jueves, 14 de agosto de 2014

"Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano?

¡Amor y paz!

Si ayer era la corrección fraterna, hoy Jesús, en su «sermón comunitario», sigue dando consignas sobre el perdón de las ofensas. La propuesta de Pedro ya parecía generosa. Pero Jesús va mucho más allá: setenta veces siete significa siempre.

La parábola exagera a propósito: la deuda perdonada al primer empleado es ingente. La que él no perdona a su compañero, pequeñísima. El contraste sirve para destacar el perdón que Dios concede y la mezquindad de nuestro corazón, porque nos cuesta perdonar una insignificancia.

Lo propio de Dios es perdonar. Lo mismo han de hacer los seguidores de Jesús. El aviso es claro: «lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano». Es el nuevo estilo de vida de Jesús, ciertamente más exigente que el de los diez mandamientos del AT.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el evangelio y el comentario, en este jueves de la XIX Semana del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Mateo 18,21-35.19,1. 
Entonces se adelantó Pedro y le dijo: "Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?". Jesús le respondió: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda. El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: "Señor, dame un plazo y te pagaré todo". El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda. Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: 'Págame lo que me debes'. El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: 'Dame un plazo y te pagaré la deuda'. Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó llamar y le dijo: '¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?'. E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía. Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos". Cuando Jesús terminó de decir estas palabras, dejó la Galilea y fue al territorio de Judea, más allá del Jordán. 
Comentario

¿No es demasiado ya perdonar siete veces? ¿Y no será una exageración lo de setenta veces siete? ¿No estaremos favoreciendo que reincida el ofensor? ¿Y dónde queda la justicia? Pero Jesús nos dice que sus seguidores deben perdonar. Como él, que murió perdonando a sus verdugos. Pedro, el de la pregunta de hoy, experimentó en su propia persona cómo Jesús le perdonó su 
pecado.

En la Biblia, el Jubileo comportaba el perdón de las deudas y la vuelta de las propiedades a su primer dueño. Nosotros tal vez no tengamos tierras que devolver ni deudas económicas que remitir. Pero sí podemos perdonar esas pequeñas rencillas con los que conviven con nosotros. Esposos que se perdonan algún fallo. Padres que saben olvidar un mal paso de su hijo o de su hija. Amigos que pasan por alto, elegantemente, una mala pasada de algún amigo. Religiosos que hacen ver que no han oído una palabra ofensiva que se le escapó a otro de la comunidad.

En el Padrenuestro, Jesús nos enseñó a decir: «perdónanos como nosotros perdonamos». En el sermón de la montaña nos dijo lo de ir a reconciliarnos con el hermano antes de llevar la ofrenda al altar y lo de saludar también al que no nos saluda... Ser seguidores de Jesús nos obliga a cosas difíciles. Recordemos que una de las bienaventuranzas era: «bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia».

El gesto de paz antes de ir a comulgar tiene esa intención: ya que unos y otros vamos a recibir al mismo Señor, que se entrega por nosotros, debemos estar, después, mucho más dispuestos a tolerar y perdonar a nuestros hermanos.

J. ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 5
Tiempo Ordinario. Semanas 10-21
Barcelona 1997. Págs. 263-267

miércoles, 13 de agosto de 2014

Si Jesús vino a salvar, ¿por qué tenemos que juzgar y condenar?

¡Amor y paz!

Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por Él. Así, quien vive en Cristo es una criatura nueva en Él, pues todo don perfecto viene de Dios, que nos ha reconciliado consigo mismo y nos ha confiado el ministerio de la reconciliación. No podemos, por tanto, satanizar y condenar a los malvados y pecadores.

El Señor, que hecho uno de nosotros, entregó su vida para salvar a la humanidad entera, nos ha enviado a continuar su misión de Buen Pastor, buscando a la oveja descarriada hasta encontrarla para que, cargándola sobre nuestros hombros, la llevemos de vuelta a la comunión con Dios y con la Iglesia. Hemos de agotar hasta el último recurso con tal de liberar a nuestro prójimo de sus esclavitudes al pecado y a la muerte.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este miércoles de la XIX Semana del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Mateo 18,15-20. 
Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos. Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano. Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo. También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos".  

Comentario

Hemos de agotar hasta el último recurso con tal de liberar a nuestro prójimo de sus esclavitudes al pecado y a la muerte. No atemos, no condenemos; más bien desatemos y salvemos. El Señor ha confiado ese poder a su Iglesia. Cuando pareciera que ya todo es imposible, sin dejar de trabajar por el bien de los demás, acudamos al Señor y roguémosle que conceda su amor, su perdón, su paz, la salvación y la vida eterna a quienes pareciera que ya no tienen esperanza de ser renovados.

Puesto que la salvación es un Don gratuito y libre de parte de Dios hacia nosotros, acudamos con fe al autor de nuestra salvación para que nos renueve y nos haga no sólo llamarnos sino vivir como hijos suyos, pues lo que a los ojos de los hombres es imposible, es posible para Dios.

El Dios paciente, lleno de amor y de misericordia hacia nosotros, nos reúne en la Eucaristía para ofrecernos su perdón. A pesar de todo aquello que nos alejó de Él, Él quiere que renovemos nuestra Alianza de amor. Él no se complace en la muerte del pecador, sino en que se convierta y viva. Para eso el Señor derramó su Sangre por nosotros. Él intercede ante el Padre Dios por nosotros para que nos contemple con amor y nos perdone. ¿Habrá alguien que nos haya amado como Él?

Dios no quiere alejarse de nosotros. Él está a la puerta y llama; si alguien le abre Él entrará y cenará con Él. Él nos sienta a la Mesa en la Cena Pascual. No sólo quiere llegar a nosotros como visitante, sino como huésped que, al habitar en nosotros, nos convierta en templos suyos para que seamos santos, como Él es Santo. No cerremos nuestro corazón a su presencia salvadora. Ojalá y escuchemos hoy su voz y no endurezcamos nuestro corazón en su presencia.

La Iglesia de Cristo es un comunidad en diálogo; en diálogo permanente con su Señor para conocer su voluntad y para poder cumplirla con la ayuda del Espíritu Santo; en diálogo permanente con los demás miembros de este Cuerpo Místico de Cristo, de tal forma que viviendo la comunión pongamos mutuamente nuestros carismas para nuestra mutua edificación; en diálogo permanente con toda la humanidad para vivir la solidaridad que nos ayude a remediar los males y las pobrezas de muchos hermanos nuestros, pues desde Cristo ya no podemos hablar sólo de prójimos, sino de hermanos, que tal vez dispersó el pecado y los alejó en un día de tinieblas y nubarrones, pero que Dios no ha dejados de amarlos, ni ha dejado de llamarlos a la plena unión con Él. Como Iglesia no vayamos a los demás para condenarlos y alejarlos, sino para atraerlos a todos hacia Cristo para que en Él encuentren la salvación, y recuperen el compromiso de trabajar por la unidad y la paz.

Homiliacatolica.com