lunes, 26 de noviembre de 2018

“Esta viuda pobre ha echado más que nadie: de lo que necesita”


¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio, en este lunes de la 34ª semana del Tiempo Ordinario, Ciclo B.

Dios nos bendice...

LECTIO DIVINA: LUCAS 21,1-4
Lectio: 
Lunes, 26 noviembre, 2018
Tiempo Ordinario

1) Oración inicial
Mueve, Señor, los corazones de tus hijos, para que, correspondiendo generosamente a tu gracia, reciban con mayor abundancia la ayuda de tu bondad. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 21,1-4

Alzando la mirada, vio a unos ricos que echaban sus donativos en el arca del Tesoro; vio también a una viuda pobre, que echaba allí dos moneditas, y dijo: «De verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que nadie. Porque todos éstos han echado como donativo de lo que les sobra, ésta en cambio ha echado de lo que necesita, de todo lo que tiene para vivir.»

3) Reflexión

• En el Evangelio de hoy, Jesús elogia a una viuda pobre que sabe compartir más que los ricos. Muchos pobres de hoy hacen lo mismo. La gente dice: “El pobre no deja morir de hambre al pobre”. Pero a veces, ¡ni esto es posible! Doña Cícera que vivía en el interior de Paraíba, Brasil, se fue a vivir a la ciudad y decía: “En el campo, la gente era pobre, pero siempre había una cosita para dividirla con el pobre que llamaba a la puerta. ¡Ahora que estoy aquí, en la ciudad, cuando veo a un pobre que llama a la puerta, me escondo de vergüenza porque no tengo nada en casa para darle!” De un lado: gente rica que tiene todo, pero que no quiere compartir. Por el otro: gente pobre que no tiene casi nada, pero que quiere compartir lo poco que tiene.

• Al comienzo de la Iglesia, las primeras comunidades cristianas, eran de gente pobre (1 Cor 1,26). Poco a poco fueron entrando también personas más ricas, lo cual trajo consigo varios problemas. Las tensiones sociales, que marcaban al imperio romano, empiezan a marcar también la vida de las comunidades. Esto se manifestaba, por ejemplo, cuando se reunían para celebrar la cena (1Cor 11,20-22), o cuando tenían reuniones (Santiago 2,1-4). Por esto, la enseñanza del gesto de la viuda era muy actual, tanto para ellos, como para nosotros hoy.

• Lucas 21,1-2: La limosna de la viuda. Jesús estaba ante el arca del Templo y observaba cómo la gente iba echando su limosna. Los pobres echaban pocos centavos, los ricos monedas de gran valor. Los cofres del Templo recibían mucho dinero. Todos echaban algo para la manutención del culto, para el sustento del clero y la conservación del edificio.

Parte de este dinero era usado para ayudar a los pobres, pues en aquel tiempo no había seguridad social. Los pobres vivían de la caridad pública. Las personas más necesitadas eran los huérfanos y las viudas. Dependían en todo de la caridad de los demás, pero así mismo, trataban de compartir con otros lo poco que poseían. Así, una viuda bien pobre, pone su limosna en el arca del Templo. ¡Nada más que dos centavos!

• Lucas 21,3-4: El comentario de Jesús. ¿Qué vale más: los pocos centavos de la viuda o las muchas monedas de los ricos? Para la mayoría, las monedas de los ricos eran mucho más útiles para hacer la caridad que los pocos centavos de la viuda. Los discípulos, por ejemplo, pensaban que el problema de la gente podía resolverse sólo con mucho dinero.

Cuando la multiplicación de los panes, ellos habían sugerido comprar pan para dar de comer a la gente (Lc 9,13; Mc 6,37). Felipe llegó a decir: “¡Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno reciba un pedacito!” (Jn 6,7). De hecho, para aquel que piensa de esa manera, los dos centavos de la viuda no sirven para nada. Pero Jesús dice: “De verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que nadie”. Jesús tiene criterios diferentes.

 Al llamar la atención de los discípulos hacia el gesto de la viuda, les enseña a ellos y a nosotros dónde debemos procurar ver la manifestación de la voluntad de Dios, a saber, en los pobres y en el compartir. Y un criterio muy importante es el siguiente: “Porque todos éstos han echado como donativo de lo que les sobra, ésta en cambio ha echado de lo que necesita, de todo lo que tiene para vivir.»

• Limosna, compartir, riqueza. La práctica de dar limosnas era muy importante para los judíos. Era considerada una “buena obra”, pues la ley del Antiguo Testamento decía: “Nunca dejará de haber pobres en la tierra; por esto te doy este mandamiento: abrirás tu mano a tu hermano, al necesitado y al pobre de tu tierra”. (Dt 15,11). Las limosnas, colocadas en el arca del Templo, sea para el culto, sea para los necesitados, los huérfanos o las viudas, eran consideradas como una acción agradable a Dios (Eclo 35,2; cf. Eclo 17,17; 29,12; 40,24). Dar limosna era una manera de reconocer que todos los bienes y dones pertenecen a Dios y que nosotros no somos que administradores de esos dones.

Pero la tendencia a la acumulación sigue muy fuerte. Cada vez renace de nuevo en el corazón humano. La conversión es necesaria siempre. Por eso Jesús dijo al joven rico: “Va, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres” (Mc 10,21). La misma exigencia se repite en los otros evangelios: “Vended vuestros bienes y dadlos en limosna: haceos bolsas que no se gastan, un tesoro inagotable en los cielos, a donde ni el ladrón llega ni la polilla roe” (Lc 12,33-34; Mt 6,9-20). La práctica del compartir y de la solidaridad es una de las características que el Espíritu de Jesús quiere realizar en las comunidades. El resultado de la efusión del Espíritu en el día de Pentecostés fue éste: “No había entre ellos indigentes, pues cuantos eran dueños de haciendas o casas las vendían y llevaban el precio de lo vendido y lo depositaban a los pies de los apóstoles” (Hechos 4,34-35ª; 2,44-45). Estas limosnas colocadas a los pies de los apóstoles no se acumulaban, sino que “y a cada uno se le repartía según su necesidad” (Hechos 4,35b; 2,45).

La entrada de los ricos en las comunidades cristianas posibilitó, por un lado, una expansión del cristianismo, al ofrecer mejores condiciones para los viajes misioneros. Pero por otro lado la tendencia a la acumulación bloqueaba el movimiento de la solidaridad y del compartir. Santiago ayudaba a las personas a que tomaran conciencia del camino equivocado: “Y vosotros los ricos, llorad a gritos por las desventuras que os van a sobrevenir. Vuestra riqueza está podrida; vuestros vestidos, consumidos por la polilla; vuestro oro y vuestra plata, comidos de orín.” (Sant 5,1-3). Para aprender el camino del Reino, todos debemos volvernos alumnos de aquella pobre viuda, que compartió con los demás hasta lo necesario para vivir (Lc 21,4).

4) Para la reflexión personal

• ¿Cuáles son las dificultades y las alegrías que has encontrado en tu vida para practicar la solidaridad y compartir con los otros?

• ¿Cómo es que los dos centavos de la viuda pueden valer más que las muchas monedas de los ricos? ¿Cuál es el mensaje de este texto para nosotros hoy?

5) Oración final

Sabed que el Señor es Dios,
Él nos ha hecho y suyos somos,
su pueblo y el rebaño de sus pastos. (Sal 100,3)

Orden de los Carmelitas

domingo, 25 de noviembre de 2018

"Yo para esto he nacido y venido al mundo: para dar testimonio de la verdad”


¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar la Palabra de Dios, en este domingo de la 34ª. semana del Tiempo Ordinario.

Dios nos bendice...

Domingo 34º del Tiempo Ordinario. Jesucristo, Rey del Universo - Ciclo B

Hoy, domingo, 25 de noviembre de 2018

Primera lectura

Lectura de la profecía de Daniel (7,13-14):

Mientras miraba, en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él. Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin.

Palabra de Dios

Salmo
Sal 92,1ab.1c-2.5

R/.
 El Señor reina, vestido de majestad

El Señor reina, vestido de majestad,
el Señor, vestido y ceñido de poder. R/.

Así está firme el orbe y no vacila.
Tu trono está firme desde siempre,
y tú eres eterno. R/.

Tus mandatos son fieles y seguros;
la santidad es el adorno de tu casa,
Señor, por días sin término. R/.

Segunda lectura

Lectura del libro del Apocalipsis (1,5-8):

Jesucristo es el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra. Aquel que nos ama, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén. Mirad: Él viene en las nubes. Todo ojo lo verá; también los que lo atravesaron. Todos los pueblos de la tierra se lamentarán por su causa. Sí. Amén. Dice el Señor Dios: «Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que viene, el Todopoderoso.»

Palabra de Dios

Evangelio de hoy
Lectura del santo evangelio según san Juan (18,33b-37):

En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos?»
Jesús le contestó: «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?»
Pilato replicó: «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?»
Jesús le contestó: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.»
Pilato le dijo: «Conque, ¿tú eres rey?»
Jesús le contestó: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.»

Palabra del Señor

Comentario

La fiesta de Cristo Rey, instituida en 1925 por el Papa Pío XI y que se celebra el último domingo del tiempo ordinario del año litúrgico, proclama la soberanía de Jesús sobre todos los poderes de la tierra y del universo. Veamos qué significa esta celebración para nosotros, a la luz del Evangelio -que corresponde al relato de la Pasión de Jesús según San Juan- y de las demás lecturas bíblicas de hoy [Daniel 7, 13-14; Sal. (93) 92, 1-5; Apocalipsis 1, 5-8].

1. "¿Dices eso por tu cuenta, o te lo han dicho otros de mí?"

Siempre que nosotros llamamos a Jesús Señor estamos diciendo que es Rey, porque ese es el significado del término griego Kyrios o Kyrie (Señor), con el cual los primeros discípulos comenzaron a referirse y dirigirse a Él después de su resurrección. Lo mismo sucede cuando lo llamamos Cristo; este título, procedente también del griego, corresponde al término hebreo Mesías, que significa “Ungido” y se le daba a quien era consagrado para ser rey.

Los Evangelios según san Mateo, san Marcos y san Lucas nos cuentan que poco antes de comparecer ante Pilato, en el juicio amañado que le monto a Jesús el sanedrín judío, cuando el sumo sacerdote le preguntó si era el Mesías, el Hijo de Dios (otro título que en la tradición hebrea se aplicaba únicamente al Rey), Él había respondido: “Tú lo has dicho, y (…) verán ustedes al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Todopoderoso y viniendo en las nubes del cielo” (Mateo 26, 64 y paralelos en Marcos y Lucas).

Este otro apelativo, Hijo del Hombre, con el que Jesús se llamaba a sí mismo, evoca la profecía contenida en la primera lectura: “Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de Hombre. Se dirigió hacia el anciano y fue llevado a su presencia. A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, su reino no será destruido jamás”.

El Evangelio según san Juan evoca una pregunta similar por parte de Poncio Pilato, gobernador o procurador romano de la Provincia de Judea, cuyo “pretorio” o despacho de gobierno quedaba en Jerusalén.

Ahora bien, cuando nosotros llamamos Rey o Señor o Cristo a Jesús ¿somos realmente conscientes de lo que decimos? ¿Estamos convencidos del señorío de Jesús sobre el universo, y sobre nuestra propia vida? Si nuestra respuesta es sí, toda nuestra existencia debe ser una entrega completa al cumplimiento de su voluntad, que es la misma voluntad
de Dios.

2. "Mi Reino no es de este mundo…"

Jesús había proclamado con hechos y palabras la cercanía del Reino de Dios. Cuando hablaba de Dios se refería a quien llamaba mi Padre, el mismo a quien había enseñado a sus discípulos a invocar como Padre nuestro, diciéndole venga a nosotros tu reino y hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Ahora, dirigiéndose al representante del emperador romano, le dice Mi Reino no es de este mundo, manifestando así que Él participa plenamente de la soberanía universal de Dios Padre, la cual difiere de los imperios terrenales.

En el lenguaje del evangelista Juan, el mundo significa específicamente todo cuanto se opone al proyecto salvador de Dios. Por eso la frase mi Reino no es de este mundo, en lugar de ser entendida como si se tratara de un reinado etéreo sin nada que ver con las realidades concretas de la historia humana, tiene que ser comprendida en su auténtico sentido. Jesús había predicado que el Reino de Dios o de los Cielos les pertenece a quienes tienen hambre y sed de justicia y trabajan por la paz, es decir, a quienes se esfuerzan por contribuir a que podamos todos convivir sin que nadie pretenda dominar, oprimir o explotar a los demás, como suelen hacerlo los poderosos de este mundo. Él había procurado evitar que se confundiera su soberanía con los poderes del mundo, no dejándose proclamar Rey después de la multiplicación de los panes y los peces (Juan 6, 15), y les dijo claramente a sus discípulos que Él, siendo el Señor, no había venido a ser servido, sino a servir. En otras palabras, el Reino de Cristo no es un poder dominador y opresor, sino la soberanía del Amor en su significado más completo.

3. "Yo para esto he nacido y venido al mundo: para dar testimonio de la verdad”

Es significativo que la respuesta de Jesús a Pilato termine con una frase que se refiere a la verdad. Esto concuerda con lo que dice el libro del Apocalipsis en la segunda lectura, al llamar a Jesucristo el Testigo fiel: aquél que con sus hechos y palabras da un testimonio veraz, transparente, del proyecto creador y salvador de Dios sobre la humanidad.
Además, Jesús estaba diciendo que la pretendida soberanía universal del emperador romano, que exigía ser adorado como un dios, era una mentira soberana.

 También nosotros podemos aplicar esta afirmación a nuestra realidad actual. En el prefacio de la Misa de este domingo proclamamos el señorío universal de Jesucristo como “reino de la verdad y la vida, la santidad y la gracia, la justicia, el amor y la paz”. Dispongámonos todos por tanto a poner en práctica nuestro reconocimiento de su soberanía, para que sea Él, con el poder del Amor (que en definitiva es lo que significa “el Reino de Dios”) quien reine verdaderamente en nuestra vida.

El mensaje del Domingo
Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.