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martes, 15 de agosto de 2017

«¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!»

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar la Palabra de Dios y el comentario, cuando celebramos la solemnidad de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María.

Dios nos bendice...

Primera Lectura

Lectura del libro del Apocalipsis 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab

Se abrió en el cielo el santuario de Dios y en su santuario apareció el arca de su alianza. Después apareció una figura portentosa en el cielo: Una mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas.
Apareció otra señal en el cielo: Un enorme dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos y siete diademas en las cabezas. Con la cola barrió del cielo un tercio de las estrellas, arrojándolas a la tierra.
El dragón estaba enfrente de la mujer que iba a dar a luz, dispuesto a tragarse el niño en cuanto naciera.
Dio a luz un varón, destinado a gobernar con vara de hierro a los pueblos. Arrebataron al niño y lo llevaron junto al trono de Dios. La mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar reservado por Dios.
Se oyó una gran voz en el cielo:
–«Ahora se estableció la salud y el poderío,
y el reinado de nuestro Dios,
y la potestad de su Cristo.»

Salmo

Sal 44, 10be. 11-12ab. 16

R. De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir.

Hijas de reyes salen a tu encuentro,
de pie a tu derecha está la reina,
enjoyada con oro de Ofir. R.

Escucha, hija, mira: inclina el oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna;
prendado está el rey de tu belleza:
póstrate ante él, que él es tu señor. R.

Las traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real. R

Segunda Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 15, 20-27a

Hermanos:
Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida.
Pero cada uno en su puesto: primero Cristo, como primicia; después, cuando él vuelva, todos los que son de Cristo; después los últimos, cuando Cristo devuelva a Dios Padre su reino, una vez aniquilado todo principado, poder y fuerza.
Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies. El último enemigo aniquilado será la muerte. Porque Dios ha sometido todo bajo sus pies.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas 1, 39-56

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito:
–«¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!
¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.»
María dijo:
–«Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.
El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
–como lo había prometido a nuestros padres–
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.»
María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa.

Comentario

Contemplamos a María plenamente inserta en las obras de Dios, que pueden resumirse en cuatro: creación, providencia, redención y glorificación.

María es fruto de la acción creadora de Dios, que se realiza por el Verbo y para el Verbo, tal como transmite el prólogo del Evangelio según San Juan: Todo se hizo por y para la Palabra que estaba al principio junto a Dios. «Sin ella nada se hizo» (Jn 1, 3). Por ella ha sido creada la humanidad y, dentro de la misma, ha hecho brotar la figura de María, a imagen y semejanza de la Trinidad, con la plenitud de dones naturales que serán el soporte de la gracia divina.

Parafraseando a Santa Catalina de Siena, puede decirse que Dios concedió a María una aguda inteligencia para conocer la verdad divina, firme memoria para acordarse especialmente de Dios en todos los instantes de su vida y decidida voluntad para amarle sobre todas las cosas. —Sin menoscabo de las demás criaturas humanas, el Verbo modeló en ella desde el principio las características sublimes y difícilmente expresables de la que iba a ser su Madre, de la que él iba a tomar una naturaleza humana verdadera. El evangelio de esta solemnidad la muestra solidaria con prontitud, en el ascenso a una población que se hallaba en una región montañosa, familiar, comunicativa, servicial. Sobre todo, dichosa por el tesoro de la fe que portaba como valor supremo.

La acción providencial, que gobierna la obra de la creación, conduce a la criatura racional hacia el fin que le es propio. Este es para todos la perfección más alta. Para María, en concreto, el acompañamiento providencial estuvo en conformidad con la misión que estaba llamada a realizar en la plenitud de los tiempos. Para tal cometido, sobre todo, fue preservada de toda mancha de pecado. Colaboró, siempre en sintonía con la voluntad de Dios, por medio de una diligente escucha de la Palabra revelada. La frecuencia a las asambleas de la sinagoga fue lo más asidua posible. Su mente y corazón le ayudaron a contemplar las Escrituras del Antiguo Testamento siempre en clave mesiánica, de tal modo que en los libros santos descubrió cuando contienen: los rasgos anticipados del Redentor y los suyos propios, como asociada representando a toda la nueva humanidad.

La acción reparadora de Dios se presenta a María como necesitada de su libre colaboración. Su libertad se hallaba muy madurada por la dimensión teologal. Iluminada por la fe y fortalecida por la esperanza y la caridad, sintonizó plenamente con el diseño de salvación que Dios tenía trazado para los hombres. Durante toda su vida se mantuvo en la palabra dada a su Señor, que consistió en no separarse del Verbo de Dios encarnado, desde la anunciación hasta la crucifixión y glorificación. Muchas veces la fe plasmada en el arte la ha presentado junto a la cruz redentora con rostro sereno marcado, ciertamente, por un profundísimo dolor, la mirada concentrada, a ejemplo de quien medita en el alcance del supremo amor de Jesús en que se ha mantenido perseverante hasta el extremo. Se vuelve en ligero movimiento hacia su Hijo, como para indicar que con él lo comparte todo: paz en el dolor, seguridad de que el fruto del sacrificio expiatorio es la redención que conseguirán los que se acerquen y entren por esta puerta, aceptación del misterio y, por tanto, del incomprensible camino diseñado por el Padre para atraer a todos hacia sí.

María, en fin, entra de la mano de Jesús resucitado en la acción glorificadora de Dios. Inseparable de él en los misterios desarrollados en su peregrinación terrena, lo es también en el misterio de su resurrección y ascensión a la gloria celeste. En la Asunción y coronación en los cielos el Señor premia su colaboración con la voluntad divina como criatura, como beneficiaria de su amorosa providencia y como activa asociada al misterio de la redención de la humanidad.

Hoy, en comunión con María, todo invita a la alabanza, a la alegría y bendición al Señor por este regalo hecho a María como Madre de la Iglesia. Unida a Cristo también ella será para nosotros pasarela que eleva a los cielos, para utilizar otra expresión de Santa Catalina de Siena.

A lo largo de los siglos la piedad cristiana invoca a María, en relación con el misterio que hoy se celebra, la «sola esperanza de los que esperan», «aderezadora de la paz eterna», «restablecedora de los débiles», «suavísima consoladora», «suavísima respiración de los pecadores», «ayuda en toda necesidad y miseria», «fuente de misericordia», «consoladora piadosísima de los atribulados», «Señora venerabilísima del mundo», «eficacísima medicina de las almas heridas», «dulcísima Madre de Dios», «iluminadora de los ciegos», «ayuda en las angustias», «Madre que toma en brazos a los niños», «estrella del mar», «mediadora entre Dios y los hombres»… Son estos algunos títulos, muchos de ellos usados en superlativo, que recogen cuanto ha revelado el Señor en torno al misterio de su Madre y nuestra Madre. Pero se ha de convenir que nuestros superlativos —aunque lo intenten— no llegan a abarcar el misterio. Son insuficientes de todo punto para acercarnos a la realidad más profunda de María. A ella hemos de honrar en esta solemnidad de la Asunción, con el propósito de invocarle cada día con mayor fervor. 

Fr. Vito T. Gómez García
Convento de Santo Tomás (Sevilla)
 

miércoles, 31 de mayo de 2017

«Dichosa tú, que has creído...» 

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este miércoles en que celebramos la fiesta de la Visitación de la Virgen María.

Dios nos bendice...

Lectura del santo evangelio según san Lucas (1,39-56):
En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.» María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia, como lo había prometido a nuestros padres en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.»  María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa.

Palabra del Señor

Comentario


1.1 En este día de la visita de Nuestra Señora a su prima Isabel, escuchemos hoy con particular amor una meditación que nos ofrece el Papa Juan Pablo II en su Encíclica “Redemptoris Mater”, en los números 12 y 19, aunque la numeración aquí propuesta es nuestra.

1.2 Poco después de la narración de la anunciación, el evangelista Lucas nos guía tras los pasos de la Virgen de Nazaret hacia “una ciudad de Judá” (Lc 1, 39). Según los estudiosos esta ciudad debería ser la actual Ain-Karim, situada entre las montañas, no distante de Jerusalén. María llegó allí “con prontitud” para visitar a Isabel su pariente. El motivo de la visita se halla también en el hecho de que, durante la anunciación, Gabriel había nombrado de modo significativo a Isabel, que en edad avanzada había concebido de su marido Zacarías un hijo, por el poder de Dios: “Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible a Dios” (Lc 1, 36-37). El mensajero divino se había referido a cuanto había acontecido en Isabel, para responder a la pregunta de María: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?” (Lc 1, 34). Esto sucederá precisamente por el “poder del Altísimo”, como y más aún que en el caso de Isabel.

1.3 Así pues María, movida por la caridad, se dirige a la casa de su pariente. Cuando entra, Isabel, al responder a su saludo y sintiendo saltar de gozo al niño en su seno, “llena de Espíritu Santo”, a su vez saluda a María en alta voz: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno” (cf. Lc 1, 40-42). Esta exclamación o aclamación de Isabel entraría posteriormente en el Ave María, como una continuación del saludo del ángel, convirtiéndose así en una de las plegarias más frecuentes de la Iglesia. Pero más significativas son todavía las palabras de Isabel en la pregunta que sigue: “¿de donde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?” (Lc 1, 43). Isabel da testimonio de María: reconoce y proclama que ante ella está la Madre del Señor, la Madre del Mesías. De este testimonio participa también el hijo que Isabel lleva en su seno: “saltó de gozo el niño en su seno” (Lc 1, 44). El niño es el futuro Juan el Bautista, que en el Jordán señalará en Jesús al Mesías.

1.4 En el saludo de Isabel cada palabra está llena de sentido y, sin embargo, parece ser de importancia fundamental lo que dice al final: “¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” (Lc 1, 45). Estas palabras se pueden poner junto al apelativo “llena de gracia” del saludo del ángel. En ambos textos se revela un contenido mariológico esencial, o sea, la verdad sobre María, que ha llegado a estar realmente presente en el misterio de Cristo precisamente porque “ha creído”. La plenitud de gracia, anunciada por el ángel, significa el don de Dios mismo; la fe de María, proclamada por Isabel en la visitación, indica como la Virgen de Nazaret ha respondido a este don.

2. Venciendo la desobediencia de Adán

2.1 ¡Sí, verdaderamente “feliz la que ha creído”! Estas palabras, pronunciadas por Isabel después de la anunciación, [luego] a los pies de la Cruz, parecen resonar con una elocuencia suprema y se hace penetrante la fuerza contenida en ellas. Desde la Cruz, es decir, desde el interior mismo del misterio de la redención, se extiende el radio de acción y se dilata la perspectiva de aquella bendición de fe. Se remonta “hasta el comienzo” y, como participación en el sacrificio de Cristo, nuevo Adán, en cierto sentido, se convierte en el contrapeso de la desobediencia y de la incredulidad contenidas en el pecado de los primeros padres. Así enseñan los Padres de la Iglesia y, de modo especial, San Ireneo, citado por la Constitución Lumen gentium: “El nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María; lo que ató la virgen Eva por la incredulidad, la Virgen María lo desató por la fe”.

2.2 A la luz de esta comparación con Eva los Padres -como recuerda todavía el Concilio- llaman a María “Madre de los vivientes” y afirman a menudo: “la muerte vino por Eva, por María la vida”.

2.3 Con razón, pues, en la expresión “feliz la que ha creído” podemos encontrar como una clave que nos abre a la realidad íntima de María, a la que el ángel ha saludado como “llena de gracia”. Si como a llena de gracia” ha estado presente eternamente en el misterio de Cristo, por la fe se convertía en partícipe en toda la extensión de su itinerario terreno: “avanzó en la peregrinación de la fe” y al mismo tiempo, de modo discreto pero directo y eficaz, hacía presente a los hombres el misterio de Cristo. Y sigue haciéndolo todavía. Y por el misterio de Cristo está presente entre los hombres. Así, mediante el misterio del Hijo, se aclara también el misterio de la Madre.

http://fraynelson.com/homilias.html.



miércoles, 21 de diciembre de 2016

Nuestra tarea es la de María: acoger a Jesucristo para dar a Jesucristo

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar la Palabra de Dios y el comentario, en esta Feria de Adviento: Semana antes de Navidad (21 dic.)

Dios nos bendice…

Cantar de los Cantares 2,8-14. 
¡La voz de mi amado! Ahí viene, saltando por las montañas, brincando por las colinas. Mi amado es como una gacela, como un ciervo joven. Ahí está: se detiene detrás de nuestro muro; mira por la ventana, espía por el enrejado. Habla mi amado, y me dice: "¡Levántate, amada mía, y ven, hermosa mía! Porque ya pasó el invierno, cesaron y se fueron las lluvias. Aparecieron las flores sobre la tierra, llegó el tiempo de las canciones, y se oye en nuestra tierra el arrullo de la tórtola. La higuera dio sus primeros frutos y las viñas en flor exhalan su perfume. ¡Levántate, amada mía, y ven, hermosa mía! Paloma mía, que anidas en las grietas de las rocas, en lugares escarpados, muéstrame tu rostro, déjame oír tu voz; porque tu voz es suave y es hermoso tu semblante".
Evangelio según San Lucas 1,39-45. 
María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: "¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor". 
Comentario

1. Aquí viene mi Amado

1.1 Jesucristo viene. El calendario parece acelerarse a medida que se llega esa fecha, entrañable y bella, en que la Iglesia entera se postra llena de gratitud ante el portal de Belén. La noticia, la buena noticia por excelencia, es esta y sólo esta: "¡Jesucristo viene!".

1.2 La llegada de Jesús, cuyo solo nombre ya significa salvación, colma nuestra esperanza porque en él está cuanto puede desear rectamente el alma humana. Él es nuestra libertad, nuestra justicia, nuestra salud, nuestra paz. ¡Dichosos nosotros que algo conocemos de los tesoros incalculables del alma de Cristo, y algo hemos saboreado ya de los bienes que él trae a nuestras almas!

1.3 Mas hay una dimensión, un aspecto de la llegada del Señor que no puede quedar en penumbra: Él es el Amado. Necesitamos salud, justicia, sinceridad, pureza, pero sobre todo, necesitamos amor. Y para nuestra inmensa necesidad de amor, he aquí que viene el Amado. La saciedad que se siente ante Jesús no es sólo la alegría de ver que nuestros problemas logran solución. Él no es solamente el que resuelve nuestros problemas, sino el que colma con su amor inefable y dulcísimo los abismos más hondos del corazón humano. Jesús no viene sólo a poner parches a una vida que podría entenderse sin él: viene a ser nuestra vida en su sentido más pleno y perfecto.

1.4 El texto poético del Cantar de los Cantares nos aproxima a esa experiencia, íntima y transformante, descrita en términos esponsales. ¡Oh, qué gozo para la niña enamorada, sentir los pasos del amado! ¡Qué palpitar en su corazón, qué rubor en sus mejillas, qué esplendor de sonrisa en sus labios! "¡Es él, es él!", le grita el corazón, y ella, temerosa y gozosa a la vez, apenas asoma a la ventana, para comprobar con júbilo impetuoso, que lo que anunció el oído ahora pueden disfrutarlo los ojos: sí, es verdad, es Él; el amado está aquí, el invierno se ha acabado; ahora es tiempo de cantos y perfumes, de sonrisa y de danza. ¡Feliz, mil veces feliz el alma que algo semejante sienta aguardando a Jesucristo!

2. La Madre de mi Señor ha venido a verme

2.1 La pregunta de Isabel prolonga nuestra reflexión sobre el gozo ante la llegada de Cristo. Toda la santidad de María es Jesucristo; todo el bien de María es Jesucristo; toda la gracia de María le viene de Él, que es también su belleza, su esplendor, su dulzura.

2.2 María, evangelizada por el ángel, es ahora evangelizadora. Ha recibido a Jesucristo, en su corazón y en sus entrañas; ahora nos da a Jesucristo, desde su corazón inmaculado y desde sus entrañas purísimas. Así Ella se convierte en el modelo eminente de la Iglesia misionera, en la que todos tenemos un lugar. Nuestra tarea será la misma: acoger a Jesucristo para dar a Jesucristo, y con Él y por Él, brindar esa alegría que está sobre toda alegría y ese amor que está sobre todo amor.

2.3 Esta labor misionera, que brota directamente de nuestro bautismo, pertenece de modo particular al sacerdote. En la Eucaristía, sobre todo, él toma el lugar de María y brinda con su predicación y con la Sangrada Comunión ese gozo y esa salud que sólo Jesús puede dar al mundo.

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lunes, 12 de diciembre de 2016

Gracias, Nuestra Señora de Guadalupe, por mostrarnos a Jesús

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar la Palabra de Dios y el comentario, en este lunes en que celebramos la Solemnidad nuestra Señora de Guadalupe, patrona de América y Filipinas.

Dios nos bendice...

Libro de Isaías 7,10-14.8,10. 
Una vez más, el Señor habló a Ajaz en estos términos: «Pide para ti un signo de parte del Señor, en lo profundo del Abismo, o arriba, en las alturas». Pero Ajaz respondió: «No lo pediré ni tentaré al Señor.» Isaías dijo: «Escuchen, entonces, casa de David: ¿Acaso no les basta cansar a los hombres, que cansan también a mi Dios?. Por eso el Señor mismo les dará un signo. Miren, la joven está embarazada y dará a luz un hijo, y lo llamará con el nombre de Emmanuel. Hagan un proyecto: ¡fracasará! Digan una palabra: ¡no se realizará! Porque Dios está con nosotros. 
Salmo 67(66),2-3.5.7-8. 

El Señor tenga piedad y nos bendiga,  haga brillar su rostro sobre nosotros, para que en la tierra se reconozca su dominio,  y su victoria entre las naciones. 
Que canten de alegría las naciones,  porque gobiernas a los pueblos con justicia  y guías a las naciones de la tierra.
La tierra ha dado su fruto: 
el Señor, nuestro Dios, nos bendice. Que Dios nos bendiga,  y lo teman todos los confines de la tierra.
Evangelio según San Lucas 1,39-48. 

María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: "¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor". María dijo entonces: "Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque el miró con bondad la pequeñez de tu servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz".  
Comentario


1.1 Varias veces los Evangelios nos presentan el profundo sentimiento de admiración, incluso estupor, de las multitudes ante las obras de Jesús. Esta admiración es una puerta que no debe ser despreciada como camino para la conversión y la transformación de la vida entera, pues el que admira está dispuesto a dejarse guiar y está en excelente actitud para dejarse impregnar por el poder de la gracia.

1.2 Los hechos que hemos escuchado sobre las apariciones de la Virgen en el Tepeyac tienen ese tinte maravilloso. No como ostentación sino como esplendor. Algo como lo que sucedió el día en que Moisés vio una zarza que ardía sin consumirse (Éx 3). Aquel portento atrajo su atención, es decir, lo asombró, y de aquel asombro partió un diálogo, una alianza, un camino, una liberación. El Dios admirable es el Dios esplendoroso; el Dios maravilloso es el que nos rebasa y levanta nuestra atención como un modo de indicar que puede también levantar nuestra vida.

2. Un templo para María

2.1 Se quejan los cristianos no católicos y suelen criticar con fuerza el origen celestial de aquellas apariciones a San Juan Diego, y piensan encontrar un argumento irrebatible en aquello que cuenta la historia: ¿cómo es eso de un templo para María? ¿No se supone que los templos, si es que hay que hacerlos, han de construirse sólo para Dios? No nos apresuremos a contestar; no seamos agresivos con quienes están en desacuerdo con nosotros, incluso si manifiestan este desacuerdo de mala manera. Simplemente dejemos que hablen los hechos.

2.2 He aquí las palabras que la historia recoge como dichas por María a Juan Diego: "Mucho quiero que se me construya una casita para mostrar a mi hijo y para darlo a todos los hombres que me invoquen". Pregunta: ¿es esta una casa para adorar a María como si fuera una diosa? Respuesta: Ella misma dice para que es esa "casita", ese templo, al que llama suyo. El propósito es sólo uno: "mostrar a mi hijo". Un predicador que quiere hacer oír la palabra de Dios pide un micrófono; María, que quiere mostrarnos las benditas gracias y admirables enseñanzas de su Hijo, pide una casa. Ella es una mujer de casa y quiere recibirnos como en su casa para entregarnos sus tesoros.

2.3 Es razonable, pues, el celo de quienes se preocupan que descuidemos nuestra mirada de Dios por quedarnos con una creatura; pero este celo por la gloria divina tiene mucho que agradecer y poco que temer en el caso del Tepeyac: todo allí habla de mirar hacia Jesús. La Casa es porque la Señora quiere "darnos a su hijo". ¿Habrá señal más grande del origen celeste de estos hechos tan cargados de sencillez como de ternura?

3. Guadalupe y la Eucaristía

3.1 María quiere darnos a su Hijo; el Hijo quiere darse a sí mismo. Guadalupe y la Eucaristía son dos misterios inseparables. La voluntad de la Señora brota de la voluntad del Señor, y ambas voluntades admirablemente unidas se vuelven una sola ofrenda en el altar, especialmente cuando el sacerdote dice: "Por Cristo, con Él y en Él...".

3.2 Guadalupe es una escuela de evangelización y, a la vez, una escuela de adoración. Un lugar para admirar, agradecer y celebrar, así como un camino para aprender a proclamar, profesar y predicar el misterio de Cristo, Hijo del Dios "por quien se vive", como dijo la Santa Virgen María, que tanto amó a América, desde el prólogo mismo de nuestra historia cristiana.

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