viernes, 24 de febrero de 2012

¡A cambiar la amargura del egoísmo por la alegría de la solidaridad!

¡Amor y paz!

A San Francisco de Sales se le atribuye la frase: “Un santo triste es un triste santo”. Y esto, para proclamar que la búsqueda de la santidad, a la que todos somos llamados, no tiene por qué expresar tristeza, corazones desolados o caras amargadas.

Jesús quiere indicar, a propósito de la discusión sobre el ayuno, que su presencia lleva una alegría que desborda el espíritu de la ley antigua. Con su venida ha empezado la gran fiesta de los esponsales de Dios con la humanidad; hemos de rehuir, pues, la tristeza y vivir en el clima alegre de la nueva alianza, que debe impregnar las necesarias prácticas penitenciales (Misa Dominical 1990/5-6).

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este “Viernes de Ceniza”.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Mateo 9,14-15.
Entonces se acercaron los discípulos de Juan y le dijeron: "¿Por qué tus discípulos no ayunan, como lo hacemos nosotros y los fariseos?". Jesús les respondió: "¿Acaso los amigos del esposo pueden estar tristes mientras el esposo está con ellos? Llegará el momento en que el esposo les será quitado, y entonces ayunarán. 
Comentario

“Dice el Señor. El ayuno que yo quiero es éste: Abrir las prisiones injustas, dejar libres a los oprimidos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres, vestir al desnudo y no cerrarte a tu propia carne” (Is 58, 1-9).

Dios nos recuerda la importancia vital de la solidaridad. Es la expresión concreta de la fraternidad cristiana. Cierto, la Cuaresma es un tiempo penitencial, ascético. Pero la ascesis y la penitencia cristiana no consisten en simples signos externos. Es cambiar la mente y el corazón, para activar las exigencias de la verdad y del amor. Es entonces cuando interpretamos a los hermanos desde la mirada amorosa de Dios. Guiados por esa verdad y ese amor, nos hacemos presentes y cercanos, para ayudar y servir realmente los más necesitados.

Jesús reafirma la auténtica dirección del ayuno. Lo hace en su respuesta a los discípulos de Juan el Bautista: “Por qué nosotros y los fariseos ayunan a menudo y tus discípulos, en cambio, no ayunan? Jesús les responde que desea y espera de sus discípulos que vivan “la alegría de la presencia del novio, del amigo”, haciendo referencia a Él mismo. Jesús desea que sus seguidores vivan el gozo y la esperanza de haberse abierto a su mensaje, a la “Buena Noticia del Reino”.

Pero la respuesta de Jesús no termina ahí. Cuando el “Novio, el Amigo” se haya ocultado a su vista y ya esté junto al Padre que le envió, es urgente activar el amor, la penitencia y el ayuno. Si la penitencia y el ayuno están impregnados de amor hecho servicio a los demás, Jesús se complace en la actitud generosa de sus discípulos. Es entonces cuando sus seguidores están viviendo la fraternidad cristiana y la solidaridad auténtica. Esa actitud de amor y servicio a los demás es el verdadero signo de nuestra penitencia – acercarse a los demás como Dios desea – y de nuestro ayuno – renunciar al egoísmo, a la violencia, a la codicia, a la insensibilidad, a la comodidad..., con la sincera intención de ayudar y alegrar a nuestros hermanos.

Dominicos 2004

jueves, 23 de febrero de 2012

El que pierda su vida por Jesús, la salvará

¡Amor y paz!

Estamos entrenados para ganar el mundo o, por lo menos, para que intentemos disfrutar todo lo más posible de lo que él nos ofrece. Esto, se traducirá en más o menos poder, tener y placer, esos verbos en infinitivo por los que el mundo nos valora.

Sin embargo, Jesús nos advierte hoy en el Evangelio: “¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde y arruina su vida?” Entonces, la contrapregunta es: ¿Cómo ganar la vida?  Y Él contesta: “el que pierda su vida por mí, la salvará”.

¿Cómo se pierde la vida por Jesús? Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este ‘Jueves de Ceniza’.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Lucas 9,22-25.
"El Hijo del hombre, les dijo, debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día". Después dijo a todos: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá y el que pierda su vida por mí, la salvará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde y arruina su vida?
Comentario

Hace algunos años estuve visitando una casa de asistencia a gente disminuida. Eran unas religiosas las que cuidaban con cariño y extremo cuidado a esas personas que, en su mayoría, habían sido abandonadas por sus familiares porque, en definitiva, les resultaban un estorbo. Es verdaderamente incómodo el que tengas en casa a alguien que no se vale por sí mismo, y que tiene que ser asistido por otra persona incluso hasta los cuidados más elementales, como puede ser la higiene personal. Lo más cómodo es que sean otros los que se hagan cargo de esa situación, porque uno “se debe” a otro tipo de obligaciones y necesidades sociales… ¿Es ésta la lección práctica de nuestra sociedad del bienestar? No nos puede extrañar, entonces, el que algunos justifiquen como un bien común la muerte asistida, es decir, la eutanasia pura y dura.

Sin embargo, lo que me sorprendió no fue tanto la situación en la que se encontraba esa gente desvalida; sino que al entrar en la capilla que tenían dichas religiosas, y disponerme a rezar un poco, tropecé con uno de sus libros de oraciones. Algunos de los salmos estaban subrayados, e incluso con comentarios personales. Uno de ellos era precisamente el de hoy: “Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor”. Y la observación manuscrita que venía a continuación rezaba de esta manera: “Señor, que sepa sonreír con la mejor de tus sonrisas, cada mañana, y al mirar a los ojos de cada uno de estos tus predilectos que has puesto a mi cuidado, vea tus mismos ojos, Jesús mío”.

Por lo visto, esas religiosas se levantaban todos los días a las cinco de la mañana para rezar y asistir a la santa Misa y, posteriormente, dedicarse durante todo el día a cuidar a esa gente enferma. Y yo, no es que me sintiera conmovido, sino que, como en otras ocasiones, me llené de vergüenza. La admiración por el servicio que, no sólo prestaban, sino la entrega permanente de una vida por amor a Dios y a los hombres, me resultaba un “impertinente” revulsivo que susurraba en mi interior: “Y tú, ¿qué haces por Mí”. 

Más allá del drama de aquellos que sufren y que nos conmueven al ver su situación de penuria y hambre, mayoritariamente en la televisión o en los periódicos, está nuestro propio drama personal. Nos dejamos llevar, ¡en tantas ocasiones!, por sentimientos y compasiones prestados, es decir, por la moda y la denuncia que nos dicen que hay que soportar, que olvidamos en qué situación nos encontramos personalmente. Ayer, por ejemplo, recordábamos nuestra condición de hombres y mujeres pecadores; pero, ¿de qué nos sirve recordar esto, si no practicamos lo esencial?

“El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo”. Esto es lo que nos pide Jesús que hagamos por Él. Y no precisamente como para hacerle un favor, sino para hacérnoslo a nosotros mismos. Ésta debería ser la actitud con la que tendríamos que despertarnos cada mañana, sabiendo que el mismo Dios me espera en la “esquina” de cualquier contradicción o contrariedad, aunque sea la más pequeña. Empezar por ahí es entender en qué consiste el amor… pero el amor de verdad, no el que quiere justificar la pasión desordenada, o la debilidad que ya conocemos; sino aquel otro que me dice que a pesar de todo lo que pueda ganar en este mundo, de poco me valdrá si no lo tengo a Él.

¡Bendita paradoja la del cristiano que, muriendo a lo que otros se empeñan por alcanzar, aún dando la propia vida, alcanza la verdadera salvación! Éste es el mensaje de esta Cuaresma, y de cada uno de nuestros días… Yo, por lo demás, sigo rezando por esas religiosas que entregan con tanta generosidad su tiempo y su vida, y que con sus notas, junto al margen de los salmos, me enseñaron a poner un poco más la confianza en Dios, y desdeñar de la mía propia.

Archimadrid 2004
www.mercaba.org