lunes, 4 de marzo de 2013

Cuando un hombre sufre, ¿qué importan su ideología, patria o religión?



¡Amor y paz!

Como lo hace Dios, que “es bondadoso con los malos y desagradecidos" (Lc 6,35), "hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia sobre malos y buenos, justos e injustos" (Mt 5,45), Jesús siempre es compasivo y acoge a todos, sin distinción.

Sin embargo, el Evangelio nos muestra hoy que los milagros realizados por Jesús en Cafarnaún suscitan la envidia de sus paisanos de Nazaret. El Señor se sitúa en la línea universalista de los profetas que critican que la salvación sea vista como algo exclusivo de los judíos.

Acojamos a Jesús, que fue rechazado en su propio pueblo. Acojamos al hermano necesitado y que sufre, independientemente de su nacionalidad, ideología o religión.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este lunes de la 3ª. Semana de Cuaresma.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Lucas 4,24-30.

Después agregó: "Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra. Yo les aseguro que había muchas viudas en Israel en el tiempo de Elías, cuando durante tres años y seis meses no hubo lluvia del cielo y el hambre azotó a todo el país. Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el país de Sidón. También había muchos leprosos en Israel, en el tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio". Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo. Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.

Comentario

La viuda de Sarepta acoge al profeta Elías con toda generosidad y agota toda su pobreza en su honor, aunque sea un extranjero de Sidón. Jamás había escuchado lo que dicen los profetas sobre el mérito de la limosna, y menos todavía la palabra del Cristo: " Tuve hambre y me disteis de comer " (Mt 25,35).

¿Cuál será nuestra excusa, si después de tales exhortaciones, después de la promesa de recompensas tan grandes, después de la promesa del Reino de cielos y de su felicidad, no alcanzamos el mismo grado de bondad que esta viuda? Una mujer de Sidón, una viuda, encargada del cuidado de una familia, amenazada por el hambre y que ve venir la muerte, abre su puerta para acoger a un hombre desconocido y le da la poca harina que se le queda...

¿Pero nosotros, que hemos sido instruidos por los profetas, que escuchamos las enseñanzas de Cristo, que tenemos la posibilidad de reflexionar sobre el futuro, que no estamos amenazados por el hambre, que poseemos mucho más que esta mujer, tendremos excusa, si no nos atrevemos a compartir nuestros bienes? ¿Descuidaremos nuestra propia salvación?...

Manifestemos pues hacia los pobres una gran compasión, con el fin de ser dignos de poseer para la eternidad los bienes futuros, por gracia y amor de nuestro Señor Jesucristo. 

San Juan Crisóstomo (c 345-407), sacerdote en Antioquía, después obispo de Constantinopla, doctor de la Iglesia. Sermón sobre Elías, la viuda y la limosna; PG 51, 348.
©Evangelizo.org 2001-2013


domingo, 3 de marzo de 2013

Dios no envía los males ni quiere la muerte sino la conversión



¡Amor y paz!

El evangelio nos reconcilia hoy con el Dios de la misericordia y de la paciencia. Interpretando Jesús unos hechos recientes de muertes violentas y desgracias, enseña claramente que no son castigos, que Dios no entra en ese juego. Lo mismo dirá cuando le pregunten sobre el pecado del ciego de nacimiento. Que nadie juzgue al otro. Que todos nos juzguemos a nosotros mismos.

No acabamos de convencernos de que Dios no castiga, que Dios no quiere la muerte, que todo sucede según las leyes naturales, para malos y buenos. Es casi blasfemo decir, cuando alguien muere prematuramente: «Dios lo ha querido», «Dios se lo ha llevado». ¿Tanta prisa tiene Dios, con toda una eternidad por delante? ¿Le necesitaba Dios más que sus hijos o sus padres? 

La diferencia entre los buenos y los malos no está en que se sufra más o menos, sino en la manera de sufrirlo.

El Dios de la paciencia. Dios no castiga, sino que espera, como el agricultor el fruto. Una paciencia infinita, un año y otro... y otro (Cáritas 1995. Pág. 81).

Dios los bendiga…

Evangelio según San Lucas 13,1-9.

En ese momento se presentaron unas personas que comentaron a Jesús el caso de aquellos galileos, cuya sangre Pilato mezcló con la de las víctimas de sus sacrificios. Él les respondió: "¿Creen ustedes que esos galileos sufrieron todo esto porque eran más pecadores que los demás? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera. ¿O creen que las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé, eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera". Les dijo también esta parábola: "Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar frutos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: 'Hace tres años que vengo a buscar frutos en esta higuera y no los encuentro. Córtala, ¿para qué malgastar la tierra?'. Pero él respondió: 'Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás'". 

Comentario

Un hombre se fue a jugar cartas un viernes santo y perdió todo lo que tenía; volvió triste a su casa y le contó a su mujer lo que le había pasado. La mujer le dijo: «Eso te pasa por jugar en viernes santo; ¿no sabes que es pecado jugar en viernes santo? ¡Dios te castigó y bien merecido que lo tienes!» El hombre se volvió hacia su señora y con aire desafiante le dijo: « ¿Y qué piensas tú, que el que me ganó jugó en lunes de pascua o qué?»

Generalmente no vemos las cosas como son sino que vemos lo que suponemos que debemos ver. Estamos llenos de prejuicios y aplicamos nuestros esquemas para leer la realidad. Es imposible desprenderse totalmente de los prejuicios, pero por lo menos vale la pena estar atentos frente a ellos. La historia con la que comenzamos revela un prejuicio religioso, pero así como éste, hay miles de prejuicios políticos, raciales, culturales... Un prejuicio muy extendido es el que supone que detrás de lo que nos pasa está Dios castigándonos o premiándonos por nuestro comportamiento moral. Quién no ha pensado alguna vez que lo que le ha pasado, bueno o malo, tenía que ver con su comportamiento anterior. Dios no anda por ahí castigando y premiando a la gente. No podemos echarle la culpa a Dios de todos los males ni pensar que nos está premiando por portarnos bien.

Hace varios años en el atentado en el que fue asesinado el líder de izquierda José Antequera, Ernesto Samper también cayó gravemente herido. Samper comentaba, un tiempo después que, aunque pasó varias semanas al borde de la muerte, siempre supo que no podía morir así; que el que era un hombre creyente y pacífico, sabía que Dios no lo dejaría morir violentamente. A los pocos días salió un artículo de la esposa Guillermo Cano, que había sido director de El Espectador, y que fue asesinado unos meses antes por sus críticas a las mafias del narcotráfico. La señora le preguntaba al futuro presidente: «Si lo que usted dice es cierto, entonces mi esposo, que murió asesinado violentamente, ¿era un hombre violento que merecía esa muerte?» No se diga lo que se podría interpretar con respecto a la muerte de José Antequera en el mismo atentado...

Y así podríamos poner muchos otros ejemplos: los que se salvan de la muerte al caer un avión y atribuyen el milagro a la medallita que llevaban o a la oración que hicieron; y los otros que llevaban la medallita y rezaron también su oración, ¿qué? El caso más claro es el mismo Jesús; el hombre más bueno que ha producido la tierra; el hombre más santo, el hombre que vivió fielmente según la voluntad de Dios, ¿por qué murió como murió? Murió solo, abandonado de sus amigos, sintiéndose abandonado del mismo Dios...

Esto es lo que Jesús quiere explicarle a sus discípulos: “¿Piensan ustedes que esto les pasó a esos hombres de Galilea por ser más pecadores que los otros de su país? Les digo que no; y si ustedes no se vuelven a Dios, también morirán. ¿O creen que aquellos dieciocho que murieron cuando la torre de Siloé les cayó encima eran más culpables que los otros que vivían en Jerusalén? Les digo que no; y si ustedes mismos no se vuelve a Dios también morirán”. Cuando nos va mal no es porque hayamos jugado cartas en viernes santo; y cuando nos va bien no es porque hayamos jugado en lunes de Pascua. Lo que nos pasa es siempre una llamada para volvernos a Dios...

Hermann Rodríguez Osorio, S.J
Sacerdote jesuita, Decano académico de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá