lunes, 9 de septiembre de 2013

Todos los días son oportunidades para hacer el bien

¡Amor y paz!

Al mundo vinimos para hacer el bien. No solamente para no hacer mal. Jesús nos dio ejemplo de ello, según lo destaca el apóstol Pedro: Jesús “pasó por el mundo haciendo el bien” (Hch 10, 38). O  San Pablo, quien recomendó: “No te dejes vencer por el mal, vence el mal a fuerza de bien” (Rm 12, 21).

Pues en el Evangelio de hoy surge una nueva tensión en torno a esto, toda vez que para el Señor todos los días están hechos para hacer el bien, incluyendo los sábados. Esta vez el debate  con los fariseos no es por las espigas que comían en el campo, sino por una curación hecha en la sinagoga precisamente en sábado.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este lunes de la XXIII Semana del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Lucas 6,6-11.
Otro sábado, entró en la sinagoga y comenzó a enseñar. Había allí un hombre que tenía la mano derecha paralizada. Los escribas y los fariseos observaban atentamente a Jesús para ver si curaba en sábado, porque querían encontrar algo de qué acusarlo. Pero Jesús, conociendo sus intenciones, dijo al hombre que tenía la mano paralizada: "Levántate y quédate de pie delante de todos". Él se levantó y permaneció de pie. Luego les dijo: "Yo les pregunto: ¿Está permitido en sábado, hacer el bien o el mal, salvar una vida o perderla?". Y dirigiendo una mirada a todos, dijo al hombre: "Extiende tu mano". El la extendió y su mano quedó curada. Pero ellos se enfurecieron, y deliberaban entre sí para ver qué podían hacer contra Jesús.
Comentario

Es evidente que Jesús no desautoriza aquella institución tan válida del sábado, el día dedicado al culto de Dios, a la alegría, al descanso laboral, a la oración, a la vida de familia, al agradecimiento por la obra de la creación. Más aún, parece como si él ese día acumulara sus gestos curativos y salvadores.

Lo que critica es una comprensión raquítica, más preocupada por cumplir unas normas, muchas veces inventadas por las varias escuelas, que por el espíritu de fe que debe impregnar la vivencia de este día. No se podrá trabajar en sábado, y por tanto no habrá que hacer curas médicas a no ser que sean necesarias. Pero extender el brazo y decir una palabra de curación ¿es trabajar? El recoger unas espigas y comer sus granos al pasear por el campo, ¿es un trabajo equiparable a la siega?

Las escuelas de los fariseos habían llegado a interpretar el sábado convirtiéndolo en día de preocupación casuística en vez de en día de libertad. Jesús enseña actitudes más profundas, más preocupadas por el espíritu que por la letra. Y nosotros tendríamos que aplicar esta enseñanza a muchos detalles de nuestras normas de vida. Las normas están muy bien, y son necesarias, pero sin llegar a un legalismo formalista. No es el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre (cf. Mc 2,27).

Hay instituciones muy válidas y llenas de espíritu: el domingo cristiano, la celebración de la Eucaristía, el rezo de la Liturgia de las Horas. Realidades que tienen importancia para la vida de fe, y que necesitan, dado su carácter de comunitarias, unas normas para su realización. Pero no se tenían que haber rodeado, en la historia, de normas tan estrictas y minuciosas que a veces ahogan la alegría de su celebración. En vez de esponjar el ánimo y alegrarse con Dios y dedicarle una alabanza sentida y celebrar su comida pascual en el día consagrado a él, a veces nos hemos limitado a crear un clima de mero cumplimiento exterior.

Lo mismo pasa con la relación entre el culto (la celebración de la sinagoga en sábado) y la caridad fraterna (¿puedo curar a este buen hombre?). Para Cristo hay que saber conjugar las dos cosas. Va a la sinagoga, porque es sábado, pero también cura el brazo paralítico de aquella persona. Y, por el tono del relato, se nota claramente que da prioridad a la persona que a la institución.
Los cristianos debemos rezar y celebrar la Eucaristía en domingo. Y a la vez, precisamente ese día, nos deberíamos mostrar fraternos y sanantes, con detalles de caridad y buen corazón con las personas cercanas que, aunque no nos lo pidan, ya sabemos que necesitan nuestro interés y nuestro cariño.

J. ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 6
Tiempo Ordinario. Semanas 22-34
Barcelona 1997. Págs. 38-42

domingo, 8 de septiembre de 2013

“Aviso a los caminantes…”

¡Amor y paz!

Si decidimos hacer camino con Jesús, si optamos por seguirlo, debemos ser conscientes de las exigencias  qué ese seguimiento implica. Por eso en estos días titulábamos el comentario al Evangelio: ‘No se trata sólo de saber sobre Jesús sino de cambiar de vida’. El Señor nos lo recuerda hoy mediante dos ejemplos, uno de los cuales habla de la construcción de una torre: hay que calcular primero los gastos, no sea que no la podamos terminar.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este XXIII Domingo del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Lucas 14,25-33.
Junto con Jesús iba un gran gentío, y él, dándose vuelta, les dijo: "Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo. ¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda acabar y todos los que lo vean se rían de él, diciendo: 'Este comenzó a edificar y no pudo terminar'. ¿Y qué rey, cuando sale en campaña contra otro, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil? Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz. De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo. 
Comentario

El texto evangélico de hoy podría titularse: AVISO A LOS CAMINANTES. Lucas sitúa las palabras de Jesús en el mismo corazón de la marcha; parece recordar aún la afirmación hecha al principio de la sección del camino: "Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén" (Lc 9. 51). Jesús sigue caminando al frente de la multitud y sabiendo qué ocurre a "mucha gente". Por eso "se volvió" y les habla... Él no es simplemente uno más, que va delante únicamente, como podría ir otro. Él es quien marca el camino, quien sabe a dónde va y cómo se va al término... Él condiciona totalmente el sentido de lo que hacen los que con él caminan. Él, no sólo camina, sino que ¡es EL CAMINO! Las parábolas que acompañan a la exhortación de Jesús quieren explicar únicamente la actitud que corresponde a los seguidores: hay que ser realista, y acomodar los medios al fin. Si es cierto que uno quiere ser discípulo de Jesús, tiene que ser consecuente y aceptar todas las condiciones. No se puede flirtear al mismo tiempo con diversos valores contradictorios...

¿Somos realmente "coherentes" los cristianos que decimos querer seguir el camino de Jesús? ¿Se da una permanente adecuación entre los medios de vida cristiana que ponemos y el fin que esperamos obtener? Es cierto que el término de nuestro camino, y el mismo caminar, son gracia de Dios. Pero ello no significa que nuestro esfuerzo personal sea innecesario.

La tentación del cristiano es la del camino paralelo. Es querer tener las ventajas de la autopista sin pagar peaje..., corriendo por una carretera paralela. Y de este modo jamás se llegará a compartir sinceramente el camino y la vida de Jesús.

RENUNCIA/SGTO: El término "renuncia" es clásico en el lenguaje de la iniciación cristiana. La fe de nuestro bautismo va siempre acompañada -precedida más exactamente- por la renuncia a cuanto es negativo en relación con la misma fe. Las formulaciones de esta renuncia pueden ser diversas, pero el sentido fundamental es el mismo.

La Tradición Apostólica, de Hipólito de Roma, nos ha dejado un impresionante testimonio de las concretas renuncias que debía hacer el candidato para iniciar el catecumenado: renuncias a determinados oficios, a determinadas situaciones sociales. Quizás tendríamos que preguntarnos a qué renunciamos actualmente los cristianos, en virtud de nuestro seguimiento de Jesucristo.

Supongamos que hacemos renuncias internas, espirituales; pero ¿podemos realmente, desde el punto de vista social, actuar exactamente como todo el mundo? Otro documento primitivo, la carta de Diogneto, es elocuente en este sentido: "los cristianos vivimos como todos, ¡pero sin pecado...! "Por eso la vida cristiana no puede tener como criterio decisivo la estadística -"lo que todo el mundo hace"-, ni la fascinación de la novedad -"ahora las cosas van por aquí"-.

En un momento u otro de la vida cada uno tiene que plantearse -como el hombre de la torre o el rey que hace la guerra- cómo va a conseguir el objeto propuesto. La cruz es inherente al seguimiento de Jesucristo. Pensemos en las decisiones a tomar ante un negocio sucio, ante un amor imposible, ante una causa injusta, ante una petición de aborto, ante una negación de la fe cristiana...

La renuncia no es más que la condición para la comunión. Así es el itinerario de la iniciación cristiana. Aquello que Jesús ofrece es más importante que aquello a lo que renunciamos. La participación constante en la Eucaristía es el testimonio del don de Dios. "Así el que me coma vivirá por mí" (Jn 6. 57).

PERE TENAMISA DOMINICAL 1983/16-23