miércoles, 11 de marzo de 2015

Jesús pide que la Ley se plenifique en el amor a Dios y a los hermanos

¡Amor y paz!

La presencia de Jesús en el pueblo de Israel no debe entenderse como una ruptura brusca y desconectada con todo el proceso de la historia de la salvación. Al contrario, es la plenificación de esa historia lo que ocurre con Jesús.

Jesús que plenifica debe ser el tema de hoy, como lo debió ser en su momento histórico. Esto no quita al actuar de Jesús lo novedoso, como tampoco debe absolutizarse la inmediata historia pasada, representada en la Ley, que se había convertido para el pueblo en el fin, olvidando a Dios.

La Ley es un medio para llegar a Dios, que es el Fin. No puede el medio convertirse en fin. Eso había ocurrido en el pueblo de Israel y Jesús lo replantea. Es parte de su misión profética, recuperar la verdadera imagen de Dios o proponerla para los que no la conocían. Jesús es la Ley.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario en este miércoles de la 3ª. Semana del Tiempo Ordinario.

Dios nos bendice…

Evangelio según San Mateo 5,17-19. 
Jesús dijo a sus discípulos: «No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice. El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos.» 

Comentario

Esta es una perícopa llena de esperanza para la humanidad, ya que Jesús explica el sentido de su presencia: ha venido al mundo a hacer realidad la Ley y lo dicho por los profetas. Jesús, con estas palabras, reconoce el trabajo de las generaciones anteriores y le da validez. El no parte de cero, como si la humanidad no hubiera hecho nada valioso hasta el presente. También la Ley tiene elementos de Reino y en la medida en que se cumpla esos elementos, se participa en el Reino que él propone.

El pentateuco, la verdadera Ley, contiene en parte los grandes sueños de la humanidad: el paraíso como proyecto, la posesión de una tierra, la promesa de una familia, el fin de la opresión, la conquista de la libertad, la distribución justa de la tierra... todos proyectos humanos en los que se siente la presencia de Dios.

Jesús es la más clara manifestación del apoyo de Dios a las utopías humanas -que son también divinas- porque fue Él quien las sembró en el corazón de la humanidad. Hubo un tiempo en que el pueblo Israelita deseó vivir en una nueva sociedad, sin egoísmos, en fraternidad e igualdad. Y aunque sus instintos lo dominaron y lo alejaron de sus sueños, quedó la esperanza de su realización y se vislumbró que era posible una alternativa de nueva sociedad.

Jesús lo confirma ahora no sólo con sus palabras, sino con sus hechos: condena las estructuras sociales de su tiempo que, por tener como valores supremos el individualismo y la ambición, matan toda utopía social. La ley esta escrita, los profetas señalaron el camino, y el ser humano, acercándose y alejándose del mismo, sigue soñando con un mundo más justo... Pese a todas las dificultades, podemos estar seguros de esto: no estamos solos en este sueño. Jesús manifestó su deseo de acompañarnos, pues él tuvo un sueño mayor: creyó que con él comenzaba a hacerse posible el sueño primitivo del Antiguo Testamento: una sociedad igualitaria, solidaria, fraterna.

Servicio Bíblico Latinoamericano 

martes, 10 de marzo de 2015

Mientras con el perdón no se rompa la espiral de la venganza, la tierra no será habitable

¡Amor y paz!

El perdón es una categoría fundamental y radical en el Evangelio y es propuesto hoy por Jesús, para la comunidad, como un elemento constitutivo de la calidad en las relaciones. Cuando se perdona se corren riesgos. Perdonando el pasado doloroso se construye un futuro esperanzador. Se trata de una actitud positiva, optimista. El mal no tiene la última palabra, porque el hombre y la mujer pueden cambiar.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este martes de la 3ª. semana de Cuaresma.

Dios nos bendice…

Evangelio según San Mateo 18,21-35. 
Se adelantó Pedro y le dijo: "Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?". Jesús le respondió: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda. El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: "Señor, dame un plazo y te pagaré todo". El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda. Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: 'Págame lo que me debes'. El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: 'Dame un plazo y te pagaré la deuda'. Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó llamar y le dijo: '¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?'. E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía. Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos". 
Comentario

La cuantificación y el esquema lógico que Pedro quiere hacer del perdón es refutado inmediatamente por Jesús, quien le hace caer en cuenta de que el perdón revela la calidad humana de quien lo concede, calidad que se logra en la medida en que se asemeje al obrar del Padre Celestial. Por lo tanto no son contables las veces en las cuales se deba conceder el perdón. De la misma manera que el Padre no se cansa de otorgarnos su perdón, así debería actuar cada uno de nosotros con su hermano.

El método que para enseñar usa aquí Jesús es el mismo de sus grandes enseñanzas: el de la parábola. Su experiencia de sentirse amado y reconciliado con el Padre y de sentir la necesidad de trasladar este perdón o reconciliación a la sociedad humana, lo lleva a crear esta parábola en la que queda clara la ilogicidad de quien no quiere perdonar. ¿Cómo es posible que no sepamos perdonar a quien nos ofende, cuando el Padre Celestial nos perdona a diario mil veces más? ¿No son nuestras mutuas ofensas humanas algo pequeñito en comparación de nuestras ofensas para con Dios? Quien no sea capaz de perdonar a su hermano, sencillamente, no merece el perdón de Dios.

A la gente de su tiempo y de nuestro tiempo Jesús no se cansa de reiterar que el advenimiento del Reino será de manera distinta a lo visto hasta entonces en el proceder humano. El Reino de Dios, por ser un acto de gracia o de amor gratuito, parte de la reconciliación. Como lo hace Dios, hay que acoger a todos los seres humanos, sin importar cuán pecadores sean. El Reino acontece allí donde acontezca el amor gratuito, el perdón. Por eso su acontecer es sencillamente la presencia tangible de la misericordia. Mientras el mundo no rompa con el perdón el espiral de la venganza, no hará habitable la tierra. La llenará de odio y de violencia. Es una obligación perdonar y ser compasivos para con los hermanos, en agradecimiento a Dios, que lo fue con nosotros.

Servicio Bíblico Latinoamericano