domingo, 26 de agosto de 2012

A quién creer: ¿A las palabras de hombre o a la Palabra de Dios?

¡Amor y paz!

Vivimos bajo el influjo permanente de las palabras, sobre todo en esta ‘sociedad de la información’. En efecto, todos los días pronunciamos palabras, leemos palabras, escribimos palabras, escuchamos palabras. Todas cargadas de significado, unas más importantes que otras.

¿Cuáles de esas palabras son las que me persuaden? ¿Cuáles me inspiran confianza? ¿Con qué criterio las selecciono? ¿Cómo utilizo el don de la palabra? ¿Son palabras destructivas o constructivas? ¿Llaman a la esperanza o a la desesperanza? ¿Con ellas abro caminos o cierro puertas? En fin. Qué bueno sería que analizáramos todo eso.

Y todo, a propósito del evangelio de hoy que nos habla de las palabras que hace más de 2.000 años pronunció Jesús y que fueron calificadas por muchos de sus discípulos como un “lenguaje duro”, pero que para Pedro y los Doce fueron consideradas como ‘palabras de Vida eterna”. En cada uno de nosotros está la decisión de si les damos más importancia a las palabras de hombre o a las únicas palabras de la historia que verdaderamente son ‘Espíritu y Vida’.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este XXI Domingo del Tiempo Ordinario. (Recuerden que entre semana leemos el evangelio según San Mateo y el domingo, según San Juan).

Dios los bendiga…

Evangelio según San Juan 6,60-69.
Después de oírlo, muchos de sus discípulos decían: "¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?". Jesús, sabiendo lo que sus discípulos murmuraban, les dijo: "¿Esto los escandaliza? ¿Qué pasará, entonces, cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes? El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida. Pero hay entre ustedes algunos que no creen". En efecto, Jesús sabía desde el primer momento quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar. Y agregó: "Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede". Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo. Jesús preguntó entonces a los Doce: "¿También ustedes quieren irse?". Simón Pedro le respondió: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios". 

 Comentario

-¿A dónde iremos, Señor, si Tú tienes palabras de vida eterna?». Lo dijo Pedro de todo corazón. Yo no sé si le salió «de su carne y de su sangre» o «se lo reveló el Padre que está en los cielos». Sólo es que me entusiasma su frase. Y quisiera emplearla como leitmotiv (idea o tema central) de mi vida y como explicación de mi vocación cristiana.

Uno ha recorrido ya muchas etapas. Y, repasando los vaivenes de su vida, uno se da cuenta de que ha caminado siempre envuelto en palabras, penetrado por las palabras, orientado-desorientado por las palabras, azuzado, escandalizado, acariciado, abrumado, halagado, engañado, confortado, desanimado, impresionado, amado por las palabras. Y uno, a su vez, ha lanzado a los cuatro vientos, como bandadas de palomas, miles de palabras, « ¿palabras de amor, palabras...?» Mucho me temo que simplemente palabras, palabras, palabras.

Podríamos dibujar una estrella con muchas puntas, dentro de la cual estaría cada uno de nosotros. En cada punta pondríamos, por grupos, el tipo de palabras, según la influencia que han ejercido en nosotros. Pero, para no alargar la relación, consignemos los cuatro puntos cardinales desde los que nos han influido las palabras.

NORTE-LUZ.-¿Cómo no reconocer las palabras orientadoras de mis padres en mi infancia y siempre, las palabras educadoras de mis profesores, las palabras del saber y de la belleza de mis libros que ahí están en mi biblioteca ansiosos de venir a mis manos? Sí, he de reconocer que he recibido muchas palabras de luz, de orientación, de formación de criterios para mi vida.

SUR-OSCURIDAD.-Pero no es menos cierto que han llegado palabras desorientadoras que me oscurecían el camino. ¡Cuánta palabra hipócrita y mentirosa! ¡Cuánta propaganda de lo efímero, de lo «no» necesario como si fuera necesario! Vivimos en el mundo de la información. Y, sin embargo, reinan la des-información, la deformación, la malformaci6n, la antiformación. 

Cualquier hombre medianamente inquieto aspira a tener ideas claras y criterios sólidos como base de actuación. Pues, he ahí el drama. Desde mil tribunas se nos confunde, dictándonos posturas contrarias y contradictorias sobre un mismo tema. Y no me refiero a lo opinable y accidental. Me refiero a cosas sustanciales y básicas. El subjetivismo más conformista nos envuelve como una bufanda.

ESTE-AMOR.-He recibido, lo confieso con gratitud, muchas palabras de afecto, de ternura, de comprensión, de aliento, de solidaridad, de prudente alabanza. He recibido igualmente palabras que han conformado mi sensibilidad, la noble reacción de mis sentimientos. Me glorío de impresionarme y admirarme, de saber reír y saber llorar, de emocionarme y quedarme «cortado». Me gusta tener «un corazón grande para amar».

OESTE-DES-AMOR.-Pero me han llegado también palabras, como vientos fríos, que querían endurecer mi alma. Palabras de cinismo y de burla, palabras de crítica despiadada, palabras incitadoras al odio, a la apatía, al endurecimiento personal: «Allá cada cual con su problema. Tú, a lo tuyo». El mundo de la competitividad en que vivimos fabrica hombres duros, ejecutivos eficaces, que vayan por la vida como máquinas, dejando a un lado los sentimientos.

Luz y sombra, amor y desamor. He ahí las cuatro esquinas que han encuadrado mi vida. Pero resulta que yo también, como Pedro, me encuentro con Alguien que me dice: «Mis palabras son espíritu y vida». Alguien que viene a mí como Palabra de Dios, que toma labios humanos para pronunciar palabras trascendentes pero con sonidos humanos. Alguien que, después de ser «palabra encarnada», termina siendo «pan que da la vida eterna».

¿Qué haré, entonces, yo, caminante perdido entre los cuatro puntos cardinales de las palabras de mi vida? ¿No será, entonces, el momento definitivo para entregarme a Él y decirle: «¿A dónde iré, Señor, si Tú tienes palabras de vida eterna?».

ELVIRA-1.Págs. 174 s.

sábado, 25 de agosto de 2012

“El que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado"

¡Amor y paz!

Con motivo de la celebración de la fiesta del apóstol san Bartolomé, saltamos ayer la lectura del Evangelio según San Mateo, que nos narraba cómo los fariseos le preguntaban a Jesús cuál es el mandamiento principal.

Los judíos contaban hasta 365 leyes negativas y 248 positivas, suficientes para desorientar a las personas de mejor buena voluntad, a la hora de centrarse en lo esencial.

La respuesta de Jesús es clara: el mandamiento principal es amar. Amar a Dios (lo cita del libro del Deuteronomio: Dt 6) y amar al prójimo «como a ti mismo» (estaba ya en el Levítico: Lv 19). Lo que hace Jesús es unir los dos mandamientos y relacionarlos: «estos dos mandamientos sostienen la ley entera y los profetas».

Hoy, Jesús no se dirige a letrados y fariseos, sino a la gente y a sus discípulos. Su denuncia pretende abrirles los ojos para que conozcan la calidad de los que se proclaman maes­tros y aunque no pide que desoigan sus consejos sí los insta a no imitarlos porque no hacen lo que dicen.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este sábado de la XX Semana del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Mateo 23,1-12. 
"Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen. Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo. Todo lo hacen para que los vean: agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos; les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, ser saludados en las plazas y oírse llamar 'mi maestro' por la gente. En cuanto a ustedes, no se hagan llamar 'maestro', porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A nadie en el mundo llamen 'padre', porque no tienen sino uno, el Padre celestial. No se dejen llamar tampoco 'doctores', porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías. Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros, porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado". 
Comentario

a) Ayer los fariseos le preguntaban a Jesús, seguramente con no muy buena intención, cuál era el mandamiento principal. Hoy escuchan un ataque muy serio de Jesús sobre su conducta: «haced lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen».

Los fariseos eran buenas personas, deseosas de cumplir la ley, pero en su conducta mantenían unas actitudes que Jesús desenmascara repetidamente. 

Su lista empieza hoy y sigue durante tres días de la semana próxima:

- se presentan delante de Dios como los justos y cumplidores;

- se creen superiores a los demás;

- dan importancia a la apariencia, a la opinión que otros puedan tener de ellos, y no a lo interior;

- les gustan los primeros lugares en todo;

- y que les llamen «maestro», «padre» y «jefe»;

- quedan bloqueados por detalles insignificantes y descuidan valores fundamentales en la vida;

- son hipócritas: aparentan una cosa y son otra;

- no cumplen lo que enseñan: obligan a otros a llevar fardos pesados, pero ellos no mueven ni un dedo para ayudarles...

b) El estilo que enseña Jesús a los suyos es totalmente diferente. Quiere que seamos árboles que no sólo presenten una apariencia hermosa, sino que demos frutos. Que no sólo «digamos», sino que «cumplamos la voluntad de Dios». Exactamente como él, que predicaba lo que ya cumplía. Así empieza el Libro de los Hechos: «El primer libro (el del evangelio) lo escribí sobre todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio» (Hch i, l ).

Hizo y enseñó. ¿Se podría decir lo mismo de nosotros, sobre todo si somos personas que enseñan a los demás y tratan de educarles o animarles en la fe cristiana?

¿Mereceríamos alguna de las acusaciones que Jesús dirige a los fariseos?

Repasemos, como mirándonos a un espejo, esta lista de defectos y con sinceridad respondámonos a nosotros mismos. Porque puede ser que también caigamos en lo de buscar los primeros lugares y lo de cuidar la apariencia exterior, y lo de no cumplir lo que recomendamos a los demás...

Jesús ataca, sobre todo, a los que de alguna manera son dirigentes en la sociedad, porque dicen una cosa y hacen otra. Él quiere que aquellos de entre nosotros que tengan alguna clase de autoridad no se hagan llamar «maestros, padres, jefes»: que entiendan esa autoridad como servicio («el primero entre vosotros será vuestro servidor»), que no se dejen llevar del orgullo («el que se enaltece será humillado»).

El mejor ejemplo nos lo dio el mismo Jesús, cuando, en la cena de despedida, se despojó de su manto, se ciñó la toalla y empezó a lavar los pies a sus discípulos: «si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros» (Jn 13,14).

Tendremos que corregir lo que tengamos de fariseos en nuestras actitudes para con Dios y para con el prójimo.

J. ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 5
Tiempo Ordinario. Semanas 10-21
Barcelona 1997. Págs. 299-302