domingo, 6 de septiembre de 2015

'Todo lo ha hecho bien´

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este XXIII Domingo del Tiempo Ordinario.

Dios nos bendice…

Evangelio según San Marcos 7,31-37. 
Cuando Jesús volvía de la región de Tiro, pasó por Sidón y fue hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis. Entonces le presentaron a un sordomudo y le pidieron que le impusiera las manos. Jesús lo separó de la multitud y, llevándolo aparte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua. Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: "Efatá", que significa: "Ábrete". Y enseguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua y comenzó a hablar normalmente. Jesús les mandó insistentemente que no dijeran nada a nadie, pero cuanto más insistía, ellos más lo proclamaban y, en el colmo de la admiración, decían: "Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos". 

Comentario
  
Los jesuitas de Chile se empeñaron hace algunos años en una campaña publicitaria de gran despliegue a través de los medios masivos de comunicación social. La intención de la campaña era invitar a los televidentes a desarrollar actitudes humanas fundamentadas en los valores del Evangelio, pero utilizando un lenguaje cercano y cotidiano. Tuve la oportunidad de conocer algunos de los cortos e impactantes avisos que pasaron durante varios meses por la televisión chilena. Recuerdo uno que me impactó particularmente cuando nos lo mostró el P. Gabriel Jaime Pérez, S.J., después de un viaje suyo al país austral.

El spot publicitario, como se le llama a este tipo de anuncios, presentaba a un mendigo sucio, descuidado, harapiento y despeinado que estaba sentado en la acera de una calle muy concurrida. Mientras pedía limosna, la gente pasaba sin prestarle mayor atención. De pronto, aparece una hermosa joven rubia espectacularmente vestida que viene hacia el mendigo. Se acerca a él y comienza a besarlo en la boca de una manera apasionada. Desde luego, los transeúntes se detienen aterrados ante semejante escena. Después de unos segundos, aparecía un aviso que decía: “No te pedimos tanto. Sencillamente que lo trates como un ser humano...”.

Creo que este tipo de mensajes no nos cae mal en ningún momento. A veces pensamos que lo que se nos pide es demasiado o que no somos capaces de hacer nada por las personas derrengadas que nos encontramos por el camino de la vida. Tal vez esta es la actitud que tuvo Jesús con esas personas que eran despreciadas y marginadas en su medio social. Cuando le presentaron a aquel sordomudo para que le impusiera las manos, “Jesús se lo llevó a un lado, aparte de la gente, le metió los dedos en los oídos y con saliva le tocó la lengua. Luego, mirando al cielo, suspiró y dijo al hombre: ‘¡Efatá!’ (es decir: ‘¡Ábrete!’)”.

Esta actitud de cercanía con un ser humano sufriente, que había perdido, o tal vez nunca había tenido la posibilidad de comunicarse o escuchar a los demás, debió resultar sorprendente para los que acompañaban al Señor en su recorrido por territorios extranjeros. No estaba bien acercarse a un enfermo y mucho menos tocarlo. Sin embargo, el Señor no sólo se acerca, sino que le mete los dedos en los oídos y le toca la lengua con saliva, de manera que “los oídos del sordo se abrieron, y se le desató la lengua y pudo hablar bien”. Este hombre vivió, seguramente, el momento más importante de su vida. Se sintió atendido, respetado y acogido en su limitación.

Cualquiera de nosotros podría decir ante este milagro del Señor: “¡Eso es imposible para mi! Yo no se cómo hacer ese tipo de milagros... No sé cómo devolverle a una persona sorda su capacidad de oír, o a una persona muda su capacidad para hablar”. Pero el Señor nos diría: “No te pedimos tanto. Sencillamente trátalo como un ser humano...”. Tal vez ese es el mejor milagro que podamos hacer hoy.

Hermann Rodríguez Osorio, S.J
Decano académico de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá 

sábado, 5 de septiembre de 2015

El ser humano está por encima del sábado

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este sábado de la XXII Semana del Tiempo Ordinario.

Dios nos bendice…

Evangelio según San Lucas 6,1-5.  
Un sábado, en que Jesús atravesaba unos sembrados, sus discípulos arrancaban espigas y, frotándolas entre las manos, las comían. Algunos fariseos les dijeron: "¿Por qué ustedes hacen lo que no está permitido en sábado?". Jesús les respondió: "¿Ni siquiera han leído lo que hizo David cuando él y sus compañeros tuvieron hambre, cómo entró en la Casa de Dios y, tomando los panes de la ofrenda, que sólo pueden comer los sacerdotes, comió él y dio de comer a sus compañeros?". Después les dijo: "El hijo del hombre es dueño del sábado".  
Comentario

En la religión judía del tiempo de Jesús, el sábado (en hebreo Shabbat o “descanso”) era el séptimo día de la semana, el día de reposo. Consagrado por el mismo Dios, era día de plegaria, de solemne celebración en el templo, en las sinagogas, y en las casas; tan venerado que, en algunas circunstancias, los judíos prefirieron morir antes que empuñar las armas para defenderse durante ese día (1Mc 2, 29-41). El descanso sabático estaba vinculado a la fe en el poder creador del único Dios (Gn 2, 1-3) y era el tercero de los diez mandamientos dados a Moisés, motivado precisamente en el acto creador (Ex 20, 8-11); el sábado evocaba también la alianza entre Dios y su pueblo (Ex 31,12-17); y la exigencia del descanso y la prohibición del trabajo estaban sancionadas con la pena de muerte (Ex 35, 1-2; Nm 15,32-36); hasta encender el fuego estaba prohibido ese día (Ex 35,3). La casuística de los escribas y fariseos había sistematizado todas las posibles variantes de las severas normas del descanso sabático, habían elaborado una lista de treinta y nueve clases de trabajos que eran prohibidos en sábado. Se llegó hasta extremos ridículos como el de preguntarse si era lícito o no comer el huevo de una gallina puesto (por la gallina) en sábado …

Entre las prohibiciones del sábado estaba arrancar espigas y desgranarlas. Que los discípulos de Jesús cortaran espigas significaba que los discípulos habían “segado” el trigo, lo cual estaba prohibido en sábado, y frotar el grano para arrancarle la cáscara era “aventar”, otra forma de trabajo que también estaba prohibida en sábado.

Los discípulos de Jesús no son criticados por los fariseos por el hecho de arrancar las espigas y comérselas, pues comer las espigas del trigo o la cebada del campo de otro no era un delito, esto lo permitía la ley a los caminantes pobres (Dt 23, 26); lo que critican los fariseos es que los discípulos de Jesús no guarden la ley del descanso sabático.

Jesús defendió a sus discípulos apelando a la historia que cuenta una acción del rey David que entró al templo y se comió con su tropa los panes de la ofrenda que sólo estaba permitido que los comieran los sacerdotes (1 Sam 21, 1-6). Con esta respuesta Jesús confronta a los fariseos. Si lo que hicieron sus discípulos estaba mal hecho, entonces qué opinión les merecía lo que hizo el rey David. Los fariseos no podían condenar al rey David y por lo tanto se tuvieron que callar. Pero Jesús continuó hablando: “El Hijo del hombre es Señor y tiene autoridad sobre el sábado”. Con estas palabras Jesús se estaba reafirmando a sí mismo como alguien que estaba por encima del rey David y que estaba dando comienzo a los tiempos mesiánicos, tiempos de vida y salvación.

Para Jesús, ninguna Ley es clave absoluta de conducta, ni siquiera la sagrada ley del Sábado; y el fundamento de esa relativización es Dios mismo porque, como les dijo Jesús, “Dios hizo el sábado para servicio del ser humano, y no al ser humano para servir al sábado; y por eso el ser humano es señor del Sábado”.

Servicio Bíblico Latinoamericano