jueves, 4 de septiembre de 2014

Jesús no nos condena: nos perdona e invita a seguirlo

¡Amor y paz!

“Mi pasado me condena”, el título de una película estadounidense de 1971, sirve para ilustrar una forma de acercarnos a la meditación del Evangelio de hoy. Pedro, un sencillo pescador, es escogido por Jesús para que lo acompañe a anunciar la Buena Noticia de la Salvación. ¿Cuáles son sus méritos? Sólo el Señor lo sabía, pero el mismo Simón, como entonces se llamaba, se confiesa pecador. Como pecadores han sido otros discípulos, valga recordar a Saulo, luego, Pablo; o Agustín de Hipona, antes de su conversión.

Sin embargo, a diferencia del título del filme mencionado, Jesús perdona, no condena. Y entonces, como a Pedro, o como a la adúltera, o como a cualquiera de nosotros, nos invita a conocerlo, amarlo y seguirlo.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este jueves de la Semana 22ª. del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Lectura del santo evangelio según san Lucas (5,1-11)
En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret. Vio dos barcas que estaban junto a la orilla; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Rema mar adentro, y echad las redes para pescar.» Simón contestó: «Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.» Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.» Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres.» Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.
Comentario

      Vamos a fijarnos en la última frase del Evangelio de hoy. Posiblemente es la más importante: “Y dejándolo todo, lo siguieron.” Eso marca el final de un proceso. Y el final suele ser lo más importante. Por en medio habrá habido pasos adelante y pasos atrás, dudas, vacilaciones, momentos de luz y claridad... Pero lo importante es llegar.

      Dos historias para aclararlo. Recuerdo que cuando estaban a punto de beatificar al fundador del Opus Dei, vi un programa de televisión en el que unos invitados debatían sobre la vida del santo. Uno de ellos comenzó a contar que en la vida del futuro beato había habido algunos momentos de oscuridad, no tan santos para entendernos. Fue un jesuita el que le respondió –y muy bien– que lo importante era el final, que en todo proceso hay momentos diversos y que, dadas las limitaciones que tenemos todas las personas, no es de extrañar que en la vida de monseñor Escrivá hubiese habido momentos de dificultad, de oscuridad, errores incluso. Lo importante había sido su capacidad para superar esos momentos, para seguir caminando, para mantener firme la mirada en la meta.

      La otra historia pertenece a mi propia experiencia cuando hace año hice el Camino de Santiago. Es un camino largo, 700 kilómetros. Un mes caminando todos los días. Hay momentos para todo. A veces duelen los pies y las piernas. A veces uno se siente cansado. Hay momentos en lo que uno se pregunta por qué se metió en semejante locura o qué se le ha perdido en Santiago. Pero también hay momentos de luz, de claridad, de buen humor, de diálogo con los otros caminantes con los que se comparte el Camino. Y, al final, cuando se llega, se sabe que todo lo que se ha pasado, alguna tendinitis y muchas ampollas incluidas, ha valido la pena.

      Pedro escuchó a Jesús, luego le siguió, luego dudó, luego le volvió a seguir. Por el camino llegó a negar haber conocido a Jesús. Es que Pedro era una persona normal, como nosotros. Con sus debilidades y sus fortalezas. Lo importante es que se mantuvo en el empeño. Siguió tras Jesús. Y llegó a su meta. Si él pudo, nosotros también. No importa lo que haya habido por el camino. No importan los errores cometidos. Lo importante es seguir y llegar. Y, no lo dudemos, la gracias de Dios está con nosotros. Como lo estuvo con Pedro.

Fernando Torres Pérez, cmf

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Sirvamos a nuestros hermanos, como respuesta a la generosidad de Dios

¡Amor y paz!

En el Evangelio de hoy, Jesús sale de la sinagoga, entra a la casa de Simón y cura a la suegra de éste. Como ayer, el Señor predica y cura y recorre así toda Judea, a pesar de que muchos quieren retenerlo.

Es interesante ver cómo reacciona la suegra de Simón. Recordemos cómo reaccionan aquellos que son curados. Pensemos en sólo dos casos: en una ocasión cura a 10 leprosos, pero sólo uno regresa a agradecerle (Lc 17, 11-19); y también a un sordomudo quien,  a pesar de que Jesús insiste en que no diga nada, con mayor ahínco proclama que ha sido curado (Mc 7,31-37). La reacción de la suegra de Pedro es diferente: cuando se le pasa la fiebre, se levanta y se pone a servirles.

Cabe preguntarnos cómo respondemos nosotros a los dones y favores que nos dispensa Dios. Seguramente no hay mejor manera que sirviendo a sus hijos, nuestros hermanos, especialmente los más necesitados.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este miércoles de la 22ª. Semana del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Del santo evangelio según san Lucas (4,38-44):
En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, entró en casa de Simón. La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le pidieron que hiciera algo por ella. Él, de pie a su lado, increpó a la fiebre, y se le pasó; ella, levantándose en seguida, se puso a servirles. Al ponerse el sol, los que tenían enfermos con el mal que fuera se los llevaban; y él, poniendo las manos sobre cada uno, los iba curando. De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban: «Tú eres el Hijo de Dios.» Los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías. Al hacerse de día, salió a un lugar solitario. La gente lo andaba buscando; dieron con él e intentaban retenerlo para que no se les fuese. Pero él les dijo: «También a los otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios, para eso me han enviado.» Y predicaba en las sinagogas de Judea.

Comentario

Siempre me ha llamado la atención la actitud de la suegra de Pedro. Está en la cama con fiebres. Jesús la cura. Vale. Lo lógico habría sido montar una fiesta o descansar o irse a visitar a las amigas. Algo así. Pero lo que hace es otra cosa: se levanta y se pone a servirles, a Jesús y a los discípulos, que han llegado a su casa. La hospitalidad es lo primero. Y ella está para servir. 

      La suegra de Pedro es todo un modelo de vida cristiana. De los que han venido para servir y no para ser servidos. Paremos por un momento a pensar cómo nos iría en la vida si todos nos colocásemos en esa posición: en la del que sirve. Podemos imaginar la vida de en familia, la vida en las empresas, en los partidos políticos, en los grupos de amigos. ¿A que sería diferente?

      Cuando era seminarista, nuestro formador nos comentaba que la vida de comunidad era como un carro que llevábamos entre todos. Era posible que en algún momento uno de los miembros de la comunidad se subiese al carro por la razón que fuese (enfermedad, debilidad, cansancio...). No importaba los demás seguirían tirando y, aunque con un poco más de dificultad, el carro seguiría adelante. Para los que tiran la dificultad va en aumento según son más los que se suben al carro y son menos los que tiran. El momento imposible es cuando todos o la mayoría deciden subirse al carro. En ese momento ya no se avanza más. Incluso se retrocede en el caso de que el carro estuviese subiendo una cuesta. Más complicado todavía es si los que tiran no están unidos y cada uno tira para un lado. 
     
 Conclusión: vivir juntos implica siempre una actitud de servicio. Y un cierto grado de consenso o unidad para tirar todos en la misma dirección. Si empezamos a hacer partidos y cada uno busca su propio interés el carro/comunidad no va para ninguna parte. (…) Que no se nos olvide que todos somos de Cristo, que todos estamos al servicio unos de otros y que los primeros de la comunidad son los más débiles. Con estos sencillos criterios, un poco de generosidad y algo de capacidad de sacrificio, seguro que nuestra comunidad termina siendo presencia del Reino para todos los que se acerquen a ella.

Fernando Torres Pérez, cmf