sábado, 7 de mayo de 2011

«¡Soy yo, no tengan miedo!»

¡Amor y paz!

La escena que nos relata el evangelio hoy se refleja algunas veces en nuestra vida personal o comunitaria. En algunas ocasiones se hace de noche, hay tempestad y tememos el naufragio. Todo parece estar perdido, se acaba la calma y extraviamos el rumbo de nuestras existencias.

Pero es en los momentos de crisis cuando más se conoce la calidad de nuestra fe. ¡Qué fácil es decir “Yo creo”, cuando todo en nuestra vida transcurre con tranquilidad!

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este sábado de la 2ª. Semana de Pascua.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Juan 6,16-21.
Al atardecer, sus discípulos bajaron a la orilla del mar y se embarcaron, para dirigirse a Cafarnaún, que está en la otra orilla. Ya era de noche y Jesús aún no se había reunido con ellos.  El mar estaba agitado, porque soplaba un fuerte viento. Cuando habían remado unos cinco kilómetros, vieron a Jesús acercarse a la barca caminando sobre el agua, y tuvieron miedo.  El les dijo: "Soy yo, no teman". Ellos quisieron subirlo a la barca, pero esta tocó tierra en seguida en el lugar adonde iban. 
Comentario

¿Cómo reaccionas ante las dificultades de la vida? Buena pregunta para meditar en el día de hoy. Posiblemente sea la reacción del miedo la experiencia primera y más notable de los humanos ante el “mar encrespado” de las dificultades. Suele ser espontánea y casi inevitable. El peligro asusta y acobarda. Como somos animales vulnerables, ante cualquier peligro sentimos como si se nos robase la tierra debajo de los pies. Con su llegada, nos abate la desesperanza y nos abandonan las fuerzas para seguir.

Es normal que el miedo esté presente en nuestra humanidad dolida. Pero, no hay peor camino para equivocarse que el que juzga y construye desde el miedo. Si el pánico paraliza el cuerpo del que lo sufre, paraliza también su inteligencia. El miedoso se vuelve daltónico: ya no ve sino las cosas que le amenazan. Y no se puede construir nada viviendo a la defensiva. Hay personas que ante los problemas y dificultades de la vida lo que desean es morirse. Son personas tan copadas de miedos, tan sin ánimos que, llevadas de su desesperación, claudican del deber de ser felices.

En la pared de una celda de la Torre de Londres se conserva aún un texto escrito por un prisionero, encerrado hace más de 300 años, que dice así: “No mata la adversidad, sino la impaciencia con la que la soportamos”. Hoy releemos el episodio de Jesús caminando sobre las aguas. Jesús no vive en la gloria que imaginamos. No se encuentra nunca donde le esperamos. La adversidad y el sufrimiento que genera suelen ser el megáfono que Él emplea para despertar a un mundo de sordos. Dios suele aprovechar los golpes de cincel que la vida da sobre cada persona, que tanto le hacen sufrir, para modelar su mejor imagen. En situaciones de miedo es recomendable leer el texto bíblico de hoy y escuchar al Señor que nos repite -¡siempre y, sin fallar ni una sola vez!-: “No tengas miedo. Soy yo”.

No se trata de pedir a Dios una vida sin dificultades. Cousteau presentaba en alguna de sus películas peces fosforescentes; en ellas aparecían las profundidades oscuras del mar como si tuviesen luz; pero eran ellos, los peces, los que la irradiaban. Cuando llega el ocaso se encienden las estrellas. La dificultad no es un lugar vacío y deshabitado. ¡Pidamos sagacidad para saber convertir las dificultades en lugar de encuentro con Jesús, el Señor que camina sobre las aguas de esas dificultades! Basta escuchar en silencio, más allá del ruidoso murmullo del miedo, y reconocerle a El. Y esas contrariedades serán espléndida ocasión para el ejercicio contemplativo. 

Por eso, ¡no hay que tener miedo!. Nunca. A nada. Salvo a nuestro propio miedo. Solo así se produce el milagro. El miedo se desvanece, perdiendo su macabro poder sobre nosotros. Y haremos que sea verdad aquel proverbio:

“El miedo llamó a mi puerta;
la fe fue a abrir
y no había nadie”

Juan Carlos Martos

viernes, 6 de mayo de 2011

Multipliquemos los frutos del amor y de la fraternidad

¡Amor y paz!

Empezamos hoy la lectura del famoso capítulo 6 de san Juan: es una verdadera síntesis teológica sobre la eucaristía y sobre la fe. Según un procedimiento de composición, habitual en san Juan, tendremos el relato de dos milagros, luego un largo discurso de Jesús que expresa y prolonga la significación de estos dos "signos" prodigiosos. La lectura de este conjunto abarcará toda la próxima semana.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este Viernes de la 2ª. Semana de Pascua.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Juan 6,1-15.
Después de esto, Jesús atravesó el mar de Galilea, llamado Tiberíades. Lo seguía una gran multitud, al ver los signos que hacía curando a los enfermos. Jesús subió a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar los ojos, Jesús vio que una gran multitud acudía a él y dijo a Felipe: "¿Dónde compraremos pan para darles de comer?". El decía esto para ponerlo a prueba, porque sabía bien lo que iba a hacer. Felipe le respondió: "Doscientos denarios no bastarían para que cada uno pudiera comer un pedazo de pan". Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: "Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente?". Jesús le respondió: "Háganlos sentar". Había mucho pasto en ese lugar. Todos se sentaron y eran uno cinco mil hombres. Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron. Cuando todos quedaron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos: "Recojan los pedazos que sobran, para que no se pierda nada". Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos que sobraron de los cinco panes de cebada. Al ver el signo que Jesús acababa de hacer, la gente decía: "Este es, verdaderamente, el Profeta que debe venir al mundo". Jesús, sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña. 
Comentario

Alabemos la sabiduría y discernimiento de todos los verdaderos sabios y maestros.

Y, a imitación de ellos, hagamos nuestra su conducta: actuemos de manera racional,  pensando bien lo que hacemos, no dejándonos guiar por mal espíritu, tratando de acertar en nuestra búsqueda de verdad, justicia, solidaridad, misericordia.

Dios está por encima de todo lo nuestro, y nuestra mayor verdad será ponernos en sus manos activamente, haciendo el bien en el mundo y respetando los designios de lo alto, sobre todo en favor de los pobres, humildes, necesitados.

Nunca obremos por pasión, interés, despiadadamente, sino por amor a la verdad y al hombre.

Recordemos que la misericordia del Señor llena la tierra. Y comencemos a vivir el misterio o don de la Eucaristía –que es mesa de hermandad, pan partido y servido, abrazo de amigos, compromiso de fidelidad- en el preámbulo de todas las buenas acciones. Compartamos lo poco que tenemos con quienes más lo necesitan, y de esa mesa humilde en el compartir pasaremos a la gran Mesa Eucarística. Después, volveremos al punto de partida llevando más amor.

Dominicos 2004