domingo, 8 de septiembre de 2019

La Palabra de Dios nos hace bajar de la nube en que vivimos


¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar la Palabra de Dios, en este XXIII Domingo del tiempo ordinario, ciclo C.

Dios nos bendice...

Primera Lectura

Lectura del libro de la Sabiduría 9, 13-19

¿Qué hombre conoce el designio de Dios,
quién comprende lo que Dios quiere?
Los pensamientos de los mortales son mezquinos
y nuestros razonamientos son falibles;
porque el cuerpo mortal es lastre del alma
y la tienda terrestre abruma la mente que medita.
Apenas conocemos las cosas terrenas
y con trabajo encontramos lo que está a mano:
¿Pues quién rastreará las cosas del cielo,
quién conocerá tu designio,
si tú no le das sabiduría
enviando tu Santo Espíritu desde el cielo?
Sólo así serán rectos los caminos de los terrestres,
los hombres aprenderán lo que te agrada;
y se salvarán con la sabiduría
los que te agradan, Señor, desde el principio.

Salmo

Sal 89, 3-4 5-6. 12-13. 14 y 17

R. Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.

Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: «Retornad, hijos de Adán.»
Mil años en tu presencia
son un ayer, que pasó,
una vela nocturna. R.

Los siembras año por año,
como hierba que se renueva;
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca. R.

Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.
Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?

Ten compasión de tus siervos. R.
Por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo;
baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos. R.

Segunda Lectura

Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a Filemón 9b-10. 12-17

Querido hermano:
Yo, Pablo, anciano y prisionero por Cristo Jesús,
te recomiendo a Onésimo, mi hijo,
a quien he engendrado en la prisión;
te lo envío como algo de mis entrañas.
Me hubiera gustado retenerlo junto a mí,
para que me sirviera en tu lugar
en esta prisión que sufro por el Evangelio;
pero no he querido retenerlo sin contar contigo:
así me harás este favor no a la fuerza, sino con toda libertad.
Quizá se apartó de ti
para que le recobres ahora para siempre;
y no como esclavo, sino mucho mejor:
como hermano querido.
Si yo lo quiero tanto,
cuánto más lo has de querer tú,
como hombre y como cristiano.
Si me consideras compañero tuyo,
recíbelo a él como a mí mismo.

Evangelio

Lectura del santo Evangelio según San Lucas 14, 25-33

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo:
–Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.
Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío.
Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla?
No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo:
«Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar.»
¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil?
Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.
Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío.

Comentario
El poder, pequeño o grande, es una potente droga que genera adicción. Aquel que controla algún escenario de poder, no importa si es el que hace las compras para una tienda de barrio o es el presidente de una poderosa multinacional, se siente importante, inteligente, dueño de las decisiones.

Y estas creencias son fuente de satisfacción. Por eso el poder y el eros son dos pasiones muy cercanas. Y ninguna estructura social está libre de esta adicción: la familia, las empresas, la sociedad civil, la Iglesia.

Las lecturas de este domingo nos invitan a ponernos de pie frente al espejo de nuestra realidad. ¿Qué imagen refleja ese espejo? No somos los seres especiales que nos hemos sentido alguna vez. Tenemos todas las fragilidades y defectos connaturales a nuestra condición humana. Estas lecturas nos bajan de la nube en que hemos vivido y nos aterrizan en la cotidianidad.

¿Nos creemos muy inteligentes y astutos, de modo que nos jactamos de ver los nichos de mercado y las oportunidades que otros no ven? No seamos ridículos. Somos unos ignorantes. El autor sagrado nos dice: “¿Qué hombre conoce los designios de Dios? ¿Quién puede hacerse una idea de lo que quiere el Señor? La inteligencia humana no es segura, nuestras reflexiones pueden engañarnos”.

Seguramente, estas sabias reflexiones bíblicas pueden causar incomodidad en más de un científico que ha logrado descifrar las claves de la vida y sueña que en pocos años será posible ganar la batalla contra aquellas enfermedades que muestran las mayores tasas de mortalidad. Muchos científicos son soberbios; en ellos se sigue manifestando la misma enfermedad que acompaña a la humanidad desde los orígenes, que es la ambición de ser como dioses…

El libro de la Sabiduría nos recuerda que esos seres tan cualificados terminan padeciendo las mismas enfermedades y los achaques propios de la humanidad, sin que haya diferencias entre ricos y pobres, entre sabios y analfabetas: “Porque el cuerpo corruptible es una carga para el alma, es una envoltura de barro que corta los vuelos a las mentes reflexivas”. En el mismo hogar geriátrico pueden compartir habitación el gran profesor universitario, reconocido por sus publicaciones científicas, y un campesino. Las lecturas de este domingo son un llamado a dejar de
lado la vanidad y reconocer la fragilidad de nuestra condición.

El Salmo 89 profundiza en esta reflexión sobre la frágil condición humana, inspirada en la conciencia sobre el paso del tiempo y la volatilidad de la vida. Esto lo sienten, con una crudeza particular, los deportistas de alto rendimiento que a los 30 o 35 años deben concluir su carrera. ¿Cuáles son las reflexiones que nos plantea el Salmo? “Tú reduces el hombre a polvo, diciendo: Retornen, hijos de Adán. Mil años en tu presencia son un ayer que pasó; una vela nocturna. Los siembras año por año, como hierba que se renueva, que florece y se renueva por la mañana, y por la tarde la siegan y se seca”. Un indicador del paso implacable de los años es ver crecer a los hijos y nietos propios o de los amigos. Sin darnos cuenta cuándo sucedió todo esto, los niños de ayer son los profesionales que hoy nos atienden en sus oficinas.

Esta conciencia del paso del tiempo y de la fragilidad de la vida debe ser asumida con sabiduría y paz. Detrás de nosotros vienen jóvenes maravillosos, muy bien formados y con deseos de hacer cosas. No podemos obstaculizarles el paso. Permitamos que surjan nuevos liderazgos.

Finalmente, el evangelista Lucas reproduce unas palabras de Jesús en las cuales describe el alcance del discipulado, en cuya propuesta no hay lugar para los arrogantes que tienen un proyecto de vida individualista en función de ellos mismos. Nos dice Jesús: “El que quiera venirse conmigo, no puede ser discípulo mío si no se olvida de su padre y de su madre, de sus hermanos y hermanas, e inclusive de sí mismo. El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser discípulo mío”.

Después de escuchar estas palabras de Jesús, en las cuales no hay espacio para los mediocres, debemos concluir que hay que revisar las estrategias que promueven la participación en la vida de la Iglesia, pues la invitación no puede ser hecha desde la perspectiva dentro de la cual se mueven los expertos en Mercadeo. Hay que reflexionar a fondo sobre la oferta de valor que estamos haciendo. 

Participar en la vida de la Iglesia tiene unas exigencias particulares que no podemos camuflar. Hay una profunda diferencia entre lo que anunciamos como Iglesia Católica y lo que dicen algunos evangelizadores, que tocan fibras muy íntimas de la afectividad. Los católicos no estamos haciendo proselitismo a la manera de otros que ofrecen curaciones milagrosas.

Pistas para la Homilía del Domingo
Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J