domingo, 10 de mayo de 2015

“El amor más grande que uno puede tener es dar su vida por sus amigos”

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este VI Domingo de Pascua.

Dios nos bendice…

Evangelio según San Juan 15,9-17. 
Jesús dijo a sus discípulos: «Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto.» Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre. No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá. Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros.» 

Comentario

El 10 de octubre de 1982, en la gran plaza de san Pedro de Roma, el papa Juan Pablo II canonizó a un paisano suyo: Maximiliano Kolbe, sacerdote franciscano, nacido el 8 de enero de 1894 en la ciudad de Zdunska Wola. Estuvo presente en este acto un testigo excepcional: Franciszek Gajowniczek, un polaco ya anciano que, cuarenta y un años antes, había salvado su vida en el campo de concentración de Auschwitz, gracias al heroico gesto del nuevo santo.

Este hombre cuenta así su experiencia de aquel verano de 1941: “Yo era un veterano en el campo de Auschwitz; tenía en mi brazo tatuado el número de inscripción: 5659. Una noche, al pasar los guardianes lista, uno de nuestros compañeros no respondió cuando leyeron su nombre. Se dio al punto la alarma: los oficiales del campo desplegaron todos los dispositivos de seguridad; salieron patrullas por los alrededores. Aquella noche nos fuimos angustiados a nuestros barracones. Los dos mil internados en nuestro pabellón sabíamos que nuestra alternativa era bien trágica; si no lograban dar con el escapado, acabarían con diez de nosotros. A la mañana siguiente nos hicieron formar a todos los dos mil y nos tuvieron en posición de firmes desde las primeras horas hasta el mediodía. Nuestros cuerpos estaban debilitados al máximo por el trabajo y la escasísima alimentación. Muchos del grupo caían exánimes bajo aquel sol implacable. Hacia las tres nos dieron algo de comer y volvimos a la posición de firmes hasta la noche. El coronel Fritsch volvió a pasar lista y anunció que diez de nosotros seríamos ajusticiados”.

A la mañana siguiente, Franciszek Gajowniczek fue uno de los diez elegidos por el coronel de la SS para ser ajusticiados en represalia por el escapado. Cuando Franciszek salió de su fila, después de haber sido señalado por el coronel, musitó estas palabras: “Pobre esposa mía; pobres hijos míos”. El P. Maximiliano estaba cerca y oyó estas palabras. Enseguida, dio un paso adelante y le dijo al coronel: “Soy un sacerdote católico polaco, estoy ya viejo. Querría ocupar el puesto de ese hombre que tiene esposa e hijos”. Su ofrecimiento fue aceptado por el oficial nazi y Maximiliano Kolbe, que tenía entonces 47 años, fue condenado, junto con otros nueve prisioneros, a morir de hambre. Tres semanas después, el único prisionero que seguía vivo era el P. Kolbe, de modo que le fue aplicada una inyección letal que terminó definitivamente con su vida. Maximiliano Kolbe había vivido su ministerio pastoral en Polonia y Japón, donde había pasado cinco años como misionero. Con este gesto sellaba una vida de entrega permanente.

Jesús nos invita a amarnos como Él nos ama: “Mi mandamiento es este: Que se amen unos a otros como yo los he amado a ustedes”. Y en seguida explica lo que esto significa: “El amor más grande que uno puede tener es dar su vida por sus amigos”. Es decir, que el amor que Jesús nos tiene es un amor capaz de entregar la propia vida para que los demás vivan. Esa es la tarea de todos los que queremos seguir a Jesús. Esta es la fuente de nuestra alegría: “Les hablo así para que se alegren conmigo y su alegría sea completa”. No siempre se tratará de situaciones tan extremas como las que vivió san Maximiliano Kolbe, pero siempre el amor pasa por la entrega de la propia vida.

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.
Sacerdote jesuita, Decano académico de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá 

sábado, 9 de mayo de 2015

«Si el mundo los odia, sepan que antes me ha odiado a mí»

¡Amor y paz!

Los invito, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este sábado de la V Semana de Pascua.

Dios nos bendice…

Evangelio según San Juan 15,18-21. 
Jesús dijo a sus discípulos: «Si el mundo los odia, sepan que antes me ha odiado a mí. Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya. Pero como no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él, el mundo los odia. Acuérdense de lo que les dije: el servidor no es más grande que su señor. Si me persiguieron a mí, también los perseguirán a ustedes; si fueron fieles a mi palabra, también serán fieles a la de ustedes. Pero los tratarán así a causa de mi Nombre, porque no conocen al que me envió.» 
Comentario

Caminar tras las huellas, cargando nuestra cruz de cada día, es caminar hacia la plena realización de nuestra propia Pascua. Pero ese camino no puede verse libre de persecuciones, de críticas, de rechazos. No serán sólo nuestras palabras, sino nuestra vida, congruente con la fe que profesamos, lo que se convierta en el mejor anuncio del Mensaje de salvación. Al contemplar a Cristo, su amor por nosotros, su entrega en favor de nuestra salvación, su glorificación a la diestra del Padre, percibimos nuestro amor, nuestra propia entrega y nuestra propia glorificación, pues nuestro camino hacia la Gloria del Padre no puede realizarse al margen de Cristo: en Él vivimos, nos movemos y somos. Por eso confiemos nuestra vida totalmente en las manos del Señor; y, aún en las grandes persecuciones que tengamos que sufrir por Él, no demos marcha atrás de un modo cobarde, pues no es a los hombres sino a Dios a quien debemos agradar. 

Ojalá y que quienes formamos la Iglesia de Cristo hubiésemos sido creados de una naturaleza distinta de la de las demás personas de nuestro mundo. Pero Dios, en su amor infinito y gratuito, nos ha llamado con santa llamada; nos ha perdonado, nos ha santificado y nos ha enviado como signos de su amor salvador y misericordioso para que todos encuentren, en la Iglesia de Cristo, el camino que nos salva y nos conduce a la plena unión con Dios. Por eso no podemos pasarnos la vida destruyéndonos mutuamente. Nuestra vocación, que mira a la salvación de toda la humanidad, nos ha de llevar a trabajar constantemente por el Evangelio, impulsados y obedientes al Espíritu Santo, que guía a la Iglesia de Cristo mediante el signo sensible de los sucesores de Pedro y de los apóstoles, y que se convierten también en signo de unidad entre nosotros. Trabajemos, por tanto, constantemente, a favor del Reino de Dios. 

Seamos fieles al Señor, vivamos alegres por la esperanza, seamos pacientes en el sufrimiento y perseveremos en la oración, especialmente rogando por los que nos persiguen. Acerquémonos a los pecadores, a los que nos persiguen y maldicen, pues el Señor nos envió no a condenar, sino a salvar todo lo que se había perdido. Y si por cobardía o por comodidades personales no vamos a los pecadores para hacer llegar a ellos la salvación, ¿qué sentido tiene el cumplir con la Misión que el Señor nos ha confiado?