jueves, 23 de febrero de 2012

El que pierda su vida por Jesús, la salvará

¡Amor y paz!

Estamos entrenados para ganar el mundo o, por lo menos, para que intentemos disfrutar todo lo más posible de lo que él nos ofrece. Esto, se traducirá en más o menos poder, tener y placer, esos verbos en infinitivo por los que el mundo nos valora.

Sin embargo, Jesús nos advierte hoy en el Evangelio: “¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde y arruina su vida?” Entonces, la contrapregunta es: ¿Cómo ganar la vida?  Y Él contesta: “el que pierda su vida por mí, la salvará”.

¿Cómo se pierde la vida por Jesús? Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este ‘Jueves de Ceniza’.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Lucas 9,22-25.
"El Hijo del hombre, les dijo, debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día". Después dijo a todos: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá y el que pierda su vida por mí, la salvará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde y arruina su vida?
Comentario

Hace algunos años estuve visitando una casa de asistencia a gente disminuida. Eran unas religiosas las que cuidaban con cariño y extremo cuidado a esas personas que, en su mayoría, habían sido abandonadas por sus familiares porque, en definitiva, les resultaban un estorbo. Es verdaderamente incómodo el que tengas en casa a alguien que no se vale por sí mismo, y que tiene que ser asistido por otra persona incluso hasta los cuidados más elementales, como puede ser la higiene personal. Lo más cómodo es que sean otros los que se hagan cargo de esa situación, porque uno “se debe” a otro tipo de obligaciones y necesidades sociales… ¿Es ésta la lección práctica de nuestra sociedad del bienestar? No nos puede extrañar, entonces, el que algunos justifiquen como un bien común la muerte asistida, es decir, la eutanasia pura y dura.

Sin embargo, lo que me sorprendió no fue tanto la situación en la que se encontraba esa gente desvalida; sino que al entrar en la capilla que tenían dichas religiosas, y disponerme a rezar un poco, tropecé con uno de sus libros de oraciones. Algunos de los salmos estaban subrayados, e incluso con comentarios personales. Uno de ellos era precisamente el de hoy: “Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor”. Y la observación manuscrita que venía a continuación rezaba de esta manera: “Señor, que sepa sonreír con la mejor de tus sonrisas, cada mañana, y al mirar a los ojos de cada uno de estos tus predilectos que has puesto a mi cuidado, vea tus mismos ojos, Jesús mío”.

Por lo visto, esas religiosas se levantaban todos los días a las cinco de la mañana para rezar y asistir a la santa Misa y, posteriormente, dedicarse durante todo el día a cuidar a esa gente enferma. Y yo, no es que me sintiera conmovido, sino que, como en otras ocasiones, me llené de vergüenza. La admiración por el servicio que, no sólo prestaban, sino la entrega permanente de una vida por amor a Dios y a los hombres, me resultaba un “impertinente” revulsivo que susurraba en mi interior: “Y tú, ¿qué haces por Mí”. 

Más allá del drama de aquellos que sufren y que nos conmueven al ver su situación de penuria y hambre, mayoritariamente en la televisión o en los periódicos, está nuestro propio drama personal. Nos dejamos llevar, ¡en tantas ocasiones!, por sentimientos y compasiones prestados, es decir, por la moda y la denuncia que nos dicen que hay que soportar, que olvidamos en qué situación nos encontramos personalmente. Ayer, por ejemplo, recordábamos nuestra condición de hombres y mujeres pecadores; pero, ¿de qué nos sirve recordar esto, si no practicamos lo esencial?

“El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo”. Esto es lo que nos pide Jesús que hagamos por Él. Y no precisamente como para hacerle un favor, sino para hacérnoslo a nosotros mismos. Ésta debería ser la actitud con la que tendríamos que despertarnos cada mañana, sabiendo que el mismo Dios me espera en la “esquina” de cualquier contradicción o contrariedad, aunque sea la más pequeña. Empezar por ahí es entender en qué consiste el amor… pero el amor de verdad, no el que quiere justificar la pasión desordenada, o la debilidad que ya conocemos; sino aquel otro que me dice que a pesar de todo lo que pueda ganar en este mundo, de poco me valdrá si no lo tengo a Él.

¡Bendita paradoja la del cristiano que, muriendo a lo que otros se empeñan por alcanzar, aún dando la propia vida, alcanza la verdadera salvación! Éste es el mensaje de esta Cuaresma, y de cada uno de nuestros días… Yo, por lo demás, sigo rezando por esas religiosas que entregan con tanta generosidad su tiempo y su vida, y que con sus notas, junto al margen de los salmos, me enseñaron a poner un poco más la confianza en Dios, y desdeñar de la mía propia.

Archimadrid 2004
www.mercaba.org

miércoles, 22 de febrero de 2012

40 días para crecer en el amor a Dios y a los hermanos

¡Amor y paz!

El Evangelio de hoy presenta las tres acciones y actitudes básicas de la conversión: la limosna y el servicio a los pobres, la oración y la unión con Dios, el ayuno y la renuncia a la búsqueda del bienestar. Y, al mismo tiempo, hace una llamada a realizar todas esas cosas no para ser honrados por los hombres, sino como camino de fidelidad a Dios (Misa Dominical 1990/5-6).

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este Miércoles de Ceniza en que comienza el tiempo litúrgico de la Cuaresma: cuarenta días para crecer en el amor a Dios y a los hermanos.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Mateo 6,1-6.16-18. 
Tengan cuidado de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos: de lo contrario, no recibirán ninguna recompensa del Padre que está en el cielo. Por lo tanto, cuando des limosna, no lo vayas pregonando delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser honrados por los hombres. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa. Cuando tú des limosna, que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando ustedes oren, no hagan como los hipócritas: a ellos les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa. Tú, en cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como hacen los hipócritas, que desfiguran su rostro para que se note que ayunan. Les aseguro que con eso, ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno no sea conocido por los hombres, sino por tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. 
Comentario

Hermanos: Hace poco más de un mes acabamos las celebraciones en torno a la Navidad con el bautismo del Señor Jesús. Todos sabemos que no es el nacimiento de Jesús -aunque lo celebremos en un clima de profunda intimidad y alegría- el acontecimiento más importante para nuestra fe, sino su Resurrección. El momento culminante de la vida de Jesús es su pasión, su muerte y su resurrección.

Nosotros creemos vivamente que Dios se ha hecho hombre en Jesús. Y si esto es de capital importancia para nuestra fe, todavía es mucho más fundamental que la fe se adhiera a ese Jesús que se mantiene fiel hasta la muerte, a quien Dios Padre resucita de entre los muertos. Un Jesús resucitado que nos ha prometido estar siempre con nosotros a través de su Espíritu.

Pues bien, todos los creyentes nos ponemos hoy de acuerdo para comenzar a preparar esa gran fiesta de la Resurrección de Jesús, allá a los comienzos del mes de abril. Una fiesta que después se extenderá a lo largo de cincuenta días para concluir con la del Espíritu Santo. Así pues, vale la pena que, tanto cada uno de nosotros como la pequeña comunidad, nos sintamos integrados en este esfuerzo de la iglesia universal para celebrar gozosamente la Resurrección de nuestro Señor, Jesucristo.

Un cambio interior

Las lecturas de este Miércoles de Ceniza nos invitan a comenzar esta preparación mirando dentro de nosotros mismos. Para ver qué actitudes dirigen nuestra vida. Tantas veces nuestros fallos, nuestros errores, no son sino la consecuencia de nuestro estado interior. Y Dios lo que quiere es que corrijamos esta parte más íntima del ser. Sabe que es la base de todo lo demás.

A Dios le interesa nuestra paz interior, nuestra libertad de espíritu, nuestra tranquilidad de conciencia. Desde aquí todo es posible para el creyente. Por eso, la invitación constante de la Palabra de Dios en este Miércoles de Ceniza es a serenar nuestro corazón, a concentrar nuestra atención en lo que es esencial.

Mirad qué palabras más sugestivas: Dios es clemente y misericordioso.

Dios es clemente y compasivo

Tenemos la garantía de que Dios busca nuestro equilibrio. El es clemente y compasivo. Desea que nos alejemos de cuanto esclaviza nuestro corazón, nuestro espíritu y nuestra vida. Contamos con su comprensión y con su perdón. Tan sólo hemos de poner nuestro grano de arena en clave de conversión. Es decir, reconocer qué es aquello que nos empobrece como personas, que reseca nuestra generosidad y nos aísla en nuestros búnquers privados.
Podemos convertir y renovar nuestro corazón. El Señor quiere guiar nuestro cambio, quiere acompañar nuestro progreso personal y comunitario.

En armonía hacia la Nueva Humanidad

Si queremos celebrar la fiesta del Resucitado nos conviene adecuar nuestras características humanas a las del Hombre Nuevo, que es Jesucristo. Por ello, el evangelio nos ofrece un programa de vida cuya orientación consiste en ayudarnos a abandonar el "yo" y el "tú" para animarnos a pronunciar el "nosotros". Pero un "nosotros" donde quede incluido el mismo Dios.

El evangelio nos pide que este camino de la Cuaresma lo inicie el creyente que desea integrar en su vida a Dios, a los otros y a sí mismo. Para ello, para conseguir este acercamiento al Hombre Nuevo, nosotros debemos abrirnos a la relación con Dios: una oración profunda, íntima, cargada de fe y de esperanza. Debemos abrirnos a una relación con los demás: una solidaridad directa, sin engaños, con las personas que nos rodean, a base de cercanía afectiva y cordial, pero también de tiempo y de dinero si es necesario. Pero sobre todo -y aunque parezca extraño- una apertura incondicional a nosotros mismos para aprender a ayunar de posturas cómodas, de servilismos destructores, de perezas facilonas. Esponjar nuestro espíritu con la presencia de Dios y la de nuestros hermanos. Conocernos por dentro, aceptar la verdad de nuestra vida, ayunar de todo aquello que nos ahoga en nuestra soledad, es acercarnos a la verdad de Dios y de los hermanos. Y esto no es otra cosa que irnos preparando a la fiesta de las fiestas: la del Hombre Nuevo, la del Resucitado. Desde la humildad de nuestra ceniza -que nos impondrán de aquí a unos minutos- Dios nos va transformando en Nueva Humanidad.

Hermanos, sumémonos a este esfuerzo colectivo de cambio interior. Desde ahora, desde este mismo instante. El Señor nos respalda y espera nuestro retorno. Es el tiempo oportuno que Él nos ofrece. No caben miedos ni excusas. Aprovechemos la gracia que Dios ha derramado en nosotros.

A. M. BRIÑAS
MISA DOMINICAL 1994, 3