domingo, 16 de enero de 2011

He conocido a Jesús y doy testimonio de Él

¡Amor y paz!

Me parezco a la vendedora de manzanas de la cual habla el comentario al Evangelio de hoy. Muy pocos ‘compran’ mis manzanas y a veces me desanimo. Son pocos los que acceden al blog, pero vuelvo a esperanzarme cuando me doy cuenta de que, como Juan el Bautista, he conocido al Señor Jesús y debo dar testimonio de Él. ¡Sé que muchas personas están esperándolo!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este Domingo II del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Juan 1,29-34.

Al día siguiente, Juan vio acercarse a Jesús y dijo: "Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A él me refería, cuando dije: Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel". Y Juan dio este testimonio: "He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: 'Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo'. Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios".

Comentario

En una vieja historia se habla de una vendedora de manzanas. La buena mujer acudía cada mañana al mercado a vender su mercancía. Pero pasadas las horas apenas lograba vender algún kilo. Con el paso del tiempo el poco éxito de sus ventas hizo que la mujer se fuera desanimando. Una mañana se acercó un joven a su puesto. Al verla triste y desanimada le preguntó qué le pasaba. “Ya ves –respondió la mujer– cada mañana acudo a este mercado a vender mis manzanas pero cuando la tarde cae apenas he logrado vender algún kilo. Mis manzanas no deben ser buenas”.
De repente y sin que nadie se lo pidiera el joven comenzó a gritar: “Compren, compren las mejores manzanas de la huerta. Recién recogidas para llevarlas a su mesa... compren”. Al sonido de los gritos se fueron formando corros de personas alrededor de la vendedora y muchas personas pedían ansiosamente algunos kilos de manzanas. Al cabo de pocas horas la mujer había vendido toda su mercancía. “¿Cómo lo has hecho?” –preguntó la mujer– “Durante muchas semanas he acudido a este mercado y no he logrado vender mi mercancía y tú en solo un par de horas has logrado vender más de lo que yo he vendido a lo largo de todo ese tiempo”. “Ha sido muy fácil” –respondió el joven– tus manzanas eran muy buenas, pero ni tu ni ellos lo sabían. Alguien tenía que decírselo.
Cuando Juan el Bautista vio a Jesús que se acercaba a él, dijo: “¡Miren, ese es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo! A él me refería yo cuando dije: ‘Después de mí viene uno que es más importante que yo, porque existía antes que yo’. Yo mismo no sabía quién era; pero he venido bautizando con agua precisamente para que el pueblo de Israel lo conozca. Juan también declaró: “He visto al Espíritu Santo bajar del cielo como una paloma y reposar sobre él. Yo todavía no sabía quién era; pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que el Espíritu baja y reposa, es el que bautiza con Espíritu Santo’. Yo ya lo he visto, y soy testigo de que es el Hijo de Dios”.
Cuando hemos experimentado la salvación que nos trae el encuentro con Jesús, sentimos la imperiosa necesidad de anunciarlo a los demás. Tenemos la obligación de contarle a otros lo que hemos experimentado en carne propia. Evidentemente, esto tenemos que hacerlo con nuestro testimonio de vida, pero también con nuestras palabras. Callarnos y no compartir con las personas que nos rodean esta riqueza, es contradictorio. Muchas personas esperan de nosotros un anuncio explícito, y no sólo una presencia testimonial. Como las manzanas, la noticia que tenemos es muy buena, pero alguien tiene que decirlo. ¡Adelante! Seguro que hay muchas personas que están esperando.
Hermann Rodríguez Osorio, S.J.*
* Sacerdote jesuita, Decano académico de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá

sábado, 15 de enero de 2011

«No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores»

¡Amor y paz!

Muy distintas eran nuestras familias, y por ende nuestras sociedades, cuando padres e hijos se sentaban juntos a la mesa a comer.  Dichosos los que aún lo hacen, porque este hecho tiene un importante significado de educación en la convivencia, el diálogo y el compartir humanos.

Jesús comía con sus seguidores y con quienes quería que lo siguieran y eso producía resquemores entre sus enemigos, los que se creían salvados o con más derechos para compartir con el Señor.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este Sábado de la 1ª. Semana del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Marcos 2,13-17.
Jesús salió nuevamente a la orilla del mar; toda la gente acudía allí, y él les enseñaba. Al pasar vio a Leví, hijo de Alfeo, sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: "Sígueme". El se levantó y lo siguió. Mientras Jesús estaba comiendo en su casa, muchos publicanos y pecadores se sentaron a comer con él y sus discípulos; porque eran muchos los que lo seguían. Los escribas del grupo de los fariseos, al ver que comía con pecadores y publicanos, decían a los discípulos: "¿Por qué come con publicanos y pecadores?". Jesús, que había oído, les dijo: "No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores". 
Comentario
Cabalmente el primer día recordábamos la sentencia de un exégeta de lengua alemana: “la esencia del cristianismo es comer juntos”. La escribió hace más de veinte años. No se trata de una boutade, de una ocurrencia ligera que se permite un sesudo estudioso, fama que suelen tener los alemanes (lo digo por lo de sesudo, no por la ocurrencia ligera).

Rafael Aguirre es un estudioso español bien meritorio, y él nos ha escrito un libro entero titulado precisamente “La mesa compartida”. Así que eso de compartir la mesa tiene más “miga” (perdonad el juego de conceptos demasiado fácil, pero no buscado) de la que nos pudiera parecer.

Otros estudiosos, a saber, los que enseñan y escriben sobre la Eucaristía, se demoran, antes de hablar de la última cena de Jesús, en las comidas en que tomó parte durante su ministerio. En unas era un invitado. Aquí, burlando la vigilancia de los sesudos estudiosos, podemos mezclar varias de las referencias y relatos: las bodas de Caná, este banquete en casa de Leví, las invitaciones de fariseos aceptadas por Jesús, el episodio de los trajines de la hacendosa Marta y la regalada escucha de su hermana María, el convite en casa de Zaqueo..., sin olvidar la comida preparada por la suegra de Pedro. Amén de todos esos momentos, los cuatro evangelios nos narran la multiplicación de los panes en que Jesús ejerce de anfitrión. En las parábolas es recurrente el motivo del banquete. Y en cierta ocasión Jesús defenderá a sus discípulos poco propensos al ayuno diciendo que mientras estaba el novio no había que ayunar, que todo tiene su tiempo. ¡Pero si a él mismo se lo llamó comilón y borracho!

La comensalidad, es decir, el comer juntos, la confraternización, pertenece a la esencia del banquete, y también la alegría, la música, y la abundancia y calidad de los manjares. Todo ello era símbolo de la plenitud que llegaba con Jesús, una plenitud que no se servía al puñado de los cuatro justos-y-adustos que están ahítos de sobriedades. Es una plenitud que se desbordaba sobre todos, en especial sobre los “enfermos”, los alejados, los denostados y quizá envidiados colaboracionistas del imperio, los pecadores. Incluso, aunque a primera vista a regañadientes, sobre la hija de la sirofenicia y sobre los perrillos que se acercan a la mesa del amo para comer las migajas y huesos enjundiosos que caen de las bien provistas bandejas y los platos.

Pues... a lo dicho. ¡Y muy buen provecho!

Pablo Largo
www.mercaba.org