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viernes, 9 de febrero de 2018

«No tendrás un dios extraño, yo soy el Señor Dios tuyo»

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar la Palabra de Dios y el comentario, en este viernes de la 5ª Semana del Tiempo Ordinario.

Dios nos bendice...

Primera lectura

Lectura del primer libro de los Reyes (11,29-32;12,19):

Un día, salió Jeroboán de Jerusalén, y el profeta Ajías, de Siló, envuelto en un manto nuevo, se lo encontró en el camino; estaban los dos solos, en descampado.
Ajías agarró su manto nuevo, lo rasgó en doce trozos y dijo a Jeroboán: «Cógete diez trozos, porque así dice el Señor, Dios de Israel: "Voy a arrancarle el reino a Salomón y voy a darte a ti diez tribus; lo restante será para él, en consideración a mi siervo David y a Jerusalén, la ciudad que elegí entre todas las tribus de Israel."»
Así fue como se independizó Israel de la casa de David hasta hoy.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 80,10.11ab.12-13.14-15

R/.
 Yo soy el Señor, Dios tuyo:
escucha mi voz


No tendrás un dios extraño,
no adorarás un dios extranjero;
yo soy el Señor, Dios tuyo,
que te saqué del país de Egipto. R/.

Pero mi pueblo no escuchó mi voz,
Israel no quiso obedecer:
los entregué a su corazón obstinado,
para que anduviesen según sus antojos. R/.

¡Ojalá me escuchase mi pueblo
y caminase Israel por mi camino!:
en un momento humillaría a sus enemigos
y volvería mi mano contra sus adversarios. R/.

Evangelio

Lectura del Evangelio según san Marcos (7,31-37):

En aquel tiempo, dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua.
Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: «Effetá», esto es: «Ábrete.»
Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos.
Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»

Palabra del Señor

Comentario

1. (año II) 1 Reyes 11,29-32;12,19

a) Ha terminado, no muy gloriosamente, la historia de David y Salomón, que habla conocido días tan felices.

A Salomón le sucede su hijo Roboán, pero muy pronto diez de las tribus del Norte se separan y se van con Jeroboán, uno de los arquitectos más brillantes del Templo, a quien Salomón había nombrado ministro. Es bien expresivo el gesto simbólico del profeta Ajías con el manto rasgado en doce trozos.

Probablemente los motivos concretos de la desgraciada separación entre Israel (Norte) y Judá (Sur) fueron de índole política y económica, junto con la falta de habilidad en el trato con las tribus del Norte, que en el fondo seguían fieles a la memoria de Saúl y se sentían marginadas en relación con las de Judá. Pero en este libro de los Reyes todo se interpreta como castigo por el mal que había llegado a hacer al final Salomón.

b) Pronto o tarde pagamos siempre las consecuencias de nuestros fallos y de nuestro pecado.

Salomón había faltado gravemente nada menos que al primer mandamiento, adorando a dioses extraños. Pero además en su acceso al trono -como también había sido el caso de David- hubo intrigas y violencias, llegando a eliminar a los enemigos que se les ponían en el camino. Nosotros también caemos en idolatrías a voces inconfesables, siendo infieles a la Alianza que hemos prometido a Dios. También podemos llegar a ser intolerantes y hasta violentos, en nuestra vida doméstica, con una actitud que tiene sus raíces en el egoísmo, la ambición, el ansia de dinero y de oír los aplausos de los demás.
No nos extrañemos que eso produjera división y cisma en tiempos de los sucesores de Salomón y que los siga produciendo ahora en nuestra vida comunitaria. Roto el equilibrio, todo se precipita y decae. Una de las consignas de Juan Pablo II para el Jubileo del año 2000 ha sido la de la unidad.

El reconoce que en el doble cisma que existe en la Iglesia, con los orientales desde el siglo XI y con los protestantes desde el XVI, la culpa hay que considerarla repartida entre ellos y nosotros. Y quien dice en la esfera eclesial, dice también en la familiar o la de una comunidad religiosa. El pecado de la idolatría y del egoísmo tienen consecuencias fatales a corto o largo plazo.

Tendremos que oír también nosotros, en silencio y con la cabeza inclinada, la queja de Dios en el Salmo de hoy: «Yo soy el Señor Dios tuyo, escucha mi voz... no tendrás un dios extraño... pero mi pueblo no escuchó mi voz, Israel no quiso obedecer... ojalá me escuchase mi pueblo y caminase por mi camino».

2. Marcos 7,31-37

a) La curación del sordomudo provocó reacciones muy buenas hacia Jesús por parte de los habitantes de Sidón: «Todo lo ha hecho bien, hace oir a los sordos y hablar a los mudos».
Jesús curó al enfermo con unos gestos característicos, imponiéndole las manos, tocándole con sus dedos y poniéndole un poco de saliva. Y con una palabra que pronunció mirando al cielo: «effetá», «ábrete». El profeta Isaías había anunciado -lo leemos en el Adviento cada año- que el Mesías iba a hacer oír a los sordos y hablar a los mudos. Una vez más, ahora en territorio pagano, Jesús está mostrando que ha llegado el tiempo mesiánico de la salvación y de la victoria contra todo mal.

Además, Jesús trata al sordomudo como una persona: cada encuentro de los enfermos con él es un encuentro distinto, personal. Esos enfermos nunca se olvidarán en su vida de que Jesús les curó.

b) El Resucitado sigue curando hoy a la humanidad a través de su Iglesia.
Los gestos sacramentales -imposición de manos, contacto con la mano, unción con óleo y crisma- son el signo eficaz de cómo sigue actuando Jesús. «Una celebración sacramental está tejida de signos y de símbolos». Son gestos que están tomados de la cultura humana y de ellos se sirve Dios para transmitir su salvación: son «signos de la alianza, símbolos de las grandes acciones de Dios en favor de su pueblo», sobre todo desde que «han sido asumidos por Cristo, que realizaba sus curaciones y subrayaba su predicación por medio de signos materiales o gestos simbólicos» (Catecismo no. 1145-1152: «Signos y símbolos»).

El episodio de hoy nos recuerda de modo especial el Bautismo, porque uno de los signos complementarios con que se expresa el efecto espiritual de este sacramento es precisamente el rito del «effetá», en el que el ministro toca con el dedo los oídos y la boca del bautizado y dice: «El Señor Jesús, que hizo oir a los sordos y hablar a los mudos, te conceda, a su tiempo, escuchar su Palabra y proclamar la fe, para alabanza y gloria de Dios Padre».

Un cristiano ha de tener abiertos los oídos para escuchar y los labios para hablar. Para escuchar tanto a Dios como a los demás, sin hacerse el sordo ni a la Palabra salvadora ni a la comunicación con el prójimo. Para hablar tanto a Dios como a los demás, sin callar en la oración ni en el diálogo con los hermanos ni en el testimonio de nuestra fe.

Pensemos un momento si también nosotros somos sordos cuando deberíamos oir. Y mudos cuando tendríamos que dirigir nuestra palabra, a Dios o al prójimo. Pidamos a Cristo Jesús que una vez más haga con nosotros el milagro del sordomudo.

J. ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 4
Tiempo Ordinario. Semanas 1-9
Barcelona 1997. Págs. 145-150
 

viernes, 10 de febrero de 2017

El relato del sordomudo

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este  viernes de la quinta semana del tiempo ordinario.

Dios nos bendice...

Evangelio según San Marcos 7,31-37. 
Cuando Jesús volvía de la región de Tiro, pasó por Sidón y fue hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis. Entonces le presentaron a un sordomudo y le pidieron que le impusiera las manos. Jesús lo separó de la multitud y, llevándolo aparte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua. Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: "Efatá", que significa: "Abrete". Y enseguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua y comenzó a hablar normalmente. Jesús les mandó insistentemente que no dijeran nada a nadie, pero cuanto más insistía, ellos más lo proclamaban y, en el colmo de la admiración, decían: "Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos". 
Comentario

En el concepto de enfermedad mental judía atribuida ordinariamente en el lenguaje popular a posesión demoníaca, se enfrentaban a quienes sufrían episodios recurrentes como en el caso de la epilepsia; en medio del ataque eran posesos y en los de lucidez libres de posesión. Pero también se consideraba enfermos mentales los sonámbulos, quienes durmieran en un cementerio, quien rompiera sus vestiduras, quien destruyera sus bienes, los desaseados a propósito. En tales estados estaban exentos de deberes religiosos y de responsabilidad frente a la ley; pero por otro lado sus testimonios eran inválidos y eran tenidos por menores de edad junto con sordos y mudos. A veces se tenían episodios de sordera, ceguera, mudez como castigo de Yahvéh.  Así aparece en el caso de Zacarías, aunque Jesús en su vida pública no presenta ningún caso de milagro punitivo o de castigo.

En el anuncio del reinado de Dios se espera que los sordos oigan, los mudos, hablen, los ciegos vean, los tullidos salten, los leprosos queden limpios. El relato de hoy tiene algunos detalles dignos de resaltar. Lo primero es que el hecho sucede en la Decápolis a donde había sido enviado a predicar el endemoniado de Gerasa, en territorio gentil.

Sin embargo no se habla de posesión de demonio sordo o mudo como en otros y la descripción literal es de sordo y tartamudo. Es sabido médicamente que la sordera trae aparejada la mudez aún con el aparato vocal sano. Podemos suponer que la sordera aquí es disminución auditiva. No le piden a Jesús que lo libere de demonio ninguno, ni siquiera que lo cure, sino que le imponga las manos, cosa que no se describe que haga Jesús. Este no hace un espectáculo público de la terapia sino que lo lleva aparte, lejos de la gente. Así se enfatiza la relación personal entre el limitado y Jesús. Este es un detalle igualmente singular pues ordinariamente Jesús hace sus curaciones en presencia de los discípulos y los manda luego a curar entre otros oficios, pero en el caso de hoy cura sin su presencia. Además, cuando se retira ordinariamente es para orar pero hoy lo hace para curar.

El rito de curación es bastante singular metiendo el dedo en los oídos y poniendo saliva en la lengua. El sordomudo es una buena imagen de la angustia que puede sentir una persona encerrada en sí misma e incomunicada con Yahvéh y con los hombres. Yahvéh era el dios de la Palabra que era necesario escuchar. El sordo físico estaba bastante peor que el sordo funcional o sea el que oyendo no oía porque no atendía las palabras del profeta. Los profetas de Israel usaban con frecuencia la sordera como una metáfora provocativa para hablar de la cerrazón y la resistencia del pueblo a Yahvéh. Israel “tiene oídos, pero no oye” lo que Yahvéh le está diciendo. Por eso, un profeta llama a todos a la conversión con estas palabras: «Sordos, escuchad y oíd» (Is 35:5). Jesús suspira antes de pronunciar el effatá, ábrete. Pero antes levanta sus ojos al cielo que también es una característica de las curaciones y otros gestos de Jesús. No pide propiamente al Padre que realice la curación sino que da gracias por ella. No es su misión centrar el interés del oyente en su persona sino en el Padre que se revela a través de su persona. Es la función de siervo y no la del señor, del servidor y no del que es servido, del Hijo y no la del Padre que es uno y único para todos los hombres. Este rito fue asumido en el ritual del bautismo pre-Vaticano unido a la saliva del sacerdote en los oídos del bautizando .

El estado final del limitado como «se le soltó la lengua y empezó a hablar correctamente» es una transliteración de la esperanza mesiánica o escatológica. Se conocen textos extra bíblicos en donde se registra que meter el dedo en el oído y poner saliva en la lengua era ritos usados por otros curanderos de la época. Estos detalles no tienen más que un valor descriptivo y no mayor valor porque los haga Jesús. Tampoco hay misterio en la palabra ¡Effetá! que inmediatamente es traducida para evitar que le dieran un poder mágico a una palabra desconocida. Como en otras ocasiones Jesús pide al sordomudo o sordo-gago que no diga nada igual que a otros que se pudieron enterar. Es el recurrente “secreto mesiánico” en Marcos que ha tenido más de una interpretación. En el caso de hoy la orden de silencio también es quebrantada como en otros casos. Es claro en el evangelio de Marcos que Jesús no quiere ser tenido por taumaturgo sino por quien vive la voluntad del Padre como camino de la pasión. Marcos narra otra curación, esta vez de un ciego, con saliva en los ojos e imponiéndole la mano. Aquí la curación se mueve por etapas. Así, en dos episodios de curaciones, el elemento físico está presente mientras que en la mayoría de las curaciones es la palabra el agente principal. La materialidad del gesto se volverá conflictiva en el Concilio de Trento cuando se aplica a los sacramentos, en su doble explicación de materia y forma. La materia quedó definida: el agua para el bautismo, el aceite para la confirmación, la hostia para la Eucaristía, el pecado para la reconciliación, la imposición de manos para la ordenación, los novios para el matrimonio y la unción para los enfermos. Algunas iglesias reformadas eliminaron la materia y dieron a la vida sacramental el sentido más espiritual de gracia en concordancia con la fe, así como de realce a las palabras de la Escritura.

No es casual que los evangelios narren tantas curaciones de ciegos y sordos. Son como una invitación a dejarse llevar por Jesús para abrir como él los ojos al necesitado y como él a la voz del Padre que habla externa e internamente. Unos seguidores sordos a su mensaje apenas si pronunciaran algo mínimo del evangelio, tartamudearán el mensaje. El imperativo ¡ábrete! desprovisto de poder mágico, puede resonar en cada creyente. Cuando no escucha los anhelos más humanos de su corazón, cuando no se abre al amor, cuando, en definitiva, se cierra al misterio último que llamamos Dios, la persona se vuelve sorda, autista, auto referencial, narcisista, egoísta que no vive sino en sí misma y para sí misma. Los demás solamente valen para satisfacer tal deseo. Hoy es un diagnóstico palpable de múltiples maneras. El yo no se reprime sino que se desboca hasta el infinito: mi (my en inglés), yo (I en inglés) es el componente indispensable en las aplicaciones comunicativas: Me gusta (I like), mi página (My Facebook), mi computador (My Personal Computer), mi I-pad, I-pod, selfie (Self = mismo) y en formas aún más camufladas como el Twitter. Quizás metafóricamente necesitas el dedo del otro en nuestro oído para que lo escuchemos y su saliva en la nuestra para que degustemos otros sabores. El sordomudo o sordo-gago del evangelio de hoy puede seguir sirviendo de motivador para repensar nuestra relación con Dios, con al Escrituras y por supuesto con los demás.

Luis Javier Palacio Palacio, S.J.


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domingo, 6 de septiembre de 2015

'Todo lo ha hecho bien´

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este XXIII Domingo del Tiempo Ordinario.

Dios nos bendice…

Evangelio según San Marcos 7,31-37. 
Cuando Jesús volvía de la región de Tiro, pasó por Sidón y fue hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis. Entonces le presentaron a un sordomudo y le pidieron que le impusiera las manos. Jesús lo separó de la multitud y, llevándolo aparte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua. Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: "Efatá", que significa: "Ábrete". Y enseguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua y comenzó a hablar normalmente. Jesús les mandó insistentemente que no dijeran nada a nadie, pero cuanto más insistía, ellos más lo proclamaban y, en el colmo de la admiración, decían: "Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos". 

Comentario
  
Los jesuitas de Chile se empeñaron hace algunos años en una campaña publicitaria de gran despliegue a través de los medios masivos de comunicación social. La intención de la campaña era invitar a los televidentes a desarrollar actitudes humanas fundamentadas en los valores del Evangelio, pero utilizando un lenguaje cercano y cotidiano. Tuve la oportunidad de conocer algunos de los cortos e impactantes avisos que pasaron durante varios meses por la televisión chilena. Recuerdo uno que me impactó particularmente cuando nos lo mostró el P. Gabriel Jaime Pérez, S.J., después de un viaje suyo al país austral.

El spot publicitario, como se le llama a este tipo de anuncios, presentaba a un mendigo sucio, descuidado, harapiento y despeinado que estaba sentado en la acera de una calle muy concurrida. Mientras pedía limosna, la gente pasaba sin prestarle mayor atención. De pronto, aparece una hermosa joven rubia espectacularmente vestida que viene hacia el mendigo. Se acerca a él y comienza a besarlo en la boca de una manera apasionada. Desde luego, los transeúntes se detienen aterrados ante semejante escena. Después de unos segundos, aparecía un aviso que decía: “No te pedimos tanto. Sencillamente que lo trates como un ser humano...”.

Creo que este tipo de mensajes no nos cae mal en ningún momento. A veces pensamos que lo que se nos pide es demasiado o que no somos capaces de hacer nada por las personas derrengadas que nos encontramos por el camino de la vida. Tal vez esta es la actitud que tuvo Jesús con esas personas que eran despreciadas y marginadas en su medio social. Cuando le presentaron a aquel sordomudo para que le impusiera las manos, “Jesús se lo llevó a un lado, aparte de la gente, le metió los dedos en los oídos y con saliva le tocó la lengua. Luego, mirando al cielo, suspiró y dijo al hombre: ‘¡Efatá!’ (es decir: ‘¡Ábrete!’)”.

Esta actitud de cercanía con un ser humano sufriente, que había perdido, o tal vez nunca había tenido la posibilidad de comunicarse o escuchar a los demás, debió resultar sorprendente para los que acompañaban al Señor en su recorrido por territorios extranjeros. No estaba bien acercarse a un enfermo y mucho menos tocarlo. Sin embargo, el Señor no sólo se acerca, sino que le mete los dedos en los oídos y le toca la lengua con saliva, de manera que “los oídos del sordo se abrieron, y se le desató la lengua y pudo hablar bien”. Este hombre vivió, seguramente, el momento más importante de su vida. Se sintió atendido, respetado y acogido en su limitación.

Cualquiera de nosotros podría decir ante este milagro del Señor: “¡Eso es imposible para mi! Yo no se cómo hacer ese tipo de milagros... No sé cómo devolverle a una persona sorda su capacidad de oír, o a una persona muda su capacidad para hablar”. Pero el Señor nos diría: “No te pedimos tanto. Sencillamente trátalo como un ser humano...”. Tal vez ese es el mejor milagro que podamos hacer hoy.

Hermann Rodríguez Osorio, S.J
Decano académico de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá 

viernes, 13 de febrero de 2015

Devolvámosles el derecho a la palabra a los silenciados del mundo

¡Amor y paz!

El milagro relatado en estos versículos pertenece al grupo de capítulos del evangelio de Marcos escritos con la intención de que el pueblo llegue a descubrir en Jesús su humanidad y su divinidad. Relata cómo mientras estaba Jesús en la región del mar de Galilea le traen un hombre sordo y tartamudo, pidiéndole que haga algo por él.

Jesús cura al hombre desde su más honda realidad, le abre los sentidos para que sea sensible y perciba una nueva manera de vivir. Desde su cuerpo-totalidad, que está sano e irradia salud, entra en contacto con los seres humanos enfermos.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este viernes de la V Semana del Tiempo Ordinario.

Dios nos bendice…

Evangelio según San Marcos 7,31-37. 
Cuando Jesús volvía de la región de Tiro, pasó por Sidón y fue hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis. Entonces le presentaron a un sordomudo y le pidieron que le impusiera las manos. Jesús lo separó de la multitud y, llevándolo aparte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua. Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: "Efatá", que significa: "Abrete". Y enseguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua y comenzó a hablar normalmente. Jesús les mandó insistentemente que no dijeran nada a nadie, pero cuanto más insistía, ellos más lo proclamaban y, en el colmo de la admiración, decían: "Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos". 

Comentario

Ser sordo y mudo es el colmo de la incomunicación. El sordomudo vive prácticamente en otro mundo. Es un mundo de silencio permanente que nada puede romper. Precisamente porque está totalmente aislado, porque no se puede comunicar con los demás, el sordomudo se sitúa al margen de la comunidad humana. Carece de presencia real porque no puede ni recibir ni emitir palabra.

En nuestro mundo hay sordomudos físicos. Nacen con ese defecto. Pero desgraciadamente hay otros muchos que han sido hechos sordomudos por los mismos hombres. La sociedad les ha declarado sordomudos cuando en la práctica les ha negado la palabra y les ha dejado de dirigir la palabra. Son los marginados, los que no cuentan para nada ni para nadie. Los pobres que viven en las grandes ciudades de nuestro mundo, las minorías indígenas silenciadas, los habitantes de las naciones que no disponen de recursos y que por eso no tienen importancia ni valor para los poderosos de este mundo. Todos ellos han sido hechos sordomudos por los que tienen el dominio de la palabra en nuestro mundo. A todos ellos se les niega simplemente el derecho de ser personas.

El Evangelio de hoy nos cuenta la curación de un mudo. Devolviéndole la palabra, Jesús le permite integrarse de nuevo en su familia, en su pueblo. Pero los efectos de la curación son mayores. El mudo no sólo puede hablar. Dedica su hablar a proclamar la maravilla que Dios, a través de Jesús, ha hecho con él. El mejor apostolado que podemos hacer los cristianos es devolver la palabra a los que no la tienen. Así sabrán y proclamarán que ellos también son hijos de Dios.

Servicio Bíblico Latinoamericano

viernes, 14 de febrero de 2014

Como Cristo, pasemos por el mundo haciendo el bien


¡Amor y paz!

¿Podremos conformarnos con anunciar el Evangelio, llenando la cabeza de los demás con conceptos? Ciertamente no podemos prescindir de la Palabra anunciada con los labios. Sin embargo, el Evangelio también lo hemos de anunciar con nuestras buenas obras en favor de los demás.

Mientras no iniciemos en los demás un auténtico proceso de liberación del pecado y de sus consecuencias, nuestra proclamación del Evangelio se quedará como algo inútil. Jesucristo no sólo vino como Maestro; vino también como aquel que nos conduce a su Reino libres del pecado y de la muerte en todas sus manifestaciones. Por eso la gente del tiempo de Jesús exclama: ¡Qué bien lo hace todo! Ojalá y nosotros no sólo hablemos bien, sino que pasemos, al igual que Cristo, haciendo el bien a todos.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este viernes de la 5ª. Semana del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Marcos 7,31-37. 

Cuando Jesús volvía de la región de Tiro, pasó por Sidón y fue hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis. Entonces le presentaron a un sordomudo y le pidieron que le impusiera las manos. Jesús lo separó de la multitud y, llevándolo aparte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua. Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: "Efatá", que significa: "Abrete". Y enseguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua y comenzó a hablar normalmente. Jesús les mandó insistentemente que no dijeran nada a nadie, pero cuanto más insistía, ellos más lo proclamaban y, en el colmo de la admiración, decían: "Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos". 
Comentario

La Eucaristía nos reúne, de toda raza y condición social, en torno a nuestro Dios y Padre común. Él no hace distinción alguna entre nosotros. Él nos creó a todos y a todos nos llama a participar de su Vida eterna. En este Memorial de la Pascua de Cristo pregustamos esa Gloria a la que estamos llamados. Por eso también aquí, en la Eucaristía, debemos iniciar el camino de nuestra unión fraterna. No cerremos nuestros oídos a la Palabra de Dios. No nos conformemos con escucharla como discípulos distraídos. Dejemos que la Palabra de Dios nos cure de nuestras fragilidades, y nos capacite para que estemos dispuestos a dar testimonio de nuestra fe y razón de nuestra esperanza.

El Señor nos quiere fraternalmente unidos. Y la unidad no podemos reducirla a una alharaca inútil. No basta con hablar, no basta con hacer foros sobre la unidad que debe reinar en la humanidad. No basta orar para la unidad entre los cristianos. Hay que implementar acciones concretas, bajo la inspiración del Espíritu Santo, para que desaparezcan de entre nosotros los odios y las divisiones. La unidad debe vivirse, debe propiciarse desde la vida familiar. Es en el seno de la familia donde aprendemos la solidaridad, el respeto y el amor hacia los demás. Quienes creemos en Cristo no podemos ser sinceros cuando, teniendo al Señor como Cabeza de su Cuerpo, que es la Iglesia, vivimos destruyéndonos unos a otros. No seamos sordos ante el mandato de Cristo que nos pide amarnos unos a otros como hermanos.

Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber escuchar la voz de Dios y de confesar nuestra fe no sólo con nuestros labios, sino con nuestras obras y con nuestra vida misma. Entonces podremos decir que en verdad Dios sigue realizando su obra salvadora en el mundo por medio de su Iglesia. Amén.

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