domingo, 25 de noviembre de 2012

Cristo nos libera de todo lo que nos impida ser realmente hombres

¡Amor y paz!

Concluye el año litúrgico, comienza el Adviento, para preparar la Navidad, y la Iglesia celebra la solemnidad de Cristo Rey del universo. Antes de leer y meditar el Evangelio y el comentario leamos este aparte de Los hermanos Karamazoff, de Fiódor Dostoievski, en el que uno de sus personajes pareciera hablarle al Señor acerca de esa realeza:

"Si hubieras cogido la espada y la corona, todos se hubieran sometido a ti de buen grado. En una sola mano hubieras reunido el dominio completo sobre las almas y los cuerpos, y hubiera comenzado el imperio de la eterna paz. Pero has prescindido de esto...

No bajaste de la cruz cuando te gritaron con burla y desprecio: ¡Baja de la cruz y creeremos que eres el Hijo de Dios! No bajaste, porque no quisiste hacer esclavos a los hombres por medio de un milagro, porque deseabas un amor libre y no el que brota del milagro. Tenías sed de amor voluntario, no de encanto servil ante el poder, que de una vez para siempre inspira temor a los esclavos. Pero aún aquí los has valorado demasiado, puesto que son esclavos -te lo digo-, habiéndolos creado como rebeldes...

Si hubieras tomado la espada y la púrpura del emperador, hubieses establecido el dominio universal y dado al mundo la paz. Pues, verdaderamente: quién puede dominar a los hombres, sino aquellos que tienen en su mano sus conciencias y su pan".

Dios los bendiga…

Evangelio según San Juan 18,33 b -37.
Pilato volvió a entrar en el pretorio, llamó a Jesús y le preguntó: "¿Eres tú el rey de los judíos?". Jesús le respondió: "¿Dices esto por ti mismo u otros te lo han dicho de mí?". Pilato replicó: "¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes te han puesto en mis manos. ¿Qué es lo que has hecho?". Jesús respondió: "Mi realeza no es de este mundo. Si mi realeza fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi realeza no es de aquí". Pilato le dijo: "¿Entonces tú eres rey?". Jesús respondió: "Tú lo dices: yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz".
Comentario

Tenemos que reconocer y aceptar, de una vez por todas, que el Reinado de Cristo no es un reinado etéreo, reducido al ámbito de lo meramente psicológico e individual, sino que es una realidad que pretende conseguir la transformación radical del mundo. Cristo es un Rey Liberador, porque nos libera (si nos dejamos, por supuesto) de todo aquello que nos impida ser realmente hombres:

-Frente al afán consumista que nos desvela y nos impide vivir con una relativa paz, Jesús nos recuerda que los ricos ya han recibido su consuelo (Lc. 6, 24), que quien pone el valor de su vida en lo que posee es un insensato (Lc. 12, 19-20). El hombre vale por lo que vale aquello a lo que se ata; si se ata a las cosas que se pagan, su precio es el dinero. Jesús nos enseña a buscar el Reino y su justicia.

-Frente a las estructuras que intentan reducir al hombre a un producto en serie, Jesús deja bien claro que leyes y estructuras están al servicio del hombre y no al revés; el testimonio evangélico no se da a base de una buena organización: "destruid este templo, y en tres días lo reedificaré" (Jn. 2, 19); el Espíritu y la libertad, no las leyes, son la base de la actuación del hombre.

-Frente a los prejuicios que destruyen la paz del hombre, Jesús no tiene inconveniente en comer con publicanos y pecadores sin hacer caso de las críticas de "los buenos" (Mc. 2, 15), o en hablar con los samaritanos (Jn. 4, 6-9), las mujeres (Lc. 8, 1-3) y los extranjeros (Mc. 7, 31).

-Frente a la violencia que siembra de sangre la geografía de nuestro planeta, Jesús nos propone la libertad de quien es capaz de romper con la espiral de violencia, que nunca termina, y devuelve bien por mal (Mt. 5, 28 ss). Cuando llegó el caso, Jesús supo atacar, pero sin odio ni violencia, que es lo que esclaviza al hombre.

-Frente al miedo que paraliza al hombre y lo reduce a una marioneta, Jesús propone la libertad del amor; ni miedo a Dios, porque es Padre bueno; ni miedo a los hombres, porque son hermanos; el cristiano no puede tener miedo a nada ni a nadie, porque sabe que es Dios mismo quien dirige la historia hacia su culminación universal (Lc. 12, 32); ni tan siquiera a la muerte, porque Cristo ha triunfado sobre ella.

-Frente a la esclavitud de buscar el éxito fácil, tan frecuente en nuestro tiempo, Jesús propone buscar el único éxito que merece la pena: el del Reino de Dios; ante la posibilidad de convertir piedras en panes, Jesús recuerda que no sólo de pan vive el hombre, sino de la Palabra de Dios (Mt. 4, 3ss). Los éxitos fáciles lo más que consiguen es ser respuesta a necesidades inmediatas; ahora bien, el hombre se encadena a la primera solución que se presente, arreglando así una pequeña parte de su problema, y no le queda ya más libertad para hacer frente a las cosas en su profundidad.

-Frente a la esclavitud del mal, en cualquiera de sus formas, Jesús se presenta como el liberador que trae el Reino del bien y da a los suyos la posibilidad de seguir haciendo el bien: pecado, enfermedad, demonios, soledad..., de todo ello queda libre el hombre que, con confianza, se pone en manos de Jesús. Es cierto que Jesús no hace desaparecer el mal "como por arte de magia"; pero Jesús se revela como el Señor que domina el mal, que puede darle una solución, una respuesta, una salida.

-Frente a la esclavitud del sufrimiento, Jesús anuncia la llegada del día en el que los ciegos vean, los cojos caminen, los sordos oigan, los encarcelados vean la luz del sol, los pobres escuchen la buena noticia (Lc. 4, 16-21); es verdad que el sufrimiento no ha desaparecido, que sigue siendo cosecha abundante en nuestro mundo; pero ahora vemos hasta dónde puede conducir, cuál es su valor y su sentido y qué es lo que ha ocurrido con el sufrimiento en el mundo.

-Frente a la esclavitud de la muerte, que se enseñorea de todos los hombres, antes o después, quieran o no quieran, Pablo nos recuerda que el bautizo que nos vinculaba a la muerte de Jesús nos sepultó con él para que, así como él resucitó triunfando sobre la muerte y rompiendo definitivamente sus cadenas, también nosotros podamos empezar una vida nueva, una vida sin verdadera muerte (/Rm/06/03-04).

-Frente a la esclavitud de ver el mundo sin futuro, sin salida, nosotros afirmamos en nuestra fe que Jesús ha dado comienzo a un mundo nuevo en el que ya no habrá ni luto, ni llanto, ni muerte, ni dolor pues lo de antes ha pasado y Dios lo hace todo nuevo (Ap. 21, 3-5). Los sufrimientos de la condición humana son los sufrimientos de un alumbramiento, el cual debe dar a luz una vida nueva y sin fin; nuestras penalidades y sacrificios no nos llevan al sinsentido y al absurdo, sino a la liberación y a la consecución de una vida nueva (Mc. 13, 8).

Jesús es el liberador soberano y universal; su Reino es un Reino de libertad y vida; sin liberación no puede haber vida, y sin vida la liberación no es nada. Nosotros, discípulos de este hombre y Dios que es Jesús y que nos ha traído la LIBERTAD, no podemos reducir su misión, su tarea y su mensaje a una "simple religión", como muchas veces hemos hecho. Hace ya años que Loisy hizo su afirmación; "Jesús predicaba el Reino de Dios y llegó la Iglesia", y la polémica aún sigue en pie. La Iglesia es, a veces, más eclesiástica que eclesial, más preocupada por sí misma que por su misión. Y no podemos olvidar que la Iglesia es el medio, y el Reino la meta final. La Iglesia está al servicio del Reino y, por tanto, no se puede absolutizar ni cerrar en sí misma.

Hoy, fiesta de Cristo Rey, recordemos una vez más cómo es su Reino y cuál es nuestra responsabilidad en él. Y, como Iglesia, busquemos el Reino de Dios y justicia, con la convicción de que todo lo demás se nos dará por añadidura.

LUIS GRACIETA
DABAR 1988, 58

sábado, 24 de noviembre de 2012

Cristo murió y resucitó para que tengamos vida eterna

¡Amor y paz!

Creer o no creer en la resurrección da lugar a dos estilos de vida: el de los que buscan la felicidad sólo en esta tierra y el de quienes tienen los ojos puestos en la eternidad. 

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este sábado de la XXXIII Semana del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Lucas 20,27-40. 
Se le acercaron algunos saduceos, que niegan la resurrección, y le dijeron: "Maestro, Moisés nos ha ordenado: Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda. Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda, y luego el tercero. Y así murieron los siete sin dejar descendencia. Finalmente, también murió la mujer. Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?". Jesús les respondió: "En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán. Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección. Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Porque él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para él". Tomando la palabra, algunos escribas le dijeron: "Maestro, has hablado bien". Y ya no se atrevían a preguntarle nada. 
Comentario

 ¿Qué caso tendría morir para revivir a una vida igual a la que hemos llevado en este mundo, y, más aún, complicada con todo lo que se hubiese convertido en un compromiso terreno? Nosotros, al final, no reviviremos; seremos resucitados, elevados como los ángeles e hijos de Dios. Entonces quedaremos libres del sufrimiento, del llanto, del dolor, de la muerte, y de todo lo que nos angustiaba aquí en la tierra. Ya no seremos dominados por nuestras pasiones; ni la sexualidad seguirá influyendo sobre nosotros. Quienes se hicieron una sola cosa, porque Dios los unió mediante el Sacramento del Matrimonio, gozarán eternamente del Señor en esa unidad que los hará vivir eternamente felices, en plenitud, ante Dios. Quienes unieron su vida al Señor y a su Iglesia, junto con esa Comunidad, por la que lucharon y se esforzaron con gran amor, vivirán eternamente felices ante su Dios y Padre. Quienes vivieron una soltería fecunda, tal vez incluso Consagrada al Señor, vivirán unidos a esa Iglesia, por la que renunciaron a todo para vivir con un corazón indiviso al Señor y un servicio amoroso a su Iglesia. Nuestra meta final es el Señor. Gozar de Él es nuestra vocación. No queramos trasladar a la eternidad las categorías terrenas, sino que, más bien, vivamos con amor y con una gran responsabilidad la misión que cada uno de nosotros tiene mientras peregrina, como hijo de Dios, por este mundo hasta llegar a gozar de los bienes definitivos que el mismo Dios quiere que sean nuestros eternamente.

El Señor nos ha llamado para fortalecer su unión con nosotros mediante las Eucaristías que celebramos. El Señor es nuestro; y nosotros somos del Señor. Que su amor llegue en nosotros a su plenitud. Al recibir la Eucaristía no sólo recibimos un trozo de pan consagrado; recibimos al mismo Cristo que viene a hacerse uno con nosotros y a transformarnos de tal manera que, siendo uno con Él, Él transparente su vida llena de amor por todos a través nuestro. La Iglesia, así, se convierte en un Sacramento, signo de unión entre Dios y los hombres, y signo de unión de los hombres entre sí por el amor fraterno. Cristo ha dado su vida por nosotros, para que nosotros tengamos vida. Así nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos, para que todos participemos de los dones de amor, de vida y de salvación que el Señor nos ofrece. Dios nos quiere tan santos como Él es santo. Mas no por eso nos quiere desligados del mundo; sino que más bien nos quiere en el mundo santificándolo y dándole su auténtica dimensión: no convertido en nuestro dios, sino en un espacio en el que vivimos comprometidos para convertirlo en una digna morada en la que, ya desde ahora, comienza a hacerse realidad el Reino de Dios entre nosotros.

Mientras vamos por el mundo, llevando una vida normal como la de todos los hombres, quienes creemos en Cristo no olvidamos que tenemos puesta la mirada en llegar a donde ya el Señor nos ha precedido. Por eso no podemos vivir como quienes no conocen a Dios. No podemos pasar la vida cometiendo atropellos o destruyendo a las personas. Dios nos llama no para que nos convirtamos en salteadores que roban los tesoros del amor, de la verdad y de la paz con que el mismo Señor ha enriquecido los corazones de sus hijos, que Él ha creado. Pues quien destruya el templo santo de Dios será destruido por el mismo Dios. El Señor nos ha llamado para que seamos consuelo de los tristes, socorro de los pobres y salvación para los pecadores. Cumplir con esta misión no es llevar adelante nuestros proyectos personales, sino el proyecto de amor y de salvación que Dios mismo ha confiado a su Iglesia. Por eso nunca vayamos a proclamar su Nombre sin antes habernos sentado a sus pies para escuchar (leer) su Palabra, y para pedirle la fortaleza de su Espíritu Santo para ser los primeros en vivir el Evangelio, y poder así proclamarlo desde la inspiración de Dios, y desde nuestra propia experiencia personal.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, ser testigos de su Evangelio, como discípulos fieles que saben escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica; amando a Dios y amando al prójimo; viviendo nuestra comunión con Dios y nuestra comunión con el prójimo para que el mundo crea. Amén.