ante Él con un corazón abierto.

“Velar y orar con Cristo en la hora de la prueba”

En Getsemaní entramos en el corazón mismo de Cristo. Ya no es la figura de Abraham, sino el Hijo que vive en su propia carne la entrega total.

Jesús se retira a orar. Siente el peso de la angustia, la cercanía de la cruz, la debilidad de la carne. Y en medio de todo, dirige su mirada al Padre: “Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú.”

Aquí se revela el verdadero combate. No es solo el sufrimiento, sino la obediencia. Jesús no suprime su deseo humano —lo expresa con verdad—, pero lo entrega. No hace lo que quiere, sino que quiere el querer del Padre.

Mientras tanto, los discípulos duermen.

Jesús les había pedido algo muy sencillo y, al mismo tiempo, muy exigente: “Velad conmigo.” Velar es permanecer, estar, acompañar. Orar es abrir el corazón a Dios. Y, sin embargo, la debilidad puede más. “El espíritu está pronto, pero la carne es débil.” les dijo Jesús a sus discípulos, aquellos que le habían acompañado al huerto de los olivos.

¡Qué cerca nos queda esta escena! También nosotros queremos, pero no siempre podemos. En muchas ocasiones somos Pedro, Santiago o Juan y, a ellos como también a nosotros nos vence el cansancio, la dispersión, la huida.

Y, sin embargo, Jesús no retira su invitación. Nos sigue llamando a velar y a orar con Él. A no vivir desde nuestros impulsos, sino desde la relación con el Padre. A sostenernos en la oración, especialmente en los momentos de prueba.

Getsemaní es escuela de fidelidad. Allí aprendemos que la oración no elimina la lucha, pero nos permite atravesarla. Que la verdadera libertad está en adherirse a la voluntad de Dios. Y que acompañar a Cristo —aunque sea desde nuestra pobreza— es ya participar de su entrega.

Pidamos al Señor que nos conceda tener siempre fijos los ojos en Jesús, y que nos haga capaces de vivir en disponibilidad, en servicio y en entrega por amor, como Él. Que aprendamos a velar y a orar en medio de nuestra debilidad, confiando no en nuestras fuerzas, sino en su gracia. Y que, como Él, sepamos decir cada día: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.”

 

Monjas Dominicas Contemplativas
Monasterio de la Stma. Trinidad y Sta. Lucía (Orihuela, Alicante)

miércoles, 27 de mayo de 2026

«Tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos»

¡Amor y paz!

 

Los invito, hermanos, a leer y meditar la Palabra de Dios, en este miércoles 8 del Tiempo Ordinario (A).

 

Dios nos bendice

 

1ª Lectura (1Pe 1,18-25):

 

Ya sabéis con qué os rescataron de ese proceder inútil recibido de vuestros padres: no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto ni mancha, previsto antes de la creación del mundo y manifestado al final de los tiempos por vuestro bien. Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza. Ahora que estáis purificados por vuestra obediencia a la verdad y habéis llegado a quereros sinceramente como hermanos, amaos unos a otros de corazón e intensamente. Mirad que habéis vuelto a nacer, y no de una semilla mortal, sino de una inmortal, por medio de la palabra de Dios viva y duradera, porque «toda carne es hierba y su belleza como flor campestre: se agosta la hierba, la flor se cae; pero la palabra del Señor permanece para siempre». Y esa palabra es el Evangelio que os anunciamos.

 

 

Salmo responsorial: 147

 

R/. Glorifica al Señor, Jerusalén.

 

Glorifica al Señor, Jerusalén; alaba a tu Dios, Sión: que ha reforzado los cerrojos de tus puertas, y ha bendecido a tus hijos dentro de ti.

Ha puesto paz en tus fronteras, te sacia con flor de harina. Él envía su mensaje a la tierra, y su palabra corre veloz.

Anuncia su palabra a Jacob, sus decretos y mandatos a Israel; con ninguna nación obró así, ni les dio a conocer sus mandatos.

 

Versículo antes del Evangelio (Mc 10,45):

 

Aleluya. El Hijo del hombre no vino para ser servido sino para servir, y dar su vida en rescate por muchos. Aleluya.

 

Texto del Evangelio (Mc 10,32-45):

 

En aquel tiempo, los discípulos iban de camino subiendo a Jerusalén, y Jesús marchaba delante de ellos; ellos estaban sorprendidos y los que le seguían tenían miedo. Tomó otra vez a los Doce y comenzó a decirles lo que le iba a suceder: «Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, y se burlarán de Él, le escupirán, le azotarán y le matarán, y a los tres días resucitará».

Se acercan a Él Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dicen: «Maestro, queremos, nos concedas lo que te pidamos». Él les dijo: «¿Qué queréis que os conceda?». Ellos le respondieron: «Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda». Jesús les dijo: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?». Ellos le dijeron: «Sí, podemos». Jesús les dijo: «La copa que yo voy a beber, sí la beberéis y también seréis bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado; pero, sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado».

Al oír esto los otros diez, empezaron a indignarse contra Santiago y Juan. Jesús, llamándoles, les dice: «Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos».

 

Comentario

 

Hoy, el Señor nos enseña cuál debe ser nuestra actitud ante la Cruz. El amor ardiente a la voluntad de su Padre, para consumar la salvación del género humano —de cada hombre y mujer— le mueve a ir deprisa hacia Jerusalén, donde «será entregado (…), le condenarán a muerte (…), le azotarán y le matarán» (cf. Mc 10,33-34). Aunque a veces no entendamos o, incluso, tengamos miedo ante el dolor, el sufrimiento o las contradicciones de cada jornada, procuremos unirnos —por amor a la voluntad salvífica de Dios— con el ofrecimiento de la cruz de cada día.

La práctica asidua de la oración y los sacramentos, especialmente el de la Confesión personal de los pecados y el de la Eucaristía, acrecentarán en nosotros el amor a Dios y a los demás por Dios de tal modo que seremos capaces de decir «Sí, podemos» (Mc 10,39), a pesar de nuestras miserias, miedos y pecados. Sí, podremos abrazar la cruz de cada día (cf. Lc 9,23) por amor, con una sonrisa; esa cruz que se manifiesta en lo ordinario y cotidiano: la fatiga en el trabajo, las normales dificultades en la vida familiar y en las relaciones sociales, etc.

Sólo si abrazamos la cruz de cada día, negando nuestros gustos para servir a los demás, conseguiremos identificarnos con Cristo, que vino «a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mc 10,45). San Juan Pablo II explicaba que «el servicio de Jesús llega a su plenitud con la muerte en Cruz, o sea, con el don total de sí mismo». Imitemos, pues, a Jesucristo, transformando constantemente nuestro amor a Él en actos de servicio a todas las personas: ricos o pobres, con mucha o poca cultura, jóvenes o ancianos, sin distinciones. Actos de servicio para acercarlos a Dios y liberarlos del pecado.

 

Rev. D. René PARADA Menéndez (San Salvador, El Salvador)

Evangeli.net