domingo, 30 de abril de 2017

La Eucaristía como lugar de encuentro con el Señor resucitado

¡Amor y paz!

Los invito, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este 3er domingo de Pascua.

Dios nos bendice...

Evangelio según San Lucas 24,13-35. 

Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. 
En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido. 
Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. 
Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. 
Él les dijo: "¿Qué comentaban por el camino?". Ellos se detuvieron, con el semblante triste, 
y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: "¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!". 
"¿Qué cosa?", les preguntó. Ellos respondieron: "Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, 
y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. 
Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. 
Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro 
y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. 
Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron". 
Jesús les dijo: "¡Hombres duros de entendimiento, ¡cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! 
¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?" 
Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él. 
Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. 
Pero ellos le insistieron: "Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba". El entró y se quedó con ellos. 
Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. 
Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista. 
Y se decían: "¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?". 
En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, 
y estos les dijeron: "Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!". 
Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. 

Comentario

Un director de cine tiene éxito en la medida en que logre crear unos personajes con los cuales se sientan identificados amplios sectores del público, que ve reflejados en ellos sus temores, ilusiones, rabias. A veces, esta identificación entre el público y los personajes creados por el director llega a tales extremos, que los actores que representan a los malos de la película son insultados y hasta agredidos cuando alguien los reconoce en un restaurante o en los centros comerciales.

Pues bien, este relato de los discípulos de Emaús tiene esta característica que acabamos de describir. Nos sentimos identificados con el drama humano y espiritual que viven. Desde hace dos mil años, innumerables cristianos que han leído este texto han exclamado: ¡Yo he vivido algo semejante! Los discípulos de Emaús recorren un itinerario de fe que es común a millones de seres humanos: búsqueda; hallazgo aparente que termina diluyéndose ante la contundencia de los acontecimientos; escepticismo; encuentro con la trascendencia que, en un primer momento, no se percibe así; relectura de los acontecimientos y su resignificación; apertura al misterio.

Los discípulos de Emaús recorrieron la totalidad del camino. Infortunadamente, muchos peregrinos de la verdad y de la búsqueda de sentido quedan a mitad del camino…

Una lectura cuidadosa de este inspirado texto nos invita a profundizar en él como si fuera un drama en tres actos:

o El primer Acto podría llamarse Historia de una desilusión.
o El segundo Acto podría llamarse El diálogo como instrumento de clarificación y resignificación.
o El tercer Acto podría llamarse La Eucaristía como lugar de encuentro.

Veamos cómo se desarrolla el primer Acto, Historia de una desilusión. Estos dos amigos, hombres sencillos y piadosos, habían sido cautivados por Jesús, ese profeta que recorría Judea y Galilea, hablando como nadie lo había hecho hasta entonces, curando enfermedades y transformando la vida de los excluidos. Estos hombres sencillos se habían llenado de ilusión, y creyeron que con Él vendrían tiempos mejores. Todas estas ilusiones se derrumbaron el Viernes Santo, cuando Jesús fue crucificado en medio de dos ladrones.

Esta búsqueda de luz y sentido es compartida por millones de seres humanos. En la cultura contemporánea, aparece una oferta infinita de paraísos que ofrecen felicidad. Los mercaderes de ilusiones atrapan a muchos incautos que esperan encontrar un camino que les produzca satisfacción y que responda a sus expectativas más hondas, pero al final sólo encuentran destrucción y, muchas veces, la muerte. Los medios de comunicación registran las historias de estos ingenuos que terminaron en manos de los traficantes de personas, o en grupos religiosos fanáticos, o destruidos por la droga, o vinculados a movimientos armados. El evangelista Lucas nos dice que entre ellos “contaban todo lo que había sucedido”. Este primer Acto es breve y nos sirve de ubicación.

Al segundo Acto lo hemos llamado El diálogo como instrumento de clarificación y resignificación. Se inicia con la entrada en escena de un tercer personaje, que se convertirá en el protagonista central. Se trata del Señor resucitado, pero ellos no lo reconocen. Este encuentro, aparentemente casual pero querido por el Señor, se inicia con una pregunta que detona en los interlocutores una intensa catarsis o desahogo: “¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?”. Esta catarsis o desahogo tiene dos momentos, claramente diferenciados en el texto: En el primero de ellos, los discípulos de Emaús expresan su dolor: cómo valoraban a Jesús, lo que le hicieron los sumos sacerdotes y los
jefes, las expectativas que ellos tenían, los rumores que habían circulado sobre su resurrección; en el segundo momento, el resucitado hace una relectura de los acontecimientos y les explica los textos de la Escritura referentes al Mesías.

En este segundo Acto del drama vivido por los discípulos de Emaús, es muy interesante contrastar las dos lecturas o versiones de los acontecimientos: Una cosa es leer los hechos del Viernes Santo en una perspectiva simplemente humana, donde lo sucedido habla de un
estruendoso fracaso; y otra cosa muy diferente es leerlos desde el plan de Dios. Cuando revisamos el itinerario espiritual que cada uno de nosotros ha recorrido, podemos identificar situaciones que, en su momento, interpretamos como fracasos pero que después comprendimos que nos ayudaron a madurar como personas y como creyentes.

Algo semejante experimentaron los discípulos de Emaús quienes, gracias al diálogo con el Señor resucitado, resignificaron el aparente fracaso de la crucifixión, y se abrieron a una realidad nueva.

Vayamos ahora al tercer Acto de este drama, que hemos titulado La Eucaristía como lugar de encuentro. Este tercer Acto se inicia cuando Él aparentó ir más lejos, y los discípulos le hicieron esta hermosa invitación: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a
oscurecer”.

El texto del evangelista Lucas nos presenta un escenario eucarístico, en el que los tres se sientan a la mesa: “Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron”. El diálogo sostenido con Jesús mientras caminaban es lo que llamamos, en la celebración de la Misa, liturgia de
la Palabra. Ellos escucharon la Palabra del Señor, quien les explicó cómo era el plan de Dios, que tenía una lógica diferente a los acontecimientos humanos. Cuando se sientan a la mesa, se inicia la segunda parte del rito, la liturgia eucarística. El sentido pleno de los acontecimientos se les manifiesta en el momento en que el Señor bendice y parte el pan.

Así pues, para los discípulos de Emaús, como para los cristianos de todos los tiempos, la Eucaristía es el clímax del encuentro con el Señor resucitado. En ese momento, entendieron los acontecimientos vividos. Lo que había sido interpretado como el fracaso de un hermoso proyecto, fue comprendido como el comienzo de un nuevo capítulo en la
historia de salvación.

El itinerario espiritual de los discípulos de Emaús se asemeja a nuestra historia espiritual. Como ellos, nos hemos sentido perdidos; como ellos, hemos creído que el camino no conducía a ninguna parte; como ellos, el Señor se ha unido a nuestro peregrinar, pero no lo hemos reconocido.

Que los sentimientos no bloqueen nuestra capacidad de reflexión. Abramos nuestras mentes y corazones a la interpelación del Espíritu que nos habla de muchas maneras. Sentémonos a la mesa eucarística, no como una obligación, sino como la oportunidad más hermosa para encontrarnos con el Señor resucitado.

Jorge Humberto Peláez S.J.
jpelaez@javeriana.edu.co


sábado, 29 de abril de 2017

"Soy yo, no teman"

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar la Palabra de Dios y el comentario, en este sábado de la segunda semana de Pascua.

Dios nos bendice...

Libro de los Hechos de los Apóstoles 6,1-7. 

En aquellos días, como el número de discípulos aumentaba, los helenistas comenzaron a murmurar contra los hebreos porque se desatendía a sus viudas en la distribución diaria de los alimentos. Entonces los Doce convocaron a todos los discípulos y les dijeron: "No es justo que descuidemos el ministerio de la Palabra de Dios para ocuparnos de servir las mesas. Es preferible, hermanos, que busquen entre ustedes a siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, y nosotros les encargaremos esta tarea.
De esa manera, podremos dedicarnos a la oración y al ministerio de la Palabra". La asamblea aprobó esta propuesta y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y del Espíritu Santo, a Felipe y a Prócoro, a Nicanor y a Timón, a Pármenas y a Nicolás, prosélito de Antioquía. Los presentaron a los Apóstoles, y estos, después de orar, les impusieron las manos. Así la Palabra de Dios se extendía cada vez más, el número de discípulos aumentaba considerablemente en Jerusalén y muchos sacerdotes abrazaban la fe.

Salmo 33(32),1-2.4-5.18-19. 

Aclamen, justos, al Señor:
es propio de los buenos alabarlo.
Alaben al Señor con la cítara,
toquen en su honor el arpa de diez cuerdas.

Porque la palabra del Señor es recta
y él obra siempre con lealtad;
él ama la justicia y el derecho,
y la tierra está llena de su amor.

Los ojos del Señor están fijos sobre sus fieles,
sobre los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y sustentarlos en el tiempo de indigencia.

Evangelio según San Juan 6,16-21. 

Al atardecer, sus discípulos bajaron a la orilla del mar y se embarcaron, para dirigirse a Cafarnaún, que está en la otra orilla. Ya era de noche y Jesús aún no se había reunido con ellos. El mar estaba agitado, porque soplaba un fuerte viento. Cuando habían remado unos cinco kilómetros, vieron a Jesús acercarse a la barca caminando sobre el agua, y tuvieron miedo. Él les dijo: "Soy yo, no teman". Ellos quisieron subirlo a la barca, pero esta tocó tierra en seguida en el lugar adonde iban. 

Comentario


1.1 Si otros pasajes nos han presentado una imagen como embellecida de la primera comunidad cristiana, este pasaje de la primera lectura de hoy nos ayudará a cambiar, o mejor, completar esa perspectiva. Ya asoman las tensiones entre cristianos y también la preocupación por los bienes materiales; es decir, los antiguos temas del poder y del dinero.

1.2 ¿Significa esto que la redención es inútil o que la pecaminosidad es invencible? Más bien esto nos enseña que es un error considerarnos "ya" salvados. Es verdad que algo maravilloso y único ha llegado a nosotros con la gracia de creer pero de algún modo esa es una especie de semilla que necesita ser alimentada, guardada de mala hierba y cuidada hasta su plena madurez.

1.3 De ese conflicto nació un servicio concreto, un ministerio específico, que al paso del tiempo habría de constituir el diaconado en la Iglesia. Sabemos que fue un proceso y que estos primeros siete hombres no eran exactamente lo que pueden ser los que hoy se ordenan diáconos; sin embargo, es evidente también que hay una realidad de servicio institucional y que hay una intervención específica de los apóstoles para pedir una gracia particular y permanente a favor de los que eran "ordenados."

1.4 Textos posteriores van a mostrar que estos primeros diáconos realizaron muchas más cosas además de aquel servicio elemental aunque muy simbólico de "atender las mesas." Serán ministros de la palabra y enviados del Espíritu Santo y de la Iglesia para atraer a nuevos fieles y para formar poco a poco nuevas comunidades de creyentes. Así nos enseñaba Dios la riqueza del ministerio ordenado en clave de servicio, de autoridad y de envío, en orden a comunicar a todos los bienes del cielo.

2. "No Tengan Miedo... Soy Yo", Una Meditación de Juan Pablo II

2.1 Cristo dirigió muchas veces esta invitación a los hombres con que se encontraba. Esto dijo el Ángel a María: "No tengas miedo" (cfr. Lucas 1,30). Y esto mismo a José: "No tengas miedo" (cfr. Mateo 1,20). Cristo lo dijo a los Apóstoles, y a Pedro, en varias ocasiones, y especialmente después de su Resurrección, e insistía: "¡No tengáis miedo!"; se daba cuenta de que tenían miedo porque no estaban seguros de si Aquel que veían era el mismo Cristo que ellos habían conocido. Tuvieron miedo cuando fue apresado, y tuvieron aún más miedo cuando, Resucitado, se les apareció. Esas palabras pronunciadas por Cristo las repite la Iglesia. Y con la Iglesia las repite también el Papa. Lo ha hecho desde la primera homilía en la plaza de San Pedro: "¡No tengáis miedo!" No son palabras dichas porque sí, están profundamente enraizadas en el Evangelio; son, sencillamente, las palabras del mismo Cristo.

2.2 ¿De qué no debemos tener miedo? No debemos temer a la verdad de nosotros mismos. Pedro tuvo conciencia de ella, un día, con especial viveza, y dijo a Jesús: "¡Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador!" (Lucas 5,8). Pienso que no fue sólo Pedro quien tuvo conciencia de esta verdad. Todo hombre la advierte. La advierte todo Sucesor de Pedro. La advierte de modo particularmente claro el que, ahora, le está respondiendo. Todos nosotros le estamos agradecidos a Pedro por lo que dijo aquel día: "¡Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador!" Cristo le respondió: "No temas; desde ahora serás pescador de hombres" (Lucas 5,10). ¡No tengas miedo de los hombres! El hombre es siempre igual; los sistemas que crea son siempre imperfectos, y tanto más imperfectos cuanto más seguro está de sí mismo. ¿Y esto de dónde proviene? Esto viene del corazón del hombre, nuestro corazón está inquieto; Cristo mismo conoce mejor que nadie su angustia, porque "Él sabe lo que hay dentro de cada hombre" (cfr. Juan 2,25).

fraynelson.com

viernes, 28 de abril de 2017

Una cosa pido al Señor: habitar en su casa

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar la Palabra de Dios y el comentario, en este viernes de la 2ª semana de Pascua...

Dios nos bendice...

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (5,34-42):

EN aquellos días, un fariseo llamado Gamaliel, doctor de la ley, respetado por todo el pueblo, se levantó en el Sanedrín, mandó que sacaran fuera un momento a los apóstoles y dijo: «Israelitas, pensad bien lo que vais a hacer con esos hombres. Hace algún tiempo se levantó Teudas, dándoselas de hombre importante, y se le juntaron unos cuatrocientos hombres. Fue ejecutado, se dispersaron todos sus secuaces y todo acabó en nada. Más tarde, en los días del censo, surgió Judas el Galileo, arrastrando detrás de sí gente del pueblo; también pereció, y se disgregaron todos sus secuaces. En el caso presente, os digo: no os metáis con esos hombres; soltadlos. Si su idea y su actividad son cosa de hombres, se disolverá; pero, si es cosa de Dios, no lograréis destruirlos, y os expondríais a luchar contra Dios». Le dieron la razón y, habiendo llamado a los apóstoles, los azotaron, les prohibieron hablar en nombre de Jesús, y los soltaron. Ellos, pues, salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el Nombre. Ningún día dejaban de enseñar, en el templo y por las casas, anunciando la buena noticia acerca del Mesías Jesús.

Palabra de Dios

Sal 26,1.4.13-14

R/.
 Una cosa pido al Señor: habitar en su casa

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar? R/.

Una cosa pido al Señor,
eso buscaré:
habitar en la casa del Señor
por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor,
contemplando su templo. R/.

Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor. R/.

Lectura del santo evangelio según san Juan (6,1-15):

EN aquel tiempo, Jesús se marchó a la otra parte del mar de Galilea, o de Tiberíades. Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos. Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús entonces levantó los ojos y, al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe:
«¿Con qué compraremos panes para que coman estos?».
Lo decía para probarlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer.
Felipe le contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo». Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?».
Jesús dijo: «Decid a la gente que se siente en el suelo».
Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; solo los hombres eran unos cinco mil. Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se pierda». Los recogieron y llenaron doce canastos con los pedazos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: «Este es verdaderamente el Profeta que va a venir al mundo». Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo.

Palabra del Señor

Comentario


1.1 Gamaliel recoge de la memoria de los judíos varios ejemplos en los que hay un común denominador: a la muerte de un líder sigue la dispersión de sus seguidores. Y con juicio sensato estima este maestro de la ley que en esos hechos asoma un buen criterio para analizar lo que sucede con ese fenómeno que es nuevo para ellos: los seguidores del crucificado.

1.2 Afirma Gamaliel que, si todo es cosa de hombres, seguirá la regla de las cosas humanas: muerto el líder se dispersarán sus discípulos. Al fin y al cabo, se supone que nadie va detrás de un fracasado; nadie da la vida por quien ya ha muerto.

1.3 Uno podría pensar que este criterio no es absoluto, porque hemos conocido obras simplemente humanas que duran muchos siglos. Religiones paganas y credos orientales han resistido miles de años sin diluirse. Mas hay que tener en cuenta el contexto en el que habla Gamaliel: no se refiere él a las religiones en general, sino a un momento y un lugar específicos, pues todos sus ejemplos tienen en común la fe en Dios y en sus promesas.

1.4 Las religiones paganas no tienen una promesa más allá del ciclo infinito de la naturaleza a la que divinizan; las prácticas orientales son básicamente anestésicos para la mente. Este tipo de religiones adormecen los anhelos más profundos del alma, aquellos que en cambio encontramos con fuerza colosal en la palabra de los profetas del Antiguo Testamento. La muerte de un adormecido no hace suficiente ruido como para despertar a sus seguidores; la muerte de un macabeo, en cambio, o la de un mártir de la alianza necesariamente confronta a sus seguidores: ¿vale la pena seguir ese mismo camino?

1.5 Y es aquí donde resulta notable la fe cristiana: una religión que no dopa, un credo que nos estrella con el rostro abominable de la muerte, y que sin embargo da un vigor superior a la muerte. Una religión que canta la gloria del Resucitado.

2. Pan de Vida

2.1 El evangelio de hoy nos ofrece una mirada distinta al misterio del Cristo Vivo: él es quien da la vida. Tal es la razón del pasaje de la multiplicación de los panes, en el capítulo sexto de San Juan, texto que aquí escuchamos sobre todo porque habla de la vida que nos da Cristo con su ofrenda.

2.2 En efecto, así como el pan se parte para repartirse, y muere cuando se comparte, para así darnos vida, así Cristo con su ofrenda de Pascua es el pan que da la vida que no acaba. Porque el pan que conocemos, ese que llega a nuestras mesas, no da la vida; aplaza la muerte. Y en el precioso milagro que hoy escuchamos Cristo toma el pan nuestro y lo hace pan suyo, y de un pan que retrasa la muerte hace un pan que comunica la vida que no acaba.

2.3 La gente quería hacer a Cristo su rey. Un reinado que él no acepta, porque han recibido el pan sin entender el signo. Y para el Señor es más importante el signo, que abre una puerta hacia el cielo, que el solo pan, que es vida que acaba en esta tierra.

http://fraynelson.com/homilias.html.

jueves, 27 de abril de 2017

El que cree en el Hijo posee la vida eterna

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer  meditar la Palabra de Dios y el comentario, en este jueves de la 2ª semana de Pascua.

Dios nos bendice...

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (5,27-33):

EN aquellos días, los apóstoles fueron conducidos a comparecer ante el Sanedrín y el sumo sacerdote los interrogó, diciendo:
«¿No os habíamos ordenado formalmente no enseñar en ese Nombre? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre». Pedro y los apóstoles replicaron: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. Dios lo ha exaltado con su diestra, haciéndolo jefe y salvador, para otorgar a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que lo obedecen». Ellos, al oír esto, se consumían de rabia y trataban de matarlos.

Palabra de Dios

Sal 33,2.9.17-18.19-20

R/.
 Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca.
Gustad y ved qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a él. R/.

El Señor se enfrenta con los malhechores,
para borrar de la tierra su memoria.
Cuando uno grita, el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias. R/.

El Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos.
Aunque el justo sufra muchos males,
de todos lo libra el Señor. R/.

Lectura del santo evangelio según san Juan (3,31-36):

EL que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. De lo que ha visto y ha oído da testimonio, y nadie acepta su testimonio. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz.
El que Dios envió habla las palabras de Dios, porque no da el Espíritu con medida. El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano. El que cree en el Hijo posee la vida eterna; el que no crea al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él.

Palabra del Señor

Comentario

Hech. 5, 27-33. Hay Alguien que da testimonio de Jesús: de su salvación, de su muerte y resurrección, de su señorío y de su mesianidad: El Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen. Los Apóstoles también dan testimonio de lo mismo por la presencia del Espíritu Santo en ellos (Así en los sucesores de los apóstoles) y por su experiencia personal con el Señor. Nosotros también hemos recibido el Don del Espíritu Santo, que habita en nuestro interior. ¿Aceptamos su testimonio acerca de Jesús, o seguimos rechazando y crucificando al Señor? ¿Obedecemos a Dios u obedecemos a los hombres? Quien dice que ama a Dios pero no ama a su prójimo es un mentiroso. El amor a Dios se debe manifestar en el amor al prójimo. No podemos continuar condenando y crucificando a Jesús en aquellos que ante sus pobrezas, enfermedades o pecados, reciben la indiferencia de quienes se sienten seguros de sí mismos, o se sienten justos ante Dios y no quieren mancharse el alma por tratarlos o por acercarse a ellos para remediar sus males. Peor sería el que les hiciésemos más pesada aún su vida por nuestras injusticias y egoísmos, o los indujéramos a cometer pecados mayores. Demos testimonio del Señor no sólo con las palabras, sino con una vida recta que indique que somos guiados por el Espíritu de Dios, que habita en nuestros corazones.

Sal. 33. Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. A pesar de que nos veamos perseguidos por los malvados debemos saber que el Señor Jesús vino a buscar y a salvar todo lo que se había perdido. No podemos pasarnos la vida en guerras santas, queriendo purificar al mundo de los malvados asesinándolos. El Señor nos ha enviado a buscar a la oveja perdida y a llamarla a la conversión, pues Dios, rico en misericordia, está siempre dispuesto a perdonar a todo aquel que le busca con un corazón humilde y sincero. Si Dios vela de nosotros y nos libra de la mano de nuestros enemigos, velemos por los demás, muchas veces atrapados en las redes de la maldad y, con el Poder que hemos recibido de lo Alto, busquemos por todos los medios librarlos de sus cadenas. Sólo entonces nos estaremos identificando con Cristo, pues su Espíritu estará guiando nuestras obras y actitudes y todos podrán hacer la prueba y experimentar el amor que Dios nos tiene sin reservas ni medida.

Jn. 3, 31-36. El Hijo eterno del Padre, Aquel que es Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, se ha hecho uno de nosotros para que quien crea en Él tenga vida eterna. El Hijo da testimonio de lo que ha visto, y su testimonio acerca de Dios, su Padre, es verdadero. Él es el Enviado del Padre, y tanto sus palabras, como sus obras y su vida misma, son el lenguaje a través del cual nos ha revelado que Dios es Amor y que es Misericordia. Quien se ha entrado en comunión de vida con Cristo no puede continuar teniendo un lenguaje de maldad, de destrucción ni de muerte. Quien vive de espaldas a Dios, quien no acepta unirse a Dios por medio del Hijo es un rebelde que no verá la vida, porque la cólera divina perdura en contra de él, no porque Dios lo rechace, sino porque esa persona ha rechazado a Dios y a Aquel que es el único camino, que Dios nos ha dado para llegar a Él y para gozar de su vida y de su salvación.

En la Eucaristía, el Señor nos comunica ya desde ahora su Vida eterna. No sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos en verdad, pues entrando en comunión de Vida con su propio Hijo, el Padre Dios nos contempla como a su Hijo amado, en quien Él se complace. Por eso a la Eucaristía hemos de venir con un corazón dispuesto a que el Señor nos llene más y más de su vida hasta que, por obra de Él, lleguemos a ser perfectos como es perfecto nuestro Dios y Padre. Quienes participamos de la Eucaristía no sólo recibimos la vida que procede de Dios y que Él nos ha comunicado por medio de su Hijo, sino que al mismo tiempo recibimos la misión de hacer llegar esa vida hasta el último rincón de la tierra. Por eso no nos conformemos con adorar al Señor sino que asumamos nuestro compromiso de anunciar su Evangelio de salvación a todos los hombres.

De nada nos aprovechará el abrir nuestro corazón y nuestros oídos, por medio de la fe, al Espíritu Santo para que habite en nosotros. Él no es un adorno en la vida del Cristiano, no es sólo objeto de adoración y de gozo interior. Él es fuego que impulsa al cristiano para que dé un testimonio valiente de su fe en el mundo, y se convierta en un signo de salvación para todos. Si al paso del tiempo la Iglesia de Cristo no logra una verdadera conversión de los pecadores, debe reflexionar con sinceridad acerca de la lealtad con que se ha unido a su Señor. Abramos los ojos ante todos los signos de pecado y de muerte que existen hoy en nuestro mundo; no pasemos de largo ante ellos; el Señor nos envió a continuar su obra de salvación en el mundo. No vivamos cómodamente nuestra fe, tal vez anunciándola con valentía, pero sólo con los labios. Debemos ser concretos en la liberación del hombre esclavizado por la maldad, por el egoísmo, por la injusticia, y por muchas otras cosas que necesitan de una Iglesia comprometida hasta la muerte, en un amor hasta el extremo como lo hizo su Señor.