sábado, 16 de abril de 2022

Día de soledad, de silencio, de espera: ¿Resucitará?

¡Amor y paz!

 

Los invito a observar hacer de este Sábado Santo un día de penitencia y recogimiento, en el cual ojalá se prolongue el ayuno de ayer.

Dios nos bendice...

 

Ayer se cubrieron de luto los montes, a la hora de nona.

 

El Señor rasgó el velo del templo, a la hora de nona.

Dieron gritos las piedra en duelo, a la hora de nona.

Y Jesús inclinó la cabeza, a la hora de nona.

 

Levantaron sus ojos los pueblos, a la hora de nona.

Contemplaron al que traspasaron a la hora de nona.

Del costado salió sangre y agua, a la hora de nona.

Quien lo vio es el que da testimonio, tras la hora de nona.

Hoy a todos envuelve el silencio, porque Él está muerto.
Los apóstoles vagan por las calles, ovejas sin rumbo. Los letrados cantan su victoria: ‘lo hemos derrotado’.
Y se acallan las voces proféticas: ‘Él no era Mesías’.  

 

¿Mañana?

 

¿Despertará del sepulcro el Maestro?

Así nos lo dijo.

¿Cantarán su victoria las piedras?

Si los hombres callan.

¿Vendrá con trompetas y flautas?

Vendrá en el silencio.

¿A qué hora estaré vigilante?

A ninguna duermas.

                     * * * * * * * * * * * * * * * * * *

Compartamos espiritualmente en el transcurso de este Sábado Santo, los sentimientos, anhelos, dudas y esperanzas que probablemente ocuparon el corazón y la mente

de los discípulos de Jesús,

de su Madre,

y de los arrepentidos por haber traicionado al Señor.

 

No es muy difícil reconstruir aquellas horas en que,

turbados y perseguidos,

o cobardes y huidizos,

muchos discípulos abandonaron al Maestro, simulando que no lo conocieron.

 

Sólo en su Madre, inconmovible en su fe y amor,

tenemos la seguridad de que ocupó lugar de privilegio la segura esperanza de la resurrección,

lo mismo que lo ocupó en la segura esperanza de la encarnación.

 

A favor de nuestros visitantes, y pensando en diversos momentos del día,

vamos a utilizar un año más como temas de concentración personal tres capítulos del librito UNA Y OTRA PASCUA que escribió en la BAC su director, Joaquín L. Ortega.

 

Lo hizo con gracia de teólogo, de periodista y de psicólogo religioso.

En sus labios y en su pluma dejaremos hablar a tres personajes que nos expresarán su estado de ánimo. Tal vez los lectores podamos compartirlos.        

 

INTIMIDAD DE  JUAN, EL EVANGELISTA, PENSANDO EN JESÚS  

“Que Él me perdone, pero han pasado tantas cosas estos días que ya no sé si tengo ganas de que resucite o de que no resucite. Y no es por falta de confianza. Es por agotamiento.  Que resucita es un hecho.

Todo lo que nos fue diciendo, lo ha ido cumpliendo y, además, cuando nos lo prometió solemnemente durante la última cena yo estaba nada menos que con la cabeza reclinada en su pecho y le oía latir el corazón.

Así que ni dudarlo.

Lo que pasa es que yo querría tener más tiempo para ocuparme de su madre.

Cuando me la confió desde lo alto de la cruz me entró un miedo terrible  de no saber cómo cuidarla. ¡Pero ella misma me lo ha hecho tan fácil! Si parecía que era ella la que tenía que cuidar de mí. Hay que ver qué ternura, qué serenidad.

Y luego qué seguridad en que va a resucitar justo al tercer día. Como que le tiene pre­paradas la túnica y las sandalias para que se las ponga de nuevo una vez resucitado.

A todos los que han ido estos días a visitarla, que han sido un montón, les decía lo mismo. Que aún no había llegado la hora y que todo lo que ha pasado tenía que pasar para que se cumplieran las profecías. Así que la gente se creía que iba a consolarla y salía consolada.

Y se pensaban que iban a encontrarla como una plañidera y se la encontra­ban haciendo las cosas de la casa como si no hubiera pasado nada, esperando, simplemente, a que llegue la hora.

Y la hora tiene que estar llegando, que ya se cumplen los tres días.

Así que yo me voy a buscar a las otras dos Marías, la Magdalena y la de Cleofás, y con las dos y con ella me voy hacia el sepulcro. Que seguro que le va a gustar cuando resucite ver, las primeras, a estas mismas personas que vio las últimas cuando cerró los ojos en la cruz.

A las dos Marías, a su madre y, modestamente, a mí”.

 

INTIMIDAD DE MARÍA, LA MAGDALENA, PENSANDO EN JESÚS

 

“También es torpeza la mía!

Siempre rodeada de gente y esta noche me quedo sola para rumiar mi nerviosismo. ¡Cuánto mejor haber entretenido la espera charlando y haciendo labor con las otras Marías!

Claro que hay ocasiones en que las palabras, todas las palabras, suenan a hueco. Yo no necesito hablar esta noche. No necesito aturdirme. Lo que necesito es ¡QUE ÉL VUELVA!. Si él no resucita, querrá decir que una vez más he ido detrás de un hombre. ¡Y esta vez estaba convencida de haberme topado con Dios!

Jesús tiene que resucitar.

La burla sería demasiado cruel. No se pueden dejar tantas cosas para encontrarse al final de la renuncia con una mentira.

De los hombres puede esperarse cualquier cosa... ¡Pero del Hijo de Dios, no!

Lo prometió y tiene que cumplirlo. Yo misma lo oí de sus labios cuando estaba a sus pies en casa de Simón. No sé quién protestó de que yo le perfumase los pies con bálsamo, y fue entonces cuando habló de su muerte. Él se dejaba ungir como si yo le estuviese embalsamando para el sepulcro, pero yo notaba que sus pies caminaban hacia la vida.

TIENE QUE RESUCITAR.

Tiene que estar ya a punto de volver. Y yo tengo que ser la primera en descubrirlo. Yo he renunciado a demasiadas cosas en mi vida.

¿Habré de privarme también de esta vanidad?

Ya no puede tardar.

Me voy hacia el huerto de José de Arimatea, donde lo sepultaron, y allí, escondida, para que nadie note mi impaciencia, apuraré la espera.

Y me llevaré el frasco con el bálsamo que sobró del festín en casa de Simón.

Pero esta vez no lo gastaré en lavarle los pies.

¡Esta vez se lo derramaré por la cabeza apenas lo vea resucitado!”

 

INTIMIDAD, LA MADRE DE JESÚS, CON ÉL EN EL CORAZÓN

 

“Esta noche voy a ponerle el pescado al horno, como a él le gustaba.

Y mientras se va asando sobre las brasas, pondré la mesa para los dos. Como siempre. Puede que a última hora se traiga con él a Santiago y a Juan, por eso de que son primos y, naturalmente, sin avisar.

¡AY, ESTE HIJO! Y que tenga una que estrujarse el corazón de esta manera...!  ¡Siempre sufriendo, siempre esperando!  

La vuelta de esta tarde es distinta.

 Es como el retorno de un viaje más largo que nunca. Pero como él me ha prohibido inquietarme... Me dijo que volvería, y volverá. ¡YA LO CREO QUE VOLVERÁ! Jamás me ha fallado. Todas las penas me las ha avisado con tiempo. Bueno, y las alegrías también. Esta de la resurrección, sobre todas.

Tiene que ser ya enseguida.

Quizá lo que tarde en asarse el pescado. Quiero que se lo encuentre todo como siempre. Como si no hubiese ocurrido nada.

Aquí, la silla que a él le gusta; que bien desvencijada está de tanto balancearse en ella cuando se queda pensativo.

Y aquí pondré las flores que me han traído esta mañana las vecinas apenas acababa yo de volver del huerto con otro buen ramo.

 

¡ESTA SÍ QUE VA A SER UNA PASCUA FLORIDA!

 

¡Dios mío, tenerlo otra vez entre los brazos después de haberlo visto deshecho, como lo vi cuando me lo dejaron en el regazo, al descolgarlo de la cruz. Bueno, que si me embobo se va a encontrar sin la cena cuando vuelva.

Como si volviera de otro continente, me parece esta noche.

Y el corazón me da que va a ser de un momento a otro. Pero ¿qué haré cuando lo vea entrar? ¿Será mejor que lo adore de rodillas o que le llene el cuerpo de besos?

Ya se va dorando el pescado. Así como a él le gusta comerlo. Un par de astillas más y ¡listo!, que tiene que estar llegando.

 

¡SI PARECE QUE EL CORAZÓN SE ME ESTALLA DE ALEGRÍA...!”

 

Joaquín L. Ortega: UNA Y OTRA PASCUA

BAC POPULAR, pp.108-109, 10-111, 112-113

Dominicos 2003


viernes, 15 de abril de 2022

Por sus heridas fuimos sanados

¡Amor y paz!

 

Los invito a leer y meditar la Palabra de Dios, en este Viernes Santo, ciclo C.

 

Dios nos bendice...

 

 

PRIMERA LECTURA

 

 Lectura del libro del profeta Isaías           52, 13-53,12

 

Sí, mi Servidor triunfará: será exaltado y elevado a una altura muy grande. Así como muchos quedaron horrorizados a causa de él, porque estaba tan desfigurado que su aspecto no era el de un hombre y su apariencia no era más la de un ser humano, así también él asombrará a muchas naciones, y ante él los reyes cerrarán la boca, porque verán lo que nunca se les había contado y comprenderán algo que nunca habían oído.

¿Quién creyó lo que nosotros hemos oído y a quién se le reveló el brazo del Señor?

El creció como un retoño en su presencia, como una raíz que brota de una tierra árida, sin forma ni hermosura que atrajera nuestras miradas, sin un aspecto que pudiera agradarnos. Despreciado, desechado por los hombres, abrumado de dolores y habituado al sufrimiento, como alguien ante quien se aparta el rostro, tan despreciado, que lo tuvimos por nada.

Pero él soportaba nuestros sufrimientos y cargaba con nuestras dolencias, y nosotros lo considerábamos golpeado, herido por Dios y humillado. El fue traspasado por nuestras rebeldías y triturado por nuestras iniquidades. El castigo que nos da la paz recayó sobre él y por sus heridas fuimos sanados.

Todos andábamos errantes como ovejas, siguiendo cada uno su propio camino, y el Señor hizo recaer sobre él las iniquidades de todos nosotros. Al ser maltratado, se humillaba y ni siquiera abría su boca: como un cordero llevado al matadero, como una oveja muda ante el que la esquila, él no abría su boca.

Fue detenido y juzgado injustamente, y ¿quién se preocupó de su suerte? Porque fue arrancado de la tierra de los vivientes y golpeado por las rebeldías de mi pueblo. Se le dio un sepulcro con los malhechores y una tumba con los impíos, aunque no había cometido violencia ni había engaño en su boca.

El Señor quiso aplastarlo con el sufrimiento. Si ofrece su vida en sacrificio de reparación, verá su descendencia, prolongará sus días, y la voluntad del Señor se cumplirá por medio de él. A causa de tantas fatigas, él verá la luz y, al saberlo, quedará saciado.

Mi Servidor justo justificará a muchos y cargará sobre sí las faltas de ellos. Por eso le daré una parte entre los grandes y él repartirá el botín junto con los poderosos. Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los culpables, siendo así que llevaba el pecado de muchos e intercedía en favor de los culpables.

 

Palabra de Dios.

 

SALMO      

 

Sal 30, 2 y 6. 12-13. 15-16. 17 y 25 (R.: Lc 23, 46)

 

R.        Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

 

Yo me refugio en ti, Señor,

¡que nunca me vea defraudado!

Yo pongo mi vida en tus manos:

tú me rescatarás, Señor, Dios fiel.  R.

 

Soy la burla de todos mis enemigos

y la irrisión de mis propios vecinos;

para mis amigos soy motivo de espanto,

los que me ven por la calle huyen de mí.

Como un muerto, he caído en el olvido,

me he convertido en una cosa inútil.  R.

 

Pero yo confío en ti, Señor,

y te digo: «Tú eres mi Dios,

mi destino está en tus manos.»

Líbrame del poder de mis enemigos

y de aquellos que me persiguen.  R.

 

Que brille tu rostro sobre tu servidor,

sálvame por tu misericordia.

Sean fuertes y valerosos,

todos los que esperan en el Señor.  R.

 

SEGUNDA LECTURA

 

Lectura de la carta a los Hebreos  4, 14-16; 5, 7-9

 

Ya que tenemos en Jesús, el Hijo de Dios, un Sumo Sacerdote insigne que penetró en el cielo, permanezcamos firmes en la confesión de nuestra fe. Porque no tenemos un Sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades; al contrario él fue sometido a las mismas pruebas que nosotros, a excepción del pecado.

Vayamos, entonces, confiadamente al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y alcanzar la gracia de un auxilio oportuno.

El dirigió durante su vida terrena súplicas y plegarias, con fuertes gritos y lágrimas, a aquel que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su humilde sumisión. Y, aunque era Hijo de Dios, aprendió por medio de sus propios sufrimientos qué significa obedecer. De este modo, él alcanzó la perfección y llegó a ser causa de salvación eterna para todos los que le obedecen.

 

Palabra de Dios.

 

EVANGELIO

 

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Juan   18, 1-19, 42

 

Se apoderaron de Jesús y lo ataron

 

            C.        Jesús fue con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón. Había en ese lugar una huerta y allí entró con ellos. Judas, el traidor, también conocía el lugar porque Jesús y sus discípulos se reunían allí con frecuencia. Entonces Judas, al frente de un destacamento de soldados y de los guardias designados por los sumos sacerdotes y los fariseos, llegó allí con faroles, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que le iba a suceder, se adelantó y les preguntó:

            X  « ¿A quién buscan?»

            C.  Le respondieron:

            S.  «A Jesús, el Nazareno.»

            C.  El les dijo:

            X  «Soy yo.»

            C.  Judas, el que lo entregaba estaba con ellos. Cuando Jesús les dijo: «Soy yo», ellos retrocedieron y cayeron en tierra. Les preguntó nuevamente:

            X  « ¿A quién buscan?»

            C.  Le dijeron:

            S.  «A Jesús, el Nazareno.»

            C.  Jesús repitió:

            X  «Ya les dije que soy yo. Si es a mí a quien buscan, dejen que estos se vayan.»

            C.  Así debía cumplirse la palabra que él había dicho: «No he perdido a ninguno de los que me confiaste.» Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja derecha. El servidor se llamaba Malco. Jesús dijo a Simón Pedro:

            X  «Envaina tu espada. ¿Acaso no beberé el cáliz que me ha dado el Padre ?»

Llevaron primero a Jesús ante Anás

            C.  El destacamento de soldados, con el tribuno y los guardias judíos, se apoderaron de Jesús y lo ataron. Lo llevaron primero ante Anás, porque era suegro de Caifás, Sumo Sacerdote aquel año. Caifás era el que había aconsejado a los judíos: «Es preferible que un solo hombre muera por el pueblo.»

            Entre tanto, Simón Pedro, acompañado de otro discípulo, seguía a Jesús. Este discípulo, que era conocido del Sumo Sacerdote, entró con Jesús en el patio del Pontífice, mientras Pedro permanecía afuera, en la puerta. El otro discípulo, el que era conocido del Sumo Sacerdote, salió, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La portera dijo entonces a Pedro:

            S.  « ¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?»

            C.  El le respondió:

            S.  «No lo soy.»

            C.  Los servidores y los guardias se calentaban junto al fuego, que habían encendido porque hacía frío. Pedro también estaba con ellos, junto al fuego. El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su enseñanza. Jesús le respondió:

            X  «He hablado abiertamente al mundo; siempre enseñé en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada en secreto. ¿Por qué me interrogas a mí? Pregunta a los que me han oído qué les enseñé. Ellos saben bien lo que he dicho.»

            C.  Apenas Jesús dijo esto, uno de los guardias allí presentes le dio una bofetada, diciéndole:

            S.  « ¿Así respondes al Sumo Sacerdote?»

            C.  Jesús le respondió:

            X  «Si he hablado mal, muestra en qué ha sido; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?»

            C.  Entonces Anás lo envió atado ante el Sumo Sacerdote Caifás.

¿No eres tú también uno de sus discípulos? No lo soy

            C.  Simón Pedro permanecía junto al fuego. Los que estaban con él le dijeron:

            S.  « ¿No eres tú también uno de sus discípulos?»

            C.  El lo negó y dijo:

            S.  «No lo soy.»

            C.  Uno de los servidores del Sumo Sacerdote, pariente de aquel al que Pedro había cortado la oreja, insistió:

            S.  « ¿Acaso no te vi con él en la huerta?»

            C.  Pedro volvió a negarlo, y en seguida cantó el gallo.

Mi realeza no es de este mundo

            C.  Desde la casa de Caifás llevaron a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Pero ellos no entraron en el pretorio, para no contaminarse y poder así participar en la comida de Pascua. Pilato salió adonde estaban ellos y les preguntó:

            S.  « ¿Qué acusación traen contra este hombre?»

            C.  Ellos respondieron:

            S.  «Si no fuera un malhechor, no te lo hubiéramos entregado.»

            C.  Pilato les dijo:

            S.  «Tómenlo y júzguenlo ustedes mismos, según la ley que tienen.»

            C.  Los judíos le dijeron:

            S.  «A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie.»

            C.  Así debía cumplirse lo que había dicho Jesús cuando indicó cómo iba a morir. Pilato volvió a entrar en el pretorio, llamó a Jesús y le preguntó:

            S.  « ¿Eres tú el rey de los judíos?»

            C.  Jesús le respondió:

            X  « ¿Dices esto por ti mismo u otros te lo han dicho de mí?»

            C.  Pilato replicó:

            S.  « ¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes te han puesto en mis manos. ¿Qué es lo que has hecho?»

            C.  Jesús respondió:

            X  «Mi realeza no es de este mundo. Si mi realeza fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi realeza no es de aquí.»

            C.  Pilato le dijo:

            S.  « ¿Entonces tú eres rey?»

            C.  Jesús respondió:

            X  «Tú lo dices: yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz.»

            C.  Pilato le preguntó:

            S.  « ¿Qué es la verdad?»

            C.  Al decir esto, salió nuevamente a donde estaban los judíos y les dijo:

            S.  «Yo no encuentro en él ningún motivo para condenarlo. Y ya que ustedes tienen la costumbre de que ponga en libertad a alguien, en ocasión de la Pascua, ¿quieren que suelte al rey de los judíos?»

            C.  Ellos comenzaron a gritar, diciendo:

            S.  « ¡A él no, a Barrabás!»

            C.  Barrabás era un bandido.

¡Salud, rey de los judíos!

            C.  Pilato mandó entonces azotar a Jesús. Los soldados tejieron una corona de espinas y se la pusieron sobre la cabeza. Lo revistieron con un manto rojo, y acercándose, le decían:

            S.  « ¡Salud, rey de los judíos!», y lo abofeteaban. Pilato volvió a salir y les dijo:

            S.  «Miren, lo traigo afuera para que sepan que no encuentro en él ningún motivo de condena.»

            C.  Jesús salió, llevando la corona de espinas y el manto rojo. Pilato les dijo:

            S.  « ¡Aquí tienen al hombre!»

            C.  Cuando los sumos sacerdotes y los guardias lo vieron, gritaron:

            S.  « ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!»

            C.  Pilato les dijo:

            S.  «Tómenlo ustedes y crucifíquenlo. Yo no encuentro en él ningún motivo para condenarlo.»

            C.  Los judíos respondieron:

            S.  «Nosotros tenemos una Ley, y según esa Ley debe morir porque él pretende ser Hijo de Dios.»

            C.  Al oír estas palabras, Pilato se alarmó más todavía. Volvió a entrar en el pretorio y preguntó a Jesús:

            S.  « ¿De dónde eres tú?»

            C.  Pero Jesús no le respondió nada. Pilato le dijo:

            S.  « ¿No quieres hablarme? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y también para crucificarte?»

            C.  Jesús le respondió:

            X  «Tú no tendrías sobre mí ninguna autoridad, si no la hubieras recibido de lo alto. Por eso, el que me ha entregado a ti ha cometido un pecado más grave.»

¡Que muera! ¡Que muera! ¡Crucifícalo!

            C.  Desde ese momento, Pilato trataba de ponerlo en libertad. Pero los judíos gritaban:

            S.  «Si lo sueltas, no eres amigo del César, porque el que se hace rey se opone al César.»

            C.  Al oír esto, Pilato sacó afuera a Jesús y lo hizo sentar sobre un estrado, en el lugar llamado «el Empedrado», en hebreo, «Gábata.»

            Era el día de la Preparación de la Pascua, alrededor del mediodía. Pilato dijo a los judíos:

            S.  «Aquí tienen a su rey.»

            C.  Ellos vociferaban:

            S.  « ¡Que muera! ¡Que muera! ¡Crucifícalo!»

            C.  Pilato les dijo:

            S.  « ¿Voy a crucificar a su rey?»

            C.  Los sumos sacerdotes respondieron:

            S.  «No tenemos otro rey que el César.»

Lo crucificaron, y con él a otros dos.

            C.  Entonces Pilato se lo entregó para que lo crucificaran, y ellos se lo llevaron. Jesús, cargando sobre sí la cruz, salió de la ciudad para dirigirse al lugar llamado «del Cráneo», en hebreo «Gólgota.» Allí lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado y Jesús en el medio. Pilato redactó una inscripción que decía: «Jesús el Nazareno, rey de los judíos», y la hizo poner sobre la cruz.

            Muchos judíos leyeron esta inscripción, porque el lugar donde Jesús fue crucificado quedaba cerca de la ciudad y la inscripción estaba en hebreo, latín y griego. Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato:

            S.  «No escribas: «El rey de los judíos», sino: «Este ha dicho: Yo soy el rey de los judíos.»»

            C.  Pilato respondió:

            S.  «Lo escrito, escrito está.»

Se repartieron mis vestiduras

            C.  Después que los soldados crucificaron a Jesús, tomaron sus vestiduras y las dividieron en cuatro partes, una para cada uno. Tomaron también la túnica, y como no tenía costura, porque estaba hecha de una sola pieza de arriba abajo, se dijeron entre sí:

            S.  «No la rompamos. Vamos a sortearla, para ver a quién le toca.»

            C.  Así se cumplió la Escritura que dice: Se repartieron mis vestiduras y sortearon mi túnica. Esto fue lo que hicieron los soldados.

Aquí tienes a tu hijo. Aquí tienes a tu madre           

            C.  Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien el amaba, Jesús le dijo:

            X  «Mujer, aquí tienes a tu hijo.»

            C.  Luego dijo al discípulo:

            X  «Aquí tienes a tu madre.»

            C.  Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.

Todo se ha cumplido

            C.  Después, sabiendo que ya todo estaba cumplido, y para que la Escritura se cumpliera hasta el final, Jesús dijo:

            X  «Tengo sed.»

            C.  Había allí un recipiente lleno de vinagre; empaparon en él una esponja, la ataron a una rama de hisopo y se la acercaron a la boca. Después de beber el vinagre, dijo Jesús:

            X  «Todo se ha cumplido.»

            C.  E inclinando la cabeza, entregó su espíritu.

            Aquí todos se arrodillan, y se hace una breve pausa.

En seguida brotó sangre y agua

            C.  Era el día de la Preparación de la Pascua. Los judíos pidieron a Pilato que hiciera quebrar las piernas de los crucificados y mandara retirar sus cuerpos, para que no quedaran en la cruz durante el sábado, porque ese sábado era muy solemne. Los soldados fueron y quebraron las piernas a los dos que habían sido crucificados con Jesús. Cuando llegaron a él, al ver que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con la lanza, y en seguida brotó sangre y agua.

            El que vio esto lo atestigua: su testimonio es verdadero y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean. Esto sucedió para que se cumpliera la Escritura que dice: No le quebrarán ninguno de sus huesos. Y otro pasaje de la Escritura, dice: Verán al que ellos mismos traspasaron.

Envolvieron con vendas el cuerpo de Jesús, agregándole la mezcla de perfumes

            C.  Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús -pero secretamente, por temor a los judíos- pidió autorización a Pilato para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se la concedió, y él fue a retirarlo.

            Fue también Nicodemo, el mismo que anteriormente había ido a verlo de noche, y trajo una mezcla de mirra y áloe, que pesaba unos treinta kilos. Tomaron entonces el cuerpo de Jesús y lo envolvieron con vendas, agregándole la mezcla de perfumes, según la costumbre de sepultar que tienen los judíos.

            En el lugar donde lo crucificaron había una huerta y en ella, una tumba nueva, en la que todavía nadie había sido sepultado. Como era para los judíos el día de la Preparación y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

 

Palabra del Señor.

 

PARA REFLEXIONAR

  • Aquel día- el gran día, la hora de cada hombre- aparentemente los hombres juzgaron a Jesús y lo hallaron culpable. Sin embargo es esta una de las grandes paradojas de Dios: el reo se constituyó en juez del mundo de la iniquidad, y su culpabilidad fue descubierta. Uno a uno a desfilan ante Jesús los distintos hombres y cada uno tuvo que enfrentarse con Jesús testigo de la verdad y en este enfrentamiento cada uno se dejó ver tal cual era.
  • Pedro y los apóstoles, aparentemente fieles seguidores de Jesús ponen al descubierto su fragilidad, su cobardía, sus dobles intenciones, su afán de poder.
  • Judas encarna la traición del hombre.
  • Anás y Caifás, los guardianes del orden religioso, amparados por el prestigio y por el apoyo del poder político, abusan de su situación de hombres sagrados para dominar al pueblo.
  • Pilato es responsable del poder civil, el juez de los sediciosos es tan sólo un pusilánime sin convicciones; un asesino legal.
  • Los guardias, son la expresión de la brutalidad humana descontrolada, al servicio de una causa que no conocen pero a la que igualmente sirven.
  • El pueblo que se deja llevar por arrebato, es engañado por sus líderes y usado bajo la cortina de humo del patriotismo y la defensa de los valores religiosos.
  • María y las mujeres junto con Juan son los que no hablan, los que sufren en silencio, los que unen sus sufrimientos al de Jesús para dar la vida a los hermanos.
  • Así cada viernes, es también el día de nuestro juicio, todos tenemos parte en este drama humano amasado por el egoísmo, porque somos cómplices silenciosos de una sociedad utilitaria, individualista, intransigente que recurre a la mentira, a la prepotencia, a  la presión moral y psicológica y a la manipulación para seguir avanzando.
  • Sin embargo, aquel día, Dios entronizó a su hijo como rey de su nuevo pueblo. Allí está sentado en su trono; la cruz, abrazando a la humanidad dividida a la que redime con su sangre, con su corona de espinas y con el manto rojo de su realeza.
  • Es el Rey de la Vida porque nadie se la arrebata sino que la da, porque morir de este modo ya es vivir. En el interior de esta muerte hay una vida que no puede ser devorada. Está oculta en la muerte, no es que venga después, sino que ya está dentro de la vida de aquel, que vive en el amor, la solidaridad y la valentía para soportar y morir. Por la muerte se revela la vida, su poder y su gloria.
  • La gran y eterna paradoja de este día: quien muere como esclavo, es reconocido por la fe como el hombre nuevo que hace nuevas todas las cosas. En la cruz se entierra el pasado, termina el imperio del pecado y de las tinieblas y comienza la era de la luz. El que en la realidad descarnada del dolor humano, nos regala la riqueza inmensa  del amor de Dios.
  • Y desde aquella tarde, Dios camina y redime el camino del dolor de los hombres. Desde aquella tarde, Dios se ha manifestado como el Señor; no el de truenos y relámpagos, no el Dios de los ejércitos sino el de la cruz, el siervo sufriente, varón de dolores, cordero sacrificado. Desde aquella tarde, Dios tiene preferencias: los pobres, los pequeños, los sencillos, los limpios de corazón.
  • Fue la  tarde del amor nuevo, del amor que llama, del amor que exige, del amor que redime. Padre perdónalos… en tus manos encomiendo mi espíritu, síntesis de su vida, su misión y llamado; porque tanto el perdón como la confianza, son las formas mediante las cuales no permitiremos que el odio y la desesperación tengan la última palabra.  Son el gesto supremo de la grandeza del hombre.
  • Que el vivir así, nos revele la vida nueva escondida en la muerte. Y sólo podremos hacerlo con la mirada clavada en el crucificado, que ahora ya es viviente.
  • Como Iglesia llamada a ser signo de alianza reconciliadora y definitiva, bebamos una y otra vez de estas palabras, en el altar de la vida; para que la pasión de Cristo nos transfigure, para que la pasión de Cristo, pasión del hombre, alcance la gloria de la resurrección. Cristo ha penetrado los cielos y desde su cielo, sin venganzas, con amor infinito en la voz de su Iglesia que peregrina en la tierra, quiere seguir diciendo cómo nos amó cuando murió en la cruz, y cómo nos sigue amando ahora, mientras peregrinamos juntos y hacia Él.

 

PARA DISCERNIR

  • ¿Qué personas y realidades concretas voy a colocar hoy a los pies de la Cruz?
  • ¿Qué pecados quiero crucificar en la Cruz de Cristo?
  • ¿Qué impulsos de amor, de perdón y de servicios, hacia personas concretas, siento hoy en comunión con el Crucificado?

 

ARZOBISPADO DE BUENOS AIRES

Vicaría de Pastoral