viernes, 6 de junio de 2014

El amor a Cristo deber traducirse en servicio a nuestro prójimo

¡Amor y paz!

Hoy y mañana, los últimos días feriales de la Pascua, cambiamos de escenario. Lo que leemos no pertenece ya a la Ultima Cena, sino a la aparición del Resucitado a siete discípulos a orillas del lago de Genesaret.

Ya habíamos leído esta aparición en la primera semana de Pascua -por tanto el final de la Pascua conecta con su principio- pero hoy escuchamos el diálogo «de sobremesa» que tuvo lugar después de la pesca milagrosa y el encuentro de Jesús con los suyos, con el amable desayuno que les preparó.

El diálogo tiene como protagonista a Pedro, con las tres preguntas de Jesús y las tres respuestas del apóstol que le había negado.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este viernes de la 7ª, semana de Pascua.

Dios nos bendice…

Evangelio según San Juan 21,15-19.
Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos, después de comer, dijo a Simón Pedro: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?". El le respondió: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero". Jesús le dijo: "Apacienta mis corderos". Le volvió a decir por segunda vez: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas?". El le respondió: "Sí, Señor, sabes que te quiero". Jesús le dijo: "Apacienta mis ovejas". Le preguntó por tercera vez: "Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?". Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: "Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero". Jesús le dijo: "Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras joven, tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras". De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: "Sígueme". 
Comentario

El amor a Cristo no puede ser auténtico mientras no se traduzca en un verdadero servicio a nuestro prójimo. Cuidar, velar de él, procurar su bien, defenderlo del mal y de las insidias de los malvados, estará indicando el grado de amor que realmente le tenemos a Cristo. Si en verdad amamos a Cristo debemos dejarnos conducir por su Espíritu. Mientras uno es joven, inmaduro, va por los propios caminos, por los propios caprichos e imaginaciones. Una fe madura debe llevarnos a dejarnos conducir por el Espíritu que, como el viento, nos llevará por donde Él quiera. Entonces podremos ser auténticos testigos de Cristo, dispuestos incluso a derramar nuestra sangre por Él en favor de nuestro prójimo, a quien amaremos como nosotros hemos sido amados por el Señor.

En la Eucaristía el Señor nos comunica su Vida, su Amor para que realmente podamos transformarnos por obra de su Espíritu en nosotros. El Señor espera de nosotros no sólo un momento de oración, tal vez muy devota; Él quiere de nosotros un auténtico compromiso de amor que nos lleve a amar y servir a nuestro prójimo hasta el extremo, como nosotros hemos sido amados por Cristo. El Señor nos pide que vayamos tras sus huellas de servicio, de entrega en favor de los demás. Junto con Él nuestra vida se ha de entregar por los demás y nuestra sangre se ha de derramar para el perdón de sus pecados. Unidos al Sacrificio redentor de Cristo estamos aceptando darlo todo, con amor, para que el Reino de Dios y su salvación llegue a todos. Cristo ha velado por nosotros, por nuestro bien, por nuestra salvación. Ahora quiere que su Iglesia continúe con esa misma obra a través del tiempo. Vivamos totalmente comprometidos con la obra de salvación que el Señor nos ha confiado.

Por eso, quienes vivimos la Eucaristía debemos ir hacia nuestro prójimo como testigos de la Resurrección de Cristo, hombres renovados y nacidos del Espíritu para estar al servicio del Evangelio, amando, socorriendo, perdonando, levantando a nuestro prójimo. Ir tras las huellas de Cristo no puede quedarse en un estar con Él en algunos actos de piedad; ir tras las huellas de Cristo nos debe hacer testigos de Él con la vida y las obras. Velar por nuestro prójimo no puede quedarse sólo en remediarle sus necesidades materiales o corporales; mientras no procuremos que el amor a Dios y al prójimo se haga realidad en ellos, mientras Cristo no signifique todo para ellos, mientras no se dejen conducir por el Espíritu Santo, mientras no les enseñemos a ir tras las huellas de Cristo estaremos errando en la finalidad principal del anuncio del Evangelio.

Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de saber vivir en un auténtico amor a Dios, convirtiéndonos en templos suyos, de tal forma que, desde ese amor y presencia del Señor en nosotros, podamos vivir también con autenticidad el compromiso de salvación que debemos cumplir en favor de nuestro prójimo. Amén.

jueves, 5 de junio de 2014

Jesús nos incluye a todos en su oración al Padre

¡Amor y paz!

Con gran riqueza de matices, Jesús se desahoga ante el Padre y abre el abanico de sus deseos, acordes con la misión salvífica asumida: unión personal con el Padre, unión con los apóstoles y discípulos, preocupación por todos los que oirán la Buena Noticia por boca de sus enviados y se unirán a Él, comunión de doctrina y vida de todos los redimidos.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este jueves de la 7ª. Semana de Pascua.

Dios nos bendice…

Evangelio según San Juan 17,20-26. 
Jesús levantó los ojos al cielo y oró diciendo: "Padre santo, no ruego solamente por ellos, sino también por los que, gracias a su palabra, creerán en mí. Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno -yo en ellos y tú en mí- para que sean perfectamente uno y el mundo conozca que tú me has enviado, y que yo los amé cómo tú me amaste. Padre, quiero que los que tú me diste estén conmigo donde yo esté, para que contemplen la gloria que me has dado, porque ya me amabas antes de la creación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te conocí, y ellos reconocieron que tú me enviaste. Les di a conocer tu Nombre, y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me amaste esté en ellos, y yo también esté en ellos". 
Comentario

Este pasaje del evangelio es considerado como la más preciosa oración sacerdotal porque en ella Cristo nos pinta con sus palabras aquello que está presente en su corazón. Nos revela cómo es su oración y su trato personal con su Padre. Dentro de este magistral cuadro encontramos que ninguno escapa de su corazón. Desde el inicio de su oración al Padre pide por todos los hombres, no sólo por unos cuantos elegidos o seguidores durante su vida terrena, sino que todos quedamos dibujados en este bello paisaje de su oración. Pide por todos aquellos que por medio de las palabras creerán en su nombre.

El principal rasgo de esta pintura vemos que es la unidad. De las 5 veces que aparece la palabra uno 4 de ellas son plegarias de Cristo a su Padre para que todos seamos uno en Él porque sólo por la unidad alcanzaremos nuestra felicidad en esta vida y en la otra. Podríamos decir que este es el preámbulo de la herencia que dejará a sus apóstoles en la última cena, la caridad. Si en la última cena nos lo dejó como un mandato en esta ocasión, en su oración al Padre pide para que alcancemos esta unidad y amor entre nosotros. Intercede para que de verdad alcancemos la unidad entre nosotros. Cristo no dice que todos seamos iguales, sino que todos seamos uno, todos vibremos y sintamos con un mismo corazón. Podríamos decir que es una unidad en la diversidad.

Si Cristo insiste tanto en la unidad en este pasaje es porque sólo a través de la caridad y amor habrá paz en el mundo. Es la misma invitación que nos hace hoy Juan Pablo II, “sólo habrán paz y justicia si hay amor y caridad entre los hombres”.

Fuente: Catholic.net
Autor: Misael Cisneros