jueves, 12 de agosto de 2010

Jesús nos pide perdonar de corazón a los hermanos

¡Amor y paz!

Ayer Jesús nos planteaba la corrección fraterna; hoy, en su ‘sermón comunitario’, sigue dando consignas sobre el perdón de las ofensas. Pedro le pregunta al Señor cuántas veces (¿hasta siete?) debemos perdonar las ofensas de los hermanos y Él va mucho más allá. Si bien siete (7) en términos bíblicos significa ‘perfección’, Jesús afirma que es necesario perdonar ‘hasta setenta veces siete’.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y hacer la oración, en este Jueves de la XIX Semana del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Mateo 18,21-35.19,1.

Entonces se adelantó Pedro y le dijo: "Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?". Jesús le respondió: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda. El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: "Señor, dame un plazo y te pagaré todo". El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda. Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: 'Págame lo que me debes'. El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: 'Dame un plazo y te pagaré la deuda'. Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó llamar y le dijo: '¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de tí?'. E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía. Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos". Cuando Jesús terminó de decir estas palabras, dejó la Galilea y fue al territorio de Judea, más allá del Jordán.

Oración

“Deseo transformarme toda entera en tu misericordia y ser así un reflejo de ti, oh Señor; que el más grande de tus atributos divinos, tu insondable misericordia, pase a través de mi alma y mi corazón hasta el prójimo.

Ayúdame, Señor, a fin que mis ojos sean misericordiosos, para que no sospeche jamás ni juzgue según las apariencias exteriores, sino que sepa ver la belleza en el alma de mi prójimo y le ayude.

Ayúdame, Señor, a que mis oídos sean misericordiosos y me interese por las necesidades de mi prójimo y no me quede indiferente ante sus dolores y sus quejas.

Ayúdame, Señor, para que mi lengua sea misericordiosa a fin que jamás diga mal de mi prójimo, sino que tenga para cada uno una palabra de consuelo y de perdón.

Ayúdame, Señor, a que mis manos sean misericordiosas y llenas de buenas acciones para que sepa hacer el bien a mi prójimo y sepa escoger para mí los trabajos más pesados y más desagradables.
Ayúdame, Señor, para que mis pies sean misericordiosos, para que me apresure a socorrer a mi prójimo dominando mi propia fatiga y mi pereza. Que mi verdadero descanso sea servir a mi prójimo.

Ayúdame, Señor, a que mi corazón sea misericordioso y así sienta en mí todos los sufrimientos de mi prójimo. Mi corazón no rechazará a nadie. Iré frecuentemente a encontrar a los que, incluso sé que van a abusar de mi bondad, y yo me encerraré en el Corazón misericordioso de Jesús. Callaré mis propios sufrimientos. Que tu misericordia descanse en mí, Señor mío.

Tú me ordenas que me ejercite en los tres grados de la misericordia; el primero, el acto misericordioso, cualquiera que sea; el segundo, la palabra misericordiosa –si no puedo ayudar con actos, ayudaré con la palabra; el tercero, la oración. Si no puedo ser testimonio de la misericordia ni con actos ni con palabras, siempre podré hacerlo con la oración. Envío mi oración incluso allá donde no puedo ir físicamente.

Oh Jesús mío, transfórmame en ti, tú que todo lo puedes”.

Santa Faustina Kowalska (1905-1938), religiosa

Diario íntimo, § 163

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miércoles, 11 de agosto de 2010

Orar, corregir y perdonar, tareas entre hermanos

¡Amor y paz!

Si somos conscientes de que somos hijos de Dios, lo seremos también de que entre nosotros somos hermanos y que de tal manera nos debemos comportar cuando oramos, cuando perdonamos y también a la hora de corregirnos.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario en este Miércoles de la XIX Semana del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Mateo 18,15-20.

Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos. Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano. Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo. También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos".

Comentario

Sería muy hermoso que nuestra vida en familia, grupo convivencial, sociedad, comunidad religiosa, iglesia, estuviera tan impregnada de ardiente caridad que en ella no se dieran debilidades y pecados. Pero eso es pura utopía. Somos hombres de carne y hueso, de pasiones y calmas, de turbulencias y silencios..., y las miserias nos acompañan siempre. Por eso mismo hemos de ser todos mutuamente comprensivos, tolerantes, perdonadores, animadores.

Pero en esa convivencia hay enorme diferencia entre personas y grupos que están abiertos a la mutua corrección, primero individual, luego en pequeño grupo, y finalmente en comunidad o asamblea, y personas o grupos que se cierran y niegan a todo tipo de corrección.

Si esto adquiere proporciones notables, está en peligro manifiesto la cordialidad, acogida mutua, fraternidad, paz interior y exterior. Adoptemos, pues, como norma, si fallamos y ofendemos a otro u otros, restablecer pronto el trato y amistad, no sea que el mal se agrande y nos hagamos infelices y amargados.

Elogio de las mediaciones de perdón.

Es admirable en el plan divino de justificación y salvación que Dios nos ame y trate como a hijos directamente, en intimidad. ¿Cómo podremos agradecérselo?

Pero es admirable también que, por medio de Cristo, Hijo de Dios encarnado, haya instituido unos cauces de perdón, como son los sacramentales, para que descubriendo el corazón arrepentido, experimentemos la gracia que devuelve, paz, amor, filiación, acogida en la casa del Padre.

Un poco de humildad, sinceridad y verdad nos es necesario para alcanzar un mejor conocimiento de nosotros mismos, como pecadores, y para levantar nuestro ánimo a la contemplación del rostro de Dios como rostro de Padre que se goza en los hijos.

Señor, haz que en la Iglesia santa, bañada en la sangre de Cristo, vivamos todos los fieles como auténticos hermanos, prontos a reconocer nuestras debilidades, a perdonar las de los otros y a agradecer el inmenso amor divino que siempre tiene abierta la puerta de la casa del Padre para los hijos pródigos.

DOMINICOS 2003

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