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miércoles, 16 de mayo de 2018

“No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno”



¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio, en este miércoles de la 7ª semana de Pascua.

Dios nos bendice...

LECTIO DIVINA: JUAN 17,11B-19

1) ORACIÓN INICIAL

Padre lleno de amor, concede a tu Iglesia, congregada por el Espíritu Santo, dedicarse plenamente a tu servicio y vivir unida en el amor, según tu voluntad. Por nuestro Señor.

2) LECTURA

Del santo Evangelio según Juan 17,11b-19

Así habló Jesús, y alzando los ojos al cielo, dijo: Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba yo con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado. He velado por ellos y ninguno se ha perdido, salvo el hijo de perdición, para que se cumpliera la Escritura. Pero ahora voy a ti, y digo estas cosas en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada. Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad.

3) REFLEXIÓN

• Estamos en la novena de Pentecostés, esperando la venida del Espíritu Santo. Jesús dice que el don del Espíritu Santo se da sólo a quien lo pide en la oración (Lc 11,13). En el cenáculo, durante nueve días, desde la ascensión hasta Pentecostés, los apóstoles perseveraron en la oración junto con María la madre de Jesús (He 1,14). Por esto conseguirán en abundancia el don del Espíritu Santo (He 2,4). El evangelio de hoy continúa colocando ante nosotros la Oración Sacerdotal de Jesús. Es un texto muy bien apto para prepararnos en estos días a la venida del Espíritu Santo en nuestras vidas.

• Juan 17, 11b-12: Cuídalos en tu nombre. Jesús transforma su preocupación en plegaria: “¡Cuídalos en tu nombre, el nombre que tú me diste, para que sean uno como nosotros!" Todo lo que Jesús hizo en su vida, lo hizo en Nombre de Dios. Jesús es la manifestación del Nombre de Dios. El Nombre de Dios es Yavé, JHWH. En el tiempo de Jesús, este Nombre era pronunciado como Adonai, Kyrios, Señor. En el sermón de Pentecostés, Pedro dice que Jesús, por su resurrección, fue constituido Señor: “Sepa, entonces, con seguridad toda la gente de Israel que Dios ha hecho Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros crucificasteis”. (Hec 2,36). Y Pablo dice que esto se hizo: “para que toda lengua proclame, para gloria de Dios Padre: ¡Jesús Cristo es el Señor!” (Fil 2,11). Es el “Nombre sobre todo nombre” (Fil 2,9), JHWH o Yavé, el Nombre de Dios, recibió un rostro concreto en Jesús de Nazaret. Y es en torno a este nombre que hay que construir la unidad: Guárdalos en tu nombre, el nombre que tú me diste, para que sean uno como nosotros. Jesús quiere la unidad de las comunidades, para que puedan resistir frente al mundo que las odia y persigue. El pueblo unido alrededor del Nombre de Jesús ¡jamás será vencido!

• Juan 17,13-16: Que en sí mismos mi alegría sea colmada. Jesús se está despidiendo. Dentro de poco se irá. Los discípulos continúan en el mundo, serán perseguidos, tendrán aflicciones. Por esto están tristes. Jesús quiere que tengan alegría plena. Ellos tendrán que continuar en el mundo sin formar parte del mundo. Esto significa, bien concretamente, vivir en el sistema del imperio, sea romano o neoliberal, sin dejarse contaminar por él. Al igual que Jesús y con Jesús, deben vivir en el mundo sin ser del mundo.

• Juan 17,17-19: Como tú me enviaste, yo los envío al mundo. Jesús pide que sean consagrados en la verdad. Esto es, que sean capaces de dedicar toda su vida para testimoniar sus convicciones respecto de Jesús y de Dios Padre. Jesús se santificó en la medida en que, en su vida, fue revelando al Padre. Pide que sus discípulos entren en el mismo proceso de santificación. Su misión es la misma que la de Jesús. Ellos se santifican en la misma medida en que, viviendo el amor, revelan a Jesús y al Padre. Santificarse significa volverse humano, como lo fue Jesús. Decía el Papa León Magno: “Jesús fue tan humano, pero tan humano, como sólo Dios puede ser humano”. Por esto debemos vivir en el mundo, sin ser del mundo, pues el sistema deshumaniza la vida humana y la vuelve contraria a las intenciones del Creador.

4) PARA LA REFLEXIÓN PERSONAL

• Jesús vivió en el mundo, pero no era del mundo. Vivió en el sistema sin seguir el sistema, y por esto fue perseguido y condenado a muerte. ¿Yo? ¿Vivo hoy como Jesús lo hizo en su tiempo, o adapto mi fe al sistema?

• Preparación para Pentecostés. Invocar el don del Espíritu Santo, el Espíritu que animó a Jesús. En esta novena de preparación a Pentecostés es bueno sacar un tiempo para pedir el don del Espíritu de Jesús.

5) ORACIÓN FINAL

Bendigo al Señor, que me aconseja;
aun de noche me instruye la conciencia;
tengo siempre presente al Señor,
con Él a mi derecha no vacilo. (Sal 16,7-8)

http://ocarm.org/es/content/lectio/lectio-divina-juan-1711b-19

sábado, 9 de mayo de 2015

«Si el mundo los odia, sepan que antes me ha odiado a mí»

¡Amor y paz!

Los invito, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este sábado de la V Semana de Pascua.

Dios nos bendice…

Evangelio según San Juan 15,18-21. 
Jesús dijo a sus discípulos: «Si el mundo los odia, sepan que antes me ha odiado a mí. Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya. Pero como no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él, el mundo los odia. Acuérdense de lo que les dije: el servidor no es más grande que su señor. Si me persiguieron a mí, también los perseguirán a ustedes; si fueron fieles a mi palabra, también serán fieles a la de ustedes. Pero los tratarán así a causa de mi Nombre, porque no conocen al que me envió.» 
Comentario

Caminar tras las huellas, cargando nuestra cruz de cada día, es caminar hacia la plena realización de nuestra propia Pascua. Pero ese camino no puede verse libre de persecuciones, de críticas, de rechazos. No serán sólo nuestras palabras, sino nuestra vida, congruente con la fe que profesamos, lo que se convierta en el mejor anuncio del Mensaje de salvación. Al contemplar a Cristo, su amor por nosotros, su entrega en favor de nuestra salvación, su glorificación a la diestra del Padre, percibimos nuestro amor, nuestra propia entrega y nuestra propia glorificación, pues nuestro camino hacia la Gloria del Padre no puede realizarse al margen de Cristo: en Él vivimos, nos movemos y somos. Por eso confiemos nuestra vida totalmente en las manos del Señor; y, aún en las grandes persecuciones que tengamos que sufrir por Él, no demos marcha atrás de un modo cobarde, pues no es a los hombres sino a Dios a quien debemos agradar. 

Ojalá y que quienes formamos la Iglesia de Cristo hubiésemos sido creados de una naturaleza distinta de la de las demás personas de nuestro mundo. Pero Dios, en su amor infinito y gratuito, nos ha llamado con santa llamada; nos ha perdonado, nos ha santificado y nos ha enviado como signos de su amor salvador y misericordioso para que todos encuentren, en la Iglesia de Cristo, el camino que nos salva y nos conduce a la plena unión con Dios. Por eso no podemos pasarnos la vida destruyéndonos mutuamente. Nuestra vocación, que mira a la salvación de toda la humanidad, nos ha de llevar a trabajar constantemente por el Evangelio, impulsados y obedientes al Espíritu Santo, que guía a la Iglesia de Cristo mediante el signo sensible de los sucesores de Pedro y de los apóstoles, y que se convierten también en signo de unidad entre nosotros. Trabajemos, por tanto, constantemente, a favor del Reino de Dios. 

Seamos fieles al Señor, vivamos alegres por la esperanza, seamos pacientes en el sufrimiento y perseveremos en la oración, especialmente rogando por los que nos persiguen. Acerquémonos a los pecadores, a los que nos persiguen y maldicen, pues el Señor nos envió no a condenar, sino a salvar todo lo que se había perdido. Y si por cobardía o por comodidades personales no vamos a los pecadores para hacer llegar a ellos la salvación, ¿qué sentido tiene el cumplir con la Misión que el Señor nos ha confiado?