sábado, 24 de mayo de 2014

«Si el mundo los odia, sepan que antes me ha odiado a mí»

¡Amor y paz!

Caminar tras las huellas, cargando nuestra cruz de cada día, es caminar hacia la plena realización de nuestra propia Pascua. Pero ese camino no puede verse libre de persecuciones, de críticas, de rechazos. No serán sólo nuestras palabras, sino nuestra vida, congruente con la fe que profesamos, lo que se convierta en el mejor anuncio del Mensaje de salvación.

Es posible que no nos quieran, es probable que nos persigan y calumnien, pero lo importantes es que uno dé testimonio de la fe que profesa y los principios que defiende.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este sábado de la 5a. Semana de Pascua.

Dios nos bendice…

Evangelio según San Juan 15,18-21.
Jesús dijo a sus discípulos: «Si el mundo los odia, sepan que antes me ha odiado a mí. Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya. Pero como no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él, el mundo los odia. Acuérdense de lo que les dije: el servidor no es más grande que su señor. Si me persiguieron a mí, también los perseguirán a ustedes; si fueron fieles a mi palabra, también serán fieles a la de ustedes. Pero los tratarán así a causa de mi Nombre, porque no conocen al que me envió.» 
Comentario

Al contemplar a Cristo, su amor por nosotros, su entrega en favor de nuestra salvación, su glorificación a la diestra del Padre, percibimos nuestro amor, nuestra propia entrega y nuestra propia glorificación, pues nuestro camino hacia la Gloria del Padre no puede realizarse al margen de Cristo: en Él vivimos, nos movemos y somos. Por eso confiemos nuestra vida totalmente en las manos del Señor; y, aún en las grandes persecuciones que tengamos que sufrir por Él, no demos marcha atrás de un modo cobarde, pues no es a los hombres sino a Dios a quien debemos agradar. 

Al participar de la Eucaristía sabemos que aceptamos las exigencias del Evangelio, de tal forma que, en adelante, hemos de vivir totalmente comprometidos con Él; y el Evangelio del Padre es Cristo. Hacer una nuestra vida con Él significa estar dispuestos a Proclamar la Buena Noticia que el Padre Dios nos ha dado en Cristo Jesús, y estar dispuestos a seguir su misma suerte. No buscaremos, de un modo enfermizo e imprudente el ser sacrificados por Cristo, sino que asumiremos responsablemente las consecuencias que nos vengan por creer en Él, aun la muerte, si esto está dentro de los planes de Dios y no de los nuestros. La participación en la Eucaristía, por tanto, nos coloca de frente a nuestra propia cruz, con la mirada puesta no en el calvario, sino en la Gloria, que nos espera después de haberlo dado todo por Cristo y por el bien de nuestros hermanos.

Ojalá y que quienes formamos la Iglesia de Cristo hubiésemos sido creados de una naturaleza distinta de la de las demás personas de nuestro mundo. Pero Dios, en su amor infinito y gratuito, nos ha llamado con santa llamada; nos ha perdonado, nos ha santificado y nos ha enviado como signos de su amor salvador y misericordioso para que todos encuentren, en la Iglesia de Cristo, el camino que nos salva y nos conduce a la plena unión con Dios. Por eso no podemos pasarnos la vida destruyéndonos mutuamente. Nuestra vocación, que mira a la salvación de toda la humanidad, nos ha de llevar a trabajar constantemente por el Evangelio, impulsados y obedientes al Espíritu Santo, que guía a la Iglesia de Cristo mediante el signo sensible de los sucesores de Pedro y de los apóstoles, y que se convierten también en signo de unidad entre nosotros.

Trabajemos, por tanto, constantemente, a favor del Reino de Dios. Seamos fieles al Señor, vivamos alegres por la esperanza, seamos pacientes en el sufrimiento y perseveremos en la oración, especialmente rogando por los que nos persiguen. Acerquémonos a los pecadores, a los que nos persiguen y maldicen, pues el Señor nos envió no a condenar, sino a salvar todo lo que se había perdido. Y si por cobardía o por comodidades personales no vamos a los pecadores para hacer llegar a ellos la salvación, ¿qué sentido tiene el cumplir con la Misión que el Señor nos ha confiado?

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber dar un testimonio comprometido y valiente del Evangelio conforme al Espíritu de Dios, que habita en nosotros. Amén.

viernes, 23 de mayo de 2014

«Todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, Él se lo concederá»

¡Amor y paz!

El pensamiento de Jesús, en la última cena, progresa como en círculos. Ya había insistido en que sus seguidores deben «permanecer» en él, y que en concreto deben «permanecer en su amor, guardando sus mandamientos».

Ahora añade matices entrañables: «no os llamo siervos, sino amigos», «no sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido». Y sobre todo, señala una dirección más comprometida de este seguimiento: «éste es mi mandamiento, que os améis unos a otros como yo os he amado». Antes había sacado la conclusión más lógica: si él ama a los discípulos, estos deben permanecer en su amor, deben corresponderle amándole. Ahora aparece otra conclusión más difícil: deben amarse unos a otros.

No es un amor cualquiera el que encomienda. Se pone a sí mismo como modelo. Y él se ha entregado por los demás, a lo largo de su vida, y lo va a hacer más plenamente muy pronto: «nadie tiene amor más grande que el que la vida por sus amigos»

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio en este viernes de la 5ª. Semana de Pascua.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Juan 15,12-17. 
Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando.  Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre. No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá. Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros. 
Comentario

«Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado». La palabra de Jesús no necesita muchas explicaciones. El fruto de la Pascua que aquí se nos propone es el amor fraterno. Un amor que ciertamente no es fácil. Como no lo fue el amor de Jesús a los suyos, por los que, después de haber entregado sus mejores energías, ofrece su vida. Es el amor concreto, sacrificado, del que se entrega: el de Cristo, el de los padres que se sacrifican por los hijos, el dei amigo que ayuda al amigo aunque sea con incomodidad propia, el de tantas personas que saben buscar el bien de los demás por encima del propio, aunque sea con esfuerzo y renuncia.

En la vida comunitaria -y todos estamos de alguna manera sumergidos en relaciones con los demás- es éste el aspecto que más nos cuesta imitar de Cristo Jesús. Saber amar como lo ha hecho él, saliendo de nosotros mismos y amando no de palabra, sino de obra, con la comprensión, con la ayuda oportuna, con la palabra amable, con la tolerancia, con la donación gratuita de nosotros mismos.

Cuando vamos a comulgar, cada vez somos invitados a preparar nuestro encuentro con el Señor con un gesto de comunión fraterna: «daos fraternalmente la paz». No podemos decir «amén» a Cristo si no estamos dispuestos a decir «amén» al hermano que tenemos cerca, con el que vivimos, aunque tenga temperamento distinto o incluso insoportable. No podemos comulgar con Cristo si no estamos dispuestos a crecer en fraternidad con los demás.

El Cristo a quien comemos en la Eucaristía es el «Cuerpo entregado por», «la Sangre derramada por». La actitud de amor a los demás es consustancial con el sacramento que celebramos y recibimos.

J. ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 3
El Tiempo Pascual día tras día
Barcelona 1997. Págs. 114-116