lunes, 7 de octubre de 2013

Recordémoslo: mi prójimo es todo el que tenga necesidad de mí

¡Amor y paz!

Católicos y no católicos vivimos admirados de las virtudes del papa Francisco. Esto, por supuesto, no debe ser razón para que olvidemos a su antecesor, Benedicto XVI, y sus grandes aportes a la Iglesia, no sólo como pastor sino como teólogo. Vale la pena, entonces, volver sobre sus escritos, leerlos, meditarlos y enriquecerse con ellos.

Así, me acojo a la selección que hace evangelizo.org de un pequeño aparte de su encíclica “Deus caritas est”, (Dios es caridad), ahora con el fin específico de explicarnos el famoso episodio del Buen Samaritano, sobre el cual nos habla el evangelio hoy.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este lunes de la XXVII semana del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Lucas 10,25-37.
Y entonces, un doctor de la Ley se levantó y le preguntó para ponerlo a prueba: "Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?". Jesús le preguntó a su vez: "¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?". Él le respondió: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo". "Has respondido exactamente, le dijo Jesús; obra así y alcanzarás la vida". Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: "¿Y quién es mi prójimo?". Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió: "Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: 'Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver'. ¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?". "El que tuvo compasión de él", le respondió el doctor. Y Jesús le dijo: "Ve, y procede tú de la misma manera".
Comentario

    La parábola del buen Samaritano (cf. Lc 10, 25-37) nos lleva sobre todo a dos aclaraciones importantes. Mientras el concepto de “prójimo” hasta entonces se refería esencialmente a los conciudadanos y a los extranjeros que se establecían en la tierra de Israel, y por tanto a la comunidad compacta de un país o de un pueblo, ahora este límite desaparece. Mi prójimo es cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar. Se universaliza el concepto de prójimo, pero permaneciendo concreto. Aunque se extienda a todos los hombres, el amor al prójimo no se reduce a una actitud genérica y abstracta, poco exigente en sí misma, sino que requiere mi compromiso práctico aquí y ahora. La Iglesia tiene siempre el deber de interpretar cada vez esta relación entre lejanía y proximidad, con vistas a la vida práctica de sus miembros.

    En fin, se ha de recordar de modo particular la gran parábola del Juicio final (cf. Mt 25, 31-46), en el cual el amor se convierte en el criterio para la decisión definitiva sobre la valoración positiva o negativa de una vida humana. Jesús se identifica con los pobres: los hambrientos y sedientos, los forasteros, los desnudos, enfermos o encarcelados. “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40). Amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí: en el más humilde, encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios.

Benedicto XVI, papa de 2005 a 2013
Encíclica “Deus caritas est”, §15 (trad. © copyright Libreria Editrice Vaticana)
©Evangelizo.org 2001-2013

domingo, 6 de octubre de 2013

“Señor, ¡auméntanos la fe!”

¡Amor y paz!

Los apóstoles le piden al Señor Jesús que les aumente la fe. ¿Qué es la fe? Es un don de Dios que, como una semilla, requiere de la buena tierra de nuestro asentimiento. La fe, por tanto, es una adhesión, total y definitiva, no tanto a unas ideas, como a la persona de Jesucristo. Esa fe puede ser pequeña, como un grano de mostaza, según nos dice Jesús hoy, en el Evangelio, pero es susceptible de crecer.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este Domingo XXVII del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Lucas 17,5-10. 
Los Apóstoles dijeron al Señor: "Auméntanos la fe". El respondió: "Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa morera que está ahí: 'Arráncate de raíz y plántate en el mar', ella les obedecería. Supongamos que uno de ustedes tiene un servidor para arar o cuidar el ganado. Cuando este regresa del campo, ¿acaso le dirá: 'Ven pronto y siéntate a la mesa'? ¿No le dirá más bien: 'Prepárame la cena y recógete la túnica para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y tú comerás y beberás después'? ¿Deberá mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mandó? Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: 'Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber'".
Comentario

-Por supuesto que no tiene necesariamente más fe quien más sabe de religión. No es cuestión de cultura o información, por conveniente que ésta sea, sino de entrega total del hombre. La fe no reside en la inteligencia sino en todo el hombre. A pesar de ello, es frecuente la impresión general de que los grandes científicos de cualquier materia son agnósticos o ateos, y así se recalca si es el caso, mientras que si son creyentes se omite como si fuera un defecto que lo hace a uno menos científico. Es la dieciochesca teoría de que la ciencia tiene que negar necesariamente la religión. Sin entrar a precisar los conceptos de ciencia y religión y sus mutuas relaciones, podemos comprobar que los hechos desmienten la teoría. Tener fe no presupone saber más o menos ni siquiera ser más o menos honrado.

-La fe no es superstición. Para calificar algo de supersticioso hemos de fijarnos más en la intención profunda que en los hechos exteriores. El hombre de fe está disponible ante Dios; el supersticioso quiere tener, mecánicamente si es posible, a Dios a disposición suya por la mera realización de un acto externo.

Quererse curar, aprobar o evitarse un mal pueden ser enfocados desde una actitud de fe o de magia.

-Algún filósofo ha llegado a decir que el hombre, aun el más crítico, es esencialmente crédulo y se mueve más por sus creencias, religiosas o de otro tipo, que por sus ideas. La credulidad, el creerse las cosas, puede ser una constante en la sicología humana pero la fe no pide al hombre ninguna propensión a "tragárselo todo" o a "comulgar con ruedas de molino", más bien le empuja a ser crítico y lúcido en sus circunstancias buscando siempre la verdad sin miedo alguno.

-Creer, cuando se trata de la fe, tampoco significa opinar. La creencia-opinión es relativa a las cosas, acontecimientos e ideas y se sostiene ante terceras personas sin comprometer a fondo a la persona que opina. El creer-confiar se refiere a la persona de quien se hace depender mi existencia misma. Se hace ante segunda persona y no hay tercero que intervenga. Es como decir: Yo confío en Ti, al destinatario de la confianza. Creyendo, en este sentido, me pongo en manos de otro. Traspaso mi dominio a Dios. Es una relación vivida con una segunda persona.

-Creer no consiste en un repertorio de creencias o enunciados, que son sólo la expresión intelectual de la fe. La fe es un modo de existencia, no un lenguaje mental o verbal, pero cuando se quiere explicar no hay otro modo que recurrir al lenguaje.

-Además, en una cultura de formas y símbolos cristianos, como es la nuestra, hemos de valorar los motivos socio-culturales y folklóricos, en el mejor sentido de las palabras, para no confundir el espíritu de Jesús con encarnaciones históricas llamadas cristianas pero a veces completamente antievangélicas. Jesús, no la sociedad, es el punto de referencia.

-Ni la fe ni el amor se pueden tener en depósito porque no son cosas, sino relaciones interpersonales y sólo existen en la medida en que se viven. La fe es una actitud personal, una postura de la totalidad del hombre. Una opción fundamental y radical porque en ella se fundarán y clavarán sus raíces todas las manifestaciones de la vida del creyente.

-La actitud de fe consiste en una adhesión total y definitiva, al menos en nuestra intención presente, a la persona de Jesucristo. Es una autodonación, una disposición a decir siempre "sí" al Padre como Jesús la tuvo. "Credere" podría venir de "cor-dare": entregar el centro de decisión de la persona.

-El creyente trata de "cristificarse" de tal manera que pueda decir: no soy yo quien vivo, es Cristo quien vive en mí (/Ga/02/20). El justo para serlo vivirá, como Habacuc nos ha dicho, su fe. Hemos de adoptar una escala de valores y los modos de Jesús, camino de salvación integral. Nuestra fe, tal vez menor que un grano de mostaza, aporta ya luz en la oscuridad de la vida que alumbra no sólo nuestro caminar sino el de aquellos que lo hacen junto a nosotros. Con palabras de Pablo VI: "Hay que corregir el concepto de falso creyente como un reaccionario obligado, un inmovilista de profesión, un extraño a la vida moderna, un insensible a los signos de los tiempos, un hombre privado de esperanza. Digamos más bien que es un hombre que vive de esperanza y que su propia salvación cristiana, iniciada e incompleta como está, es un don que hay que negociar, es una meta que hay que alcanzar".

EUCARISTÍA 1983/47