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domingo, 23 de julio de 2017

Nadie como Dios tiene tanto poder, pero es tan clemente y misericordioso

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar la Palabra de Dios y el comentario, XVI Domingo del Tiempo Ordinario.

Dios nos bendice...

Primera Lectura

Lectura del libro de la Sabiduría 12, 13. 16-19

Fuera de ti, no hay otro dios al cuidado de todo,
ante quien tengas que justificar tu sentencia.
Tu poder es el principio de la justicia,
y tu soberanía universal te hace perdonar a todos.
Tú demuestras tu fuerza a los que dudan de tu poder total,
y reprimes la audacia de los que no lo conocen.
Tú, poderoso soberano, juzgas con moderación
y nos gobiernas con gran indulgencia,
porque puedes hacer cuanto quieres.
Obrando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano,
y diste a tus hijos la dulce esperanza
de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento.

Salmo

Sal 85, 5-6. 9-10. 15-16a

R. Tú, Señor, eres bueno y clemente.

Tú, Señor, eres bueno y clemente,
rico en misericordia con los que te invocan.
Señor, escucha mí oración,
atiende a la voz de mi súplica. R.
Todos los pueblos vendrán
a postrarse en tu presencia, Señor;
bendecirán tu nombre:
«Grande eres tú, y haces maravillas;
tú eres el único Dios. » R.
Pero tú, Señor, Dios clemente y misericordioso,
lento a la cólera, rico en piedad y leal,
mírame, ten compasión de mí. R.

Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 26-27

Hermanos:
El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables.
Y el que escudriña los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo 13, 24-30

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente:
- «El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo:
“Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?”
Él les dijo:
"Un enemigo lo ha hecho."
Los criados le preguntaron:
¿Quieres que vayamos a arrancarla?"
Pero él les respondió:
"No, que, al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores:
'Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.»

Comentario

Cuando el Antiguo Testamento habla del poder de Dios, lo hace en términos muy grandilocuentes. Es un Ser todopoderoso, que dividió el Mar Rojo y aniquiló al ejército del Faraón. Es un Dios ante quien ha de postrarse toda la humanidad, incluidos los más ricos y poderosos. Pero no es un tirano que usa caprichosamente su poder para mostrar su superioridad y valía, sino que lo sabe administrar con amor y ternura. Siendo inmensamente fuerte, es también inmensamente clemente y misericordioso. Así nos los describen los pasajes del Libro de la Sabiduría y del Salmo 85 que hemos escuchado.

En cambio, el Nuevo Testamento habla de un modo diferente del poder del Hijo de Dios, y de su Santo Espíritu. Jesús muestra su poder en su infinita humildad, en su supremo abajamiento. Siendo Dios, se hizo siervo de todos y murió en la Cruz (cf. Fil 2), y, así, logró la victoria más importante de la historia, venciendo al pecado y a la muerte. Sólo Dios puede ser tan humildemente poderoso.

En el pasaje de la Carta a los Romanos que hemos leído, san Pablo nos habla del misterioso poder del Espíritu Santo, el cual habita oculto en lo más profundo de nuestra persona, y, desde ahí, intercede por nosotros ante el Padre, pues nosotros no sabemos qué nos conviene pedir. El Espíritu Santo es tan sutil que muchas personas no saben que habita en su corazón. Sin embargo, ahí está, y cuando nos dejamos ayudar por Él, cuando somos dóciles a su tenue soplo, Él nos infunde sus dones. Y hace que nuestra oración ‒por Él inspirada‒ llegue hasta el Padre. Como Jesús, el Espíritu Santo personifica el poder del débil. Mansamente, nunca se impone, pero siempre se ofrece a ayudarnos con todo su poder y su gloria.

Este poder del débil está muy bien representado por el polvo de levadura que se echa en la masa de harina para que fermente y crezca profusamente, dando lugar a un sabroso pan. Es también como la minúscula semilla de la mostaza, de apenas un milímetro de diámetro, que da lugar a la hortaliza más grande, bajo la cual las aves pueden cobijarse. De este modo es descrita en el Evangelio según san Marcos (cf. Mc 4,30-32). Sin embargo, para mostrar lo mucho que crece el Reino de Dios, en los Evangelios según san Lucas (cf. Lc 13,18-19) y san Mateo (cf. Mt 13,31-32) se describe a la mostaza como un árbol sobre el cual anidan los pájaros. Así es el poder de Dios: a partir de lo más débil brota lo más grande.

En los Evangelios encontramos varias parábolas sobre la siembra. En una se nos dice que el sembrador esparce la semilla de la Palabra de Dios generosamente, no sólo en tierra fértil, también entre las piedras, al borde del camino y en las zarzas (cf. Mc 4,1-20). En otra se nos dice que es Dios quien hace crecer lo sembrado, haga lo que haga el labrador (cf. Mc 4,26-27). En la parábola de la cizaña se nos habla de un sembrador que siembra buen trigo. Pero, cuando éste empieza a crecer, descubre que hay también cizaña. La cual, además de ser un cereal de peor calidad, puede ser tóxica.

¿Por qué ha pasado esto? Es decir: ¿Cómo es posible que a Dios (el dueño de la mies) le hayan estropeado su trabajo? Jesús les dice a sus discípulos que el Diablo, a escondidas, ha sembrado el mal en el corazón de algunas personas, haciéndolas dañinas para el resto, como la cizaña en un trigal.

Para comprender todo esto hay que tener en cuenta que, siendo Dios bueno y clemente, nos ha dado libertad. Y esto supone que otro pueda intervenir libremente para estropear lo que Dios dispone. Efectivamente, el origen del mal está en el libre albedrío que tenemos las personas. Ser libres, es decir, no ser marionetas de Dios, tiene un duro precio: el mal puede actuar en nuestra vida.

¿Qué se puede hacer con ello? ¿Suprimimos el mal? ¿Eliminamos a las malas personas? Ésta última es la fácil solución que proponen los ayudantes del dueño de la mies. Pero, pensemos: ¿a qué grupo pertenecemos nosotros? Solemos pensar que la cizaña son los que nos hacen daño y nos complican la vida. Pero, ¿y nosotros?, ¿de verdad que sólo hay bien en nuestro corazón? ¿En mi interior no hay mal? ¿Soy realmente una buena persona? ¿Estoy totalmente seguro de que si ahora Dios echase al fuego la cizaña que hay en el mundo, no iría yo también con ella? La respuesta es simple: nadie es perfecto, por eso todos necesitamos de la misericordia de Dios para salvarnos.

Afortunadamente, Dios, siendo todopoderoso, también es bueno y clemente, y deja que sigamos en este mundo, a pesar de que a veces hacemos daño y complicamos la vida a otras personas. Cuando llegue el final de los tiempos, Dios enviará a sus ángeles para que erradiquen el mal. Sólo así podremos gozar de la eterna felicidad.

¿Mientras tanto qué podemos hacer? Seguir el ejemplo de Jesús, porque sólo la humildad puede vencer al mal en nuestro mundo. Ese es el poder del débil, el camino de la Cruz, un camino de abajamiento que nos conduce a la resurrección.

Siguiendo las palabras de san Pablo, dejemos que sea el Espíritu Santo el que nos indique qué debemos pedir y cómo debemos relacionarnos con Dios y las personas. Así, con la ayuda divina, podremos vivir santamente en un mundo en el que abunda la cizaña.

Fray Julián de Cos Pérez de Camino
Convento de San Esteban (Salamanca) 


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martes, 13 de junio de 2017

«Vosotros sois la sal de la tierra… la luz del mundo»

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este martes de la 10ª semana del Tiempo Ordinario.

Dios nos bendice...

Primera Lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 18-22

Hermanos:
¡Dios me es testigo!
La palabra que os dirigimos no fue primero «sí» y luego «no».
Cristo Jesús, el Hijo de Dios, el que Silvano, Timoteo y yo os hemos anunciado, no fue primero «sí» y luego
«no»; en él todo se ha convertido en un «sí»; en él todas las promesas han recibido un «sí». Y por él podemos
responder: «Amén» a Dios, para gloria suya.
Dios es quien nos confirma en Cristo a nosotros junto con vosotros.
Él nos ha ungido, él nos ha sellado, y ha puesto en nuestros corazones, como prenda suya, el Espíritu.

Salmo

Salmo 118. R. Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo.

Tus preceptos son admirables,
por eso los guarda mi alma. R.
La explicación de tus palabras ilumina,
da inteligencia a los ignorantes. R.
Abro la boca y respiro,
ansiando tus mandamientos. R.
Vuélvete a mí y ten misericordia,
como es tu norma con los que aman tu nombre. R.
Asegura mis pasos con tu promesa,
que ninguna maldad me domine. R.
Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
enséñame tus leyes. R

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 13-16

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y
que alumbre a todos los de casa.
Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre
que está en el cielo.»

Reflexión del Evangelio del día

La palabra que os dirigimos no fue primero “sí” y luego “no”

Bien sabemos que en nosotros, por aquello de nuestra debilidad congénita, nuestro “sí” puede llegar a ser un “no”. Que podemos empeñar nuestra palabra y nuestra vida en una dirección y, luego, caminar en dirección contraria y vivir en contra de lo que habíamos decidido y prometido. Entre nosotros no siempre nuestro “sí” es un “sí”, puede llegar a ser también un “no”.

En Jesús nos cabe esta posibilidad. Su “sí” siempre es un “sí”. Se mantiene en sus enseñanzas, en sus promesas, en todo lo que nos dice… Si nos asegura que el camino que nos señala lleva a la vida es que verdaderamente lleva a la vida, si nos asegura que “el que come mi cuerpo y bebe mi sangre está en mí y yo en él” es que es así y se cumple, si nos promete que no nos dejará huérfanos, que él es la resurrección y la vida y que el que cree en él aunque muera, vivirá para siempre, y que, después del paso obligado de nuestra muerte, él nos espera para invitarnos y hacernos disfrutar del banquete de su amor para toda una eternidad… es que todas estas palabras suyas van a ser una “sí”, se van a cumplir.

Nuestro Padre Dios viene en nuestra ayuda, es el que “nos confirma en Cristo” para que nuestro “sí” sea siempre un “sí”.

Vosotros sois la sal de la tierra… la luz del mundo

Las palabras de Jesús cobran especial importancia en los momentos en que estamos viviendo. En nuestra sociedad todavía hay muchos que no han oído hablar de Jesús ni de su evangelio, y otros que se ha separado de él en este proceso que llamamos descristianización. La única manera de que le conozcan, a él y a su mensaje, es a través de nosotros, de nuestras palabras y de nuestra vida. “Vosotros sois la sal de la tierra…. Vosotros sois la luz del mundo”.

Con la ayuda del mismo Jesús, tenemos que presentarles su persona, su mensaje, su evangelio, sus promesas… algo capaz de alegrar la vida de cualquier persona, algo capaz de llenar de sentido, de esperanza a cualquier persona. No podemos recluirnos en nuestras iglesias, en nuestros grupos y comunidades. Tenemos que salir a las “periferias”, a los que desconocen a Jesús o se han apartado de él para ofrecerles el mejor tesoro que podemos gozar los seres humanos. “Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo”.

Hoy celebramos la memoria de San Antonio de Padua, quien nació en Lisboa en 1195. Con 15 años entró en los agustinos y luego, siendo ya sacerdote, pasó a la Orden de los Franciscanos con el deseo de ir a misiones en África. Tuvo que regresar a Europa debido a una grave enfermedad. Fue un gran predicador, combatió a los herejes y murió en Padua a los 36 años.

Fray Manuel Santos Sánchez
Real Convento de Predicadores (Valencia) 
 

domingo, 2 de abril de 2017

«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar la Palabra de Dos y el comentario, en este Domingo 5º de Cuaresma.

Dios nos bendice...

Ezequiel 37,12-14

Os infundiré, mi espíritu, y viviréis

Así dice el Señor: "Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel. Y, cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor. Os infundiré mi espíritu, y viviréis; os colocaré en vuestra tierra y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago." Oráculo del Señor.

Salmo responsorial: 129

Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.

Desde lo hondo a ti grito, Señor; / Señor, escucha mi voz; / estén tus oídos atentos / a la voz de mi súplica. R.
Si llevas cuentas de los delitos, Señor, / ¿quién podrá resistir? / Pero de ti procede el perdón, / así infundes respeto. R.
Mi alma espera en el Señor, / espera en su palabra; / mi alma guarda al Señor, / más que el centinela la aurora. / Aguarde Israel al Señor, / como el centinela la aurora. R.
Porque del Señor viene la misericordia, / la redención copiosa; / y él redimirá a Israel / de todos sus delitos. R.

Romanos 8,8-11

El espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros

Hermanos: Los que viven sujetos a la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Pues bien, si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justificación obtenida. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.

Juan 11,1-45

Yo soy la resurrección y la vida

En aquel tiempo, [un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana, había caído enfermo. María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro.]
Las hermanas mandaron recado a Jesús, diciendo: "Señor, tu amigo está enfermo." Jesús, al oírlo, dijo: "Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella." Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba. Sólo entonces dice a sus discípulos: "Vamos otra vez a Judea."
[Los discípulos le replican: "Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver allí?" Jesús contestó: "¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza, porque le falta la luz. Dicho esto, añadió: "Lázaro, nuestro amigo, está dormido; voy a despertarlo." Entonces le dijeron sus discípulos: "Señor, si duerme, se salvará." Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les replicó claramente: "Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su casa." Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: "Vamos también nosotros y muramos con él."]
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. [Betania distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano.] Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: "Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá." Jesús le dijo: "Tu hermano resucitará." Marta respondió: "Sé que resucitará en la resurrección del último día." Jesús le dice: "Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?" Ella le contestó: "Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo."
[Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja: "El Maestro está ahí y te llama." Apenas lo oyó, se levantó y salió adonde estaba él; porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: "Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano."]
Jesús, [viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban,] sollozó y, muy conmovido, preguntó: "¿Donde lo habéis enterrado?" Le contestaron: "Señor, ven a verlo." Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: "¡Cómo lo quería!" Pero algunos dijeron: "Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?" Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa. Dice Jesús: "Quitad la losa." Marta, la hermana del muerto, le dice: "Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días." Jesús le dice: "¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?" Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: "Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado." Y dicho esto, gritó con voz potente: "Lázaro, ven afuera." El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: "Desatadlo y dejadlo andar."
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

Comentario

Las lecturas bíblicas de este último domingo del tiempo de Cuaresma, nos invitan a prepararnos para celebrar la Semana Santa situándonos en la perspectiva de la resurrección como el paso de esta vida terrena y transitoria a una vida nueva y eterna. Jesús sube con sus discípulos a Jerusalén, capital de la provincia de Judea, iniciando su viaje desde la región de Galilea, al norte de Israel, pasando luego por Samaría, y llegando a una pequeña aldea llamada Betania, a sólo tres kilómetros de la ciudad en donde iba a ser injustamente apresado, sometido a la tortura y condenado a morir en el patíbulo de la cruz. Pero los Evangelios, y en este caso específicamente el de Juan, nos indican que este camino de Jesús hacia la pasión culmina no en la muerte, sino en la resurrección como término definitivo de lo que podemos llamar su “misterio pascual”.

El relato de la resucitación de Lázaro nos muestra precisamente varios aspectos de esta perspectiva que es esencial a nuestra fe en Jesucristo como Dios hecho hombre, y en quien tenemos cifrada nuestra esperanza de una vida futura. Aunque son muchos los elementos de reflexión que el Evangelio de hoy nos ofrece, detengámonos sólo en unos muy significativos, teniendo en cuenta también las otras lecturas bíblicas de este domingo: la primera, tomada de un libro del Antiguo Testamento procedente de la predicación de un profeta que vivió entre los siglos VII y VI a. C. (Ezequiel 37, 12-14), y la segunda, de la carta del apóstol san Pablo a los primeros cristianos de Roma en el siglo I de nuestra era (Romanos 8, 8-11).

1. Jesús nos enseña con su ejemplo a compartir el dolor

Uno de los rasgos más característicos de Jesús en el Evangelio de Juan, es el afecto especial que les tenía a sus amigos de Betania, los hermanos Lázaro, Marta y María. Imaginemos el dolor de las dos hermanas, primero ante la enfermedad y luego ante la muerte de Lázaro. Jesús acude con sus discípulos a la casa de estos amigos suyos, por la cual solía pasar con frecuencia en sus viajes a Jerusalén, y comparte con Marta y María el dolor por el que están pasando.

Es en los momentos difíciles donde se muestra la verdadera amistad, y Jesús nos da un ejemplo claro de ello. Cuando lo ven llorar, los demás allegados de su amigo Lázaro dicen: “¡Cómo lo quería!” Tanto en aquellos tiempos como en los actuales, existe en los ámbitos machistas una máxima que pretende negarles a los varones la posibilidad de expresar con lágrimas sus sentimientos de dolor: “los hombres no lloran”. Este modo de pensar es desmentido por la actitud de Jesús, a quien el Evangelio nos muestra conmovido y sollozando más de una vez, expresando así el afecto de amistad profunda que lo unía a aquella familia. Ése es el Dios hecho verdaderamente hombre en Jesús de Nazaret, que nos enseña con su propio comportamiento humano cómo se comparte sinceramente el dolor.

2. Las resucitaciones obradas por Jesús son signo de que Él es el Señor de la vida

Los Evangelios nos cuentan tres milagros de resucitación realzados por Jesús durante su vida terrena: dos en la región de Galilea -la de la hija única de un jefe de la sinagoga de Cafarnaúm llamado Jairo (Marcos 5, 35-43) y la del hijo único de una viuda en la aldea de Naím (Lucas 7, 11-17)-, y finalmente la de su amigo Lázaro en Betania, narrada por el Evangelio de Juan. En la Biblia aparecen asimismo otras resucitaciones: las de dos niños realizadas respectivamente por los profetas Elías y Eliseo y relatadas en el libro de los Reyes, y las de una mujer y un joven efectuadas también respectivamente por los apóstoles Pedro y Pablo, narradas en el libro de los Hechos de los Apóstoles.

Todos estos relatos tienen en común que aquellas personas volvieron después a morir, lo cual significa que fueron precisamente “resucitaciones” físicas, esencialmente distintas de lo que podemos entender por “resurrección” cuando decimos que Jesús “resucitó de entre los muertos”, en otras palabras cuando afirmamos que Él, en su naturaleza humana, después de su muerte en la cruz pasó a una vida nueva, diferente de la que tenía antes: una vida nueva inmortal con lo que llamamos un “cuerpo glorioso”, es decir, un “cuerpo espiritual”, como lo designa el apóstol Pablo en su primera carta a los Corintios (capítulo 15).

Por eso, al considerar los relatos mencionados de resucitaciones, es preciso ir al fondo de su significado, más allá de las explicaciones científicas que puedan tener (curaciones de estados de catalepsia o de muertes aparentes por ausencia de signos vitales perceptibles, “regresos” después de haber experimentado lo que se conoce como “el túnel” en relatos del tipo “Vida después de la Vida”, etc.). Y el fondo es precisamente que para todo ser humano, cualquiera que sea la situación negativa en que se encuentre, puede comenzar un nuevo porvenir en virtud de la fe en el Dios que nos revela Jesucristo: un Dios que es Señor de la vida, un Dios que, como dice el profeta Ezequiel en la primera lectura, es capaz de abrir nuestros sepulcros para infundirnos su Espíritu y hacer que vivamos, produciendo en cada uno de nosotros una nueva creación; y que, como dice san Pablo en la segunda, así como con la fuerza de su Espíritu resucitó a Jesús de entre los muertos, vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en nosotros.

3. La fe es condición indispensable para “ver la gloria de Dios”

«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?». Estas palabras de Jesús a Marta son también dirigidas a cada uno de nosotros aquí y ahora. “Ver la gloria de Dios”, en el lenguaje bíblico, es experimentar y reconocer su poder -que es el poder del Amor- presente y actuante en las circunstancias concretas de nuestra vida, que nos abre a la posibilidad de revivir a partir de las situaciones negativas en las que podemos encontrarnos, por oscuro que sea el panorama y por insolubles que nos parezcan los problemas.

Esta experiencia, esta vivencia del poder vivificante de Dios, que es Amor, no es posible sin una verdadera actitud de fe. La necesitamos siempre, pero de manera especial en los momentos en que las sombras del dolor y de la muerte amenazan con sumirnos en el pesimismo y la desesperanza. Al aproximarnos ahora a la celebración anual solemne de su pasión, muerte y resurrección -de su misterio pascual-, pidámosle a nuestro Señor Jesucristo que reavive en nosotros el don de la fe, para que podamos experimentar en nosotros la presencia y la acción renovadora de su Espíritu “dador de vida”.

El mensaje del domingo.
Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.