jueves, 31 de octubre de 2013

¡Miremos cuánto amor nos ha tenido Cristo!

¡Amor y paz!

En este texto es, por parte de Jesús, todo ternura, cercanía, amor para con el pueblo, la tradición y la elección de Israel y Jerusalén. Pero, al mismo tiempo, es terrible diatriba contra los ‘zorros’ que engañan u ocultan y silencian la verdad (Dominicos 2002).

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este jueves de la XXX Semana del Tiempo Ordinario.

Una invitación muy comedida: hoy no celebremos la 'Noche de Brujas' ni el 'Halloween', sino la 'Noche de los Niños'. Despojemos a esta celebración de su connotación pagana y démosle un sentido cristiano, en la víspera del Día de Todos los Santos.

Dios los bendiga.,..

Evangelio según San Lucas 13,31-35.
En ese momento se acercaron algunos fariseos que le dijeron: "Aléjate de aquí, porque Herodes quiere matarte". Él les respondió: "Vayan a decir a ese zorro: hoy y mañana expulso a los demonios y realizó curaciones, y al tercer día habré terminado. Pero debo seguir mi camino hoy, mañana y pasado, porque no puede ser que un profeta muera fuera de Jerusalén. ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como la gallina reúne bajo sus alas a los pollitos, y tú no quisiste! Por eso, a ustedes la casa les quedará vacía. Les aseguro que ya no me verán más, hasta que llegue el día en que digan: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!".
Comentario

Jesús tiene una conciencia clara de la Misión que el Padre Dios le ha confiado: salvar a la humanidad y llevarla de retorno a la casa paterna, no en calidad de siervos, sino de hijos en el Hijo. Y nadie le impedirá cumplir con la voluntad de su Padre. Dios, efectivamente, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Él, a pesar de nuestras rebeldías, no sólo nos llama a la conversión, sino que nos da muchos signos de su ternura para con nosotros; jamás se comporta como juez, sino siempre como un Padre-Madre amoroso, cercano a nosotros y amándonos hasta el extremo. Ojalá y algún día no sea demasiado tarde cuando, terminada nuestro peregrinar por este mundo, tengamos que juzgar nuestra vida confrontándola con el amor que el Señor nos ha tenido y salgamos reprobados; y nuestra casa, nuestra herencia, la que nos corresponde en la eternidad, quede desierta por no poder tomar posesión de ella a causa de nuestra rebeldía al amor de Dios.

Miremos cuánto amor nos ha tenido el Señor. Él, con sinceridad, ha dicho: todo está cumplido. La Misión que el Padre Dios le confió fue cumplida con un amor fiel a Dios y al hombre. Este Memorial de su Pascua que celebramos con la Eucaristía nos lo recuerda. Pero nos lo recuerda no sólo para que lo admiremos, sino para que sepamos cuál es el camino que hemos de seguir quienes creemos en Él. Hacernos uno con el Señor en una Alianza nueva y eterna que nos lleva a entregar nuestra vida, a derramar nuestra sangre no por actitudes enfermizas ni masoquistas, sino porque, al amar a nuestro prójimo y al verlo hundido en el pecado y en una diversidad de signos de muerte, vamos en su búsqueda para ayudarle, con mucho amor, a volver a la casa paterna; con amor, con el mismo y en la misma forma en que nosotros hemos sido amados por Dios. Si lo hacemos así entonces estaremos en una verdadera comunión de Vida con el Señor.

A todos los que participamos de la Vida Divina, por la fe y el bautismo, se nos ha confiado la proclamación de la Buena Nueva de Salvación. Y en el cumplimiento fiel de esa Misión no podemos darnos descanso. No ha de importarnos la tribulación, ni la angustia, ni la persecución, ni el hambre, ni la desnudez, ni el peligro, ni la espada que tengamos que padecer por Cristo. El Señor está siempre a nuestro lado para que su Victoria sea nuestra Victoria, de tal forma que el amor de Dios siempre esté en nosotros. No nos dejemos amedrentar por quienes, teniendo el poder, quisieran apagar nuestra voz e impedir nuestro testimonio y nuestra labor conforme al Evangelio de Cristo con toda su fuerza y poder salvador. No vendamos nuestra vida a los poderosos, ni a los ricos de este mundo. No diluyamos la Fuerza del Mensaje de Cristo en aras de recibir protección o unas cuantas monedas, sabiendo que de nada sirve al hombre ganar el mundo entero si al final pierde su vida. No permitamos que nadie nos tenga como perros mudos a su servicio, amordazados e incapaces de velar por el Pueblo de Dios y de esforzarnos para que todos sean alimentados a su Tiempo con la Palabra de Dios, proclamada con lealtad.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, tomar nuestra cruz de cada día y echarnos a andar tras las huellas de Cristo, aceptando con amor todas las consecuencias que por ello nos vengan; pero con la seguridad de que la muerte no tiene la última palabra, sino la Vida, Vida eterna que Dios regala a quienes le viven fieles. Amén.

miércoles, 30 de octubre de 2013

¿Es verdad que son pocos los que se salvan?

¡Amor y paz!

¿Qué caso tiene curiosear acerca del número de los que se salvan? ¿Acaso no es mejor preguntarse si va uno en el camino adecuado, siguiendo las huellas de Cristo, cargando la propia cruz de cada día, con la mirada puesta en la Gloria, de la que Dios quiere hacernos coherederos junto con su propio Hijo?

El Señor nos pide hoy hacernos pequeños, con la sencillez de los humildes, de los que se sienten siempre necesitados de Dios y de los que no se esclavizan a lo pasajero, sino que con esos bienes socorren a los más desprotegidos y se ganan amigos para la vida eterna.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este miércoles de la XXX Semana del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Lucas 13,22-30.
Jesús iba enseñando por las ciudades y pueblos, mientras se dirigía a Jerusalén. Una persona le preguntó: "Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?". El respondió: "Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán. En cuanto el dueño de casa se levante y cierre la puerta, ustedes, desde afuera, se pondrán a golpear la puerta, diciendo: 'Señor, ábrenos'. Y él les responderá: 'No sé de dónde son ustedes'. Entonces comenzarán a decir: 'Hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas'. Pero él les dirá: 'No sé de dónde son ustedes; ¡apártense de mí todos los que hacen el mal!'. Allí habrá llantos y rechinar de dientes, cuando vean a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, y ustedes sean arrojados afuera. Y vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios. Hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos". 
Comentario

No basta escuchar a Cristo por las plazas, hay que escucharlo en el corazón y hacer vida en nosotros su Palabra, pues no basta decirle Señor, Señor, para entrar en el Reino de los cielos. Al final lo único que contará será nuestra fe traducida en obras de amor. Nosotros, que no pertenecíamos al Pueblo de las Elecciones Divinas, pero que el Señor nos ha convocado para que seamos parte de su Pueblo Santo, hemos de pedirle al Señor que nos mantenga fieles en la escucha y en la puesta en práctica de su Palabra. Auxiliados por la Gracia Divina y por el Poder del Espíritu Santo, dejemos de ser obradores de iniquidad y demos testimonio, con nuestras buenas obras, que en verdad somos hijos de Dios.

El Señor nos convoca para que, como discípulos fieles suyos, seamos instruidos por su Palabra; y Él nos quiere sentar a su Mesa para que comamos y bebamos con Él. “En verdad ¡cuánto ha deseado celebrar esta Pascua con nosotros!” Y Él quiere que algún día podamos celebrarla con Él cuando tenga pleno cumplimiento en el Reino de los cielos para nosotros. Por eso nuestra participación en la Eucaristía no puede reducirse a un rito, a un simple acto de culto a Dios. Si celebramos la Eucaristía es porque queremos hacer vida en nosotros la Vida de Dios. Esa Vida que nos haga ser un signo del amor que procede del mismo Dios. Ese amor que nos une como hermanos y que nos pone al servicio humilde y sencillo a favor de los más débiles y desprotegidos. Entonces la puerta angosta nos dará cabida para ingresar a donde ahora vive glorificado Aquel que se hizo Siervo del Hombre. La entrega amorosa de Jesús por nosotros, es el mismo camino que hemos de recorrer los que creemos en Él, para alcanzarlo en su Gloria. Que no sólo nos sentemos a la Mesa Eucarística; que no sólo escuchemos a Aquel que es la Palabra; que no sólo llamemos Señor, Señor a Jesucristo. Vivamos como hombres que se han dejado llenar del Espíritu de Dios y no sólo se tienen por hijos de Dios, sino que viven en verdad como hijos de Dios.

El Señor nos pide que vivamos como hermanos, que vivan unidos por el vínculo del amor. Ya desde el principio el Creador concedió al hombre el dominio sobre todas las bestias y animales de la tierra; pero jamás concedió el poder de dominar al prójimo. Por eso todos debemos vernos y tratarnos como hermanos en Cristo Jesús. Si alguien pertenece a los poderosos, conforme a los criterios de este mundo; o si alguien está al frente del Pueblo Santo de Dios, no podrá iniciar su entrada en el Reino de los cielos sino en la medida en que se abaje como servidor de los demás. No basta acudir al culto para invocar al Señor; no basta con acercarse a la participación de la Eucaristía para pensar que ya es nuestra la salvación. Los que creemos en Cristo Jesús debemos ser los primeros comprometidos con la justicia social, con el trabajo serio y responsable por la paz, por la superación de todo aquello que ha hecho más dura y amarga la vida de los pobres y desprotegidos. No podemos conformarnos con invocar al Señor; debemos confesar nuestra fe con obras que manifiesten que realmente nos mueve el amor sincero a Dios, y el amor sincero y comprometido con nuestro prójimo.
Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de vivir nuestra fe en el compromiso total que nos lleve a traducirla en verdaderas obras de amor fraterno, conforme a las enseñanzas de nuestro Salvador, Cristo Jesús. Amén.

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