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martes, 2 de febrero de 2016

Jesús es Luz para iluminar a las naciones y gloria del pueblo de Dios

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este martes en que celebramos la Fiesta de la Presentación del Señor.

Dios nos bendice…

Evangelio según San Lucas 2,22-40. 
Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: Todo varón primogénito será consagrado al Señor. También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor. Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor. Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo: "Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel". Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: "Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos". Estaba también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido. Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él. 
Comentario

El evangelio de la infancia de san Lucas (cap 1-2) comenzaba con la escena del anciano Zacarías en el templo (1, 5-22). Desde el templo, lugar de la presencia de Dios en medio de los suyos, se ha escuchado la palabra que dirige la historia hacia su meta (anunciación de Juan). Hacia el templo, lugar de plenitud del pueblo de Israel, se ha dirigido la historia de la infancia. De la infancia de Jesús en ese templo trata nuestro texto (2, 22-38). Sus elementos fundamentales son los siguientes: a) Presentación (2,22-24); b) revelación de Simeón (2, 25-35); c) testimonio de Ana (2, 36-38) y d) vuelta a Nazaret (2, 39-40).

En el fondo de la escena de la presentación (2, 22-24) está la vieja ley judía según la cual todo primogénito es sagrado y, por lo tanto, ha de entregarse a Dios o ser sacrificado. Como el sacrificio humano estaba prohibido, la ley obligaba a realizar un cambio de manera que, en lugar del niño, se ofreciera un animal puro (cordero, palomas) (cfr. Ex 13 y Lev 12). Parece probable que al redactar la escena Lucas esté pensando que Jesús, primogénito de María, es primogénito de Dios. Por eso, junto a la sustitución del sacrificio (se ofrecen dos palomas) se resalta el hecho de que Jesús ha sido "presentado al Señor", es decir, ofrecido solemnemente al Padre.

El sentido de esta ofrenda se comprenderá solamente a la luz de la escena del calvario, donde Jesús ya no podrá ser sustituido y morirá como el auténtico primogénito que se entrega al Padre para salvación de los hombres. Unido a todo esto Lucas ha citado sin entenderlo un dato de la vieja ley judía: la purificación de la mujer que ha dado a luz (cfr Lev 12). Para Israel, la mujer que daba a luz quedaba manchada y por eso tenía que realizar un rito de purificación antes de incorporarse a la vida externa de su pueblo. De esta concepción, de la que extrañamente han quedado vestigios en nuestro pueblo hasta tiempos muy recientes, parece que Lucas no ha tenido ya una idea clara; por eso en el texto original ha escrito "cuando llegó el tiempo de la purificación de ellos", refiriéndose también a José y a Jesús. La tradición litúrgica ha corregido el texto original de Lucas, refiriéndose sólo a la purificación de María, ajustándose de esa manera a la vieja ley judía.

El centro de nuestro pasaje lo constituye la revelación de Simeón (2, 25-35). Jesús ha sido ofrecido al Padre; el Padre responde enviando la fuerza de su Espíritu al anciano Simeón, que profetiza (2, 29-32.34-35). En sus palabras se descubre que el antiguo Israel de la esperanza puede descansar tranquilo; su historia (representada en Simeón) no acaba en vano: ha visto al salvador y sabe que su meta es ahora el triunfo de la vida. En esa vida encuentran su sentido todos los que esperan porque Jesús no es sólo gloria del pueblo israelita, es el principio de luz y salvación para las gentes.

Tomadas en sí mismas, las palabras del himno del anciano (2. 29-32) son hermosas, sentimentalmente emotivas. Sin embargo, miradas en su hondura, son reflejo de un dolor y de una lucha. Por eso culminan en el destino de sufrimiento de María (2, 34-35).Desde el principio de su actividad, María aparece como signo de la Iglesia, que llevando en sí toda la gracia salvadora de Jesús se ha convertido en señal de división y enfrentamiento. La subida de Jesús al templo ha comenzado con un signo de sacrificio (2, 22-24); con signo de sacrificio continúan las palabras reveladoras de Simeón. Desde este comienzo de Jesús como signo de contradicción para Israel (u origen de dolor para María) se abre un arco de vida y experiencia que culminará sobre el Calvario y se extenderá después hacia la Iglesia.

Todo el que escucha las palabras de consuelo en que Jesús se muestra como luz y como gloria (2, 29-32) tienen que seguir hacia adelante y aceptarle en el camino de dureza, decisión y muerte; en ese caminar no irá jamás en solitario, le acompaña la fe y el sufrimiento de María.

Con las palabras de alabanza de Ana, que presenta a Jesús como redentor de Jerusalén (2, 36-38) y con la anotación de que crecía en Nazaret lleno de gracia (2, 39-40) se ha cerrado nuestro texto.


COMENTARIOS A LA BIBLIA LITURGICA NT
EDIC MAROVA/MADRID 1976.Pág. 1242 ss.

lunes, 2 de febrero de 2015

Jesús es la Luz que alumbra a toda la humanidad

¡Amor y paz!

Hoy es fiesta de luz. Jesús, presentado al Padre en el templo, aparece como lo que es: luz que alumbra a toda la huma­nidad. Esa es la expresión que utiliza el anciano Simeón: "Jesús será luz para revelar la verdad a todas las naciones y gloria de tu pueblo Israel". 

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este lunes en que celebramos la Fiesta de la Presentación del Señor.

Dios nos bendice…

Evangelio según San Lucas 2,22-40. 
Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: Todo varón primogénito será consagrado al Señor. También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor. Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor. Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo: "Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel". Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: "Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos". Estaba también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido. Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él.  

Comentario

Simeón proclama la Verdad de aquel Niño: es el Salvador y la Luz ("lumen gentium" (luz de las gentes)). Simeón habla de toda la realidad de Jesús de Nazaret: su vida, su palabra, su muerte, y resurrección. El es la Luz. El manifiesta el rostro verdadero del Amor de Dios y revela a los hombres los caminos de la humanidad verdadera. Su revelación es inesperada y sorprendente, es luz que revela incluso cuál es la tiniebla, y hay que tener los ojos bien abiertos, como Simeón o Ana, para ver en Jesús y en su fidelidad, la respuesta a la milenaria búsqueda de los hombres.

El es la Luz que salva. La carta a los hebreos formula la fe cristiana de la manera más admirable: su muerte nos libera del terror de la muerte que nos hacía esclavos del diablo toda la vida. Tenemos miedo, y en la raíz de todos nuestros miedos está el terror de la muerte; eso nos lleva a mendigar seguridades, y así acabamos esclavos de todo lo que pretende darnos una seguridad imposible; es el diablo. A partir de esta esclavitud se comprenden todas las esclavitudes humanas. Los intentos de liberación humanos que no vayan a esta raíz no harán sino cambiar el sentido de la esclavitud. Jesucristo es el Salvador precisamente porque ha ido más allá de los proyectos y teorías, y él mismo ha pasado por el sufrimiento y la muerte; muriendo y resucitando nos libera del miedo a la muerte. En El todos podemos ser libres. Podemos amar, esperar, buscar la justicia, sin miedo.

"Será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones". Jesús sabe qué quiere decir ser hombre; ha conocido el sufrimiento, no sólo el "normal", sino el provocado por los demás. En la raíz de la oposición está un corazón cerrado a la luz, un corazón esclavo, que buscando la propia seguridad hace imposible la vida. Ante él "queda clara la actitud de muchos corazones".

La escena que mejor ilustra estas palabras es la del juicio y la condena a muerte; quizá la segunda es la de la reacción negativa en la sinagoga de Nazaret ante unas palabras que hablaban de misericordia y de apertura a los paganos (que correspondería leer hoy, pero que no leeremos). Y a su lado, las innumerables escenas de la historia y del presente, donde ante la verdad, que aunque sea parcial es siempre participación de la Verdad, se alzan críticas, incomprensiones y rechazos, simples justificaciones de la propia insegura seguridad.

Aplicaciones prácticas 

Jesús es el Ungido de Dios que realiza el anuncio del Antiguo Testamento y las expectativas de los hombres de una manera inesperada, pero del modo más cordialmente humano: haciéndose uno de nosotros, en todo fiel hasta la muerte.

Jesucristo es la luz para nosotros y para todos los hombres. María y la Iglesia son los portadores de esa luz. En la raíz de los problemas y las luchas de los hombres está nuestro miedo a la muerte; buscamos nuestro interés y eso hace imposible el diálogo y la paz. Jesucristo, muriendo y resucitando, nos libera de este miedo y nos salva. La comunidad cristiana está llamada a ser un ámbito de libertad y de liberación.


GASPAR MORA
MISA DOMINICAL 1991, 2
www.mercaba.org

lunes, 29 de diciembre de 2014

En Jesús, toda la humanidad tiene el camino abierto hacia Dios

¡Amor y paz!

Dios ha cumplido sus promesas de salvación; en Jesús no sólo los judíos tienen el camino abierto hacia Dios, sino los hombres de todos los tiempos y lugares, pues el Señor vino como luz de las naciones y gloria de su Pueblo Israel. Jesús es el consagrado al Padre, y como tal está dispuesto a hacer en todo su voluntad.

María misma, la humilde esclava del Señor, participará también de esa fidelidad amorosa a la voluntad del Padre que le llevará a estar al pie de la cruz, con el alma atravesada por una espada de dolor, pero segura en las manos de Dios, que cumplirá en ella cuanto le fue anunciado.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este Día Quinto de la octava de Navidad. Casualmente es el mismo texto que leímos ayer, pero aprovechemos su variedad de enfoques y gran riqueza.

Dios nos bendice…

Evangelio según San Lucas 2,22-35.
Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: "Todo primogénito varón será consagrado al Señor", y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: "un par de tórtolas o dos pichones. “Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: "Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel." Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María su madre: "Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma." 
Comentario

La Iglesia encuentra en María el camino de fidelidad a Dios: Cristo Jesús, el cual no ha de ser para nosotros motivo de ruina sino de salvación, pues Él no vino para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. Quienes estamos consagrados a Dios por medio del Bautismo, que nos une en la fe a Jesucristo, debemos ser luz para todas las naciones y nunca motivo de condenación, de destrucción, de muerte, de sufrimiento; pues el Señor no nos envió a destruir la paz ni la alegría, sino a construir su Reino de amor a pesar de que en ese empeño tengamos que tomar nuestra propia cruz, ir tras las huellas de Cristo para que, pasando por la muerte, lleguemos junto con Él a la participación de la Gloria que le corresponde como a Unigénito de Dios Padre.

Jesucristo ha venido a nosotros. ¿Lo hemos recibido con amor? ¿Lo reconocemos como nuestro Dios y Salvador? Cristo, Luz de las naciones, no sólo ha de iluminar nuestra vida, sino que, por nuestra unión a Él, debemos ser también nosotros luz del mundo. Nuestros padres ya pueden morir en paz cuando vean que aquel compromiso de educarnos en la fe, para que vivamos como hijos de Dios, ha llegado a su cumplimiento en nosotros. Amémonos los unos a los otros como Cristo nos ha amado; pues la perfección consiste en el amor que llega en nosotros a su plenitud.


No nos conformemos con llamarnos hijos de Dios, sino que seámoslo en verdad de tal forma que, mediante nuestras buenas obras, manifestemos desde nuestra vida a Aquel que habita en nuestros corazones, pues de la abundancia del corazón habla la boca. Aquel que vive pecando, aquel que se levanta en contra de su hermano para asesinarlo, para perseguirlo, para calumniarlo, para dejarlo morir de hambre, por más que se arrodille ante Dios no puede ser, en verdad, su hijo, pues Dios es amor, y es amor sin límites. Amemos a nuestro prójimo en la forma como el Señor nos ha dado ejemplo, pues en la proclamación del Evangelio sólo el amor es digno de crédito.

www.homiliacatolica.com

domingo, 2 de febrero de 2014

¿Ofrecemos nuestra vida al Señor o a los ídolos?

¡Amor y paz!

La fiesta de la Presentación celebra una llegada y un encuentro; la llegada del anhelado Salvador, núcleo de la vida religiosa del pueblo, y la bienvenida concedida a él por dos representantes dignos de la raza elegida, Simeón y Ana. 

Por su provecta edad, estos dos personajes simbolizan los siglos de espera y de anhelo ferviente de los hombres y mujeres devotos de la antigua alianza. En realidad, ellos representan la esperanza y el anhelo de la raza humana.

Al revivir este misterio en la fe, la Iglesia da de nuevo la bienvenida a Cristo. Ese es el verdadero sentido de la fiesta. Es la "Fiesta del Encuentro", el encuentro de Cristo y su Iglesia. Esto vale para cualquier celebración litúrgica, pero especialmente para esta fiesta. La liturgia nos invita a dar la bienvenida a Cristo y a su madre, como lo hizo su propio pueblo de antaño: "Oh Sión, adorna tu cámara nupcial y da la bienvenida a Cristo el Rey; abraza a María, porque ella es la verdadera puerta del cielo y te trae al glorioso Rey de la luz 
nueva”. (Vincent Ryan).

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este domingo en el que celebramos la Fiesta de la Presentación del Señor.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Lucas 2,22-40.
Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor,  como está escrito en la Ley: Todo varón primogénito será consagrado al Señor. También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor. Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor. Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo: "Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel". Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: "Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos". Había también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido. Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él.
Comentario

Bien podemos presumir que, de entre las acepciones que el diccionario da al término "presentar", la que mejor le cuadra a esta Fiesta de la Presentación del Señor es la de "ofrecer, regalar, dar".

La ceremonia de la consagración de los primogénitos era en agradecimiento al Dios que sacó al pueblo de la esclavitud; los primogénitos eran ofrecidos, regalados, dados a Dios, aunque luego eran "rescatados".

No nos interesa el qué o el cómo, sino el sentido que en la vida de Jesús pudo 
tener este acontecimiento, para saber el que debe tener en la nuestra.

Ante todo hay una realidad, ya a menudo comentada: Jesús se hizo hombre con todas las consecuencias, incluida la de pasar por las prescripciones legales del pueblo en cuyo seno nació. Se hace uno de nosotros, no una apariencia de hombre.

Pero hoy podemos aprovechar para rastrear otro aspecto de este momento de la vida de Jesús: ser ofrecido a Dios, ser regalado, dado a Dios.

Ser regalado a Dios no es sólo un acto de piedad (aunque de hecho muchas veces no pasa de ser simplemente eso); es una opción, una elección, una toma de postura ante la vida y la manera de vivirla. Ser regalado a Dios es aceptar ser suyo, no sólo como objeto de "su" propiedad, sino como fuerza y energía vitales puestas a su servicio. Ser dado a Dios es no aceptar en la propia vida otro dios que Dios ni otro reinado que su Reino. Ser regalado a Dios es, en fin, convertirse en regalo de Dios para los hombres, pues Dios no busca "coleccionar personas" a su servicio, sino enviar, a quienes se ponen en sus manos, a que sirvan a los hombres.

Muchos hombres y mujeres se han presentado a Dios, se han ofrecido a Él, se han regalado a Él. Muchos otros, en cambio, se han ofrecido a otros dioses:

-se presentan al dios dinero, en los templos de los bancos, la bolsa, la oficina de negocios, la inversión rápida, la especulación fácil;

-o se presentan al dios consumo, en los templos de los grandes alma- cenes; o en los templos de los pubs de moda, en unos modernos viacrucis con bastantes más de catorce estaciones y que suelen terminar en el calvario del aburrimiento, del alcoholismo o la toxicomanía;

-otros se presentan al Dios estética, en los templos gimnasio, las boutiques de moda, entregados a los ritos de cuidar la imagen, acicalarse hasta la saciedad, confesando el credo de la fe en la eterna juventud, cerrando los ojos al "pecado" de envejecer;

-otros se presentan al dios trabajo, con una religiosidad comparable a la de los contemplativos; entregados en cuerpo y alma, sin tiempo para nada ni para nadie, "célibes" voluntarios de la esposa y la familia, sin tener ojos, oídos ni corazón para otra cosa que no sea el trabajo, con sus litúrgicas vestiduras del traje de yuppi, sus rituales comidas y cenas de trabajo;

-otros eligen presentarse a la diosa de la fortuna, confiando en la providencia de la suerte, con una amplia gama de ritos; velas, imágenes con perejil, escapularios... ello bien cerca del billete de la lotería o de la quiniela en la que han puesto toda su ilusión y su esperanza, consintiéndole a tan caprichosa diosa sus múltiples y reiterados desplantes, confiando una y mil veces en sus nunca cumplidas promesas;

-hay personas que se presentan y se rinden incondicionalmente ante la diosa ciencia, a quien se lo entregan todo y de quien todo lo esperan, deslumbrados por unos brevísimos instantes de luz que han cruzado la vida del hombre contemporáneo como un rayo en la noche. A ella la ven como auténtica salvadora del ser humano, a ella se ofrecen, de ella aceptan el caro precio que exige pagar en contaminación, desertización de tierras, intoxicaciones, etc., porque siguen confiando en que ella ha de resolver todo antes o después;

-no faltan hoy día quienes se presentan al dios de la droga, nuevo en su "formato", pero viejo en su sed de sangre, que reclama insaciablemente sacrificios humanos ofreciendo a cambio un paraíso de media hora tras el rito de la aguja o la esnifada; un dios que anda hoy día bien abundante de acólitos-camellos, dedicados horas y horas, en esquinas o en locales de moda, a prestar servicios a los fieles adeptos.

Hay, en fin, tantos dioses ante los que se presentan los hombres y mujeres de nuestro tiempo que la imagen de Jesús hoy, niño en brazos de su madre presentado al Dios que prometió estar siempre junto a su pueblo y cumplió sus promesas, debe hacernos reflexionar.

Reflexionar sobre el dios o los dioses a los que nos estamos presentando cada día, en el trabajo y en la casa, en el tiempo libre y en el ocupado, con los conocidos y con los desconocidos.

Reflexionar sobre lo que esos dioses nos aportan realmente a nuestra vida, si nos salvan de algo o nos están haciendo cada día más y más esclavos.

Reflexionar sobre el precio que esos dioses se cobran de nosotros, sobre su capacidad de absorbernos, de alienarnos, de dominarnos y dejarnos sin libertad. Comprender el caro tributo que nos imponen.

Reflexionar sobre las consecuencias, muchas de ellas constatables en cualquier momento, en cualquier situación, y lo que nos aportan.

Y reflexionar, en definitiva, si no merecerá más la pena presentarnos al Dios de Jesús, que no acapara sino que libera, que no esclaviza sino que salva, que no mata sino que da vida. Y ojalá también nosotros, al fin, nos presentemos ante el Dios de Jesús. Con todas sus consecuencias.

LUIS GRACIETA
DABAR 1992, 13

sábado, 2 de febrero de 2013

Tenemos que escoger: ¡Dios o los ídolos!



¡Amor y paz!

Entre la inmensa muchedumbre que ha acudido al templo, Jesús pasa hoy inadvertido. Los sacerdotes, demasiado ocupados con los ritos que deben realizar, no advierten nada especial. María y José se confunden con la gente de tal manera que Dios puede acudir de incógnito a la cita. Pero un anciano y una anciana esperan discretamente en oración: esperan al Mesías, y esperan con la paciencia infinita de las personas ancianas, a las que nada puede desanimar. Por eso sus ojos medio cerrados reconocieron al Señor. Salieron a su encuentro.

Siempre que Cristo acude a un encuentro, a una cita con nosotros, lo hace sin estruendo. Hoy acude pequeñín, como un recién nacido. Mañana acudirá discreto, como un amigo que llama a la puerta. Al atardecer, mendigará nuestra mirada, cuando lo expongan desnudo en una cruz. Y una vez resucitado, viene de nuevo, se aparece, pero nuestras manos no pueden retenerlo: apenas lo hemos reconocido, y ya ha desaparecido (‘Dios cada día’. Sal Terrae/Santander 1989.Pág. 90).

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este sábado en que celebramos la fiesta de la Presentación del Señor.

Dios los bendiga..

Evangelio según San Lucas 2,22-40.

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: Todo varón primogénito será consagrado al Señor. También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor. Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor. Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo: "Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel". Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: "Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos". Había también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido. Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él.

Comentario

Bien podemos presumir que, de entre las acepciones que el diccionario da al término "presentar", la que mejor le cuadra a esta Fiesta de la Presentación del Señor es la de "ofrecer, regalar, dar".

La ceremonia de la consagración de los primogénitos era en agradecimiento al Dios que sacó al pueblo de la esclavitud; los primogénitos eran ofrecidos, regalados, dados a Dios, aunque luego eran "rescatados".

No nos interesa el qué o el cómo, sino el sentido que en la vida de Jesús pudo tener este acontecimiento, para saber el que debe tener en la nuestra.

Ante todo hay una realidad, ya a menudo comentada: Jesús se hizo hombre con todas las consecuencias, incluída la de pasar por las prescripciones legales del pueblo en cuyo seno nació. Se hace uno de nosotros, no una apariencia de hombre.

Pero hoy podemos aprovechar para rastrear otro aspecto de este momento de la vida de Jesús: ser ofrecido a Dios, ser regalado, dado a Dios.

Ser regalado a Dios no es sólo un acto de piedad (aunque de hecho muchas veces no pasa de ser simplemente eso); es una opción, una elección, una toma de postura ante la vida y la manera de vivirla. Ser regalado a Dios es aceptar ser suyo, no sólo como objeto de "su" propiedad, sino como fuerza y energía vitales puestas a su servicio. Ser dado a Dios es no aceptar en la propia vida otro dios que Dios ni otro reinado que su Reino. Ser regalado a Dios es, en fin, convertirse en regalo de Dios para los hombres, pues Dios no busca "coleccionar personas" a su servicio, sino enviar, a quienes se ponen en sus manos, a que sirvan a los hombres.

Muchos hombres y mujeres se han presentado a Dios, se han ofrecido a Él, se han regalado a Él. Muchos otros, en cambio, se han ofrecido a otros dioses:

-se presentan al dios dinero, en los templos de los bancos, la bolsa, la oficina de negocios, la inversión rápida, la especulación fácil;

-o se presentan al dios consumo, en los templos de los grandes alma- cenes; o en los templos de los pubs de moda, en unos modernos viacrucis con bastantes más de catorce estaciones y que suelen terminar en el calvario del aburrimiento, del alcoholismo o la toxicomanía;

-otros se presentan al Dios estética, en los templos gimnasio, las boutiques de moda, entregados a los ritos de cuidar la imagen, acicalarse hasta la saciedad, confesando el credo de la fe en la eterna juventud, cerrando los ojos al "pecado" de envejecer;

-otros se presentan al dios trabajo, con una religiosidad comparable a la de los contemplativos; entregados en cuerpo y alma, sin tiempo para nada ni para nadie, "célibes" voluntarios de la esposa y la familia, sin tener ojos, oídos ni corazón para otra cosa que no sea el trabajo, con sus litúrgicas vestiduras del traje de yuppi, sus rituales comidas y cenas de trabajo;

-otros eligen presentarse a la diosa de la fortuna, confiando en la providencia de la suerte, con una amplia gama de ritos; velas, imágenes con perejil, escapularios... ello bien cerca del billete de la lotería o de la quiniela en la que han puesto toda su ilusión y su esperanza, consintiéndole a tan caprichosa diosa sus múltiples y reiterados desplantes, confiando una y mil veces en sus nunca cumplidas promesas;

-hay personas que se presentan y se rinden incondicionalmente ante la diosa ciencia, a quien se lo entregan todo y de quien todo lo esperan, deslumbrados por unos brevísimos instantes de luz que han cruzado la vida del hombre contemporáneo como un rayo en la noche. A ella la ven como auténtica salvadora del ser humano, a ella se ofrecen, de ella aceptan el caro precio que exige pagar en contaminación, desertización de tierras, intoxicaciones, etc., porque siguen confiando en que ella ha de resolver todo antes o después;

-no faltan hoy día quienes se presentan al dios de la droga, nuevo en su "formato", pero viejo en su sed de sangre, que reclama insaciablemente sacrificios humanos ofreciendo a cambio un paraíso de media hora tras el rito de la aguja o la esnifada; un dios que anda hoy día bien abundante de acólitos-camellos, dedicados horas y horas, en esquinas o en locales de moda, a prestar servicios a los fieles adeptos.

Hay, en fin, tantos dioses ante los que se presentan los hombres y mujeres de nuestro tiempo que la imagen de Jesús hoy, niño en brazos de su madre presentado al Dios que prometió estar siempre junto a su pueblo y cumplió sus promesas, debe hacernos reflexionar.

Reflexionar sobre el dios o los dioses a los que nos estamos presentando cada día, en el trabajo y en la casa, en el tiempo libre y en el ocupado, con los conocidos y con los desconocidos.

Reflexionar sobre lo que esos dioses nos aportan realmente a nuestra vida, si nos salvan de algo o nos están haciendo cada día más y más esclavos.

Reflexionar sobre el precio que esos dioses se cobran de nosotros, sobre su capacidad de absorbernos, de alienarnos, de dominarnos y dejarnos sin libertad. Comprender el caro tributo que nos imponen.

Reflexionar sobre las consecuencias, muchas de ellas constatables en cualquier momento, en cualquier situación, y lo que nos aportan.

Y reflexionar, en definitiva, si no merecerá más la pena presentarnos al Dios de Jesús, que no acapara sino que libera, que no esclaviza sino que salva, que no mata sino que da vida. Y ojalá también nosotros, al fin, nos presentemos ante el Dios de Jesús. Con todas sus consecuencias.

LUIS GRACIETA
DABAR 1992, 13