lunes, 21 de noviembre de 2016

María, modelo de la libertad que dignifica

Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este lunes en que celebramos la memoria de la presentación de la santísima Virgen María.

Dios nos bendice…

Evangelio según san Mateo 12, 46-50

En aquel tiempo, estaba Jesús hablando a la gente, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera, tratando de hablar con él. Uno se lo avisó: “Oye tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo.”Pero él contestó al que avisaba:“Quién es mi madre y quienes son mis hermanos?” Y, señalando con la mano a los discípulos, dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos.” El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre. 
Comentario


1.1 Podemos decir que esta fiesta es una celebración de la libertad humana en su maravillosa capacidad de resolverse por Dios. Casi todas las fiestas de la Virgen encomian las obras de Dios en ella; esta, por el contrario, nos recuerda que la gracia encontró en Ella un corazón generoso y resuelto. Un corazón que se "presentó"; se ofreció a Dios.

1.2 Este es un día para dar gracias a Dios, y también para meditar en nuestras opciones fundamentales. Otro modo de nombrar esta fiesta es decir que estamos bendiciendo al Señor al contemplar la opción radical, total y continua de María. Porque en Ella los actos no son puntos aislados, momentos incomunicados, sino actitudes, hábitos, modos de su naturaleza en camino hacia su Autor y Redentor.

1.3 Puede sonar extraño para unos y otros, pero hay que decirlo en voz alta: la libertad humana puede volverse hacia Dios. Extraño para unos, por demasiado obvio; extraño para otros porque nuestro tiempo toma como un dogma que libertad es insubordinación, radical independencia, decisión en el vacío; pero ahí está María para mostrar que no. Libertad no es hacer cualquier cosa, ni desear cualquier cosa, ni predicar cualquier cosa.

2. Dueña de sí, Esclava de Dios

2.1 En una hermosa oración dice el P. Ignacio Larrañaga: "eres señora del universo porque primero eres señora de ti misma". Muchos de nuestros contemporáneos quieren dominar el mundo pero no pueden dominarse a sí mismos. Se convierten así en instrumentos útiles a los intereses de moda o los imperios de turno. María, especialmente en este misterio, aparece como dueña de sí, y por lo mismo, capaz de darse. ¿Cómo dar, en efecto, lo que no es de uno?

2.2 Ahora bien, ser dueño de sí no es todo aún. Si la creatura pretende ser un absoluto y un fin para sí mismo, escoge el camino de Lucifer o el del Anticristo. Ser dueños de nosotros es el paso irrenunciable pero no último para poder trascender, para entregarnos, para donarnos. María, en el misterio que hoy celebramos es al mismo tiempo la dueña de sí y la esclava del Señor. No hay contradicción en los términos: sólo quien se posee puede darse, y no hay opción más sabia, bella o justa que ofrecer en gratitud y obediencia nuestro ser a quien mejor nos conoce y ama.

3. La Eucaristía, ofrenda de cada uno y de todos

3.1 En las plegarias eucarísticas se relaciona siempre la ofrenda de Jesús y la nuestra, que no es otra sino nuestra unión con él. Es lo que nos enseñó san Pablo: "gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, os hicisteis obedientes de corazón a aquella forma de doctrina a la que fuisteis entregados; y habiendo sido libertados del pecado, os habéis hecho siervos de la justicia. Hablo en términos humanos, por causa de la debilidad de vuestra carne. Porque de la manera que presentasteis vuestros miembros como esclavos a la impureza y a la iniquidad, para iniquidad, así ahora presentad vuestros miembros como esclavos a la justicia, para santificación" (Rom 6,17-19). Notemos cómo aquí presentarse y ofrecerse son sinónimos, lo mismo que ser obedientes y ser siervos.

3.2 En la ofrenda eucarística hace cada uno su propia "presentación" como la hizo María en su temprana infancia, movida por la gracia de Dios. Es aquí, junto al altar, donde hacemos realidad la enseñanza del apóstol: "Por consiguiente, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios, que es vuestro culto racional" (Rom 12,1).


http://fraynelson.com/homilias.html.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Jesús crucificado, acuérdate de nosotros

Amor y paz!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este domingo en que celebramos la solemnidad de Jesucristo Rey del universo.

Dios nos bendice…

Evangelio según San Lucas 23,35-43. 
En aquel tiempo, las autoridades hacían muecas a Jesús, diciendo: "A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido." Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: "Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo." Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: "Éste es el rey de los judíos." Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: "¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros." Pero el otro lo increpaba: "¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibirnos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada." Y decía: "Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino." Jesús le respondió: "Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso."
 Comentario

El ciclo litúrgico que termina hoy con la celebración de la fiesta de Jesucristo Rey, nos presenta a un rey crucificado, del que se burlaban las autoridades: “– Salvó a otros, que se salve a sí mismo ahora, si de veras es el Mesías de Dios y su escogido. Los soldados también se burlaban de Jesús. Se acercaban y le daban de beber vino agrio diciéndole: – ¡Si tú eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo! Y había un letrero sobre su cabeza, que decía: ‘Este es el Rey de los judíos”. Incluso, cuenta el evangelio de san Lucas, uno de los criminales que estaban colgados junto a él, lo insultaba diciéndole: “– ¡Si tú eres el Mesías, sálvate a ti mismo y sálvanos también a nosotros¡ Pero el otro reprendió a su compañero diciéndole: – ¿No tienes temor de Dios, tú que estás bajo el mismo castigo? Nosotros estamos sufriendo con toda razón, porque estamos pagando el justo castigo de lo que hemos hecho; pero este hombre no hizo nada malo. Luego añadió: – Jesús, acuérdate de mí cuando comiences a reinar. Jesús le contestó: – Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Se trata de un Rey que contrasta con la imagen que tenemos de una persona que ostenta ese título. Es un Rey que no utiliza su poder para salvarse a sí mismo, sino para salvar a toda la humanidad, incluidos tú y yo. Delante de este Rey, humilde y aparentemente vencido, el Beato Juan XXIII, en su Diario del alma, escribió siendo joven, un ofrecimiento que invito a repetir hoy con la misma confianza con la que él lo hizo hace ya tantos años:

“¡Salve, oh Cristo Rey! Tú me invitas a luchar en tus batallas, y no pierdo un minuto de tiempo. Con el entusiasmo que me dan mis 20 años y tu gracia, me inscribo animoso en las filas. Me consagro a tu servicio, para la vida y para la muerte. Tú me ofreces, como emblema, y como arma de guerra, tu cruz. Con la diestra extendida sobre esta arma invencible te doy palabra solemne y te juro con todo el ímpetu de mi amor juvenil fidelidad absoluta hasta la muerte. Así, de siervo que tú me creaste, tomo tu divisa, me hago soldado, ciño tu espada, me llamo con orgullo Caballero de Cristo. Dame corazón de soldado, ánimo de caballero, ¡oh Jesús!, y estaré siempre contigo en las asperezas de la vida, en los sacrificios, en las pruebas, en las luchas, contigo estaré en la victoria.

Y puesto que todavía no ha sonado para mí la señal de la lucha, mientras estoy en las tiendas esperando mi hora, adiéstrame con tus ejemplos luminosos a adquirir soltura, a hacer las primeras pruebas con mis enemigos internos. ¡Son tantos, o Jesús, y tan implacables! Hay uno especialmente que vale por todos: feroz, astuto, lo tengo siempre encima, afecta querer la paz y se ríe de mí en ella, llega a pactar conmigo, me persigue incluso en mis buenas acciones. Señor Jesús, tú lo sabes, es el Amor Propio, el espíritu de soberbia, de presunción, de vanidad; que me pueda deshacer de él, de una vez para siempre, o si esto es imposible, que al menos lo tenga sujeto, de modo que yo, más libre en mis movimientos, pueda incorporarme a los valientes que defienden en la brecha tu santa causa, y cantar contigo el himno de la salvación”.

Con la misma generosidad que refleja este escrito Juan XXIII, podríamos decirle al Señor crucificado que se acuerde de nosotros cuando comience a reinar.

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.
Sacerdote jesuita, Profesor Asociado de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá