miércoles, 16 de agosto de 2017

¡A valorar y rescatar el Sacramento de la Reconciliación!

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este miércoles de la 19ª semana del Tiempo Ordinario.

Dios nos bendice...

Lectura del santo evangelio según san Mateo 18,15-20

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»

Comentario


1.1 El evangelio de hoy nos invita a meditar en la grandeza y el misterio de la reconciliación. El Card. Alfonso López Trujillo nos brinda una enseñanza intitulada "El Cristo Reconciliador", de la que extraemos estos apartes, conservando sin embargo nuestro modo de numeración:

1.2 En la Segunda Carta a los Corintios escribe S. Pablo: "Todo es de Dios, el cual nos ha reconciliado consigo mediante Cristo... Ha sido Dios, en efecto, quien reconcilió al mundo consigo en Cristo... A Aquel que no conoció el pecado, lo hizo pecado por nosotros..." (Il Cor. 5, 18-19.21) Hay una clara alusión a la figura del Siervo de Yahveh, inocente, que muere por los pecados del pueblo para liberarlo (Cfr. Is. 53, 21). Cristo se hace pecado por nosotros al asumir el efecto del pecado, que es la muerte. Se opera la liberación en la justificación "para que pudiéramos ser justicia de Dios en El" (V. 2 1).

1.3 Cristo realiza la reconciliación en la Cruz cuando éramos sus enemigos: "... cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios en virtud de la muerte de su Hijo" (Rom. 5, 10).

1.4 La reconciliación como pacificación y superación de la enemistad es presentada también en la Carta a los Efesios: "Ahora en Cristo Jesús, vosotros, en un tiempo lejano os habéis tornado vecinos, gracias a la sangre de Cristo. Él, en efecto, es nuestra paz, que ha hecho de los dos pueblos una solo unidad abatiendo el muro divisorio, anulando en su carne la enemistad" (Efe. 2, 13-14). Se elude a la imagen del muro divisorio que en el Templo de Herodes dividía físicamente el recinto de los paganos y de los judíos. Nace una nueva unidad espiritual en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Los dos grupos, antes separados, se convierten en miembros del Cuerpo del Crucificado.

1.5 Por eso la unidad de la Iglesia toma vida en la confesión de fe del Cristo reconciliador en el misterio de la Cruz. Así como en la realidad de la Cruz tiene lugar nuestra liberación, no por mediaciones abstractas, así ha de ser real y concreta la unidad de la Iglesia, hecha también de Cruz, en la comunidad cristiana. La unidad de la Iglesia es signo de esta reconciliación. Comenta H. Urs van Balthasar: "Esta unidad es al mismo tiempo, en cuanto fundada como don y sacrificio de Cristo, indestructible, y, en cuanto formada por pecadores, extremamente precaria... La singularidad-irrepetibilidad de la unidad de Cristo se rompe si en su lugar penetran potencias unificantes de humana invención que quitan a la Iglesia o a sus partes la credibilidad" (TeoDrammatica, Vol. 3, pag. 394).

1.6 Cristo es centro de reconciliación universal. Si por el pecado ha habido la ruptura de la armonía y de la unidad del cosmos por la Cruz se reencuentra la pacificación universal: "Pues Dios tuvo a bien hacer residir en Él toda la plenitud, y reconciliar con Él y para Él todas las cosas, pacificando mediante la sangre de su cruz, lo que hay en el cielo, en la tierra y en los cielos" (Col. 1, 19, 20).

1.7 Hay una inmensa y notable diferencia entre esta realidad de la reconciliación y las que proponen habitualmente las ideologías. Estas arrancan de su peculiar visión antropológica. La fe cristiana nos muestra, con una concepción del hombre desde la revelación divina, cómo, creado por Dios, perdida su dignidad de hijo por el pecado, solamente Cristo puede restituirle tal dignidad, pacificándolo en su propio ser por el perdón de Dios y restableciendo la armonía truncada con sus hermanos y con la misma naturaleza. Por eso las palabras del Apóstol son eco vibrante de la llamada de Cristo: "Os suplicamos en nombre de Cristo: reconciliaos con Dios" (Il Cor. 5, 20).

2. Sacramento de la Reconciliación y unidad entre los creyentes

2.1 Y el Papa Juan Pablo II nos invita a reconocer el vínculo entre el perdón que Dios nos da y la capacidad de la Iglesia para reconstruir su propio tejido, que resulta lastimado y herido por nuestros pecados. Es lo que encontramos en el texto que sigue, tomado de su catequesis del 22 de septiembre de 1999.

2.2 Queremos hoy profundizar en una dimensión que caracteriza intrínsecamente al sacramento de la penitencia: la reconciliación. Ese aspecto del sacramento se presenta como antídoto y medicina con respecto al carácter lacerante propio del pecado. En efecto, al pecar, el hombre no sólo se aleja de Dios. También siembra gérmenes de división dentro de sí mismo y en las relaciones con sus hermanos. Por ello, el movimiento de regreso a Dios implica una reintegración de la unidad dañada por el pecado.

2.3 La reconciliación es don del Padre. Sólo él puede realizarla. Por eso, representa ante todo una llamada que viene de lo alto: "En nombre de Cristo, os suplicamos: reconciliaos con Dios" (2 Co 5, 20). Como Jesús nos explica en la parábola del Padre misericordioso (cf. Lc 15, 11-32), para él perdonar y reconciliar es una fiesta. El Padre, en ese pasaje evangélico, como en otros muchos, no sólo ofrece perdón y reconciliación; también muestra que esos dones son fuente de alegría para todos.

2.4 En el Nuevo Testamento es significativo el vínculo que existe entre la paternidad divina y la gran alegría del banquete. Se compara el reino de Dios a un banquete donde el que invita es precisamente el Padre (cf. Mt 8, 11; 22, 4; 26, 29). La culminación de toda la historia salvífica se expresa asimismo con la imagen del banquete preparado por Dios Padre para las bodas del Cordero (cf. Ap 19, 6-9).

2.5 En Cristo, Cordero sin mancha, entregado por nuestros pecados (cf. 1 P 1, 19; Ap 5, 6; 12, 11) se concentra la reconciliación que procede del Padre. Jesucristo no sólo es el reconciliador, sino también la reconciliación. Como enseña san Pablo, el que hayamos llegado a ser criaturas nuevas, renovadas por el Espíritu, "proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación. Porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación" (2 Co 5, 18-19).

2.6 Precisamente por el misterio de la cruz de nuestro Señor Jesucristo se supera el drama de la división que existía entre el hombre y Dios. En efecto, con la Pascua, el misterio de la misericordia infinita del Padre penetra en las raíces más oscuras de la iniquidad del ser humano. Allí tiene lugar un movimiento de gracia que, si se acoge libremente, lleva a gustar la dulzura de una plena reconciliación.

2.7 El abismo del dolor y de la renuncia de Cristo se transforma así en una fuente inagotable de amor compasivo y pacificador. El Redentor abre un camino de vuelta al Padre que permite experimentar de nuevo la relación filial perdida y confiere al ser humano las fuerzas necesarias para conservar esta comunión profunda con Dios.

2.8 Por desgracia, también en la existencia redimida existe la posibilidad de volver a pecar, y eso exige una continua vigilancia. Además, incluso después del perdón, quedan las "huellas del pecado" que han de borrarse y combatirse mediante un programa penitencial de compromiso más intenso por el bien. Ese compromiso exige, en primer lugar, la reparación de las injusticias, físicas o morales, infligidas a grupos o personas. La conversión se transforma así en un camino permanente, en el que el misterio de la reconciliación realizado en el sacramento se presenta como punto de llegada y punto de partida.

2.9 El encuentro con Cristo que perdona desarrolla en nuestro corazón el dinamismo de la caridad trinitaria que el ordo paenitentiae describe así: "Por medio del sacramento de la penitencia el Padre acoge al hijo arrepentido que vuelve a él, Cristo toma en sus hombros a la oveja perdida para llevarla al redil, y el Espíritu Santo santifica nuevamente su templo o intensifica en él su presencia. Signo de eso es la participación, renovada y más fervorosa, en la mesa del Señor, en la gran alegría del banquete que la Iglesia de Dios convoca para festejar el regreso del hijo alejado" (n. 6; cf. también nn. 5 y 19).

2.10 El "Rito de la penitencia" expresa en la fórmula de absolución el vínculo que existe entre el perdón y la paz, que Dios Padre ofrece en la Pascua de su Hijo y "por el ministerio de la Iglesia" (ib., 46). El sacramento, a la vez que significa y realiza el don de la reconciliación, pone de relieve que no sólo daña a nuestra relación con Dios Padre, sino también a la relación con nuestros hermanos. Son dos aspectos de la reconciliación íntimamente vinculados entre sí. La acción reconciliadora de Cristo tiene lugar en la Iglesia. Ésta no puede reconciliar por sí misma, sino como instrumento vivo del perdón de Cristo, en virtud de un mandato preciso del Señor (cf. Jn 20, 23; Mt 18, 18). Esta reconciliación en Cristo se realiza de modo eminente en la celebración del sacramento de la penitencia. Pero todo el ser íntimo de la Iglesia en su dimensión comunitaria se caracteriza por la apertura permanente a la reconciliación.

2.11 Es preciso superar cierto individualismo al concebir la reconciliación: toda la Iglesia contribuye a la conversión de los pecadores, a través de la oración, la exhortación, la corrección fraterna y el apoyo de la caridad. Sin la reconciliación con los hermanos la caridad no se hace realidad en la persona. De la misma manera que el pecado daña el tejido del Cuerpo de Cristo, así también la reconciliación restablece la solidaridad entre los miembros del pueblo de Dios.

2.12 La práctica penitencial antigua ponía de relieve el aspecto comunitario-eclesial de la reconciliación, especialmente en el momento final de la absolución por parte del obispo, con la readmisión plena de los penitentes en la comunidad. La enseñanza de la Iglesia y la disciplina penitencial promulgada después del concilio Vaticano II exhortan a redescubrir y a destacar de nuevo la dimensión comunitaria-eclesial de la reconciliación (cf. Lumen gentium, 11; y también Sacrosanctum Concilium, 27) sin descuidar la doctrina sobre la necesidad de la confesión individual.


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