lunes, 8 de noviembre de 2010

No escandalizar, perdonar siempre y fortalecer la fe

¡Amor y paz!

Ayer reflexionábamos acerca de dos distintivos indispensables del cristiano: el amor entre los hermanos y la confianza en la vida eterna. Hoy, Jesús reconoce que somos débiles y que podemos fallar,  y por eso nos indica cómo actuar.

De una parte, el Señor nos previene acerca del escándalo, nos anima a perdonar a quien ha caído y nos llama a incrementar nuestra fe. Sólo mediante una fe firme podemos evitar escandalizar a nuestros hermanos más pequeños y, cuando llegare el momento, a perdonar a aquel que nos ofenda.

Los invito, hermanos, a leer y, meditar el Evangelio y el comentario, en este lunes de la XXXII Semana del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Lucas 17,1-6.

Después dijo a sus discípulos: "Es inevitable que haya escándalos, pero ¡ay de aquel que los ocasiona! Más le valdría que le ataran al cuello una piedra de moler y lo precipitaran al mar, antes que escandalizar a uno de estos pequeños. Por lo tanto, ¡tengan cuidado! Si tu hermano peca, repréndelo, y si se arrepiente, perdónalo. Y si peca siete veces al día contra ti, y otras tantas vuelve a ti, diciendo: 'Me arrepiento', perdónalo". Los Apóstoles dijeron al Señor: "Auméntanos la fe". Él respondió: "Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa morera que está ahí: 'Arráncate de raíz y plántate en el mar', ella les obedecería. 

Comentario

Seguimos camino a Jerusalén y Jesús sigue instruyendo a sus discípulos. 17, 1-10 es una instrucción a los discípulos, pero también se dirige a la Iglesia en tiempos de Lucas, posiblemente una Iglesia judeo-cristiana. El texto toca tres temas muy importantes para los discípulos y para la Iglesia posterior: el escándalo de los pequeños (niños, pobres, excluidos), el perdón al hermano que se arrepiente y la fe de los dirigentes de la comunidad (los apóstoles).

Los tres problemas son tan importantes, que en el tratamiento de los tres hay algo de extraordinario y casi exagerado. Al que escandaliza a un pequeño, se le debe poner una piedra de molino y tirarlo al mar. Al que peca contra el hermano 7 veces al día y 7 veces se arrepiente, hay que perdonarlo 7 veces. La fe como un grano de mostaza que ordena al sicómoro (la higuera) arrancarse y plantarse en el mar. 

Los tres problemas amenazan la vida misma de la comunidad. ¡Qué sería una Iglesia en la que se escandaliza a los niños y a los pobres, en la que no se perdona al hermano que peca con gran frecuencia y en la que falla la fe de los dirigentes (apóstoles)!... Son problemas tan graves, que la normativa de Jesús es radical.

Escandalizar es hacer caer, es poner una trampa, es corromper a un hermano. Y lo más grave es cuando ese hermano es un 'pequeño'. Esta palabra tiene varias connotaciones: el sin poder, el pobre, el niño, el que tiene un defecto físico. No hay pecado más grande que escandalizar a estos hermanos de la comunidad. No hay perdón. Hay que echarlos al mar con una piedra al cuello. En la simbología bíblica el mar es el abismo, donde habitan los monstruos marinos. Ese es el destino de los que escandalizan a los pequeños.

El otro problema grave en la comunidad o en la Iglesia es la ausencia de perdón. En el texto se trata del pecado 'contra ti', es decir, del pecado del hermano contra el hermano. Es cierto que es exagerado que un hermano peque 7 veces al día contra otro hermano. El perdón no debe tener límites. Hoy somos muy intolerantes con el hermano reincidente. Queremos ser una iglesia de 'santos', donde no hay pecado ni necesidad de perdón.

La oración propia y más importante para los apóstoles y hoy para todo agente de pastoral debería ser: 'auméntanos la fe'. El más necesitado de fe es el dirigente eclesial.

Servicio Bíblico Latinoamericano

domingo, 7 de noviembre de 2010

Estamos llamados a vivir eternamente

¡Amor y paz!

Es el amor lo que diferencia a un discípulo de Cristo de uno que no lo es: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros” (Jn 13, 35). Y, también, por supuesto, su postura frente a la resurrección, porque creer o no creer en ella da lugar a dos estilos de vida muy distintos: el de los que buscan la felicidad sólo en esta tierra y el de los que tienen los ojos puestos en la eternidad.

Como dice San Pablo, “Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, que mañana moriremos” (1Cor 15,32). Así es de que cada uno de nosotros puede preguntarse si la manera como vive está demostrando que cree o no en la resurrección de los muertos.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el evangelio y el comentario, en este XXXII Domingo del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Lucas 20,27-38.

Se le acercaron algunos saduceos, que niegan la resurrección, y le dijeron: "Maestro, Moisés nos ha ordenado: Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda. Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda, y luego el tercero. Y así murieron los siete sin dejar descendencia. Finalmente, también murió la mujer. Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?".  Jesús les respondió: "En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán. Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección. Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Porque él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para él". 

Comentario

La Palabra de Dios hoy nos habla de la resurrección de los muertos, mensaje que constantemente hacemos nuestro, sobre todo al rezar el Credo, al decir que creemos en la resurrección de la carne.

Este tema es sugerido por los llamados saduceos que negaban la resurrección. La respuesta de Jesús llega pronto y habla de una vida nueva que seguirá a la resurrección de los justos y aunque el Señor nos da esta certeza, no nos revela el modo y las condiciones de esta realidad nueva. Será vida ciertamente, aunque distinta de la presente.

Por medio de Cristo, Dios nos ha preparado un destino de vida, porque no es Dios de muertos, sino de vivos y aunque caminemos por este valle de lágrimas, el amor que Dios nos tiene y nos ha manifestado en Cristo, es un consuelo permanente y una gran esperanza.

El hombre lleva en lo profundo de sí la aspiración a la vida inmortal, por eso se resiste a morir. Los padres buscan perpetuarse en sus hijos, el escritor en sus libros, el político en la estima de su pueblo y podíamos enumerar muchos otros ejemplos.

Si después de esta vida no hubiera nada, nos sentiríamos profundamente frustrados, la vida humana sería una pasión inútil y el hombre un ser para la nada, como dicen muchos filósofos.

¡Pero no! Nuestro destino es la vida eterna: "Cristo resucito de entre los muertos, el primero de todos". La certeza de nuestra resurrección radica en que Cristo ha resucitado. Si él murió para hacernos hijos de Dios y darnos vida nueva por su Espíritu, esta vida no puede ser perecedera, sino definitiva y eterna. Como creyentes debemos ser personas optimistas y plenos de alegre esperanza, amantes de la vida y de los hermanos. Es la fe en la vida eterna lo que nos da fuerza para asumir la vida presente. La esperanza de nuestra feliz resurrección debe hacerse realidad en medio de los hombres, siendo testimonio de la presencia del Dios vivo a través de obras concretas.

Todo bautizado tiene en sí mismo la semilla de la vida eterna; es un ser para la vida nueva en Dios en la medida que diaria y continuamente dé muerte al hombre viejo y pecador, hasta llegar a la meta final que es la plenitud de la vida en Cristo.

C. E. de Liturgia, Perú