jueves, 14 de septiembre de 2017

«Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien»

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este jueves de la 23ª semana del tiempo ordinario.

En Europa, no en América, se celebra hoy la fiesta del Triunfo de la Santa Cruz.

Dios nos bendice...

Lectura del Evangelio según San Lucas 6,27-38:
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Yo os digo a los que me escucháis: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica. A todo el que te pida, da, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames. Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente. Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Pues también los pecadores aman a los que les aman. Si hacéis bien a los que os lo hacen a vosotros, ¿qué mérito tenéis? ¡También los pecadores hacen otro tanto! Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente. Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los ingratos y los perversos.» Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá».
Comentario

I. Jesús, hoy me explicas una de las grandes verdades acerca del destino eterno de los hombres: con la misma medida que midáis, seréis medidos. Es decir, en la vida eterna seré juzgado de la misma manera con la que yo he juzgado a los
demás: se me dará según haya dado, y se me perdonará según haya perdonado.

Ahora, mientras te dedicas al mal, llegas a considerarte bueno, porque no te tomas la molestia de mirarte. Reprendes a los otros y no te fijas en ti mismo. Acusas a los demás y a ti no te examinas. Les colocas a ellos delante de tus ojos y a ti te pones a tu espalda. Pues cuando me llegue a mí el turno de argüirte, dice el Señor haré todo lo contrario: te daré la vuelta y te pondré delante de ti mismo. Entonces te verás y llorarás [206].

Jesús, el Juicio que tendré al morir no es una venganza o un premio para «nivelar» distintas suertes en la tierra. En el Juicio, Tú me harás ver cómo soy en realidad, es decir, cuál es mi capacidad de amar, y me darás según esa capacidad. Tú siempre llenas al máximo: una buena medida, apretada, colmada, rebosante. Pero el que se presente con un corazón egoísta no tendrá capacidad de recibir tu Amor.

En el fondo, Jesús, cuando soy generoso y hago el bien sin esperar nada por ello, o cuando mido a los demás con misericordia, yo mismo quedo marcado con esa medida. Porque mi caridad -mi amor- crece, y crece también mi capacidad de recibir tu amor. Tú eres el que juzgas, pero soy yo el responsable de la medida con la que seré medido.

II. Mira: tenemos que amar a Dios no sólo con nuestro corazón, sino con el «Suyo», y con el de toda la humanidad de todos los tiempos...: si no, nos quedaremos cortos para corresponder a su Amor [207].

Jesús, Tú elevas el nivel de lo que significa amar. Amar no es intercambiar
favores: si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tendréis? Ni siquiera es corresponder solamente al amor que otro me muestra: si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tendréis? Si sólo doy para recibir, ¿dónde está la diferencia con los que no te conocen, pues también ellos hacen lo mismo?

Jesús, en la última cena dejas a tus apóstoles el mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros [208]. He de amar a los demás como Tú los amas, no sólo con mi corazón, sino con el Tuyo. Esta es la diferencia cristiana: en esto conocerán todos que sois mis discípulos [209].

Jesús, ayúdame a querer a todos, sin hacer distinciones, sin contar los favores recibidos, sin esperar que me lo agradezcan. Y será grande vuestra recompensa, y seréis hijos del Altísimo. ¿Qué mejor recompensa puedo esperar -ya aquí en la
tierra- que llegar a ser hijo de Dios? Gracias, Dios mío, porque me pagas con tanto lo poco que soy capaz de hacer por los demás.

[206] San Agustín, Sermón, 17, 5.
[207] Surco, 809.
[208] Jn 13, 34.
[209] Jn 13, 35.

Comentario realizado por Pablo Cardona.
Fuente: Una Cita con Dios, Tomo V, EUNSA
 
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