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sábado, 18 de febrero de 2017

Quien se encuentra con Dios encarnado en Jesús siente más la injusticia, el desamparo y la autodestrucción de los hombres

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este Sábado de la sexta semana del tiempo ordinario.

Dios nos bendice...

Evangelio según San Marcos 9,2-13.      
 
Seis días después, Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Pedro dijo a Jesús: "Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías". Pedro no sabía qué decir, porque estaban llenos de temor. Entonces una nube los cubrió con su sombra, y salió de ella una voz: "Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo". De pronto miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos. Mientras bajaban del monte, Jesús les prohibió contar lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos cumplieron esta orden, pero se preguntaban qué significaría "resucitar de entre los muertos". Y le hicieron esta pregunta: "¿Por qué dicen los escribas que antes debe venir Elías?". Jesús les respondió: "Sí, Elías debe venir antes para restablecer el orden en todo. Pero, ¿no dice la Escritura que el Hijo del hombre debe sufrir mucho y ser despreciado? Les aseguro que Elías ya ha venido e hicieron con él lo que quisieron, como estaba escrito".   
Comentario

La transfiguración (literalmente metamorfosis) es un relato tan teológicamente elaborado que resulta una condensación anecdótica de muchos principios variados. Si Jesús era tenido por Mesías, convenía que el Legislador (Moisés) y el Profeta (Elías) lo atestiguara según el Antiguo Testamento, pero a la vez que hablaran de pasión desmentía que fuera mesías judío. Ambos, Moisés y Elías buscaron un “cara a cara” con Yahveh y el primero no pudo ver más que su espalda; el segundo sentirlo en la briza suave. Pero se dice de Moisés que su rostro resplandecía al bajar del Sinaí. Este detalle lo incluye Mateo, pero Marcos no habla del rostro sino de las vestiduras de Jesús, con lo cual se acerca más a las descripciones de la resurrección.

La transfiguración les permite ver la persona de Jesús en oración. Las tiendas (fiesta judía de Sukkoth) que Pedro quiere en el lugar de la transfiguración denotan la presencia de Yahvéh en el desierto y a la vez la escatología judía del amante Yahvéh finalmente desposado con su amada Israel. La transfiguración adelanta el final trayéndolo dentro de la historia; muestra lo que se espera de todo creyente, por lo cual los comentaristas aplican al episodio de la transfiguración la categoría relato de aparición preterido (puesto en el pasado), de oración iluminada, de conversión, de transformación en la manera de ver a Jesús, etc.

Gregorio de Nisa habla de los sacramentos como momentos de transfiguración o metamorfosis por los cuales rompemos un ciclo para empezar otro. Pero lo que en los animales sucede por las leyes naturales en el creyente sucede por la gracia o in-habitación del Espíritu. Pablo, que poco alude a los hechos de la vida de Jesús, utiliza sin embargo la transfiguración aplicada a los creyentes: «Como en un espejo nos transformamos (metamorfoseamos en el original) en la misma imagen, de gloria en gloria, a medida que obra en nosotros el espíritu del Señor» (2 Co 3:18).

El sacramento primero y fundamental que era el bautismo, se llamó por mucho tiempo “iluminación” (fotismós en griego), para no andar ya más en tinieblas. La transfiguración está en continuidad con la creación y la encarnación de manera que ninguna de las dos es estática sino dinámica. Toda la creación (incluida la humanidad) va hacia algún lado y éste para el creyente es la glorificación de Dios, la deificación como la llama la teología Ortodoxa. La encarnación introduce toda la creación en la obra de la salvación. En el pasado, con un sobre énfasis en el pecado, se entendió la encarnación como reverso de la caída de Adán; no como la sobre abundancia de la gracia y el amor de Dios.

La transfiguración en Jesús es la señal de la transfiguración general y la Eucaristía es el “hospital espiritual” en donde el creyente cura sus heridas para seguir transfigurándose en más y mejor comunidad (comunión) y más exaltada creación.

 Los escenas de muchos monjes del desierto en armonía con las bestias del campo era un “icono” (imagen) de dicha transfiguración y fue la literatura folclórica quien lo interpretó como el dominio sobre demonios. Hoy, con la crisis ecológica, vale la pena volver a la imagen inicial. La transfiguración figuraría la nueva luz que necesita el creyente para verlo todo con nuevos ojos. Precisamente en el evangelio de Marcos se anota durante las tentaciones en el desierto: «Estaba entre animales salvajes» (Mc 1:13). La mandorla (óvalo) que suele enmarcar los iconos de la transfiguración simbolizan la totalidad de la creación (cosmos).

Si la creación-encarnación-redención forman un todo querido por Dios y todos forman parte substancial de la historia de la salvación ninguno de ellos puede ser simplemente un telón de fondo o un escenario donde se desarrolla la vida cristiana. Todos forman parte de la transfiguración que entraña el reinado de Dios. La creación de la humanidad ya entrañaba la imagen divina (su sello de garantía) y la semejanza que debía alcanzar (la definitiva semejanza en Cristo). La creación sería como gracia dada y la semejanza como tarea o gracia creada. Pablo habla de la resurrección cristiana como una metamorfosis del cuerpo: «Resurrección de los cuerpos: se siembra en corrupción, se resucita en incorrupción; se siembra en vileza, se resucita en gloria; se siembra en debilidad, se resucita en fortaleza; se siembra cuerpo psíquico, se resucita cuerpo espiritual» (1 Co 15:42-44). Esto, no para que suceda en un futuro lejano e incierto, sino que debe empezar a suceder ya en el creyente.

Pentecostés, para algunos escritores místicos, es la transfiguración expresada como luz interior. En Jesús solamente en el relato de la transfiguración aparece como exterior pues en los demás relatos aparece una “divinidad escondida”, hasta el punto de considerar a Jesús “fuera de sí” (loco) o aliado de Belcebú. En otros momentos del “secreto mesiánico” revelado como son el bautismo, los demonios y la entrada en Jerusalén vienen de fuera los testimonios. Irónicamente Marcos ubica los discípulos (entre ellos Pedro, Santiago y Juan de la transfiguración) en el huerto de los Olivos, en donde ni siquiera alcanzan a acompañarlo en la oración, en una transfiguración contraria a la del monte. Jesús está “triste hasta la muerte” y pide al Padre Abba que le aparte el cáliz de la pasión si le es posible. Los tres discípulos parecen ser los que más necesitan de la transfiguración, pues son los que parecen ofrecer mayor resistencia a Jesús cuando les habla de su destino doloroso de cruz. Pedro intenta incluso quitarle de la cabeza esas ideas absurdas. Los hermanos Santiago y Juan le andan pidiendo los primeros puestos en el reino. Ante ellos precisamente se transfigura Jesús porque parecen necesitarlo más que nadie.

En la transfiguración solamente Jesús irradia luz. Los demás parecen apagados, les falta aún mucho para ser luz para lo cual tiene que bajar de esa nube y volver a la gente, a sus incapacidades como en la curación que enfrentan al bajar. Jesús no los lleva, y es algo constante en todos los evangelios, a una mística de montaña, de aislamiento; no los lleva a una huida religiosa del mundo, sino que lo devuelve a la tierra a la que él vino a encarnarse.

Quien se abre intensamente a Dios ama intensamente la tierra. Quien se encuentra con el Dios encarnado en Jesús siente con más fuerza la injusticia, el desamparo y la autodestrucción de los hombres. En una renovación monástica luego del Vaticano II que es el monasterio de Taizé, modificaron la consigna de su estilo de vida como: “Lucha y contemplación”. Es el ascenso e inmediato descenso de la montaña. La fidelidad a la tierra no nos puede alejar del misterio de Dios. La fidelidad a Dios no nos puede alejar de la lucha por una tierra más justa, solidaria y fraterna.

Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
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domingo, 8 de enero de 2017

"Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección"

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar la Palabra de Dios, en este domingo en que celebramos la Fiesta del Bautismo del Señor.

Dios nos bendice...

Libro de Isaías 42,1-4.6-7.
Así habla el Señor: Este es mi Servidor, a quien yo sostengo, mi elegido, en quien se complace mi alma. Yo he puesto mi espíritu sobre él para que lleve el derecho a las naciones. Él no gritará, no levantará la voz ni la hará resonar por las calles. No romperá la caña quebrada ni apagará la mecha que arde débilmente. Expondrá el derecho con fidelidad; no desfallecerá ni se desalentará hasta implantar el derecho en la tierra, y las costas lejanas esperarán su Ley. Yo, el Señor, te llamé en la justicia, te sostuve de la mano, te formé y te destiné a ser la alianza del pueblo, la luz de las naciones, para abrir los ojos de los ciegos, para hacer salir de la prisión a los cautivos y de la cárcel a los que habitan en las tinieblas. 

Salmo 29(28),1a.2.3ac-4.3b.9b-10. 

¡Aclamen al Señor, hijos de Dios! ¡Aclamen la gloria del nombre del Señor,  adórenlo al manifestarse su santidad!
¡La voz del Señor sobre las aguas! el Señor está sobre las aguas torrenciales.
¡La voz del Señor es potente,  la voz del Señor es majestuosa!
El Dios de la gloria hace oír su trueno: el Señor arrasa las selvas.
El Señor tiene su trono  sobre las aguas celestiales,  el Señor se sienta en su trono de Rey eterno.

Libro de los Hechos de los Apóstoles 10,34-38
Entonces Pedro, tomando la palabra, dijo: "Verdaderamente, comprendo que Dios no hace acepción de personas, y que en cualquier nación, todo el que lo teme y practica la justicia es agradable a él. Él envió su Palabra a los israelitas, anunciándoles la Buena Noticia de la paz por medio de Jesucristo, que es el Señor de todos. "Ustedes ya saben qué ha ocurrido en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicaba Juan: cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo, llenándolo de poder. El pasó haciendo el bien y curando a todos los que habían caído en poder del demonio, porque Dios estaba con él. 
Evangelio según San Mateo 3,13-17. 
Entonces Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán y se presentó a Juan para ser bautizado por él. Juan se resistía, diciéndole: "Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¡y eres tú el que viene a mi encuentro!". Pero Jesús le respondió: "Ahora déjame hacer esto, porque conviene que así cumplamos todo lo que es justo". Y Juan se lo permitió. Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua. En ese momento se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia él. Y se oyó una voz del cielo que decía: "Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección". 
Comentario

1.1 Es necesario y saludable insistir, como se hace en la Iglesia Católica, en una verdad fundamental: Cristo es el Hijo de Dios. Mas esa afirmación central no anula otras que son posibles, que vienen de la Escritura y que hacen mucho bien a nuestro entendimiento del misterio de Jesucristo; entre estos otros enunciados hoy vamos a centrarnos en Cristo como "Siervo" de Dios.

1.2 Partamos de una base: proclamar el señorío de Dios es proclamar nuestra servidumbre hacia Dios. ¿Qué es, en efecto, un señor sin siervos? ¿Hay algo más ridículo que un señor que no tiene quién atienda a sus órdenes ni quién quiera agradarle con sus acciones? Si tomamos en serio que Dios es Señor hemos de tomar en serio que nosotros somos siervos suyos. Y tal es el mensaje de Cristo: mostrándose en obras y palabras como verdadero Siervo de Dios mostró con sus palabras y con sus obras que Dios es el Señor, es decir, mostró que Dios reina; nos dejó ver el Reino de Dios.

1.3 Isaías, en la primera lectura de hoy, nos presenta un perfil de un siervo de Dios. De todas las características que él menciona, detengámonos en una, o mejor en la combinación de dos de ellas: compasivo y fuerte. No rompe la caña resquebrajada y a la vez manifiesta firmemente el derecho. Entiende al cansado pero no se cansa; acoge al caído mientras conserva su propio lugar y su propia misión. ¡Admirable virtud, que bien vemos brillar en Jesucristo!

2. El Ungido

2.1 ¿Qué es lo peculiar de Cristo? Nuestra cultura, marcada por las nuevas mitologías de James Bond, Rambo o Superman, busca las claves del éxito en fortalezas singulares: una gran astucia, una ingeniería impresionante, una energía sobrehumana, un valor incomparable. ¿Es así en Cristo? ¿Cristo es Cristo porque tiene una técnica mental, una tecnología única, un saber esotérico o por qué? Esta fiesta del bautismo del Señor nos conduce al corazón de la respuesta: lo propio de Jesús es la Unción que ha recibido. Un enunciado muy sencillo, que sin embargo tiene consecuencias inmensas.

2.2 Si lo peculiar de Cristo fuera una técnica mental entonces ser cristiano significaría ser mentalista. Si lo peculiar de Cristo fuera una energía sobrehumana entonces no habría diferencia entre ser cristiano y ser un griego pagano, de aquellos que cantaban las gestas de Aquiles o el ingenio de Ulises. Si lo peculiar de Cristo fuera un saber escondido, esotérico, como lo plantean autores como J. J. Benítez en nuestros días, entonces ser cristiano es instruirse en unos misterios que, como no han sido enseñados por la Iglesia, implican que la Iglesia es una gigantesca farsa.

2.3 En sentido contrario: si lo peculiar de Cristo es la unción del Espíritu Santo, y ese Espíritu viene a habitar en nosotros, entonces ser cristiano es básicamente participar del Espíritu de Jesús, cosa que no suena nada discorde de lo que enseña Pablo: "porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios" (Rom 8,14). ¡Dios Santo! Todo está en la acción del Espíritu Santo en nosotros, y el primero, y quien ha inaugurado ese camino para nosotros, es Jesucristo.

http://fraynelson.com/homilias.html. 
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domingo, 1 de marzo de 2015

El Evangelio presenta a Dios como mi Papito, mi Abbá: ¡se acabaron las distancias!

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar la Palabra de Dios y el comentario, en este Domingo de la 2ª semana de Cuaresma..

Dios nos bendice…

Libro de Génesis 22,1-2.9a.10-13.15-18. 
Después de estos acontecimientos, "Dios puso a prueba a Abraham "¡Abraham!", le dijo. El respondió: "Aquí estoy". Entonces Dios le siguió diciendo: "Toma a tu hijo único, el que tanto amas, a Isaac; ve a la región de Moria, y ofrécelo en holocausto sobre la montaña que yo te indicaré". Cuando llegaron al lugar que Dios le había indicado, Abraham erigió un altar, dispuso la leña, ató a su hijo Isaac, y lo puso sobre el altar encima de la leña. Luego extendió su mano y tomó el cuchillo para inmolar a su hijo. Pero el Ángel del Señor lo llamó desde el cielo: "¡Abraham, Abraham!". "Aquí estoy", respondió él. Y el Ángel le dijo: "No pongas tu mano sobre el muchacho ni le hagas ningún daño. Ahora sé que temes a Dios, porque no me has negado ni siquiera a tu hijo único". Al levantar la vista, Abraham vio un carnero que tenía los cuernos enredados en una zarza. Entonces fue a tomar el carnero, y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo. Luego el Ángel del Señor llamó por segunda vez a Abraham desde el cielo, y le dijo: "Juro por mí mismo - oráculo del Señor - : porque has obrado de esa manera y no me has negado a tu hijo único, yo te colmaré de bendiciones y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar. Tus descendientes conquistarán las ciudades de sus enemigos, y por tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra, ya que has obedecido mi voz". 

Salmo 116(115),10.15.16-17.18-19. 

Tenía confianza, incluso cuando dije:
“¡Qué grande es mi desgracia!”.
¡Qué penosa es para el Señor
la muerte de sus amigos!

Yo, Señor, soy tu servidor,
tu servidor, lo mismo que mi madre:
por eso rompiste mis cadenas.
Te ofreceré un sacrificio de alabanza,

e invocaré el nombre del Señor.
Cumpliré mis votos al Señor,
en presencia de todo su pueblo.
en los atrios de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.
¡Aleluya!

Carta de San Pablo a los Romanos 8,31b-34. 
¿Qué diremos después de todo esto? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿no nos concederá con él toda clase de favores? ¿Quién podrá acusar a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién se atreverá a condenarlos? ¿Será acaso Jesucristo, el que murió, más aún, el que resucitó, y está a la derecha de Dios e intercede por nosotros? 
Evangelio según San Marcos 9,2-10.
Seis días después, Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Pedro dijo a Jesús: "Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías". Pedro no sabía qué decir, porque estaban llenos de temor. Entonces una nube los cubrió con su sombra, y salió de ella una voz: "Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo". De pronto miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos. Mientras bajaban del monte, Jesús les prohibió contar lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos cumplieron esta orden, pero se preguntaban qué significaría "resucitar de entre los muertos". 

Comentario


1.1 Las lecturas de hoy nos hacen meditar en la entrañable relación que une a un hijo con su padre.

1.2 Era costumbre, ciertamente salvaje, de los pueblos de la antigua Palestina sacrificar a sus hijos como un medio de congraciarse con sus dioses. Los métodos de sacrificio eran horripilantes en grado sumo, e incluían, por ejemplo, quemarlos vivos. El "escogido" para esta bárbara práctica solía ser el primogénito, porque en él se reunía no sólo el amor paterno sino la victoria sobre la esterilidad. Al parecer lo que subyace aquí es que un acto supremo de dolor al ofrecer algo debía "comprometer" al dios o los dioses para que también ellos cumplieran "su parte" en proteger o bendecir a los que hacían tales cosas.

1.3 Ello explica por qué en la Biblia aparece tantas veces la prohibición, para nosotros obvia, de sacrificar a los hijos. Uno puede leer por ejemplo Dt 18,10-11: "No sea hallado en ti nadie que haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, ni quien practique adivinación, ni hechicería, o sea agorero, o hechicero, o encantador, o médium, o espiritista, ni quien consulte a los muertos". Aquí se condenan juntamente dos prácticas que eran comunes en Canaán. Otro caso es el de Jefté que sacrificó a su hija (Jue 11,30-40) o el de Acaz que quemó a su hijo (2 Re 16,3), lo mismo que el espantoso Manasés (2 Re 21,6)

1.4 En ese contexto y rodeado de ese mundo Abrahán siente una exigencia de llegar, de una manera brutal, a su propio límite, y siente asimismo que está dispuesto a obedecer hasta el extremo. Y obedece. Abrahán obedece hasta el extremo.

1.5 Por otra parte: es fácil escandalizarnos y murmurar de las bárbaras prácticas de otras sociedades. "¡Qué salvajes! ¡Sacrificar a un niño inocente para asegurar el éxito de un proyecto de su padre!". Pero es lo mismo que hoy se hace en muchas partes, todos los días. Una mujer adelanta estudios universitarios. Queda embarazada. ¿Solución? Que aborte. Ese niño no puede dañarle la carrera a ella. El niño es sacrificado atrozmente para que el proyecto personal de la madre, o del que embarazó a la madre, no se dañe. Seguimos en Canaán.

2. Un hijo y un papá

2.1 En el evangelio de hoy aparece en otra clave el tema de papás e hijos. Esta vez se trata del Papá por excelencia y del Hijo por excelencia. La transfiguración nos deja entrever el misterio de este Hijo en quien brilla la donación de amor que le ha hecho su Padre, y el misterio de este Padre en la donación de amor que le hace su Hijo. Este precioso misterio, que ha sido llamado "luminoso" por el Papa Juan Pablo II, nos introduce en la dinámica de la donación de vida y donación de amor propias del ser de la Trinidad.

2.2 Y en ese misterio se gesta nuestra propia salvación. La palabra "Padre" es la palabra que sella la obra de la redención. Cuando Dios es mi Padre, mi Papá, mi Papito, mi Abbá, ¡se acabaron las distancias! Ya Dios no es mi rival ni mi estorbo; ya no es una idea lejana ni una energía sin nombre, ya no es un recuerdo de otra cultura ni una ideología para dominarme. Cuando Jesús me introduce en su modo de amar al Padre y en el modo de amar de Dios mi Padre ha quedado rota la mentira de suspicacia con que la serpiente satánica pretendía que yo desconfiara de mi Creador.

2.3 Por eso nos dice también san Pablo: "Si Dios está a nuestro favor, ¿quién estará en contra nuestra? El que no nos escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no va a estar dispuesto a dárnoslo todo, junto con su Hijo?" (Rom 8,31-32). Con esta certeza bien sembrada en el alma ya no caben los engaños del demonio, ya no tienen encanto las mieles del mundo, ya pierden su fuerza las seducciones de la carne.

2.4 ¡Oh, gloria a Dios, que es Padre, y nos envió a su Hijo para mostrarnos su rostro, de modo que en Él se rehiciera la imagen perdida por el pecado!

http://fraynelson.com/homilias.html. 

miércoles, 6 de agosto de 2014

¿Escuchamos a Jesús? ¿Escuchamos a nuestros hermanos?

¡Amor y paz!

Escúchenlo... Los hombres ya no tenemos tiempo para escuchar. Nos resulta difícil acercarnos en silencio, con calma y sin prejuicios al corazón del otro para escuchar el mensaje que todo hombre nos puede comunicar. Encerrados en nuestros propios problemas, pasamos junto a las personas, sin apenas detenernos a escuchar realmente a nadie. Se diría que al hombre contemporáneo se le está olvidando el arte de escuchar.

En este contexto, tampoco resulta tan extraño que a los cristianos se nos haya olvidado que ser creyente es vivir escuchando a Jesús. Y sin embargo, solamente desde esa escucha cobra su verdadero sentido y originalidad la vida cristiana. Más aún. Sólo desde la escucha nace la verdadera fe.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio, en este miércoles en que celebramos la fiesta de la Transfiguración del Señor.

Dios nos bendice…

Evangelio según San Mateo 17,1-9. 
Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús. Pedro dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías". Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: "Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo". Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: "Levántense, no tengan miedo". Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: "No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos". 

Comentario

Un famoso médico siquiatra decía en cierta ocasión: «Cuando un enfermo empieza a escucharme o a escuchar de verdad a otros... entonces, está ya curado». Algo semejante se puede decir del creyente. Si comienza a escuchar de verdad a Dios, está salvado. La experiencia de escuchar a Jesús puede ser desconcertante. No es el que nosotros esperábamos o habíamos imaginado. Incluso, puede suceder que, en un primer momento, decepcione nuestras pretensiones o expectativas.

Su persona se nos escapa. No encaja en nuestros esquemas normales. Sentimos que nos arranca de nuestras falsas seguridades e intuimos que nos conduce hacia la verdad última de la vida. Una verdad que no queremos aceptar.

Pero si la escucha es sincera y paciente, hay algo que se nos va imponiendo. Encontrarse con Jesús es descubrir, por fin, a alguien que dice la verdad. Alguien que sabe por qué vivir y por qué morir. Más aún. Alguien que es la Verdad.

Entonces empieza a iluminarse nuestra vida con una luz nueva. Comenzamos a descubrir con él y desde él cuál es la manera más humana de enfrentarse a los problemas de la vida y al misterio de la muerte. Nos damos cuenta dónde están las grandes equivocaciones y errores de nuestro vivir diario.

Pero ya no estamos solos. Alguien cercano y único nos libera una y otra vez del desaliento, el desgaste, la desconfianza o la huida. Alguien nos invita a buscar la felicidad de una manera nueva, confiando ilimitadamente en el Padre, a pesar de nuestro pecado. ¿Cómo responder hoy a esa invitación dirigida a los discípulos en la montaña de la transfiguración? "Este es mi Hijo amado. Escuchadlos". Quizás tengamos que empezar por elevar desde el fondo de nuestro corazón esa súplica que repiten los monjes del monte Athos: «Oh Dios, dame un corazón que sepa escuchar».

Josdre, a pesar de nuestro pecado. nos?hombre, no en depredadormié Antonio Pagola
Buenas Noticias Navarra 1985.Pág. 155 s.