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miércoles, 21 de junio de 2017

“El que siembra tacañamente, tacañamente cosechará”

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar la Palabra de Dios y el comentario, en este miércoles de la undécima semana del Tiempo Ordinario.

Dios nos bendice...

Primera Lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 9,6-11

El que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra generosamente, generosamente cosechará. Cada uno dé como haya decidido su conciencia: no a disgusto ni por compromiso; porque al que da de buena gana lo ama Dios. Tiene Dios poder para colmaros de toda clase de favores, de modo que, teniendo siempre lo suficiente, os sobre para obras buenas. Como dice la Escritura: «Reparte limosna a los pobres, su justicia es constante, sin falta.» El que proporciona semilla para sembrar y pan para comer os proporcionará y aumentará la semilla, y multiplicará la cosecha de vuestra justicia. Siempre seréis ricos para ser generosos, y así, por medio nuestro, se dará gracias a Dios.

Salmo

Sal 111,1-2.3-4.9

R/. Dichoso quien teme al Señor

Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos.
Su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita. R/.

En su casa habrá riquezas y abundancia,
su caridad es constante, sin falta.
En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo. R/.

Reparte limosna a los pobres;
su caridad es constante, sin falta,
y alzará la frente con dignidad. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo 6,1-6.16-18

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta por delante, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará. Cuando recéis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente. Os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, cuando vayas a rezar, entra en tu aposento, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está en lo escondido, y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará. Cuando ayunéis, no andéis cabizbajos, como los hipócritas que desfiguran su cara para hacer ver a la gente que ayunan. Os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará.»

Reflexión del Evangelio del día

Dios ama al que da de buena gana

Pablo continúa en nuestro texto con el tema de la colecta y ahora añade una hermosa exhortación a la generosidad. Haciendo uso de expresiones de la sabiduría popular, espolea el amor propio de los corintios y da a ésta un cariz de alabanza a Dios. Hace de la generosidad no solo un gesto altruista y caritativo, sino que es, además, expresión de un corazón teológico, es decir, glorifica a Dios, y éste ama al que da con alegría, y a Dios nadie gana en generosidad. Abunda en esta línea cuando recurre a la confianza en Dios, quien nunca defrauda, quien comparte con el prójimo lo que es y tiene. Generosidad que es reforzada con el recurso de una alusión bíblica. Pero, cuidado, no se ha de esperar de Dios solo una recompensa material como premio a la generosa caridad; citando a Isaías, Pablo hace ver que el Señor aumentará los frutos de la justicia; lo que es lo mismo que decir que más allá de la recompensa material, está el fruto de la justicia con que el Señor premia. Y eso sin olvidar el beneficio de la gratitud que los pobres de Jerusalén manifestarán en su momento cuando reciban la generosidad de los hermanos de Corinto.

Tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará

La limosna, el ayuno y la oración para el contemporáneo de Jesús no sólo eran las tres prácticas piadosas más expresivas de su religiosidad, sino que también eran la forma de practicar la justicia. De la práctica de la limosna, al parecer, se servían algunos para lograr prestancia personal anulando así su fuerza religiosa y negando el aporte a la justicia que pudiera hacer tal donación. La propuesta de Jesús es centrar la limosna en el Padre y, por tanto, en la gratuidad; la recompensa apuntará a una relación filial honda y sentida con Dios. Algo similar dice el texto evangélico sobre la oración, que nunca será excusa para el exhibicionismo religioso; al contrario, su mejor lugar será la intimidad del corazón donde se alimentará de verdad y confianza. Y el Padre sabrá calibrar este gesto de amor como nadie. Y también algo análogo respecto al ayuno; éste no es condenado en absoluto por Jesús de Nazaret, sino el que se haga como hoy se diría de postureo. El evangelio apunta en los tres casos a una relación viva e íntima con el Padre que ve nuestro interior siempre con entrañas de misericordia.
La Compañía de Jesús tiene entre sus hijos más notables a Luis Gonzaga; de origen noble, supo vaciar su corta biografía a favor de los que tenían más amenazada su existencia en la peste romana allá por 1591.

¿La comunidad disfruta de la generosidad que es capaz de ofrecer?
¿Damos pasos para que nuestro corazón sea el habitual domicilio de Dios Padre y con esa luz vivir en solidaridad fraterna?

Fr. Jesús Duque O.P.
Convento de Santo Domingo de Scala-Coeli (Córdoba) 
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viernes, 21 de abril de 2017

El Resucitado es tan real, que nos cambia la manera de juzgar la realidad

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio, hoy viernes de las Octava de Pascua.

Dios nos bendice...

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (21,1-14):

EN aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera:
Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, apodado el Mellizo; Natanael, el de Caná de Galilea; los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.
Simón Pedro les dice:
«Me voy a pescar».
Ellos contestan:
«Vamos también nosotros contigo».
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice:
«Muchachos, ¿tenéis pescado?».
Ellos contestaron:
«No».
Él les dice:
«Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis».
La echaron, y no podían sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a Pedro:
«Es el Señor».
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque rio distaban de tierra más que unos doscientos codos, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan.
Jesús les dice:
«Traed de los peces que acabáis de coger».
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.
Jesús les dice:
«Vamos, almorzad».
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.
Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.
Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.

Palabra del Señor

Comentario

El evangelio de Juan sitúa la actividad de Jesús básicamente en Jerusalén. Sin embargo, ubica la aparición final junto al lago de Galilea o Genesaret o mar de Tiberíades, uniendo así el comienzo del evangelio en los sinópticos —llamado de los pescadores— con su final, con la experiencia Pascual. Lucas y Juan representan la tradición oral de Jerusalén sobre las apariciones y Marcos y Mateo la tradición oral de Galilea. De ahí que los relatos suelen tener rasgos de los dos tipos.

Los siete discípulos pescan en el lago de Galilea luego de sentirse frustrados por el fin de Jesús en una cruz, juzgado como blasfemo por las autoridades religiosas y como revoltoso por las autoridades civiles. Menciona los hijos de Zebedeo, dos discípulos innominados, Pedro, Tomás y Natanael. En Juan se destacan unos discípulos diferentes a los de los sinópticos siendo el más resaltado el “discípulo amado” que no es tan fácil de identificar con Juan como se hace tradicionalmente.

La noche infructuosa es un detalle un tanto irónico que nos anuncia que se trata de otra pesca, pues como pescadores profesionales serían más diestros que Jesús hijo de un artesano. En los vaivenes de una tradición oral, el que cuenta esta historia no parece haber sido sino uno que conocía bien a los pescadores del mar de Galilea. La noche era el mejor tiempo para pescar. La pesca abundante sería frecuente en la noche. Lo novedoso no es tanto la pesca en sí sino el sentido que se le da a la presencia del Resucitado entre ellos y de manera especial cuando se reúnen para comer. Al ser de madrugada no hubieran reconocido fácilmente ni al más familiar.

 Si el discípulos amado lo reconoce no sería por su buena vista en la penumbra de la mañana sino porque miraba con otros ojos; los que le daba el ser “el que el Señor quería”.

Jesús aparece sin ser reconocido, como es un cliché en estos relatos (el hortelano para María Magdalena, el caminante para los discípulos de Emaús). Así como el desconocido caminante de Emaús conoce las Escrituras el desconocido del lago sabe secretos de pesca. Pedro es quien invita a pescar en cierta concordancia con ser el primero llamado en los sinópticos.

Lucas narra una similar pesca abundante pero en la vida pública de Jesús, al final de la cual dice a Pedro que lo hará “pescador de hombres vivos ”. Sin embargo quien reconoce al desconocido como Señor es el “discípulo amado” comunicándolo a Pedro. Es similar la competencia cuando los dos van a la tumba. Aquí Pedro se adelanta al echarse al agua, como en la tumba al entrar. Luego aparece curiosamente pescado listo para consumir y pan, cuando a la pregunta de Jesús sobre si tenían algo de comer habían respondido ¡no! Además, el término usado para pescado es el que se refería a pescado seco para los (opsarion). Los rasgos eucarísticos son integrados de una manera que desafía el tiempo.

La escena deja preguntas que no serían pertinentes. ¿Cómo podía Pedro nadar con la larga túnica exterior?, o ¿es que las aguas eran tan poco profundas que podía vadearlas andando? Por ello, sin duda, advierte que la barca ya no estaba lejos de tierra. ¿Por qué Pedro no reconoce al Señor de primeras? Un aura de misterio (sacramento) rodea ya de hecho el relato que aparece mucho más enriquecido en detalles que las seis reparticiones de panes y peces de los cuatro evangelios.

Los peces capturados en número de 153 tiene en paralelo en Lucas donde se recogen muchos peces «tan grande cantidad de peces, que las redes estaban a punto de romperse» (Lc 5:6), así como en la imagen del reinado de Dios como red barredera que se echa al agua y se recogen muchos peces pero luego se separa «lo bueno en canastos, y echaron afuera lo malo» (Mt 13:48). Que el lago de Galilea fuera rico en pesca es atestiguado por otros documentos extra bíblicos. Algunos (por ejemplo Jerónimo, traductor de la Biblia al latín) conjeturan, con alguna base, que 153 variedades de peces podían encontrarse allí de las cuales 2 variedades eran impuras según las normas dietéticas judías. El sentido eclesial sería evidente pues a la comunidad creyente entran muchos que luego abjuran de su fe bajo diferentes presiones.

En las apariciones en Mateo, en Galilea, el tema central es la predicación a todas las naciones de manera similar a la pesca abundante. Pablo “pesca” más gentiles que judíos. Lucas, con menos apego a Galilea, ubica la pesca abundante en la vida pública pero no en la resurrección. La ubica al comienzo y no al final. La parte eucarística es someramente descrita por Juan: «Va Jesús y toma el pan y se lo da, y de la misma manera, el pescado» sin que aparezcan otros términos usuales como “levantar la mirada al cielo”, “dar gracias”, “bendecir”, “partir el pan”. Esto está en armonía con lo antes comentado que lo importante era la comunidad, la reunión de los creyentes alrededor de una comida que revivía la última cena y no el ritual preciso utilizado. En Juan el pan vivo es Jesús mismo y se encuentra vivo en medio de la comunidad desde el momento de su muerte cuando entrega su Espíritu en la cruz. Pero esto que podemos decir hoy con facilidad no lo era tanto en la época apostólica.

En el relato se pone de relieve la confusión de los discípulos frente al extraño, pese a que lo conocían. Este rasgo desempeña un papel en los relatos de apariciones. Es causado por la diferencia entre el Jesús terreno y el Resucitado: éste pertenece ya a la esfera divina sin las limitaciones de espacio y tiempo y provoca en consecuencia un temor ante lo desconocido. Ahí apunta el giro «porque bien sabían que era el Señor» aunque a no ser por el “discípulo amado” se hubiera quedado sin saberlo. También ahí se expresa la pertenencia del Resucitado al ámbito divino: está pero hay que descubrirlo; es él pero parece otro; es otro pero parece él. Es necesario mantener la identidad y a la vez la diferencia, algo que parece chocar con la lógica de la razón que necesitamos para las ciencias: una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto. En este sentido la comida es una comida normal a la orilla del lago y es una eucaristía. Es la comida habitual en comunidad en la que experimenta cada vez de nuevo la presencia del Resucitado. También la Pascua judía, por más ritos ceremoniales y reglas culinarias que tuviera, no dejaba de ser una comida en familia. El sacramento no inventa de la nada, sino que eleva a un significado especial lo que ya existe: pan y vino en la Eucaristía; agua en el bautismo; aceite en la confirmación, y así en los demás uniéndoles gestos y palabras. El que actúa es siempre el Espíritu Santo. Los evangelios se esfuerzan en afirmar en variados relatos que el Resucitado no era una visión, ni un fantasma, ni el mismo Jesús de Galilea que se levanta de la tumba (como Lázaro) y menos una alucinación, sino una Persona tan real que nos cambia la manera de juzgar la misma realidad.

 Apuntes del Evangelio.
 Luis Javier Palacio, S.J.




lunes, 24 de noviembre de 2014

No demos al hermano de lo que nos sobra, sino de lo que nos hace falta

¡Amor y paz!

Al leer el Evangelio de hoy, de la pobre viuda que dio todo lo que tenía para vivir, y no aquello que le sobraba, recuerdo una oración de la beata madre Teresa de Calcuta:

Señor, cuando tenga hambre, dame alguien que necesite comida;
Cuando tenga sed, dame alguien que precise agua;
Cuando sienta frío, dame alguien que necesite calor.
Cuando sufra, dame alguien que necesita consuelo;
Cuando mi cruz parezca pesada, déjame compartir la cruz del otro;
Cuando me vea pobre, pon a mi lado algún necesitado.
Cuando no tenga tiempo, dame alguien que precise de mis minutos;
Cuando sufra humillación, dame ocasión para elogiar a alguien; Cuando esté desanimado, dame alguien para darle nuevos ánimos.
Cuando quiera que los otros me comprendan, dame alguien que necesite de mi comprensión;
Cuando sienta necesidad de que cuiden de mí, dame alguien a quien pueda atender;
Cuando piense en mí mismo, vuelve mi atención hacia otra persona.
Haznos dignos, Señor, de servir a nuestros hermanos;
Dales, a través de nuestras manos, no sólo el pan de cada día, también nuestro amor misericordioso, imagen del tuyo. (http://www.corazones.org/santos/teresa_calcuta.htm)

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este lunes de la 34ª. Semana del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga..

Evangelio según San Lucas 21,1-4. 
Levantando los ojos, Jesús vio a unos ricos que ponían sus ofrendas en el tesoro del Templo. Vio también a una viuda de condición muy humilde, que ponía dos pequeñas monedas de cobre, y dijo: "Les aseguro que esta pobre viuda ha dado más que nadie. Porque todos los demás dieron como ofrenda algo de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que tenía para vivir." 

Comentario

Cristo Jesús, el Hijo de Dios encarnado, se hizo pobre por nosotros, no aferrándose a su dignidad de Hijo; despojándose de todo se humilló y se hizo Dios-con-nosotros; bajó hasta nuestra miseria para enriquecernos con su pobreza, con aquello de lo que se había despojado; elevándonos así, a la dignidad de hijos en el Hijo de Dios. Él se convirtió en el buen samaritano que se baja de su cabalgadura para colocarnos a nosotros en ella; que paga con el precio de su propia sangre para que nos veamos libres de la enfermedad del pecado, y que con su retorno glorioso nos eleva a la dignidad de hijos de Dios.

Él no nos dio de lo que le sobraba, sino que lo dio todo por nosotros, pues amándonos, nos amó hasta el extremo, cumpliendo así, Él mismo, las palabras que había pronunciado: Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Y el Señor nos pide que por el bien y por la salvación de nuestro prójimo no demos lo que nos sobra, sino que lo demos todo, pues toda nuestra vida se ha de convertir en causa de salvación para todos, por nuestra permanencia en la comunión y en el amor con Cristo.

Y ese amor es el que nos pide que tengamos hacia los demás cuando nos dice: como yo los he amado a ustedes, así ámense los unos a los otros. A pesar de que muchas veces el pecado ha abierto brecha en nuestra vida y ha deteriorado la imagen de Dios en nosotros, el Señor quiere que nos alimentemos de Él para que nuestro aspecto vuelva a recobrar la dignidad de hijos que Él quiere que tengamos. Por eso, quienes vivimos en comunión de vida con el Señor no podemos deteriorar nuestra existencia con un amor contaminado por la maldad o por el egoísmo. No podemos sólo amar a los que nos aman y hacer el bien a los que nos lo hacen a nosotros. Dios nos pide amar sin fronteras.

No podemos vivir de tal forma que mordiéndonos como animales rabiosos, o acabando con la vida de los inocentes, o persiguiendo a los malvados en lugar de ganarlos para Cristo, tengamos el descaro de seguir llamando Padre a Dios, pues, en verdad, estaríamos traicionando nuestra fe y defraudando la confianza que el Señor depositó en nosotros, para que proclamáramos su Evangelio.

jueves, 19 de junio de 2014

Experimentar a Dios nos debe llevar a amar y a perdonar al prójimo

¡Amor y paz!

Habiendo sido bautizados; habiéndosenos participado del mismo Espíritu que reposa sobre Jesús, en Él no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos en verdad. La prueba del amor que Dios nos tiene es el perdón que nos da cuando, humillados y arrepentidos, volvemos a Él con un corazón sincero. Entonces conocemos el amor de Dios, que jamás se ha olvidado de nosotros, ni de que es nuestro Padre.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este jueves de la undécima semana del Tiempo Ordinario.

Dios nos bendice…

Evangelio según San Mateo 6,7-15.
Jesús dijo a sus discípulos: Cuando oren, no hablen mucho, como hacen los paganos: ellos creen que por mucho hablar serán escuchados. No hagan como ellos, porque el Padre que está en el cielo sabe bien qué es lo que les hace falta, antes de que se lo pidan. Ustedes oren de esta manera: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino, que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día. Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido. No nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del mal. Si perdonan sus faltas a los demás, el Padre que está en el cielo también los perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los demás, tampoco el Padre los perdonará a ustedes. 
Comentario

El experimentar a Dios nos debe llevar a amar y a perdonar a nuestro prójimo en la misma medida de amor y perdón con que nosotros hemos sido amados y perdonados por el Señor. Por eso el Padre nuestro no sólo es un resumen de lo que hemos de desear y amar, sino que es un compromiso de totalidad en nuestro ser de hijos de Dios, y en nuestro ser de hermanos de nuestro prójimo, con quien tenemos un Padre común, a quien santificamos en la fidelidad a su voluntad. Junto con nuestro prójimo también trabajamos por el Reino de Dios y le participamos de nuestro Pan de cada día, le sabemos perdonar y juntos disfrutamos de la Victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. Ojalá y no sólo recitemos, sino que vivamos, con gran amor, el Padre nuestro.

Nuestro Dios y Padre nos reúne, en la Eucaristía, en torno a su Hijo, por quien y en quien hemos sido hechos hijos suyos. Dios quiere que, revestidos de su propio Hijo, vayamos con el fuego de su Espíritu Santo a dar testimonio de su amor a nuestros hermanos. Él nos da ejemplo de un amor siempre misericordioso hacia nosotros. Creer en Él nos lleva a aceptar el ser amados, perdonados, santificados y salvados por Él. Por eso no podemos considerar la Eucaristía sólo como un acto de culto a Dios, sino como la aceptación de la vida de Dios en nosotros, entrando, mediante ella, en una auténtica comunión de vida con el Señor para ser, en Él, hijos amados del Padre.

No sólo hemos de experimentar el amor que Dios nos tiene. No sólo hemos de alegrarnos por pertenecer a su Reino. No sólo hemos de disfrutar el pan de cada día. No sólo hemos de sentir la paz interior porque el Señor nos ha perdonado, y se ha convertido en nuestro poderoso protector. Quienes tenemos a Dios por Padre, hemos sido enviados como un signo claro y creíble de su amor y de su misericordia para nuestros hermanos. Quien viva envuelto en el egoísmo, quien haya centrado su corazón en lo pasajero, quien se olvide de amar y sólo siga sus caprichos e inclinaciones, quien no sepa perdonar, quien sea ocasión de escándalo para su prójimo, quien induzca a otros al pecado, por más que recite con los labios la oración que el Señor nos enseñó, será un parlanchín, un mentiroso, un hipócrita. Si queremos colaborar en la construcción del Reino de Dios entre nosotros, si queremos una sociedad más sana, si queremos una Iglesia apostólica y convertida en testigo fiel del Señor, vivamos a plenitud el Padre nuestro.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de no sólo llamarnos, sino ser en verdad y con las obras, hijos de Dios en Cristo Jesús. Amén.

www.homiliacatolica.com

lunes, 17 de junio de 2013

Jesús pide que hagamos el bien incluso a quien nos hace mal

¡Amor y paz!

Siguen las antítesis con que Jesús quiere hacer entender a sus seguidores un estilo de vida más perfecto y auténtico. Esta vez se trata de nuestra relación con quienes nos han ofendido.

La llamada «ley del talión» -ojo por ojo y diente por diente- era una ley que, en su tiempo, representaba un progreso: quería contener el castigo en sus justos límites, y evitar que se tomara la justicia por su cuenta arbitrariamente. Había que castigar sólo en la medida en que se había faltado: «tal como» (de ahí el nombre de «talión», del latín «talis»).

Pero Jesús va más allá, no quiere que se devuelva mal por mal. Pone ejemplos de la vida concreta, como los golpes, o los pleitos, o la petición de préstamos: «no hagáis frente al que os agravia... preséntale la otra mejilla... dale también la capa» (José Aldazabal).

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este lunes de la XI Semana del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Mateo 5,38-42.
Ustedes han oído que se dijo: «Ojo por ojo y diente por diente.» Pero yo les digo: No resistan al malvado. Antes bien, si alguien te golpea en la mejilla derecha, ofrécele también la otra. Si alguien te hace un pleito por la camisa, entrégale también el manto. Si alguien te obliga a llevarle la carga, llévasela el doble más lejos. Da al que te pida, y al que espera de ti algo prestado, no le vuelvas la espalda.
Comentario

La ley del talión imponía al malvado, al que obraba mal, la misma pena que había cometido (Ex. 21, 23-25). La ley de la venganza era una antigua costumbre y servía para proteger a las personas, obligando al pariente más próximo a vengar los daños o la muerte, o a comprar las propiedades del pariente para pagar sus deudas. La invalidación de la ley del talión por Jesús es la esencia de esta quinta antítesis.

El texto de Mateo nos presenta con claridad cuatro ámbitos en los que se pone en juego la venganza. El primer ámbito es la violencia física. Jesús rechaza el principio de la autodefensa sancionado por la costumbre, sin sustituirlo por otro principio de autodefensa. Afirma simplemente que no se debe hacer frente al agresor. De esta manera Jesús invita a no responder a la violencia con más violencia y hace un llamado a soportarla. El segundo ámbito es el de los pleitos jurídicos. Jesús invita a sus discípulos a que no respondan a la acción legal con otra acción legal, sino que se debe entregar lo que está en pleito y aún dar más si es necesario. El tercer ámbito hace referencia al trabajo o servicio forzado, el cual es puesto en la misma línea de los anteriores: ir más allá, asumiendo el trabajo y el servicio con generosidad y disponibilidad. El cuarto ámbito se refiere a los dones o préstamos, a los que no hay que negarse. Es difícil imaginar una forma más clara de expresar el principio de que no hay que resistirse, sino dar con generosidad.

El mandato de Jesús exige una profunda experiencia de amor para los que obran el mal y la violencia. Esta es la paradoja del cristianismo que obliga a dar bien por mal, exigencia de nuestro compromiso cristiano que reclama un amor incondicional a todos los hombres, sea cual fuere su comportamiento con nosotros. Aunque esto no significa que el cristiano debe estar resignado, apático e indiferente frente al mal que se comete en la sociedad cuando se abofetea al hermano, sobre todo a los más pobres. Mucho menos nuestra actitud frente al mal puede ser neutral entre oprimidos y opresores. Jesús nos invita a construir una nueva sociedad en la igualdad, la solidaridad y el respeto entre los hombres, quebrando toda actitud de menosprecio y humillación.

Servicio Bíblico Latinoamericano

jueves, 21 de febrero de 2013

´Pidan y se les dará; busquen y encontrarán’



¡Amor y paz!

Las lecturas que se proclaman en la Eucaristía diaria siempre están relacionadas. Como ocurre hoy, cuando la Iglesia, en tiempo de Cuaresma, nos insiste en las bondades de la práctica de la oración.

Así que he incluido hoy la primera lectura y el Evangelio, porque la plegaria de Ester es un gran ejemplo de oración: la de ella se halla totalmente impregnada de la confianza que emana de la fe. En momentos de desgracia personal y de peligro del pueblo, pide a Dios que se muestre salvador y que los defienda ante los opresores. Ya que Él se ha escogido un pueblo por heredad, ahora no lo puede dejar sucumbir.

Esta página del Antiguo Testamento nos prepara para leer las afirmaciones de Jesús: «pedid y se os dará, llamad y se os abrirá». Dios está siempre atento a nuestra oración.

Te invito, hermano, a leer meditar el Evangelio y el comentario, en este jueves de la primera semana de Cuaresma.

Dios te bendiga…

Libro de Ester 14,1.3-5.12-14.

En aquellos días, la reina Ester, temiendo el peligro inminente, acudió al Señor y rezó así al Señor, Dios de Israel: "Señor mío, único rey nuestro. Protégeme, que estoy sola y no tengo otro defensor fuera de ti, pues yo misma me he expuesto al peligro. Desde mi infancia oí, en el seno de mi familia, cómo tú, Señor, escogiste a Israel entre las naciones, a nuestros padres entre todos sus antepasados, para ser tu heredad perpetua; y les cumpliste lo que habías prometido. Atiende, Señor, muéstrate a nosotros en la tribulación, y dame valor, Señor, rey de los dioses y señor de poderosos. Pon en mi boca un discurso acertado cuando tenga que hablar al león; haz que cambie y aborrezca a nuestro enemigo, para que perezca con todos sus cómplices. A nosotros, líbranos con tu mano; y a mí, que no tengo otro auxilio fuera de ti, protégeme tú, Señor, que lo sabes todo."

Evangelio según San Mateo 7,7-12.

Jesús dijo a sus discípulos: Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá. ¿Quién de ustedes, cuando su hijo le pide pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pez, le da una serpiente? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará cosas buenas a aquellos que se las pidan! Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos: en esto consiste la Ley y los Profetas.

Comentario

Preparada por el ayuno, Ester se entrega con sus servidoras a una plegaria insistente. La plegaria es una apertura total del hombre a Dios. La conciencia del hombre y todas sus facultades se dejan penetrar por Dios y se vuelven hacia Él. La inminencia de un gran peligro, la constatación y el reconocimiento de la propia flaqueza, la impotencia, son otras tantas circunstancias que despiertan en el hombre la ferviente aspiración hacia el Señor, un intenso deseo de quedar inundado por su presencia, por su gracia, su ayuda y su perdón.

La plegaria vivida hasta el fondo es la acción más comprometida y eficaz que puede realizar el hombre y de la que surgirán todas las demás acciones. La plegaria unifica y transforma.

La plegaria exige consagración, dedicación. En ella es necesario sobrepasar las inercias y rutinas de la mente, salir del círculo obsesivo de las cosas con la profunda aspiración de que todo el ser sintonice armónicamente con el tono de Dios. La plegaria de Ester es penitencial. Su expresión está despojada de todo lo superfluo (2).

La forma literaria más bella de esta plegaria se conserva en la versión latina antigua. El autor del texto griego de los Setenta la transforma notablemente. El hombre tiene necesidad de expresarse y de repetir al Señor todo lo que él ya sabe por su omnisciencia. Ester empieza exponiendo su situación: sola ante el único y dispuesta a dar su vida (3-4).

Recuerda las gestas de Dios en favor del pueblo y, seguidamente, como representante de su pueblo, reconoce el justo castigo de Dios. Pero la total exterminación del pueblo elegido sería un triunfo de los ídolos; por eso pide a Dios que no cierre la boca de quienes lo alaban (5-11). Formula su petición: "Pon en mis labios un discurso acertado..." (12-13).

Finalmente apela a la omnisciencia divina, que conoce su inocencia (cf. 2 Re 20,3; Sal 17,1ss; 16, lss) (14-19). La actividad de la plegaria vivida intensamente, con profundidad, engendra fe y confianza, una valentía que supera cualquier temor.

B. Girbau
La Biblia día a día
Comentario exegético a las lecturas
de la Liturgia de las Horas
Ediciones Cristiandad.Madrid-1981.Pág. 360 s.