martes, 25 de septiembre de 2012

Escuchar y practicar la Palabra para ser de la familia de Jesús

¡Amor y paz!

Entre quienes seguían a Jesús aparecen hoy también "su madre y sus hermanos", o sea, María su madre y los parientes de Nazaret, que en lengua hebrea se designan indistintamente con el nombre de "hermanos". El Señor aprovecha la ocasión para decir cuál es su nuevo concepto de familia o de comunidad: "mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen por obra".

Los invito, hermanos, a leer y meditar el evangelio y el comentarlo, en este martes de la XXV Semana del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Lucas 8,19-21.
Su madre y sus hermanos fueron a verlo, pero no pudieron acercarse a causa de la multitud. Entonces le anunciaron a Jesús: "Tu madre y tus hermanos están ahí afuera y quieren verte". Pero él les respondió: "Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la practican". 
Comentario

Estaba Jesús hablando, cuando se presentó alguien con la noticia de que su familia estaba afuera esperando que saliera, porque el gentío era tan grande que no podían llegar hasta Él. Jesús no sale, y al aviso de que la familia está afuera y quieren verlo, responde: “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen”.

La frase de Jesús reitera su pensamiento sobre la Palabra: que hay que escucharla, asumirla, irradiarla, y ahora, hacerla práctica, es decir, testificarla con las obras. De esta manera, “hacemos la voluntad del Padre”. Pues, para Lucas “hacer la voluntad del Padre” significa, ante todo, “escuchar y poner en práctica la Palabra”.

Para muchos, la frase de Jesús está cargada de dureza y desprecio por su familia, pero por duro que parezca ese comportamiento, para Él, ante el Reino, todo pasaba a segundo plano: no estaba dispuesto a que nadie malinterpretara el contenido del Reino; ni los jefes religiosos ni la familia pueden intentar encerrarlo en el estrecho círculo de la tradición o de las obligaciones familiares. El futuro, ya presente, es algo inédito y está por construir; no se le puede definir de acuerdo al pasado; los marcos estrechos son rotos por Jesús. 

La verdadera familia de Jesús no está constituida pues por los lazos de la carne o de la sangre, sino por la obediencia a la Palabra de Dios. Nos hacemos hermanos de Jesús y miembros de su «nueva familia» por el compromiso que asumamos con su proyecto. Es decir, si nos comprometemos en la construcción del Reino de Dios con una actitud profética que esté siempre a la escucha de la Palabra; que no calle ante el dolor y el sufrimiento y que grite con toda su voz contra el hambre, la miseria, la opresión y la muerte, contra la hipocresía y la injusticia, contra el egoísmo, contra la falta de compromiso con los empobrecidos, contra la cobardía e insensibilidad frente a la realidad cruel que vivimos. Ser parte de la familia de Jesús es, en definitiva, compartir su vida y su proyecto: liberar de todas la esclavitudes a los empobrecidos de la tierra.

Servicio Bíblico Latinoamericano

lunes, 24 de septiembre de 2012

“No se enciende una lámpara para ponerla debajo de la cama”

¡Amor y paz!

El sábado pasado leíamos la parábola de la semilla, la Palabra de Dios, que debería dar el ciento por uno de fruto si la escuchamos "con un corazón noble y generoso" y la guardamos.

Las breves enseñanzas de hoy son continuación de aquella. Jesús quiere que seamos luz que ilumine a los demás: un candil no se enciende para esconderlo. No tiene que quedar oculto lo que la Palabra nos ha dicho: debe hacerse público. Si actuamos así, será verdad lo de que "al que tiene, se le dará", porque la Palabra multiplica sus frutos en nosotros. Y al revés, al que no le haga caso, "se le quitará hasta lo que cree tener" y quedará estéril.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este lunes de la XXV Semana del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Lucas 8,16-18.
No se enciende una lámpara para cubrirla con un recipiente o para ponerla debajo de la cama, sino que se la coloca sobre un candelero, para que los que entren vean la luz. Porque no hay nada oculto que no se descubra algún día, ni nada secreto que no deba ser conocido y divulgado. Presten atención y oigan bien, porque al que tiene, se le dará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que cree tener".
Comentario

Uno de los frutos mejores de la Palabra de Dios que escuchamos -por ejemplo en nuestra Eucaristía- es que se convierta en luz dentro de nosotros y también en luz hacia fuera.

Para eso la escuchamos: para que, evangelizados nosotros mismos, evangelicemos a los demás, o sea, anunciemos la Buena Noticia de la verdad y del amor de Dios. Lo que recibimos es para edificación de los demás, no para guardárnoslo. Como la semilla no está pensada para que se quede enterrada, sino para que germine y dé fruto.

Tenemos una cierta tendencia a privatizar la fe, mientras que Jesús nos invita a dar testimonio ante los demás. ¡Qué efecto evangelizador tiene el que un político, o un deportista, o un artista conocido no tengan ningún reparo en confesar su fe cristiana o su adhesión a los valores más profundos!

¿Iluminamos a los que viven con nosotros? ¿Les hacemos más fácil el camino? No hace falta escribir libros o emprender obras muy solemnes. ¡Cuánta luz difunde a su alrededor aquella madre sacrificada, aquel amigo que sabe animar y también decir una palabra orientadora, aquella muchacha que está cuidando de su padre enfermo, aquel anciano que muestra paciencia y ayuda con su interés y sus consejos a los más jóvenes, aquel voluntario que sacrifica sus vacaciones para ayudar a los más pobres! No encienden una hoguera espectacular. Pero sí un candil, que sirve de luz piloto y hace la vida más soportable a los demás.

El día de nuestro Bautismo -y lo repetimos en la Vigilia Pascual cada año se encendió para cada uno de nosotros una vela, tomando la luz del Cirio pascual símbolo de Cristo. Es un gesto que nos recuerda nuestro compromiso, como bautizados, de dar testimonio de esa luz ante las personas que viven con nosotros.

El Vaticano II llamó a la Iglesia Lumen Gentium, luz de las naciones. Lo deberíamos ser en realidad, comunicando la luz y la alegría y la fuerza que recibimos de Dios, de modo que no queden ocultas por nuestra pereza o nuestro miedo. Jesús, que se llamó a sí mismo Luz del mundo, también nos dijo a sus seguidores: vosotros sois la luz del mundo. Somos Iglesia misionera, que multiplica los dones recibidos comunicándolos a cuantos más mejor.

J. ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 6
Tiempo Ordinario. Semanas 22-34
Barcelona 1997. Págs. 92-96