miércoles, 7 de agosto de 2013

“¡Qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!"

¡Amor y paz!

Una mujer extranjera consigue de Jesús la curación de su hija. Es una escena breve, pero significativa. Jesús sale por primera vez fuera del territorio de Israel, a Tiro y Sidón, el actual Líbano.

Mateo no sólo quiere probar el buen corazón de Jesús y su fuerza curativa, sino también el acierto de que la Iglesia en el momento en que escribe su evangelio se haya vuelto claramente hacia los paganos. Eso sí, anunciando primero a Israel el cumplimiento de las promesas, antes de pasar a los otros pueblos.

Desde luego, Jesús no le pone la cosa fácil a la buena mujer. Primero, hace ver que no ha oído. Luego, le pone unas dificultades que parecen duras: lo de Israel y los paganos, o lo de los hijos y los perritos. Ella no parece interpretar tan negativas estas palabras y reacciona con humildad e insistencia. Hasta llegar a merecer la alabanza de Jesús: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas».

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este miércoles de la XVIII Semana del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Mateo 15,21-28. 
Jesús partió de allí y se retiró al país de Tiro y de Sidón.  Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: "¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio". Pero él no le respondió nada. Sus discípulos se acercaron y le pidieron: "Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos".  Jesús respondió: "Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel". Pero la mujer fue a postrarse ante él y le dijo: "¡Señor, socórreme!". Jesús le dijo: "No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros". Ella respondió: "¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!". Entonces Jesús le dijo: "Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!". Y en ese momento su hija quedó curada.
Comentario

La mujer pagana es un modelo de fe. Su oración por su hija enferma, que ella cree que está poseída por «un demonio muy malo», es sencilla y honda: «Ten compasión de mí, Señor» (en griego: Kyrie, eleison).

No se da por vencida ante la respuesta de Jesús y va respondiendo a las «dificultades» que la ponen a prueba. Es uno de los casos en que Jesús alaba la fe de los extranjeros (el buen samaritano, el otro samaritano curado de la lepra, el centurión romano), en contraposición a los judíos, los de casa, a los que se les podría suponer una fe mayor que a los de fuera.

La fe de esta mujer nos interpela a los que somos «de casa» y que, por eso mismo, a lo mejor estamos tan satisfechos y autosuficientes, que olvidamos la humildad en nuestra actitud ante Dios y los demás.

Tal vez, la oración de tantas personas alejadas, que no saben rezar litúrgicamente, pero que la dicen desde la hondura de su ser, le es más agradable a Dios que nuestros cantos y plegarias, si son rutinarios y satisfechos.

J. ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 5
Tiempo Ordinario. Semanas 10-21
Barcelona 1997. Págs. 232-236

martes, 6 de agosto de 2013

Si alguien experimenta la alegría de la fe, ya no la pierde jamás

¡Amor y paz!

Hoy, en lugar del domingo, celebramos una fiesta antigua, venerable, que todos los años tiene lugar el 6 de agosto: la fiesta de la Transfiguración, que en algunos lugares se conoce también como la fiesta del Salvador. Se trata de recordar aquel momento glorioso en que tres discípulos tuvieron ocasión de ver al Señor resplandeciente, momento que ellos ya nunca más olvidarían. 

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este martes en que como Iglesia celebramos la fiesta de la Transfiguración del Señor.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Lucas 9,28b-36.
Unos ocho días después de decir esto, Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña para orar. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante. Y dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que aparecían revestidos de gloria y hablaban de la partida de Jesús, que iba a cumplirse en Jerusalén.  Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, pero permanecieron despiertos, y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él. Mientras estos se alejaban, Pedro dijo a Jesús: "Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías". El no sabía lo que decía. Mientras hablaba, una nube los cubrió con su sombra y al entrar en ella, los discípulos se llenaron de temor. Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: "Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo". Y cuando se oyó la voz, Jesús estaba solo. Los discípulos callaron y durante todo ese tiempo no dijeron a nadie lo que habían visto. 
Comentario

La Transfiguración confirmó la fe de los apóstoles y fue para ellos la luz "que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día y el lucero nazca en vuestros corazones".

La Transfiguración del Señor plantea una cuestión que es vital en el cristianismo: la fe es para los apóstoles algo luminoso, como una inmensa alegría, que nadie les podrá robar. Si una persona, joven o mayor, experimenta la alegría de la fe, ya no la pierde nunca jamás.

¿Cómo lograremos ayudar a descubrir este aspecto de la fe? Los apóstoles lo descubrieron: en un momento, que compensa los sufrimientos de toda una vida, los discípulos ven al Señor transfigurado. Esta escena acentúa el gozo de la fe, la alegría de saberse salvados y amados por Jesucristo. Buscar momentos de oración, de contemplación, de Eucaristía bien preparada y participada.

Hay un momento que debiera de ser determinante en este aspecto. Me refiero a la misa de cada domingo, que ha de ser luz viva que transfigure nuestras vidas. Hemos de prepararla bien. La gloria de Dios, aunque escondida, está presente en ella.

En medio de nuestra conflictiva e incierta historia humana se nos revela Dios. En este nuestro mundo tan complicado, en las preocupaciones de nuestra familia que tanto nos hacen sufrir, en los problemas cotidianos, en una sociedad tan a menudo enemistada, en el seno de una Iglesia que ha de pedir perdón para purificar su memoria histórica, tenemos que navegar con esperanza renovada, "aunque es de noche", como decía san Juan de la Cruz. O como expresaba un musulmán contemplativo: "En una noche oscura, bajo una negra piedra, hay una pequeña hormiga negra. Pero Dios no se ha olvidado de esta hormiguita".

-Mirar la vida con ojos nuevos

La oración no sólo nos ayuda a amar a Dios sino que nos predispone a contemplar la naturaleza con ojos nuevos. El pintor Giovanni Bellini tiene un cuadro, que está ahora en el Museo Capodimonte en Nápoles, que nos muestra la figura de Cristo transfigurado ante sus discípulos. 

El Salvador resplandece en medio de la escena, flanqueado por Moisés y Elías, con los discípulos a sus pies. Pero toda la naturaleza se diría que despierta como atraída por la blancura de la túnica del transfigurado: montañas y valles, prados y flores, animalillos y personas humanas que en la perspectiva aparecen encaminándose hacia sus respectivos trabajos. Todo está iluminado por la luz de Cristo. Como san Francisco, cuando contemplaba la maravilla de la Umbría, región donde vivía, desde la terracita de San Damián, y componía su himno al hermano sol. Contemplar la naturaleza, sobre todo la persona humana, con la mirada penetrada de Dios. Mirar al mundo con la mirada de los santos.

Quien reza no encuentra tan malos a los demás. Cada vez que salimos de misa debiéramos mirar las cosas y, sobre todo las personas, con una mirada nueva. Como los discípulos al bajar de la montaña del Tabor.

Los discípulos en la cima de aquella montaña se desprendieron de sus envidias pero no prescindieron de los problemas de la vida, problemas penetrados de la tragedia que se les venía encima. Esto es, la plegaria no consiste en desentendernos de los problemas de la vida, sino que proyecta sobre ellos una luz nueva.

¿Acaso no os ha ocurrido alguna vez que ante una dificultad aparentemente insalvable, después de retiraros a rezar unos momentos, habéis encontrado una luz que os ha ayudado a superar aquella oscuridad? La oración nos abre unos ojos nuevos para empezar a descubrir el rostro escondido de Dios.

Sintámonos hoy unidos, de forma muy especial, a nuestros hermanos de la Iglesia ortodoxa, con quienes compartimos la luminosidad de esta fiesta. Ellos la celebran muy solemnemente. Este recuerdo nos mueve a rezar para que, muy pronto, podamos compartir con ellos el Pan sagrado y el Cáliz de la salvación.

FREDERIC RÁFOLS
MISA DOMINICAL 2000, 10, 17-18