martes, 9 de abril de 2013

¡Hay que nacer de nuevo!

¡Amor y paz!

Con afirmaciones cada vez más profundas, Jesús va conduciendo a Nicodemo -y a nosotros- a un conocimiento mejor de lo que significa creer en él. Un conocimiento que nos transmite el que viene de arriba, el enviado de Dios, el que da testimonio del saber profundo de Dios.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este martes de la 2ª. Semana de Pascua.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Juan 3,7b-15. 
No te extrañes de que te haya dicho: “Necesitan nacer de nuevo desde arriba”. El viento sopla donde quiere, y tú oyes su silbido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Lo mismo le sucede al que ha nacido del Espíritu.» Nicodemo volvió a preguntarle: « ¿Cómo puede ser eso?» Respondió Jesús: «Tú eres maestro en Israel, y ¿no sabes estas cosas? En verdad te digo que nosotros hablamos de lo que sabemos, y damos testimonio de lo que hemos visto, pero ustedes no aceptan nuestro testimonio. Si ustedes no creen cuando les hablo de cosas de la tierra, ¿cómo van a creer si les hablo de cosas del Cielo? Sin embargo, nadie ha subido al Cielo sino sólo el que ha bajado del Cielo, el Hijo del Hombre. Recuerden la serpiente que Moisés hizo levantar en el desierto: así también tiene que ser levantado el Hijo del Hombre, y entonces todo el que crea en él tendrá por él vida eterna.
Comentario

En la lectura evangélica de Juan oímos al mismo Jesucristo dándole a Nicodemo, magistrado y maestro en Israel, una lección de vida: hay que nacer de nuevo, al soplo del Espíritu que suscita hijos e hijas de Dios donde Él quiere; de toda raza, lengua, condición social. Rompiendo los estrechos límites de todo nacionalismo, de todo prejuicio social o cultural. Nadie puede detener el viento, nadie puede ponerle fronteras al Espíritu divino que ha irrumpido en el mundo con la resurrección de Jesucristo. Los letrados actuales, como los antiguos escribas fariseos de la estirpe de los Nicodemo, clasifican a los seres humanos y a los pueblos: el 1º, el 2º, el 3er mundo. El Norte y el Sur. Los competitivos y los no competitivos. Los aprovechables y los desechables. Y en su carrera triunfal de millones de dólares dejan de lado a casi tres cuartas partes de la humanidad. No así el Espíritu de Dios: El da vida en abundancia; para El contamos todos, y nos valora con criterios diferentes a los que manejan los amos de este mundo. Por eso Jesús, en el lenguaje de Juan, distingue las cosas de la tierra de las del cielo: no se trata de lugares diferentes, se trata de valores distintos, porque Dios no nos juzga según nuestra condición económica “terrena”, sino según su bondad y misericordia infinitas, “celestiales”.

En el modelo de la primitiva comunidad de Jerusalén, y en el ecumenismo del Espíritu divino debemos inspirarnos siempre los cristianos, a nivel personal y comunitario. Nuestra fe tiene implicaciones sociales, económicas, políticas. Si somos cristianos de verdad no podemos tolerar la injusticia, la miseria, la corrupción, la mentira, ningún tipo de opresión o de discriminación. Hemos de abrir nuestro corazón para que llegue a ser tan amplio como el corazón de Dios en el cual todos los seres humanos tenemos un lugar, especialmente los más pobres, los pequeños, los humildes. Esta es la sabiduría de que habla Jesucristo a Nicodemo, tan en contraste con la sabiduría de los juristas y de los maestros del mundo. 

Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica)

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