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martes, 13 de junio de 2017

«Vosotros sois la sal de la tierra… la luz del mundo»

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este martes de la 10ª semana del Tiempo Ordinario.

Dios nos bendice...

Primera Lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 18-22

Hermanos:
¡Dios me es testigo!
La palabra que os dirigimos no fue primero «sí» y luego «no».
Cristo Jesús, el Hijo de Dios, el que Silvano, Timoteo y yo os hemos anunciado, no fue primero «sí» y luego
«no»; en él todo se ha convertido en un «sí»; en él todas las promesas han recibido un «sí». Y por él podemos
responder: «Amén» a Dios, para gloria suya.
Dios es quien nos confirma en Cristo a nosotros junto con vosotros.
Él nos ha ungido, él nos ha sellado, y ha puesto en nuestros corazones, como prenda suya, el Espíritu.

Salmo

Salmo 118. R. Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo.

Tus preceptos son admirables,
por eso los guarda mi alma. R.
La explicación de tus palabras ilumina,
da inteligencia a los ignorantes. R.
Abro la boca y respiro,
ansiando tus mandamientos. R.
Vuélvete a mí y ten misericordia,
como es tu norma con los que aman tu nombre. R.
Asegura mis pasos con tu promesa,
que ninguna maldad me domine. R.
Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
enséñame tus leyes. R

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 13-16

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y
que alumbre a todos los de casa.
Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre
que está en el cielo.»

Reflexión del Evangelio del día

La palabra que os dirigimos no fue primero “sí” y luego “no”

Bien sabemos que en nosotros, por aquello de nuestra debilidad congénita, nuestro “sí” puede llegar a ser un “no”. Que podemos empeñar nuestra palabra y nuestra vida en una dirección y, luego, caminar en dirección contraria y vivir en contra de lo que habíamos decidido y prometido. Entre nosotros no siempre nuestro “sí” es un “sí”, puede llegar a ser también un “no”.

En Jesús nos cabe esta posibilidad. Su “sí” siempre es un “sí”. Se mantiene en sus enseñanzas, en sus promesas, en todo lo que nos dice… Si nos asegura que el camino que nos señala lleva a la vida es que verdaderamente lleva a la vida, si nos asegura que “el que come mi cuerpo y bebe mi sangre está en mí y yo en él” es que es así y se cumple, si nos promete que no nos dejará huérfanos, que él es la resurrección y la vida y que el que cree en él aunque muera, vivirá para siempre, y que, después del paso obligado de nuestra muerte, él nos espera para invitarnos y hacernos disfrutar del banquete de su amor para toda una eternidad… es que todas estas palabras suyas van a ser una “sí”, se van a cumplir.

Nuestro Padre Dios viene en nuestra ayuda, es el que “nos confirma en Cristo” para que nuestro “sí” sea siempre un “sí”.

Vosotros sois la sal de la tierra… la luz del mundo

Las palabras de Jesús cobran especial importancia en los momentos en que estamos viviendo. En nuestra sociedad todavía hay muchos que no han oído hablar de Jesús ni de su evangelio, y otros que se ha separado de él en este proceso que llamamos descristianización. La única manera de que le conozcan, a él y a su mensaje, es a través de nosotros, de nuestras palabras y de nuestra vida. “Vosotros sois la sal de la tierra…. Vosotros sois la luz del mundo”.

Con la ayuda del mismo Jesús, tenemos que presentarles su persona, su mensaje, su evangelio, sus promesas… algo capaz de alegrar la vida de cualquier persona, algo capaz de llenar de sentido, de esperanza a cualquier persona. No podemos recluirnos en nuestras iglesias, en nuestros grupos y comunidades. Tenemos que salir a las “periferias”, a los que desconocen a Jesús o se han apartado de él para ofrecerles el mejor tesoro que podemos gozar los seres humanos. “Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo”.

Hoy celebramos la memoria de San Antonio de Padua, quien nació en Lisboa en 1195. Con 15 años entró en los agustinos y luego, siendo ya sacerdote, pasó a la Orden de los Franciscanos con el deseo de ir a misiones en África. Tuvo que regresar a Europa debido a una grave enfermedad. Fue un gran predicador, combatió a los herejes y murió en Padua a los 36 años.

Fray Manuel Santos Sánchez
Real Convento de Predicadores (Valencia) 
 

martes, 10 de junio de 2014

En época de confusión y duda, debemos transparentar la luz de Dios

¡Amor y paz!

Nuestra vida en el mundo, según el Evangelio, es sal y luz, porque sus efectos deben ser parecidos a la acción benefactora de salvaguardar los alimentos, frenar la corrupción, denunciar la presencia de seres malignos, iluminar las mentes o conciencias y animar la salvación en el camino de la fidelidad a Dios y a los hombres.

Si hoy, a pesar de la gracia del Señor, de la voz de sus profetas, del testimonio de los santos y hombres de bien, el mundo prefiere seguir caminos de pecado, preguntémonos: ¿qué no sucedería si faltaran denuncias proféticas, llamadas a la cordura, testimonios de entrega en servicio de amor a los más necesitados? (Dominicos)

Los invito, hermanos, a leer y meditar el comentario, en este martes de la 10ª. Semana del Tiempo Ordinario.

Dios nos bendice…

Evangelio según San Mateo 5,13-16. 
Jesús dijo a sus discípulos: Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres. Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa. Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo. 
Comentario

Quienes hemos unido nuestra vida a Cristo hemos recibido el "Sabor" que nos viene de Él. Quien entre en contacto con la Iglesia de Cristo sabrá de su amor, de su entrega, de su cercanía, de su perdón, de su misericordia, de su Vida eterna. Hemos sido formados por Dios del costado abierto de su Hijo para que le demos un nuevo rumbo a la historia. Pero si perdemos el sabor de Cristo, si en lugar de que los demás encuentren en nosotros la Verdad y la Vida sólo encuentran destrucción, muerte y desprecio, por muy eruditos que sean nuestros discursos sobre Cristo sólo serviremos de burla para los demás y no serviremos sino para ser expulsados de la Casa del Padre par ser pisoteados, eternamente humillados por vivir como los hipócritas.

Por eso, la Vida que Dios ha infundido en nosotros es como una luz, que el mismo Dios ha encendido en nosotros. No podemos ocultarla bajo nuestras cobardías. El Señor nos quiere testigos suyos. Testigos de la Verdad y de su Vida de la que nos ha hecho partícipes.

(…)El Señor no quiere que su Iglesia sea una comunidad de cobardes. Él no le ha pedido a su Padre que nos saque del mundo, sino que nos preserve del mal, pues, siendo de Dios, permanecemos en el mundo como testigos del amor y de la verdad. Con la valentía y la fuerza que nos viene del Espíritu de Dios, que hemos recibido, debemos abrir los ojos ante tantas miserias y pecados que han atrapado a buena parte de la sociedad. Junto con el Papa Juan Pablo II reflexionamos que no sólo se nos ha perdido una de las 100 ovejas del rebaño, sino una gran parte del mismo.

Con el corazón de Cristo hemos de llegar hasta los lugares más riesgosos y peligrosos en busca de quienes se dispersaron en un día de nubarrones y oscuridad. El Señor quiere que vayamos totalmente definidos a favor de la Verdad, de la Vida y del Amor que proceden de Dios hacia nosotros. Que vayamos como luz, dispuestos a iluminar y a no dejarnos apagar en la misión que se nos ha confiado. Muchos habrá que querrán comprarnos para sí y silenciar la voz de profeta que le corresponde a la Iglesia. Tratemos de no hacerle el juego al mal ni a los poderosos de este mundo. Aprendamos a cumplir con la misión que el Señor nos ha confiado, dispuestos a correr todos los riesgos que nos vengan por creer en Cristo Jesús.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber convertirnos en auténticos testigos del amor de Dios en el mundo, de tal forma seamos una verdadera Iglesia profética por cumplir y vivir todo lo que nosotros decimos acerca del Dios amor, y que, por tanto, no sólo lo anunciamos con nuestros labios. Amén.

www.homiliacatolica.com

domingo, 30 de marzo de 2014

Jesús cura de la ceguera física, pero, ante todo, de la ceguera espiritual

¡Amor y paz!

De nuevo Juan va a traernos hoy un personaje-simbólico para ayudarnos a afianzar nuestra fe: el mendigo ciego que es curado por Jesús (Hace ocho días fue la samaritana). El cuarto Evangelio se plantea en este episodio fundamentalmente estas dos cuestiones: ¿qué le ocurre al que llega a creer en Jesús?, ¿qué le espera al creyente, si de veras la fe germina en su vida?

Y lo primero y fundamental es que se encuentra con Jesús y transforma su vida. Con Él, pasa de la ceguera a la luz, de la muerte a la vida. Porque no hay que olvidar: no se trata sólo de la ceguera física, sino ante todo, de la ceguera espiritual. Jesús se confiesa como 'Luz del mundo'.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y del comentario, en este Domingo de la Cuarta Semana de Cuaresma.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Juan 9,1-41.

Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: "Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?". "Ni él ni sus padres han pecado, respondió Jesús; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios. Debemos trabajar en las obras de aquel que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo". Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole: "Ve a lavarte a la piscina de Siloé", que significa "Enviado". El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía. Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: "¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?". Unos opinaban: "Es el mismo". "No, respondían otros, es uno que se le parece". El decía: "Soy realmente yo". Ellos le dijeron: "¿Cómo se te han abierto los ojos?". El respondió: "Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: 'Ve a lavarte a Siloé'. Yo fui, me lavé y vi". Ellos le preguntaron: "¿Dónde está?". El respondió: "No lo sé". El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver. El les respondió: "Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo". Algunos fariseos decían: "Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado". Otros replicaban: "¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?". Y se produjo una división entre ellos. Entonces dijeron nuevamente al ciego: "Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?". El hombre respondió: "Es un profeta". Sin embargo, los judíos no querían creer que ese hombre había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: "¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?". Sus padres respondieron: "Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta". Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías. Por esta razón dijeron: "Tiene bastante edad, pregúntenle a él". Los judíos llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: "Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador". "Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo". Ellos le preguntaron: "¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?". El les respondió: "Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos?". Ellos lo injuriaron y le dijeron: "¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés! Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de donde es este". El hombre les respondió: "Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad. Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada". Ellos le respondieron: "Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?". Y lo echaron. Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: "¿Crees en el Hijo del hombre?". El respondió: "¿Quién es, Señor, para que crea en él?". Jesús le dijo: "Tú lo has visto: es el que te está hablando". Entonces él exclamó: "Creo, Señor", y se postró ante él. Después Jesús agregó: "He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven". Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron:"¿Acaso también nosotros somos  ciegos?". Jesús les respondió: "Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: 'Vemos', su pecado permanece".  
Comentario

a) Iniciativa divina.-  El ciego de nacimiento tuvo la suerte, la gracia, de encontrarse con Jesús, que es el Sol. No fue el ciego el que tomó la iniciativa. Fue Jesús el que vio al ciego y, compadecido, quiso curarlo. La gente se preguntaba el por qué estaba ciego. Jesús explicará el para qué: «Para que se manifiesten en él las obras de Dios», y las obras de Dios no son las que castigan con la ceguera sino las que iluminan al mundo. Las obras de Dios son creadoras y liberadoras, son los milagros de su misericordia. Es aquello de «los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Noticia» (Lc 7, 22; cf. 4,18-19).

b) El milagro de la misericordia.- Todas las cegueras humanas y todas las miserias humanas surgen y están ahí, por muchas razones, que no siempre son pecaminosas. Los porqués son complicados. Pero sí es cierto que todas esas miserias están esperando una respuesta de amor.

Si Dios permite tantas miserias es para que en ellas pueda resplandecer su misericordia. No siempre hará el milagro de la curación física, pero siempre hará el milagro de la curación espiritual; siempre se acercará a nuestros sufrimientos, y los compartirá y los redimirá. No hace falta insistir en que Dios también se vale de nosotros para realizar un milagro de comunión. Así pues, los ciegos están ahí y los cojos y los leprosos y los pobres, para que sepamos volcar sobre ellos la medicina de nuestro amor.

c) Las mediaciones.- Jesús podía haber curado al ciego inmediata y directamente, con una sola palabra o un solo golpe de gracia. Y, sin embargo, utiliza una serie de mediaciones, todo un proceso: la saliva, el barro en los ojos, la necesidad de lavarse en la piscina. Cada uno de estos detalles puede tener su propia significación. Hay, naturalmente, una lectura sacramental, con evidentes aplicaciones al bautismo. Pero lo que sí es claro es que Cristo necesita de nuestra colaboración. El no multiplica los panes si no ofrecemos los pocos que nos quedan.

CÁRITAS
RÍOS DEL CORAZÓN
CUARESMA Y PASCUA 1993.Pág. 98

domingo, 9 de febrero de 2014

Jesús nos pide ser sal de la tierra y luz del mundo


¡Amor y paz!

Muchos en la sociedad en que vivimos no tienen una razón para vivir y han perdido el gusto por la vida.  Casi deambulan desorientados y sin estímulos. Ante esta situación, que también se daba en su tiempo, Jesús recuerda a sus discípulos que son sal de la tierra y luz del mundo.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este Domingo de la V Semana del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Mateo 5,13-16. 
Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres.  Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa. Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo.

Comentario

Cuenta la leyenda que una vez una serpiente empezó a perseguir a una luciérnaga. Ésta huía rápido con miedo de la feroz predadora y la serpiente al mismo tiempo no desistía. Huyó un día y ella la seguía, dos días y la seguía. Al tercer día, ya sin fuerzas, la luciérnaga paró y le dijo a la serpiente: ¿Puedo hacerte tres preguntas? –No acostumbro dar este precedente a nadie, pero como te voy a devorar, puedes preguntar, contestó la serpiente. –¿Pertenezco a tu cadena alimenticia, preguntó la luciérnaga? –No, contestó la serpiente –¿Yo te hice algún mal dijo la luciérnaga? –No, volvió a responder la serpiente – Entonces, ¿por qué quieres acabar conmigo? –Porque no soporto verte brillar.

“Ustedes son la sal de este mundo. Pero si la sal deja de estar salada, ¿cómo podrá recobrar su sabor? Ya no sirve para nada, así que se la tira a la calle y la gente la pisotea. Ustedes son la luz de este mundo. Una ciudad en lo alto de un cerro no puede esconderse. Ni se enciende una lámpara para ponerla bajo un cajón; antes bien, se la pone en lo alto para que alumbre a todos los que están en la casa. Del mismo modo, procuren ustedes que su luz brille delante de la gente, para que, viendo el bien que ustedes hacen, todos alaben a su Padre que está en el cielo”. Estas palabras de Jesús son el mensaje que nos regala hoy el Evangelio. Toda una buena noticia que se constituye en una tarea para todos los cristianos.

La sal servía antiguamente para evitar la putrefacción de los alimentos. Incluso, la sal fue para muchas sociedades el elemento que permitió realizar las primeras actividades comerciales de las que se tiene noticia. Hoy en día, en los lugares en los que no hay energía eléctrica y no se cuenta con medios para conservar los alimentos, se sigue teniendo la costumbre de salar las comidas para evitar que se dañen. Con los alimentos salados se podían hacer largos viajes sin perder las provisiones necesarias. La sal, por tanto, da sabor, y evita la descomposición. Sin sal, una sociedad está abocada a la corrupción y a la descomposición de sus miembros y de sus instituciones.

Por su parte, la luz ha servido siempre para alumbrar y dar calor al hogar. Alrededor de la luz se reunían y se reúnen las familias para compartir la sabiduría de los mayores. Por esto, la luz también representa el saber necesario para la supervivencia humana. La luz ha señalado también el rumbo de los caminantes en medio de la noche. Una sociedad que pierda la luz, termina perdiendo el saber y el sentido de su marcha hacia el futuro.

El sabor y el saber se convierten en una dualidad fundamental en el camino de la vida, porque vivir es ante todo encontrarle a la vida sentido (luz) y gusto (sal). Es decir, hay que aprender a vivir con saber y con sabor. Si logramos encontrarle a nuestra vida sentido pero no encontramos gusto, viviremos densamente, pero tristes. Si vivimos con gusto, pero sin encontrarle un sentido profundo, viviremos divertidos pero vacíos.

Vivir con saber es vivir con sentido, saber por qué se vive. Vivir con sabor es vivir con gusto, encontrar cómo hay que vivir. Y no tenemos que perder de vista que a los corruptos, y a los que no quieren que el mundo encuentre su camino, les molesta la sal y luz. Como la serpiente primordial, hoy también hay quienes no soportan sentir el sabor de la sal ni el resplandor de la luz que estamos llamados a regalarle a la sociedad y a la iglesia.

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.*
* Sacerdote jesuita, Decano académico de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá

domingo, 6 de febrero de 2011

Estamos llamados a irradiar en el mundo la luz de Cristo

¡Amor y paz!

Dos pequeñas parábolas nos trae hoy el Evangelio, que enlazan con el inicio del Sermón del Monte, proclamado hace una semana y que Cristo dirigió a sus discípulos. Las bienaventuranzas terminan diciendo: "Vosotros sois dichosos cuando...", y el texto de hoy comienza: vosotros sois..." Las bienaventuranzas nos definían al discípulo de Jesús; este par de parábolas indican cuál es la misión de los discípulos en el mundo.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este V Domingo del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Mateo 5,13-16.

Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres. Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa. Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo. 

Comentario

Jesús no vino a suprimir la ley judía, ni las enseñanzas de los profetas de Israel. Jesús vino a llevar esta enseñanza a su plenitud, que es la ley del amor. El texto del evangelio que nos presenta hoy la liturgia, está marcado por esta alternancia entre lo que decía la ley del Antiguo Testamento, y lo que Jesús viene a proponer de parte de Dios y fundamentado solamente en el amor. Se trata de un cambio que no elimina el momento anterior, sino que, conteniéndolo, lo supera. Va mucho más allá de lo que los mismos profetas hubieran querido y más allá de lo que la ley pretendía alcanzar en lo que toca a la regulación de las relaciones entre las personas y con Dios.

Muchos seguidores de Jesús hubieran disfrutado mucho si Jesús hubiera acabado con todo lo pasado. De la misma manera, había muchos otros que hubieran querido un Mesías que no los hiciera cambiar nada de sus tradiciones y costumbres. Conservar todo o cambiarlo todo, son dos extremos que se juntan. Los radicales que no aceptan nada de lo pasado y los radicales que se apegan a las tradiciones porque ‘así se ha hecho siempre’, están hechos con el mismo material dogmático y cerrado.

En la Iglesia de hoy, encontramos también estas dos tendencias que se encontró Jesús en su tiempo. Hay quienes quieren que no les cambien nada de lo que han pensado y hecho toda su vida… y hay otros que quisieran que todo se reformara o se cambiara radicalmente. La propuesta de Jesús es vivir desde la plenitud y la libertad del amor.

En esta perspectiva, quisiera ofrecer hoy una reflexión que me parece muy sugerente. Se trata de un escrito del famoso y polémico teólogo católico, Hans Küng sobre su permanencia en la Iglesia. Cuando fue sancionado por el Vaticano y le suspendieron su cátedra de teología en una universidad católica, había personas que le preguntaban por qué seguía en la Iglesia y por qué no abandonaba su sacerdocio. Su respuesta fue esta:

“En esta situación se escucha la pregunta: ¿por qué sigo en la Iglesia o en el ministerio eclesial? Ya no se puede amenazar correctamente con el infierno. La secularización de la existencia y del saber modernos ha derribado muchas motivaciones sociológicas. Y por otra parte parece que el tiempo de la Iglesia estatal, popular tradicional, toca a su fin. Responder convincentemente a esta pregunta no es fácil. Para un judío o para un musulmán no puede carecer de importancia el hecho de que él nació en esta comunidad, y sigue determinado –lo quiera o no– por ella en forma positiva o negativa (al menos ha sucedido así la mayoría de las veces). Y no da igual mantenerse unido a la familia o bien alejarse de ella por ira o por indiferencia. Lo mismo para un cristiano”.

“Esta es al menos una causa por la que algunos permanecen hoy en la Iglesia e incluso en el ministerio eclesial. Querrían atacar las tradiciones congeladas, que dificultan o imposibilitan ser cristiano. Pero no por ello renuncian a vivir fundados en la gran tradición cristiana y eclesial de veinte siglos. Criticarán instituciones y constituciones eclesiales cuando la felicidad de las personas se inmola en provecho de estas constituciones e instituciones. Pero no quieren renunciar a la necesaria institución o constitución sin la cual no puede vivir a la larga una comunidad de fe”.

“Habiendo asistido a horas mejores, ¿debía yo abandonar el barco en la tempestad y dejar a los demás con los que he navegado hasta ahora que se enfrentarán al viento, extraerán el agua y lucharán por la supervivencia? He recibido demasiado en la comunidad de fe para poder defraudar ahora a aquellos que se han comprometido conmigo. No quisiera alegrar a los enemigos de la renovación, ni avergonzar a los amigos… Pero no renunciaré a la eficacia EN la Iglesia. Las alternativas –otra Iglesia, sin Iglesia– no me convencen: los rompimientos conducen al aislamiento del individuo o a una nueva institucionalización. Cualquier fanatismo lo demuestra. No defiendo en absoluto un cristianismo de selectos que pretenden ser mejores que otros ni tampoco defiendo las utopías eclesiales, que sueñan con una comunidad limpiamente animada por los mismos sentimientos. ¿No sería más emocionante, interesante, exigente –a pesar de todo– y finalmente más reconfortante y fructífero luchar por un «cristianismo con rostro humano» en esta Iglesia concreta, en la que al menos sé con quién me comprometo? ¿No sería mejor una exigencia siempre nueva de responsabilidad, de postura activa, de perseverancia tenaz, de libertad más vivida, de resistencia leal?”

“Mi respuesta decisiva sería: permanezco en la Iglesia porque el asunto de Jesús me ha convencido, y porque la comunidad eclesial en y a pesar de todo fallo ha sido la DEFENSORA DE LA CAUSA DE JESUCRISTO y así debe seguir siendo. La posibilidad efectiva dependerá de que en algún lugar un párroco predique a este Jesús; un catequista enseñe cristianamente; un individuo, una familia o una comunidad recen seriamente, sin frases; de que se haga un bautismo en nombre de Jesucristo; se celebre la Cena de una comunidad comprometida y que tenga consecuencias en lo cotidiano; se prometa misteriosamente por la fuerza de Dios el perdón de los pecados; de que en el servicio divino y en el servicio humano, en la enseñanza y en la pastoral, en la conversación y en la diaconía el Evangelio sea predicado, pre-vivido y post-vivido de verdad. En pocas palabras, se realiza el verdadero seguimiento de Cristo; el «asunto de Jesucristo» es tomado en serio. Por tanto, la Iglesia puede –¿quién lo haría sino ella?– ayudar a los hombres a ser hombres, cristianos, hombres-cristianos, y a seguir siéndolo de hecho: a la luz y en la fuerza de Jesús, poder vivir, actuar, padecer y morir de una forma verdaderamente humana por estar mantenidos desde el principio hasta el fin por Dios, poder comprometerse hasta el fin por Dios, poder comprometerse hasta el fin por los hombres”.

“Está en manos de la Iglesia el modo de superar esta crisis. El programa no falta. ¿Por qué sigo en la Iglesia? Porque de la fe hago ESPERANZA: esperanza de que el programa, es decir, de que el asunto de Jesucristo es más fuerte que todos los abusos que se dan en y con la Iglesia. Por esto vale la pena la decisiva toma de postura EN la Iglesia; por esto vale la pena la toma de posición más concreta en el ministerio eclesial a pesar de todo. No permanezco en la Iglesia AUNQUE sea cristiano: no me tengo por más cristiano que la Iglesia. Sino que permanezco en la Iglesia PORQUE soy cristiano”.

Que estas palabras nos ayuden a reflexionar sobre nuestra apertura al amor que Jesús vino a proponer, para llevar a plenitud la ley y los profetas.

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.*
* Sacerdote jesuita, Decano académico de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá