¡Amor y paz!
Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio, en este 1er Domingo de
Adviento, ciclo C.
Dios nos bendice....
LECTIO DIVINA: 1º
DOMINGO DE ADVIENTO (C)
Lectio:
Domingo, 2 diciembre, 2018
Luca 21,25-28.34-36
1. Oración
inicial
Señor Jesús, envía tu Espíritu,
para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has
leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita
en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los
acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser
el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y
resurrección.
Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la
Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y
en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como
los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y
testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de
fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María,
que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén
2. Lectura
a) Clave de
lectura:
El texto litúrgico de este domingo nos lleva a meditar el discurso de Jesús
sobre el fin del mundo. Hoy, cuando se habla tanto del fin del mundo, las
posiciones son muy variadas. Algunos tienen miedo. Otros permanecen
indiferentes. Otros comienzan a vivir con más seriedad. Y todavía otros, cuando
oyen una terrible noticia, exclaman: “¡El fin del mundo está cerca!” ¿Y tú?
¿Tienes una opinión al respecto? ¿Por qué al principio del año
litúrgico, en este primer domingo de Adviento, la Iglesia nos coloca de
frente el fin de la historia?
Teniendo presente estas preguntas, tratemos de leer de modo que nos interpele y
nos interrogue.
Durante la lectura haremos un esfuerzo por prestar atención, no a
lo que nos causa temor, sino más bien a lo que produce
esperanza.
b) Una división
del texto para ayudar en la lectura:
Lucas 21,25-26. Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas
Lucas 21,27: El Hijo del Hombre vendrá sobre una nube
Lucas 21,28: La esperanza que renace en el corazón
Lucas 21,29-33: La lección de la parábola de la higuera
Lucas 21,34-36: Exhortación a la vigilancia
c) El Texto:
25 «Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y
en la tierra, angustia de la gente, trastornada por el estruendo del mar y de
las olas. 26 Los hombres se quedarán sin aliento por el
terror y la ansiedad ante las cosas que se abatirán sobre el mundo, porque las
fuerzas de los cielos se tambalearán.
27 Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con
gran poder y gloria.
28 Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y
levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación.»
34 «Cuidad que no se emboten vuestros corazones por el
libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida y venga
aquel Día de improviso sobre vosotros, 35 como un lazo;
porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra. 36Estad
en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza, logréis escapar y
podáis manteneros en pie delante del Hijo del hombre.»
3. Un momento de
silencio orante
para que la Palabra de Dios pueda
entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.
4. Algunas
preguntas
para ayudarnos en la meditación y
en la oración.a) ¿Qué sentimientos has tenido durante la lectura? ¿De miedo o
de paz? ¿Por qué?
b) ¿Has encontrado en el texto algo que te haya dado esperanza y ánimo?
c) ¿Qué es lo que hoy empuja a la gente a tener esperanza o a resistir?
d) ¿Por qué al principio del Adviento la Iglesia nos confronta
con el fin del mundo?
e) ¿Qué responderíamos a los que dicen que el fin del mundo está cerca?
f) ¿Cómo entender la imagen de la venida del Hijo del Hombre sobre una nube?
5. Una clave de
lectura
para aquéllos que quisieran
profundizar en el tema
I. El contexto
del discurso de Jesús
El texto del Evangelio de este
domingo (Lc 21,25-28.34-36) es parte del así llamado "discurso
escatológico” (Lc 28-36). En el Evangelio de Lucas, este discurso está
presentado como respuesta de Jesús a una pregunta de los discípulos. Ante la
belleza y grandeza del templo de la ciudad de Jerusalén, Jesús había dicho:
“¡No quedará piedra sobre piedra!”(Lc 21,5-6). Los discípulos querían que Jesús
les diese más información sobre esta destrucción del templo y pedían: “¿Cuándo
sucederá esto, Maestro, y cuáles serán las señales de que estas cosas están a
punto de suceder?” (Lc 21,7).
Objetivo del
discurso: ayudar a discernir los acontecimientos
En el tiempo de Jesús (año 33), de
frente a los desastres, guerras y persecuciones, mucha gente decía: “¡El fin
del mundo está cerca!” La comunidad del tiempo de Lucas (año 85) pensaba lo
mismo. Además, a causa de la destrucción de Jerusalén (año 70) y de la
persecución de los cristianos, que duraba ya unos cuarenta años, había quien
decía: “¡Dios no controla los acontecimientos de la vida! ¡Estamos perdidos!”
Por esto, la preocupación principal del discurso es el de ayudar a los
discípulos y discípulas a discernir los signos de los tiempos para no ser
engañados por estas conversaciones de la gente sobre el fin del mundo: “¡Atención!
¡No os dejéis engañar!” (Lc 21,8). El discurso nos da diversas señales para
ayudarnos a discernir.
Seis señales que
nos ayudan a discernir los acontecimientos de la vida
Después de una breve introducción
(Lc 21,5) comienza el discurso propiamente dicho. En estilo apocalíptico, Jesús
enumera los sucesos que sirven de señales. Bueno será recordar que Jesús vivía
y hablaba en el año 33, pero que los lectores de Lucas vivieron y escucharon
las palabras de Jesús alrededor del año 85. Entre el año 33 y el 85 sucedieron
muchas cosas de todos conocidas, por ejemplo: la destrucción de Jerusalén (año
70), las persecuciones, guerras por doquier, desastres naturales. El discurso
de Jesús anuncia los acontecimientos como algo que deberá suceder en el futuro.
Pero las comunidades los consideran algo ya pasados, ya sucedidos:
Primera señal: los falsos Mesías que dirán: “¡Soy yo! ¡El tiempo está cerca!” (Lc
21,8);
Segunda señal: guerras y rumores de
guerra (Lc 21,9);
Tercera señal: una nación se alzará
contra otra (Lc 21,10);
Cuarta señal: hambre, peste y
terremotos por todas partes (Lc 21,11);
Quinta señal: persecuciones contra
aquéllos que anuncian la palabra de
Dios (Lc 21,12-19);
Sexta señal: asedio y destrucción
de Jerusalén (Lc 21,20-24).
Las comunidades cristianas del año
85, al oír el anuncio de Jesús podían concluir: “¡Todas estas cosas han
sucedido ya o están sucediendo! ¡Todo se desarrolla según un plano previsto por
Jesús! Por tanto, la historia no se escapa de las manos de Dios”. Especialmente
por lo que se refiere a las señales quinta y sexta podrían decir: “¡Es lo que
estamos viviendo hoy!” “¡Estamos ya en la sexta señal!” Y después viene la
pregunta: ¿Cuántas señales faltan para que venga el fin?
De todas estas cosas, aparentemente muy negativas, Jesús dice en el Evangelio
de Marcos:” Son apenas los comienzos de los dolores de parto” (Mc 13,8). ¡Los
dolores de parto, aunque sean muy dolorosos para una madre, no son señales de
muerte, sino más bien de vida! ¡No son motivo de temor, sino de alegría y de esperanza!
Este modo de leer los hechos da tranquilidad a las personas. Como veremos,
Lucas expresará la misma idea, pero con otras palabras (Lc 21,28).
Después de esta primera parte del discurso (Lc 21,8-24), vemos el texto que se
nos da en el evangelio de la Misa del primer domingo de adviento:
II. Comentarios
del texto
Lucas 21,25-26: Señales en
el sol, en la luna y en las estrellas
Estos dos versículos describen tres
fenómenos cósmicos: (1) “Habrá señales en el sol, en la luna y en las
estrellas”; (2) el fragor del mar y de las olas”; (3) “las potencias del cielo
se conmoverán”. En los años 80, época en la que escribe Lucas, estos tres
fenómenos no se habían manifestado. Las comunidades podían afirmar:” ¡Este es
la séptima y última señal que falta antes del fin!” A primera vista, parece más
terrible que las precedentes, ya que Lucas dice, que suscita angustia y causa
temor en los hombres y en las naciones. En realidad, aunque su apariencia es
negativa, estas imágenes cósmicas sugieren algo positivo, a saber, el comienzo
de la nueva creación que substituirá la antigua creación (cf Ap 21,1). El
comienzo del cielo nuevo y de la tierra nueva, anunciada por Isaías (Is 65,17).
Introducen la manifestación del Hijo de Dios, el comienzo de nuevos tiempos.
Lucas 21,27: La llegada del
Reino de Dios y la manifestación del Hijo del Hombre
Esta imagen viene de la profecía de
Daniel (Dn 7,1-14). Daniel dice que después de las desgracias causadas por los
cuatro reinos de este mundo (Dn 7, 1-14), vendrá el Reino de Dios (Dn 7,9-14).
Estos cuatro reinos, todos, tienen apariencia animalesca: león, oso, pantera y
bestia feroz (Dn 7,3-7). Son reinos animalescos. Quitan la vida a la vida
(¡incluso hoy!). El Reino de Dios aparece con el aspecto de Hijo de Hombre. O
sea, con el aspecto humano de la gente (Dn 7,13). Es un reino humano. Construir
este reino que humaniza, es tarea de las comunidades cristianas. Es la nueva
historia, la nueva creación, a cuya realización debemos colaborar.
Lucas 21,28: Una esperanza
que nace en el corazón
En el Evangelio de Marcos, Jesús
decía: ¡Es apenas el comienzo de los dolores de parto! Aquí, en el Evangelio de
Lucas, dice: “Cuando comiencen a acaecer estas cosas, ¡alzad los ojos y
levantad la cabeza, porque vuestra liberación está cerca!” Esta afirmación
indica que el objetivo del discurso no es el de causar miedo, sino sembrar
esperanza y alegría en el pueblo que estaba sufriendo por causa de la
persecución. Las palabras de Jesús ayudaban (y ayudan) a las comunidades a leer
los hechos con lentes de esperanza. Deben tener miedo aquellos que oprimen y
avasallan al pueblo. Ellos, sí, deben saber que su imperio se ha acabado.
Lucas 21,29-33: La lección
de la higuera
Cuando Jesús invita a mirar a la
higuera, Jesús pide que analicen los hechos que están acaeciendo. Es como si
dijese: “De la higuera debéis aprender a leer los signos de los tiempos y poder
así descubrir ¡dónde y cuándo Dios entra en vuestra historia! Y termina la
lección de la parábola con estas palabras: “¡El cielo y la tierra pasarán; pero
mis palabras no pasarán!” Mediante esta frase muy conocida, Jesús renueva la
esperanza y alude de nuevo a la creación nueva que ya está en acto.
Lucas 21,34-36: Exhortación
a la vigilancia
¡Dios siempre llega! Su venida
adviene cuando menos se espera. Puede suceder que Él venga y la gente no se dé
cuenta de la hora de su venida (cf Mt 24,37-39): Jesús da consejos a la gente,
de modo que siempre estén atentos: (1) evitar lo que pueda turbar y endurecer
el corazón (disipaciones, borracheras y afanes de la vida); (2) orar siempre
pidiendo fuerza para continuar esperando en pie la venida del Hijo del Hombre.
Dicho con otras palabras, el discurso pide una doble disposición: de un lado,
la vigilancia siempre atenta del que siempre está esperando y por otro lado la serena
tranquilidad del que siempre está en paz. Esta disposición es signo de mucha
madurez, porque combina la conciencia de la seriedad del empeño y la conciencia
de la relatividad de todas las cosas.
III. Más
información para poder entender mejor el texto
a) Cuando vendrá
el fin del mundo
Cuando decimos “fin del mundo”,
¿de qué estamos hablando? ¿El fin del mundo del que habla la
Biblia o el fin de este mundo, donde reina el poder del mal
que destroza y oprime la vida? Este mundo de injusticia tendrá fin. Ninguno
sabe cómo será el mundo nuevo, porque nadie puede imaginarse lo que Dios tiene
preparado para aquéllos que lo aman (1 Cor 2,9). El mundo nuevo de la vida sin
muerte (Apoc 21,4), sobrepasa a todo, como el árbol supera a su simiente (1 Cor
15,35-38). Los primeros cristianos estaban ansiosos o deseaban saber el cuándo
de este fin (2 Ts 2,2; Hech 1,11). Pero “no toca a vosotros conocer los tiempos
y los momentos que el Padre ha fijado con su autoridad” (Hech 1,7). El único
modo de contribuir al final "es que nos lleguen los tiempos del refrigerio
de parte del Señor" (Hech 3,20), es dar testimonio al Evangelio en todo
momento y acción, hasta los confines de la tierra (Hech 1,8).
b) ¡Nuestro
tiempo! ¡El tiempo de Dios!
“Porque ninguno conoce ni el día, ni
la hora; ni siquiera los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre” (Mc
13,32; Mat 24,36). Es Dios quien determina la hora del fin. El tiempo de Dios
no se mide con nuestro reloj o calendario. Para Dios un día puede ser igual a
mil años y mil años iguales a un día (Sl 90,4; Pt 3,8). El tiempo de Dios
discurre independientemente del nuestro. Nosotros no podemos interferirlo, pero
debemos estar preparado para el momento en el que la hora de Dios se presenta
en nuestro tiempo. Lo que da seguridad, no es saber la hora del fin del mundo,
sino la Palabra de Jesús presente en la vida. El mundo pasará, pero su palabra
no pasará (cf Is 40, 7-8).
c) El contexto en
el que se encuentra nuestro texto en el Evangelio de Lucas
Para nosotros, hombres del siglo XXI,
el lenguaje apocalíptico es extraño, difícil y confuso. Pero para la gente de
aquel tiempo era el modo de hablar que entendían. Expresaba la certeza
testaruda de la fe de los niños. A pesar de todo y contra todas las
apariencias, ellos continuaban creyendo que Dios es el Señor de la Historia. El
objetivo principal del lenguaje apocalíptico es animar la fe y la esperanza de
los pobres. En tiempos de Lucas, mucha gente de las comunidades pensaban que el
fin del mundo estaba cerca y que Jesús habría vuelto. Pero estos individuos
eran personas que nunca trabajaban: “¿Para qué trabajar si Jesús volverá?” (cf
Ts 3,11). Otros permanecían mirando al cielo, aguardando la vuelta de Jesús
sobre las nubes (cf Hech 1,11). El discurso de Jesús indica que ninguno sabe la
hora de la última venida. ¡Hoy sucede la misma cosa! Algunos esperan tanto la
venida de Jesús, que no perciben su presencia en medio de nosotros, en las
cosas, en los hechos de cada día.
6. Salmo 46 (45)
Dios es nuestra
fortaleza
Dios es nuestro refugio y
fortaleza,
socorro en la angustia, siempre a punto.
Por eso no tememos si se altera la tierra,
si los montes vacilan en el fondo del mar,
aunque sus aguas bramen y se agiten,
y su ímpetu sacuda las montañas.
¡Un río! Sus brazos recrean la
ciudad de Dios,
santifican la morada del Altísimo.
Dios está en medio de ella, no vacila,
Dios la socorre al despuntar el alba.
Braman las naciones, tiemblan los reinos,
lanza él su voz, la tierra se deshace.
¡Con nosotros Señor Sebaot,
nuestro baluarte el Dios de Jacob!
Venid a ver los prodigios del Señor,
que llena la tierra de estupor.
Detiene las guerras por todo el
orbe;
quiebra el arco, rompe la lanza,
prende fuego a los escudos.
«Basta ya, sabed que soy Dios,
excelso sobre los pueblos, sobre la tierra excelso».
¡Con nosotros Yahvé Sebaot,
nuestro baluarte el Dios de Jacob!
7. Oración final
Señor Jesús, te damos gracia por tu
Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu
ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu
Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no
sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas
con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los
siglos. Amén.
Orden de los Carmelitas