martes, 5 de abril de 2011

La de Jesús, una palabra que libera

Amor y paz!

En el evangelio de hoy, san Juan nos presenta a Jesús realizando un "signo", un milagro, en sábado; no únicamente por motivos humanitarios, sino porque Él viene a salvar, porque se presenta como liberador (el sábado estaba consagrado al recuerdo de la liberación de Egipto: Dt 5. 12-15).

Concretamente su liberación consiste en emancipar al hombre de las prácticas formalistas y elevarlo por encima de los avatares de la vida. Liberación que se adquiere no por medios mágicos, como el correr del agua, sino mediante un encuentro personal con el Señor. (Misa Dominical 1990/07).

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este martes de la 4ª. Semana de Cuaresma.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Juan 5,1-16.
Después de esto, se celebraba una fiesta de los judíos y Jesús subió a Jerusalén.  Junto a la puerta de las Ovejas, en Jerusalén, hay una piscina llamada en hebreo Betsata, que tiene cinco pórticos. Bajo estos pórticos yacía una multitud de enfermos, ciegos, paralíticos y lisiados, que esperaban la agitación del agua. . Había allí un hombre que estaba enfermo desde hacía treinta y ocho años. Al verlo tendido, y sabiendo que hacía tanto tiempo que estaba así, Jesús le preguntó: "¿Quieres curarte?". El respondió: "Señor, no tengo a nadie que me sumerja en la piscina cuando el agua comienza a agitarse; mientras yo voy, otro desciende antes". Jesús le dijo: "Levántate, toma tu camilla y camina". En seguida el hombre se curó, tomó su camilla y empezó a caminar. Era un sábado, y los judíos dijeron entonces al que acababa de ser curado: "Es sábado. No te está permitido llevar tu camilla". El les respondió: "El que me curó me dijo: 'Toma tu camilla y camina'". Ellos le preguntaron: "¿Quién es ese hombre que te dijo: 'Toma tu camilla y camina?'". Pero el enfermo lo ignoraba, porque Jesús había desaparecido entre la multitud que estaba allí. Después, Jesús lo encontró en el Templo y le dijo: "Has sido curado; no vuelvas a pecar, de lo contrario te ocurrirán peores cosas todavía".  El hombre fue a decir a los judíos que era Jesús el que lo había curado. Ellos atacaban a Jesús, porque hacía esas cosas en sábado. 
Comentario

Este milagro es uno de la serie de siete que San Juan ha relatado en su evangelio. Ninguno de los cuales es exorcismo o expulsión de demonios, y a partir de los cuales surge la fe, sea en los beneficiarios del mi­lagro, sea en los testigos de los grandes "signos" de Jesús, los "semeia" -como se llaman en griego -, las más espectaculares de sus "obras". Y es que Juan tal vez quiso ilustrarnos acerca del verdadero significado de los milagros de Jesús: El no es un mago que deje boquiabiertas a las gentes con sus artes de prestidigi­tador. 

Sus milagros no son propiamente pruebas de su divinidad, ni actos de poder para imponer su doctrina como cierta. Son, por encima de todo, signos que nosotros los creyentes sabemos interpretar. Signos que nos hablan de la voluntad de Dios Padre que Jesús viene a revelarnos, de la "vida eterna" que Jesús vie­ne a otorgarnos en nombre de Dios.

El agua milagrosa de la piscina de Betesda no es nada sin la palabra liberadora de Jesús, que es la que cura definitivamente al paralítico. El agua de nuestro bautismo es el sello de nuestra fe en lo que Jesús anuncia: la Buena Noticia de que Dios Padre nos ama, más allá de las normas rituales del culto y de la religión. Renovados en el bautismo, curados de la parálisis de nuestros pecados, podemos salir al encuentro de nuestros hermanos para anunciarles las maravillas de Dios. Las que Él hace siempre a favor de los humil­des, los pequeños, los enfermos y los pobres.

Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica.

lunes, 4 de abril de 2011

Para creer, algunos necesitan de prodigios

¡Amor y paz!

Después del encuentro de Nicodemo y la Samaritana con Jesús, el Evangelio nos habla de un pagano que se presenta a Jesús y nos revela las verdaderas condiciones de la fe: su confianza en la persona de Cristo, suficientemente firme para resistir los reproches de Jesús y para aceptar volver a casa sin ningún signo visible, únicamente con las incisivas palabras -rebosantes de contenido en san Juan-, "anda, tu hijo está curado" (Misa Dominical 1990/07).

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este Lunes de la IV Semana de Cuaresma.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Juan 4,43-54.
Transcurridos los dos días, Jesús partió hacia Galilea. El mismo había declarado que un profeta no goza de prestigio en su propio pueblo. Pero cuando llegó, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la Pascua; ellos también, en efecto, habían ido a la fiesta. Y fue otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había allí un funcionario real, que tenía su hijo enfermo en Cafarnaún. Cuando supo que Jesús había llegado de Judea y se encontraba en Galilea, fue a verlo y le suplicó que bajara a curar a su hijo moribundo. Jesús le dijo: "Si no ven signos y prodigios, ustedes no creen". El funcionario le respondió: "Señor, baja antes que mi hijo se muera". "Vuelve a tu casa, tu hijo vive", le dijo Jesús. El hombre creyó en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino. Mientras descendía, le salieron al encuentro sus servidores y le anunciaron que su hijo vivía. El les preguntó a qué hora se había sentido mejor. "Ayer, a la una de la tarde, se le fue la fiebre", le respondieron.  El padre recordó que era la misma hora en que Jesús le había dicho: "Tu hijo vive". Y entonces creyó él y toda su familia. Este fue el segundo signo que hizo Jesús cuando volvió de Judea a Galilea. 
Comentario

En esta perícopa, Jesús entra en relación con dos tipos de personas que no pertenecían a la oficialidad judía, la cual se ponía a sí misma como modelo de piedad. La autosuficiencia de este grupo estaba en su práctica radical de la ley, de tal manera que el cumplimiento de sus principios primaba sobre la necesidad del ser humano. De esta forma, el ser humano terminaba siendo víctima del legalismo. Según los Evangelios, Jesús celebraba, como un auténtico acontecimiento, el encontrarse con gente que estuviera libre del legalismo. En personas así era fácil que creciera la semilla del Reino. Por eso, no es gratuita la memoria que hace Juan evangelista de la comunidad de los samaritanos y de un funcionario real.

Ya en Samaria había acontecido la conversión de la mujer samaritana y de otras personas de la localidad. Ahora los samaritanos reconfirmaban su fe en Jesús, iniciando un proceso que más tarde culminará en la creación de una de las primeras comunidades cristianas de la iglesia primitiva. Algo parecido hay que decir del funcionario real. A pesar de ser un excluido de la religión oficial judía, por ser un extranjero impuro, sin embargo Jesús lo descubre como un hombre de fe, que cree en la promesa de curación que le hace.

El peligro de toda religión es llegar a caer en el legalismo. Cuando la ley se entroniza en el interior de la misma, la sorpresa y la gratuidad del encuentro con Dios -que es lo que realmente define el milagro- se hacen imposibles. El legalismo, por hacer que las cosas buenas sucedan como recompensa a la guarda de la ley, destruye la posibilidad de la gracia y del verdadero milagro. La posibilidad de encontrarse con samaritanos y funcionarios, necesitados del amor más que de la ley, hizo renacer en Jesús la inmensa alegría de la misericordia. A partir de aquí, todo milagro es posible.

Servicio Bíblico Latinoamericano