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viernes, 23 de febrero de 2018

“Si el malvado se convierte y guarda mis preceptos... vivirá y no morirá”


¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar la Palabra de Dios y el comentario, en este viernes de la 1ª semana de Cuaresma.

Dios nos bendice...

Primera lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel (18,21-28):

ESTO dice el Señor Dios:
«Si el malvado se convierte de todos los pecados cometidos y observa todos mis preceptos, practica el derecho y la justicia, ciertamente vivirá y no morirá. No se tendrán en cuenta los delitos cometidos; por la justicia que ha practicado, vivirá. ¿Acaso quiero yo la muerte del malvado —oráculo del Señor Dios—, y no que se convierta de su conducta y viva?
Si el inocente se aparta de su inocencia y comete maldades, como las acciones detestables del malvado, ¿acaso podrá vivir? No se tendrán en cuenta sus obras justas. Por el mal que hizo y por el pecado cometido, morirá.
Insistís: No es justo el proceder del Señor. Escuchad, casa de Israel: ¿Es injusto mi proceder? ¿No es más bien vuestro proceder el que es injusto?
Cuando el inocente se aparta de su inocencia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió. Y cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él salva su propia vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 129,1-2.3-4.5-7a.7bc-8

R/.
 Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?


V/. Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica. R/.

V/. Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes temor. R/.

V/. Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.
Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora. R/.


V/. Porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y el redimirá a Israel
de todos sus delitos. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,20-26):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil” tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la “gehena” del fuego.
Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo».

Palabra del Señor

Comentario

1. "No quiero la muerte del pecador"

1.1 Dios abre su corazón: no quiere la muerte. Él es el Dios vivo, el Dios que da la vida, el Dios que vence a la muerte. Dios no quiere la muerte, sino que la increpa con dura voz: "Oh muerte, ¡yo seré tu muerte!" (Os 13,14). Dios no quiere la muerte; ¿podría decirlo de modo más claro que aquello que leemos en el Deuteronomio? Allí encontramos: "Al cielo y a la tierra pongo hoy como testigos contra vosotros de que he puesto ante ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escoge, pues, la vida para que vivas, tú y tu descendencia, amando al Señor tu Dios, escuchando su voz y allegándote a El; porque eso es tu vida y la largura de tus días, para que habites en la tierra que el Señor juró dar a tus padres Abraham, Isaac y Jacob" (Dt 30,19-20).

1.2 La condición para que el pecador viva es simplemente que se aparte de aquello que le mata, es decir, del pecado. Así entendemos que arrepentirse es un acto de supervivencia y un modo sencillo y directo de amarse rectamente a sí mismo. Cosa que es bueno saber en todo tiempo pero que resulta tanto más saludable en el tiempo de cuaresma, tiempo por excelencia para arrepentirnos de nuestras culpas.

1.3 Toda la conversión es la historia de un hombre que deja lo que le mata y se vuelve hacia quien es su Vida. Y así como el que se vuelve al sol necesariamente es iluminado, así también quien vuelve a mirar a Dios es vivificado.

2. Una justicia mejor

2.1 Los fariseos presumían de ser justos. Practicaban o aparentaban practicar escrupulosísimamente los detalles ínfimos de la Ley para darse la certeza interior y proyectar la imagen exterior de ser justos, muy justos, perfectamente justos. Con un toque de ironía Jesucristo habla de una justicia "más perfecta". ¿En qué consistirá? ¿Se trata de ser todavía más rigurosos en los detalles de la legislación y las venerables tradiciones de los mayores? No. La propuesta de Jesús es de otro orden.

2.2 En realidad Jesús hace dos cosas con la Ley: por una parte, la lleva al interior del hombre. No es ya una ley de lo observable, y por tanto de las apariencias, sino de la sinceridad, de la intención, de la verdad del corazón. Por otro lado, Jesús une indisolublemente la Ley que nos une a Dios con la Ley que nos une a los hermanos. No caben ya, entonces, esos modelos de supuesta "santidad" que creen que van a sobresalir más cuanto más abajen al resto del universo.

2.3 La religión de la sinceridad y del corazón es también la religión de la comprensión y de la reconciliación. O dicho de otro modo: la religión de la VERDAD es también la religión de la MISERICORDIA. ¡Eso es fantástico! Y por eso es más perfecto este nuevo esquema, esta nueva "justicia". En el esquema farisaico ser "de verdad" justo implicaba endurecerse contra el que no lo era; y ser "compasivo" quedaba relegado para lo que no eran "verdaderos" fieles.

2.4 Ahora con Jesús se han hermanado la verdad y la misericordia; ahora es posible encontrar al Señor allí donde están los rostros de todos esos pobres y pequeños que son como yo: se llaman mis hermanos.

http://fraynelson.com/homilias.html.

domingo, 17 de septiembre de 2017

“Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo?”

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio, en este Domingo 24º del Tiempo Ordinario, Ciclo A.

Dios nos bendice...

Mateo 18, 21-35
En aquel tiempo le preguntó Pedro a Jesús: “Señor, ¿cuántas veces le deberé perdonar a mi hermano si me hace algo malo? ¿Hasta siete?” Jesús le contestó: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Sucede con el reino de los cielos lo que con un rey que quiso hacer cuentas con sus funcionarios. Estaba comenzando a hacerlas cuando le presentaron a uno que le debía muchos millones. Como aquel funcionario no tenía con qué pagar, el rey ordenó que lo vendieran como esclavo, junto con su esposa, sus hijos y todo lo que tenía, para que le quedara pagada la deuda. El funcionario se arrodilló delante del rey y le rogó: ‘Tenga usted paciencia conmigo, y se lo pagaré todo’. El rey tuvo compasión de él, así que le perdonó la deuda y lo puso en libertad. Pero, al salir, aquel funcionario se encontró con un compañero suyo que le debía una pequeña cantidad. Lo agarró del cuello y comenzó a estrangularlo, diciéndole: ‘¡Págame lo que me debes!’ El compañero, arrodillándose delante de él, le rogó: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. Pero el otro no quiso, sino que lo hizo meter en la cárcel hasta que le pagara la deuda. Esto les dolió mucho a los otros funcionarios, que fueron a contarle al rey todo lo sucedido. Entonces el rey lo mando llamar y le dijo: ‘¡Malvado! Yo te perdoné toda aquella deuda porque me lo rogaste. Pues tú también debiste tener compasión de tu compañero, del mismo modo que yo tuve compasión de ti.’ Y tanto se enojó el rey, que ordenó castigarlo hasta que pagara todo lo que debía”. Y Jesús añadió: “Así hará también mi Padre si cada uno de ustedes no perdona de corazón a su hermano”.
Comentario
1.- “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarle?”
En el lenguaje bíblico el 7 es un número simbólico que significa plenitud y perfección. Por eso la respuesta de Jesús a Pedro en el Evangelio, significa que debemos perdonar siempre. De esta forma se supera la llamada ley del talión (ojo por ojo y diente por diente -Éxodo 21, 23-25, Levítico 24, 18-20 y Deuteronomio 19, 21-), que imperaba todavía en las costumbres de aquel tiempo, a pesar de lo que ya dos siglos antes de Cristo había escrito el autor del libro llamado Eclesiástico, del cual está tomada la primera lectura (27, 30 - 28,9): perdona las ofensas a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas; y a pesar también de los versos del Salmo 103 (102): “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia… Él perdona todas las culpas… No está siempre acusando ni guarda rencor…”
La ley del talión (del latín talis: tal, semejante) consistía en que a cada agresión le correspondiera una pena igual, y en este sentido, cuando había sido establecida en tiempos de los sumerios y caldeos por el Código de Hammurabi en el siglo18 a.C., significó un avance moral con respecto a la práctica primitiva de la venganza sin límites, consistente en responder con un mal mayor. Pero Jesús avanza mucho más al oponerse a toda forma de venganza, invitándonos a deponer por completo el rencor que podamos sentir ante las ofensas recibidas.
2.- “Toda aquella deuda te la perdoné. ¿No debías tú también tener compasión?”
La parábola del funcionario insensible que leemos en el Evangelio de hoy guarda una estrecha relación con la llamada “regla de oro” del comportamiento humano enseñada por Él en su Sermón de la Montaña: “Todo cuanto ustedes desearían de los demás, háganlo con ellos” (Mateo 7, 12). Es la formulación en positivo de lo que siglos atrás habían dicho otros maestros espirituales: “No hagas a los demás lo que a ti te dolería que te hicieran” (Hinduismo, 1500 años a.C.); no hieras a los demás con lo que a ti te hace daño” (Buda, 563-483 a.C.); “no hagas a los demás lo que no quieres que ellos te hagan a ti” (Confucio, 551 - 479 a.C.); “no hagas a nadie lo que no quieras que te hagan”(A.T. , libro de Tobías 4, 15 -300 a.C.-).
Esta regla de oro, inscrita interiormente en la conciencia de todo ser humano, equivale al mandato bíblico formulado en la frase “ama a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19, 18 / Mateo 22, 39), lo cual implica la exigencia de no devolver mal por mal, que en positivo corresponde a la exigencia de perdonar al prójimo si uno quiere ser perdonado por Dios. “Ninguno de nosotros vive para sí mismo”, dice el apóstol Pablo en la segunda lectura (Romanos 14, 7-9), invitándonos así superar nuestros egoísmos para orientarnos hacia el cumplimento de la voluntad del Señor, que es voluntad de misericordia y de perdón.
El motivo de fondo de la exhortación de Jesús a perdonar siempre es el mandamiento nuevo que Él mismo daría a sus discípulos la víspera de su muerte en la cruz: “ámense los unos a los otros como Yo los he amado” (Juan 15, 12). Precisamente Jesús es la manifestación personal del amor de Dios, que perdona siempre, y por eso el cumplimiento de este mandato corresponde a su exhortación formulada así en el Evangelio según san Mateo: “sean ustedes perfectos como su Padre celestial es perfecto” (Mateo 5, 48), que equivale a la que encontramos en el Evangelio de Lucas: “Sean misericordiosos como su Padre es que misericordioso” (Lucas 6, 36). La perfección de Dios es la realización plena de lo Él mismo es, porque Dios es Amor (1 Juan 4, 8.16).
3.- La petición de perdón implica la disposición a perdonar
La Eucaristía es el memorial del sacrificio redentor de Cristo que entregó su vida derramando su sangre por nosotros y por toda la humanidad, como se dice en la fórmula de la consagración del vino: “para el perdón de los pecados”. Y en la oración que Jesús nos enseñó para dirigirnos al Creador (Mateo 6, 9-13), la petición “perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” es la única que Él comenta inmediatamente después de recitarla: “Porque si ustedes perdonan a otros el mal que les han hecho, su Padre que está en el cielo también los perdonará a ustedes” (Mateo 6, 14). Este es el sentido de la paz que nos deseamos unos a otros dándonos la mano o un abrazo antes de pedirle a Cristo, el “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” -es decir, el que carga sobre sí los pecados de toda la humanidad- que tenga piedad de nosotros y nos conceda la paz.
Renovemos entonces nuestra disposición a perdonar siempre, para que nuestra oración al Creador y nuestro saludo o abrazo de paz no sea una farsa, sino que nuestra vida cotidiana sea coherente en la práctica con lo que celebramos y expresamos en la Eucaristía. –
El mensaje del Domingo
Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J 

jueves, 17 de agosto de 2017

«¿Cuántas veces tengo que perdonar? ¿hasta siete veces?»

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este jueves de la XIX semana del Tiempo Ordinario.

Dios nos bendice...

Lectura del santo evangelio según san Mateo 18,21. -19,1.

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?»
Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara asi. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo." El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: "Págame lo que me debes." El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré." Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: "¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?" Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»
Cuando acabó Jesús estas palabras, partió de Galilea y vino a la región de Judea, al otro lado del Jordán.

Comentario

a) Si ayer era la corrección fraterna, hoy Jesús, en su «sermón comunitario», sigue dando consignas sobre el perdón de las ofensas.

La propuesta de Pedro ya parecía generosa. Pero Jesús va mucho más allá: setenta veces siete significa siempre.

La parábola exagera a propósito: la deuda perdonada al primer empleado es ingente. La que él no perdona a su compañero, pequeñísima. El contraste sirve para destacar el perdón que Dios concede y la mezquindad de nuestro corazón, porque nos cuesta perdonar una insignificancia.

Lo propio de Dios es perdonar. Lo mismo han de hacer los seguidores de Jesús. El aviso es claro: «lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».

b) Es el nuevo estilo de vida de Jesús, ciertamente más exigente que el de los diez mandamientos del Antiguo Testamento.

¿No es demasiado ya perdonar siete veces? ¿Y no será una exageración lo de setenta veces siete? ¿No estaremos favoreciendo que reincida el ofensor? ¿Y dónde queda la justicia? Pero Jesús nos dice que sus seguidores deben perdonar. Como él, que murió perdonando a sus verdugos. Pedro, el de la pregunta de hoy, experimentó en su propia persona cómo Jesús le perdonó su pecado.

En la Biblia, el Jubileo comportaba el perdón de las deudas y la vuelta de las propiedades a su primer dueño. Nosotros tal vez no tengamos tierras que devolver ni deudas económicas que remitir. Pero sí podemos perdonar esas pequeñas rencillas con los que conviven con nosotros. Esposos que se perdonan algún fallo. Padres que saben olvidar un mal paso de su hijo o de su hija. Amigos que pasan por alto, elegantemente, una mala pasada de algún amigo. Religiosos que hacen ver que no han oído una palabra ofensiva que se le escapó a otro de la comunidad.

En el Padrenuestro, Jesús nos enseñó a decir: «perdónanos como nosotros perdonamos». En el sermón de la montaña nos dijo lo de ir a reconciliarnos con el hermano antes de llevar la ofrenda al altar y lo de saludar también al que no nos saluda... Ser seguidores de Jesús nos obliga a cosas difíciles. Recordemos que una de las bienaventuranzas era: «bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia».

El gesto de paz antes de ir a comulgar tiene esa intención: ya que unos y otros vamos a recibir al mismo Señor, que se entrega por nosotros, debemos estar, después, mucho más dispuestos a tolerar y perdonar a nuestros hermanos.

J. ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 5
Tiempo Ordinario. Semanas 10-21
Barcelona 1997. Págs. 263-267

miércoles, 16 de agosto de 2017

¡A valorar y rescatar el Sacramento de la Reconciliación!

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este miércoles de la 19ª semana del Tiempo Ordinario.

Dios nos bendice...

Lectura del santo evangelio según san Mateo 18,15-20

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»

Comentario


1.1 El evangelio de hoy nos invita a meditar en la grandeza y el misterio de la reconciliación. El Card. Alfonso López Trujillo nos brinda una enseñanza intitulada "El Cristo Reconciliador", de la que extraemos estos apartes, conservando sin embargo nuestro modo de numeración:

1.2 En la Segunda Carta a los Corintios escribe S. Pablo: "Todo es de Dios, el cual nos ha reconciliado consigo mediante Cristo... Ha sido Dios, en efecto, quien reconcilió al mundo consigo en Cristo... A Aquel que no conoció el pecado, lo hizo pecado por nosotros..." (Il Cor. 5, 18-19.21) Hay una clara alusión a la figura del Siervo de Yahveh, inocente, que muere por los pecados del pueblo para liberarlo (Cfr. Is. 53, 21). Cristo se hace pecado por nosotros al asumir el efecto del pecado, que es la muerte. Se opera la liberación en la justificación "para que pudiéramos ser justicia de Dios en El" (V. 2 1).

1.3 Cristo realiza la reconciliación en la Cruz cuando éramos sus enemigos: "... cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios en virtud de la muerte de su Hijo" (Rom. 5, 10).

1.4 La reconciliación como pacificación y superación de la enemistad es presentada también en la Carta a los Efesios: "Ahora en Cristo Jesús, vosotros, en un tiempo lejano os habéis tornado vecinos, gracias a la sangre de Cristo. Él, en efecto, es nuestra paz, que ha hecho de los dos pueblos una solo unidad abatiendo el muro divisorio, anulando en su carne la enemistad" (Efe. 2, 13-14). Se elude a la imagen del muro divisorio que en el Templo de Herodes dividía físicamente el recinto de los paganos y de los judíos. Nace una nueva unidad espiritual en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Los dos grupos, antes separados, se convierten en miembros del Cuerpo del Crucificado.

1.5 Por eso la unidad de la Iglesia toma vida en la confesión de fe del Cristo reconciliador en el misterio de la Cruz. Así como en la realidad de la Cruz tiene lugar nuestra liberación, no por mediaciones abstractas, así ha de ser real y concreta la unidad de la Iglesia, hecha también de Cruz, en la comunidad cristiana. La unidad de la Iglesia es signo de esta reconciliación. Comenta H. Urs van Balthasar: "Esta unidad es al mismo tiempo, en cuanto fundada como don y sacrificio de Cristo, indestructible, y, en cuanto formada por pecadores, extremamente precaria... La singularidad-irrepetibilidad de la unidad de Cristo se rompe si en su lugar penetran potencias unificantes de humana invención que quitan a la Iglesia o a sus partes la credibilidad" (TeoDrammatica, Vol. 3, pag. 394).

1.6 Cristo es centro de reconciliación universal. Si por el pecado ha habido la ruptura de la armonía y de la unidad del cosmos por la Cruz se reencuentra la pacificación universal: "Pues Dios tuvo a bien hacer residir en Él toda la plenitud, y reconciliar con Él y para Él todas las cosas, pacificando mediante la sangre de su cruz, lo que hay en el cielo, en la tierra y en los cielos" (Col. 1, 19, 20).

1.7 Hay una inmensa y notable diferencia entre esta realidad de la reconciliación y las que proponen habitualmente las ideologías. Estas arrancan de su peculiar visión antropológica. La fe cristiana nos muestra, con una concepción del hombre desde la revelación divina, cómo, creado por Dios, perdida su dignidad de hijo por el pecado, solamente Cristo puede restituirle tal dignidad, pacificándolo en su propio ser por el perdón de Dios y restableciendo la armonía truncada con sus hermanos y con la misma naturaleza. Por eso las palabras del Apóstol son eco vibrante de la llamada de Cristo: "Os suplicamos en nombre de Cristo: reconciliaos con Dios" (Il Cor. 5, 20).

2. Sacramento de la Reconciliación y unidad entre los creyentes

2.1 Y el Papa Juan Pablo II nos invita a reconocer el vínculo entre el perdón que Dios nos da y la capacidad de la Iglesia para reconstruir su propio tejido, que resulta lastimado y herido por nuestros pecados. Es lo que encontramos en el texto que sigue, tomado de su catequesis del 22 de septiembre de 1999.

2.2 Queremos hoy profundizar en una dimensión que caracteriza intrínsecamente al sacramento de la penitencia: la reconciliación. Ese aspecto del sacramento se presenta como antídoto y medicina con respecto al carácter lacerante propio del pecado. En efecto, al pecar, el hombre no sólo se aleja de Dios. También siembra gérmenes de división dentro de sí mismo y en las relaciones con sus hermanos. Por ello, el movimiento de regreso a Dios implica una reintegración de la unidad dañada por el pecado.

2.3 La reconciliación es don del Padre. Sólo él puede realizarla. Por eso, representa ante todo una llamada que viene de lo alto: "En nombre de Cristo, os suplicamos: reconciliaos con Dios" (2 Co 5, 20). Como Jesús nos explica en la parábola del Padre misericordioso (cf. Lc 15, 11-32), para él perdonar y reconciliar es una fiesta. El Padre, en ese pasaje evangélico, como en otros muchos, no sólo ofrece perdón y reconciliación; también muestra que esos dones son fuente de alegría para todos.

2.4 En el Nuevo Testamento es significativo el vínculo que existe entre la paternidad divina y la gran alegría del banquete. Se compara el reino de Dios a un banquete donde el que invita es precisamente el Padre (cf. Mt 8, 11; 22, 4; 26, 29). La culminación de toda la historia salvífica se expresa asimismo con la imagen del banquete preparado por Dios Padre para las bodas del Cordero (cf. Ap 19, 6-9).

2.5 En Cristo, Cordero sin mancha, entregado por nuestros pecados (cf. 1 P 1, 19; Ap 5, 6; 12, 11) se concentra la reconciliación que procede del Padre. Jesucristo no sólo es el reconciliador, sino también la reconciliación. Como enseña san Pablo, el que hayamos llegado a ser criaturas nuevas, renovadas por el Espíritu, "proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación. Porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación" (2 Co 5, 18-19).

2.6 Precisamente por el misterio de la cruz de nuestro Señor Jesucristo se supera el drama de la división que existía entre el hombre y Dios. En efecto, con la Pascua, el misterio de la misericordia infinita del Padre penetra en las raíces más oscuras de la iniquidad del ser humano. Allí tiene lugar un movimiento de gracia que, si se acoge libremente, lleva a gustar la dulzura de una plena reconciliación.

2.7 El abismo del dolor y de la renuncia de Cristo se transforma así en una fuente inagotable de amor compasivo y pacificador. El Redentor abre un camino de vuelta al Padre que permite experimentar de nuevo la relación filial perdida y confiere al ser humano las fuerzas necesarias para conservar esta comunión profunda con Dios.

2.8 Por desgracia, también en la existencia redimida existe la posibilidad de volver a pecar, y eso exige una continua vigilancia. Además, incluso después del perdón, quedan las "huellas del pecado" que han de borrarse y combatirse mediante un programa penitencial de compromiso más intenso por el bien. Ese compromiso exige, en primer lugar, la reparación de las injusticias, físicas o morales, infligidas a grupos o personas. La conversión se transforma así en un camino permanente, en el que el misterio de la reconciliación realizado en el sacramento se presenta como punto de llegada y punto de partida.

2.9 El encuentro con Cristo que perdona desarrolla en nuestro corazón el dinamismo de la caridad trinitaria que el ordo paenitentiae describe así: "Por medio del sacramento de la penitencia el Padre acoge al hijo arrepentido que vuelve a él, Cristo toma en sus hombros a la oveja perdida para llevarla al redil, y el Espíritu Santo santifica nuevamente su templo o intensifica en él su presencia. Signo de eso es la participación, renovada y más fervorosa, en la mesa del Señor, en la gran alegría del banquete que la Iglesia de Dios convoca para festejar el regreso del hijo alejado" (n. 6; cf. también nn. 5 y 19).

2.10 El "Rito de la penitencia" expresa en la fórmula de absolución el vínculo que existe entre el perdón y la paz, que Dios Padre ofrece en la Pascua de su Hijo y "por el ministerio de la Iglesia" (ib., 46). El sacramento, a la vez que significa y realiza el don de la reconciliación, pone de relieve que no sólo daña a nuestra relación con Dios Padre, sino también a la relación con nuestros hermanos. Son dos aspectos de la reconciliación íntimamente vinculados entre sí. La acción reconciliadora de Cristo tiene lugar en la Iglesia. Ésta no puede reconciliar por sí misma, sino como instrumento vivo del perdón de Cristo, en virtud de un mandato preciso del Señor (cf. Jn 20, 23; Mt 18, 18). Esta reconciliación en Cristo se realiza de modo eminente en la celebración del sacramento de la penitencia. Pero todo el ser íntimo de la Iglesia en su dimensión comunitaria se caracteriza por la apertura permanente a la reconciliación.

2.11 Es preciso superar cierto individualismo al concebir la reconciliación: toda la Iglesia contribuye a la conversión de los pecadores, a través de la oración, la exhortación, la corrección fraterna y el apoyo de la caridad. Sin la reconciliación con los hermanos la caridad no se hace realidad en la persona. De la misma manera que el pecado daña el tejido del Cuerpo de Cristo, así también la reconciliación restablece la solidaridad entre los miembros del pueblo de Dios.

2.12 La práctica penitencial antigua ponía de relieve el aspecto comunitario-eclesial de la reconciliación, especialmente en el momento final de la absolución por parte del obispo, con la readmisión plena de los penitentes en la comunidad. La enseñanza de la Iglesia y la disciplina penitencial promulgada después del concilio Vaticano II exhortan a redescubrir y a destacar de nuevo la dimensión comunitaria-eclesial de la reconciliación (cf. Lumen gentium, 11; y también Sacrosanctum Concilium, 27) sin descuidar la doctrina sobre la necesidad de la confesión individual.


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