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domingo, 6 de agosto de 2017

Jesús nos invita a confiar en Él para vencer los temores

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar la Palabra de Dios y el comentario, en este domingo en que celebramos la fiesta de la Transfiguración del Señor.

Dios nos bendice...

Libro de Daniel 7,9-10.13-14. 

Yo estuve mirando hasta que fueron colocados unos tronos y un Anciano se sentó. Su vestidura era blanca como la nieve y los cabellos de su cabeza como la lana pura; su trono, llamas de fuego, con ruedas de fuego ardiente.
Un río de fuego brotaba y corría delante de él. Miles de millares lo servían, y centenares de miles estaban de pie en su presencia. El tribunal se sentó y fueron abiertos unos libros
Yo estaba mirando, en las visiones nocturnas, y vi que venía sobre las nubes del cielo como un Hijo de hombre; él avanzó hacia el Anciano y lo hicieron acercar hasta él.
Y le fue dado el dominio, la gloria y el reino, y lo sirvieron todos los pueblos, naciones y lenguas. Su dominio es un dominio eterno que no pasará, y su reino no será destruido.

Salmo 97(96),1-2.5-6.9. 

¡El Señor reina! Alégrese la tierra,
regocíjense las islas incontables.
Nubes y Tinieblas lo rodean,
la Justicia y el Derecho son

la base de su trono.
Las montañas se derriten como cera
delante del Señor, que es el dueño de toda la tierra.
Los cielos proclaman su justicia

y todos los pueblos contemplan su gloria.
Porque tú, Señor, eres el Altísimo:
estás por encima de toda la tierra,
mucho más alto que todos los dioses.

Epístola II Carta de San Pedro 1,16-19. 

Porque no les hicimos conocer el poder y la Venida de nuestro Señor Jesucristo basados en fábulas ingeniosamente inventadas, sino como testigos oculares de su grandeza.
En efecto, él recibió de Dios Padre el honor y la gloria, cuando la Gloria llena de majestad le dirigió esta palabra: "Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección".
Nosotros oímos esta voz que venía del cielo, mientras estábamos con él en la montaña santa.
Así hemos visto confirmada la palabra de los profetas, y ustedes hacen bien en prestar atención a ella, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro hasta que despunte el día y aparezca el lucero de la mañana en sus corazones.

Evangelio según San Mateo 17,1-9. 

Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado.
Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz.
De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.
Pedro dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías".
Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: "Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo".
Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor.
Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: "Levántense, no tengan miedo".
Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo.
Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: "No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos". 

Comentario

El mensaje que nos trae el Evangelio de la fiesta de la Transfiguración del Señor se centra en el tema de la fe, que a su vez implica una actitud de esperanza en medio de las dificultades de esta vida. Reflexionemos sobre lo que significa para nosotros este misterio que el Papa San Juan Pablo II incluyó como el cuarto de los “luminosos” en su propuesta de la oración del Santo Rosario, teniendo en cuenta también las otras lecturas bíblicas escogidas por la liturgia de la Iglesia para esta celebración: Daniel 7,9-10.13-14 y II Carta de Pedro 1,16-19).

1.- Jesús transfigurado fortalece la fe de sus discípulos

Inmediatamente antes del relato de la Transfiguración, el mismo Evangelio de Mateo cuenta que Jesús les anunció a sus discípulos que lo iban a matar y que al tercer día resucitaría (Mateo 16, 21), y luego les hizo esta reflexión: “Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame” (Mateo 16, 24). El anuncio de su pasión y muerte, y la exhortación a tomar la cruz y estar dispuestos a entregar la vida a imitación de Él -a pesar de la promesa de la resurrección-, causaron en aquellos primeros seguidores de Jesús un efecto de desaliento. Entonces, para animarlos y fortalecerlos en la fe, Él les manifiesta su gloria haciéndoles ver en forma luminosa lo que sería el acontecimiento pascual de su resurrección, e indicándoles que en Él se cumplirían las promesas contenidas en el Antiguo Testamento, específicamente en los textos bíblicos de la Ley y de los Profetas, simbolizados respectivamente por las figuras de Moisés y Elías.

También nosotros necesitamos que, en medio de la oscuridad de las circunstancias problemáticas de nuestra existencia, cuando nos sentimos abrumados por el peso de la cruz que a cada cual le corresponde cargar, el Señor se nos manifieste animándonos desde la fe, iluminándonos con su propia luz y dándonos la fuerza que necesitamos para no desfallecer en el camino de esta vida, que no es un camino de rosas sino un sendero en el que debemos afrontar con valor las situaciones difíciles que se nos presentan y esforzarnos por superarlas con su ayuda. Para que esto suceda, es preciso que busquemos espacios y aprovechemos los que se nos ofrecen, de modo que podamos oír en nuestro interior, en un clima de oración, la voz de Dios que nos dice, como a aquellos primeros discípulos de Jesús: “Este es mi Hijo predilecto: escúchenlo”.

2. Jesús, “hijo del hombre”, les revela a sus discípulos su realidad divina

La visión “nocturna” del libro profético de Daniel en el Antiguo Testamento presenta a “un hijo de hombre” al que “le dieron poder real y dominio”, agregando que “su reino no tendrá fin”. Esta profecía es reconocida por la Iglesia católica como un anuncio del Mesías prometido, cuyo cumplimiento se dio precisamente en la persona de Jesús de Nazaret. Él se llamaba a sí mismo “el hijo del hombre”, y nosotros creemos que en su naturaleza humana se ha manifestado su realidad divina, como Dios hecho hombre.
Este es un misterio sólo captable por la fe, que es un don de Dios, y por eso quienes creemos en él sabemos -o se supone que debemos saber- que es Él mismo quien toma la iniciativa de revelársenos en medio de la oscuridad de nuestra vida presente, como lo hizo con el profeta Daniel en aquella “visión nocturna”.

3.- Jesús nos invita a confiar en Él para vencer los temores

La palabra de Dios en la segunda Carta de Pedro nos remite a la experiencia que tuvieron éste y los otros apóstoles a quienes Jesús se les mostró transfigurado “en la montaña sagrada”, que la tradición cristiana identifica con el monte llamado Tabor: “no nos fundamos en fábulas fantásticas, sino que fuimos testigos oculares de su grandeza”.

Podemos suponer que esta experiencia aconteció en la noche, pues como cuentan los evangelios Jesús acostumbraba orar después de terminar la tarde o antes de despuntar la aurora. La Carta de Pedro repite también aquellas palabras provenientes de Dios Padre: “Éste es mi Hijo amado, mi predilecto”, y finalmente les dice a los primeros cristianos, como también hoy a nosotros: “Ustedes hacen muy bien en prestarle atención, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día”.

Se refiere así la Carta de Pedro, en esta forma simbólica del paso de la noche al amanecer, a la promesa de la resurrección de los muertos, de la cual es prenda precisamente la resurrección gloriosa de nuestro Señor Jesucristo.

“Levántense, no teman”. Estas palabras de Jesús, pronunciadas inmediatamente después de su transfiguración, son también para nosotros. Él se nos acerca especialmente en la Eucaristía, alimentándonos con su propia vida resucitada y dándonos así la luz y la energía que necesitamos para recorrer sin desanimarnos, a pesar de las dificultades, el camino que Él mismo nos señala y que nos conduce a la felicidad verdadera, no sólo en esta vida sino también en la eterna.


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El mensaje del Domingo - Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.

sábado, 18 de febrero de 2017

Quien se encuentra con Dios encarnado en Jesús siente más la injusticia, el desamparo y la autodestrucción de los hombres

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este Sábado de la sexta semana del tiempo ordinario.

Dios nos bendice...

Evangelio según San Marcos 9,2-13.      
 
Seis días después, Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Pedro dijo a Jesús: "Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías". Pedro no sabía qué decir, porque estaban llenos de temor. Entonces una nube los cubrió con su sombra, y salió de ella una voz: "Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo". De pronto miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos. Mientras bajaban del monte, Jesús les prohibió contar lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos cumplieron esta orden, pero se preguntaban qué significaría "resucitar de entre los muertos". Y le hicieron esta pregunta: "¿Por qué dicen los escribas que antes debe venir Elías?". Jesús les respondió: "Sí, Elías debe venir antes para restablecer el orden en todo. Pero, ¿no dice la Escritura que el Hijo del hombre debe sufrir mucho y ser despreciado? Les aseguro que Elías ya ha venido e hicieron con él lo que quisieron, como estaba escrito".   
Comentario

La transfiguración (literalmente metamorfosis) es un relato tan teológicamente elaborado que resulta una condensación anecdótica de muchos principios variados. Si Jesús era tenido por Mesías, convenía que el Legislador (Moisés) y el Profeta (Elías) lo atestiguara según el Antiguo Testamento, pero a la vez que hablaran de pasión desmentía que fuera mesías judío. Ambos, Moisés y Elías buscaron un “cara a cara” con Yahveh y el primero no pudo ver más que su espalda; el segundo sentirlo en la briza suave. Pero se dice de Moisés que su rostro resplandecía al bajar del Sinaí. Este detalle lo incluye Mateo, pero Marcos no habla del rostro sino de las vestiduras de Jesús, con lo cual se acerca más a las descripciones de la resurrección.

La transfiguración les permite ver la persona de Jesús en oración. Las tiendas (fiesta judía de Sukkoth) que Pedro quiere en el lugar de la transfiguración denotan la presencia de Yahvéh en el desierto y a la vez la escatología judía del amante Yahvéh finalmente desposado con su amada Israel. La transfiguración adelanta el final trayéndolo dentro de la historia; muestra lo que se espera de todo creyente, por lo cual los comentaristas aplican al episodio de la transfiguración la categoría relato de aparición preterido (puesto en el pasado), de oración iluminada, de conversión, de transformación en la manera de ver a Jesús, etc.

Gregorio de Nisa habla de los sacramentos como momentos de transfiguración o metamorfosis por los cuales rompemos un ciclo para empezar otro. Pero lo que en los animales sucede por las leyes naturales en el creyente sucede por la gracia o in-habitación del Espíritu. Pablo, que poco alude a los hechos de la vida de Jesús, utiliza sin embargo la transfiguración aplicada a los creyentes: «Como en un espejo nos transformamos (metamorfoseamos en el original) en la misma imagen, de gloria en gloria, a medida que obra en nosotros el espíritu del Señor» (2 Co 3:18).

El sacramento primero y fundamental que era el bautismo, se llamó por mucho tiempo “iluminación” (fotismós en griego), para no andar ya más en tinieblas. La transfiguración está en continuidad con la creación y la encarnación de manera que ninguna de las dos es estática sino dinámica. Toda la creación (incluida la humanidad) va hacia algún lado y éste para el creyente es la glorificación de Dios, la deificación como la llama la teología Ortodoxa. La encarnación introduce toda la creación en la obra de la salvación. En el pasado, con un sobre énfasis en el pecado, se entendió la encarnación como reverso de la caída de Adán; no como la sobre abundancia de la gracia y el amor de Dios.

La transfiguración en Jesús es la señal de la transfiguración general y la Eucaristía es el “hospital espiritual” en donde el creyente cura sus heridas para seguir transfigurándose en más y mejor comunidad (comunión) y más exaltada creación.

 Los escenas de muchos monjes del desierto en armonía con las bestias del campo era un “icono” (imagen) de dicha transfiguración y fue la literatura folclórica quien lo interpretó como el dominio sobre demonios. Hoy, con la crisis ecológica, vale la pena volver a la imagen inicial. La transfiguración figuraría la nueva luz que necesita el creyente para verlo todo con nuevos ojos. Precisamente en el evangelio de Marcos se anota durante las tentaciones en el desierto: «Estaba entre animales salvajes» (Mc 1:13). La mandorla (óvalo) que suele enmarcar los iconos de la transfiguración simbolizan la totalidad de la creación (cosmos).

Si la creación-encarnación-redención forman un todo querido por Dios y todos forman parte substancial de la historia de la salvación ninguno de ellos puede ser simplemente un telón de fondo o un escenario donde se desarrolla la vida cristiana. Todos forman parte de la transfiguración que entraña el reinado de Dios. La creación de la humanidad ya entrañaba la imagen divina (su sello de garantía) y la semejanza que debía alcanzar (la definitiva semejanza en Cristo). La creación sería como gracia dada y la semejanza como tarea o gracia creada. Pablo habla de la resurrección cristiana como una metamorfosis del cuerpo: «Resurrección de los cuerpos: se siembra en corrupción, se resucita en incorrupción; se siembra en vileza, se resucita en gloria; se siembra en debilidad, se resucita en fortaleza; se siembra cuerpo psíquico, se resucita cuerpo espiritual» (1 Co 15:42-44). Esto, no para que suceda en un futuro lejano e incierto, sino que debe empezar a suceder ya en el creyente.

Pentecostés, para algunos escritores místicos, es la transfiguración expresada como luz interior. En Jesús solamente en el relato de la transfiguración aparece como exterior pues en los demás relatos aparece una “divinidad escondida”, hasta el punto de considerar a Jesús “fuera de sí” (loco) o aliado de Belcebú. En otros momentos del “secreto mesiánico” revelado como son el bautismo, los demonios y la entrada en Jerusalén vienen de fuera los testimonios. Irónicamente Marcos ubica los discípulos (entre ellos Pedro, Santiago y Juan de la transfiguración) en el huerto de los Olivos, en donde ni siquiera alcanzan a acompañarlo en la oración, en una transfiguración contraria a la del monte. Jesús está “triste hasta la muerte” y pide al Padre Abba que le aparte el cáliz de la pasión si le es posible. Los tres discípulos parecen ser los que más necesitan de la transfiguración, pues son los que parecen ofrecer mayor resistencia a Jesús cuando les habla de su destino doloroso de cruz. Pedro intenta incluso quitarle de la cabeza esas ideas absurdas. Los hermanos Santiago y Juan le andan pidiendo los primeros puestos en el reino. Ante ellos precisamente se transfigura Jesús porque parecen necesitarlo más que nadie.

En la transfiguración solamente Jesús irradia luz. Los demás parecen apagados, les falta aún mucho para ser luz para lo cual tiene que bajar de esa nube y volver a la gente, a sus incapacidades como en la curación que enfrentan al bajar. Jesús no los lleva, y es algo constante en todos los evangelios, a una mística de montaña, de aislamiento; no los lleva a una huida religiosa del mundo, sino que lo devuelve a la tierra a la que él vino a encarnarse.

Quien se abre intensamente a Dios ama intensamente la tierra. Quien se encuentra con el Dios encarnado en Jesús siente con más fuerza la injusticia, el desamparo y la autodestrucción de los hombres. En una renovación monástica luego del Vaticano II que es el monasterio de Taizé, modificaron la consigna de su estilo de vida como: “Lucha y contemplación”. Es el ascenso e inmediato descenso de la montaña. La fidelidad a la tierra no nos puede alejar del misterio de Dios. La fidelidad a Dios no nos puede alejar de la lucha por una tierra más justa, solidaria y fraterna.

Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
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domingo, 21 de febrero de 2016

“(...) vieron la gloria de Jesús”

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este Domingo de la 2ª semana de Cuaresma.

Dios nos bendice...

Evangelio según San Lucas 9,28b-36. 
Unos ocho días después de decir esto, Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña para orar. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante. Y dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que aparecían revestidos de gloria y hablaban de la partida de Jesús, que iba a cumplirse en Jerusalén. Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, pero permanecieron despiertos, y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él. Mientras estos se alejaban, Pedro dijo a Jesús: "Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías". El no sabía lo que decía. Mientras hablaba, una nube los cubrió con su sombra y al entrar en ella, los discípulos se llenaron de temor. Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: "Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo". Y cuando se oyó la voz, Jesús estaba solo. Los discípulos callaron y durante todo ese tiempo no dijeron a nadie lo que habían visto. 
Comentario

Julio Alberto Arango, cuando era decano del Medio Universitario de la Facultad de Ciencias de la Universidad Javeriana, me decía que la expresión Yo soy el que soy, con la que se identifica Yahvé ante Moisés al enviarlo a liberar a su pueblo de la esclavitud de Egipto (Cfr. Éxodo 3, 14), debería traducirse mejor como Yo soy el que seré. Esta posición también es defendida por algunos estudiosos de la Biblia actualmente. Se trata de una definición menos estática y, por tanto, más acorde con el Dios peregrino que hizo el camino del desierto con su pueblo y que sigue caminando hoy junto a nosotros.

La expresión Yo soy el que seré es un intento por expresar la dinámica de un Dios que nos promete que no descansará hasta ser nuestro Dios y hasta que nosotros seamos su pueblo (Cfr. Éxodo 6,7). Dicho de otra manera, como lo expresa Ira Progoff en una poesía: “Como el roble está latente en el fondo de la bellota, la plenitud de la personalidad humana, la totalidad de sus posibilidades creadoras y espirituales está latente en el fondo del ser humano incompleto que espera, en silencio, la posibilidad de aflorar”.

Cuando una institución humana se plantea su visión, desde la perspectiva de lo que se conoce como el Direccionamiento estratégico, está formulando su deseo de hacer el camino presente, desde el sueño del futuro. Otra expresión de esta realidad que estoy tratando de comunicar, es el título de uno de los libros y de una poesía de Benjamín González Buelta, S.J.: La utopía ya está en lo germinal. El final ya está presente al comienzo del camino. Cuando damos el primer paso, como Abraham, ya llevamos a cuestas la tierra prometida hacia la que nos mueve la promesa:

Esperaré a que crezca el árbol
y me dé sombra.
Pero abonaré la espera
con mis hojas secas.

Esperaré a que brote
el manantial
y me dé agua.
Pero despejaré mi cauce
de memorias enlodadas.

Esperaré a que apunte
la aurora
y me ilumine.
Pero sacudiré mi noche
de postraciones y sudarios.

Esperaré que llegue
lo que no sé
y me sorprenda.

Pero vaciaré mi casa
de todo lo conquistado.
Y al abonar el árbol,
despejar el cauce,
sacudir la noche
y vaciar la casa,
la tierra y el lamento
se abrirán a la esperanza.

Benjamín González Buelta, S.J.

Esto, precisamente, es lo que presenta san Lucas en el relato de la transfiguración, al comienzo de nuestro tiempo de Cuaresma. Nos está señalando el final de nuestro camino, hacia el que vamos en compañía de Jesús. Como el Dios peregrino que marchó con el pueblo de Israel, nosotros no sólo somos lo que fuimos en el pasado, o lo que somos en el presente, sino que también somos ya lo que seremos en el futuro. Somos ya el sueño de Dios realizándose en esta historia concreta. Permitamos que Dios nos cree y nos salve, como es claramente su voluntad para nosotros hoy, dejando aflorar todas las posibilidades creadoras y espirituales que están latentes en el fondo silencioso de nuestra finitud. Esto es vivir auténticamente el tiempo de Cuaresma.

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.
Sacerdote jesuita, Profesor Asociado de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá 

jueves, 6 de agosto de 2015

Jesús no solo nos señala el cielo sino nuestra misión en el mundo

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este jueves en que celebramos la fiesta de la Transfiguración del Señor.

Dios nos bendice…

Evangelio según San Marcos 9,2-10. 
Seis días después, Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Pedro dijo a Jesús: "Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías". Pedro no sabía qué decir, porque estaban llenos de temor. Entonces una nube los cubrió con su sombra, y salió de ella una voz: "Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo". De pronto miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos. Mientras bajaban del monte, Jesús les prohibió contar lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos cumplieron esta orden, pero se preguntaban qué significaría "resucitar de entre los muertos". 
Comentario

La tentación de "hacer tres tiendas" está siempre presente. Es curioso que el hombre se preocupe siempre por construirle una casa a Dios, cuando el mismo Dios ha bajado a la tierra para vivir en las casas de los hombres. Dios no tiene tanta necesidad de metros cuadrados para iglesias como de acogida en el corazón humano. Dios no quiere vivir en un "hotel para dioses" relegado como nuestros ancianos, en una especie de parkings. Dios quiere vivir en familia con los hombres, andar entre sus pucheros. Por ambientados que estén nuestros templos, siempre le resultarán fríos a un Dios que busca el cobijo de los hombres.

EMMANUEL. El Dios-con-nosotros no puede quedar en una especie de producto situado en un mercado al que se acude cuando se necesitan servicios religiosos. Dios no es un objeto de consumo. Él es la vida misma del hombre, pero nosotros nos empeñamos en confinarlo en su casa en lugar de tenerlo como compañero contínuo en el camino de la vida.

El Dios de Jesús no se mantiene en alturas celestiales, sino que nos señala en dirección al mundo y quiere que como él nos encarnemos -valga la expresión- en nuestra propia carne. Además de nuestra condición de hombres, hay algo que refuerza nuestro interés por el mundo: nuestra fe. "Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez los gozos y las esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo" (G.S. núm. 1).

EUCARISTÍA 1985, 10

miércoles, 6 de agosto de 2014

¿Escuchamos a Jesús? ¿Escuchamos a nuestros hermanos?

¡Amor y paz!

Escúchenlo... Los hombres ya no tenemos tiempo para escuchar. Nos resulta difícil acercarnos en silencio, con calma y sin prejuicios al corazón del otro para escuchar el mensaje que todo hombre nos puede comunicar. Encerrados en nuestros propios problemas, pasamos junto a las personas, sin apenas detenernos a escuchar realmente a nadie. Se diría que al hombre contemporáneo se le está olvidando el arte de escuchar.

En este contexto, tampoco resulta tan extraño que a los cristianos se nos haya olvidado que ser creyente es vivir escuchando a Jesús. Y sin embargo, solamente desde esa escucha cobra su verdadero sentido y originalidad la vida cristiana. Más aún. Sólo desde la escucha nace la verdadera fe.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio, en este miércoles en que celebramos la fiesta de la Transfiguración del Señor.

Dios nos bendice…

Evangelio según San Mateo 17,1-9. 
Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús. Pedro dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías". Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: "Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo". Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: "Levántense, no tengan miedo". Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: "No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos". 

Comentario

Un famoso médico siquiatra decía en cierta ocasión: «Cuando un enfermo empieza a escucharme o a escuchar de verdad a otros... entonces, está ya curado». Algo semejante se puede decir del creyente. Si comienza a escuchar de verdad a Dios, está salvado. La experiencia de escuchar a Jesús puede ser desconcertante. No es el que nosotros esperábamos o habíamos imaginado. Incluso, puede suceder que, en un primer momento, decepcione nuestras pretensiones o expectativas.

Su persona se nos escapa. No encaja en nuestros esquemas normales. Sentimos que nos arranca de nuestras falsas seguridades e intuimos que nos conduce hacia la verdad última de la vida. Una verdad que no queremos aceptar.

Pero si la escucha es sincera y paciente, hay algo que se nos va imponiendo. Encontrarse con Jesús es descubrir, por fin, a alguien que dice la verdad. Alguien que sabe por qué vivir y por qué morir. Más aún. Alguien que es la Verdad.

Entonces empieza a iluminarse nuestra vida con una luz nueva. Comenzamos a descubrir con él y desde él cuál es la manera más humana de enfrentarse a los problemas de la vida y al misterio de la muerte. Nos damos cuenta dónde están las grandes equivocaciones y errores de nuestro vivir diario.

Pero ya no estamos solos. Alguien cercano y único nos libera una y otra vez del desaliento, el desgaste, la desconfianza o la huida. Alguien nos invita a buscar la felicidad de una manera nueva, confiando ilimitadamente en el Padre, a pesar de nuestro pecado. ¿Cómo responder hoy a esa invitación dirigida a los discípulos en la montaña de la transfiguración? "Este es mi Hijo amado. Escuchadlos". Quizás tengamos que empezar por elevar desde el fondo de nuestro corazón esa súplica que repiten los monjes del monte Athos: «Oh Dios, dame un corazón que sepa escuchar».

Josdre, a pesar de nuestro pecado. nos?hombre, no en depredadormié Antonio Pagola
Buenas Noticias Navarra 1985.Pág. 155 s.