domingo, 13 de febrero de 2011

“Ustedes han oído que se dijo a los antepasados…, pero yo les digo…”

¡Amor y paz!

El texto del Evangelio de hoy es continuación de los dos domingos anteriores en cuanto que los destinatarios de las palabras de Jesús son los mismos que hace dos domingos eran declarados bienaventurados y el domingo pasado eran designados sal de la tierra y luz del mundo. Sin embargo, el texto de hoy ya no va a tratar de ellos, de sus dificultades y funciones, sino de Jesús y de sus relaciones con la Ley y los Profetas. De estas relaciones se habla a dos niveles, por lo que podemos dividir el texto en dos partes.

Primera parte (vs 17-2O). Relaciones a nivel de principios generales. El tono lo da el versículo de entrada. No he venido a abolir la Ley y los Profetas, sino a darles plenitud. Ley y Profetas es la expresión judía para designar el conjunto normativo al que todo judío debía ajustar su vida.

Segunda parte (vs.21-37). Cuatro ejemplos prácticos de la relación de Jesús con el conjunto normativo que le tocó vivir.
En los cuatro se reproduce un mismo esquema: Se ha dicho... yo os digo. Un esquema que avanza no por abolición o supresión de lo dicho, sino por ahondamiento y enriquecimiento de lo dicho. Es el esquema letra-espíritu de la letra (Alberto Benito).

Los invito, hermanos, a leer y meditar el evangelio y el comentario, en este VI Domingo del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Mateo 5,17-37.

No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice. El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos. Les aseguro que si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos. Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: No matarás, y el que mata, debe ser llevado ante el tribunal. Pero yo les digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal. Y todo aquel que lo insulta, merece ser castigado por el Sanedrín. Y el que lo maldice, merece la Gehena de fuego. Por lo tanto, si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Trata de llegar en seguida a un acuerdo con tu adversario, mientras vas caminando con él, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al guardia, y te pongan preso. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo. Ustedes han oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo les digo: El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Si tu ojo derecho es para ti una ocasión de pecado, arráncalo y arrójalo lejos de ti: es preferible que se pierda uno solo de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado a la Gehena. Y si tu mano derecha es para ti una ocasión de pecado, córtala y arrójala lejos de ti: es preferible que se pierda uno solo de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado a la Gehena. También se dijo: El que se divorcia de su mujer, debe darle una declaración de divorcio. Pero yo les digo: El que se divorcia de su mujer, excepto en caso de unión ilegal, la expone a cometer adulterio; y el que se casa con una mujer abandonada por su marido, comete adulterio. Ustedes han oído también que se dijo a los antepasados: No jurarás falsamente, y cumplirás los juramentos hechos al Señor. Pero yo les digo que no juren de ningún modo: ni por el cielo, porque es el trono de Dios, ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la Ciudad del gran Rey. No jures tampoco por tu cabeza, porque no puedes convertir en blanco o negro uno solo de tus cabellos. Cuando ustedes digan 'sí', que sea sí, y cuando digan 'no', que sea no. Todo lo que se dice de más, viene del Maligno.

Comentario

Hoy nos da Jesús una auténtica lección de lo que es la fe cristiana, porque nos da una auténtica lección de vida. Hemos dicho muchas veces que la fe cristiana, si no vale para la vida, no es nada. Esto es tan importante y de tanta trascendencia que no importa repetirlo una vez más.

Jesús vino al mundo para conseguir un hombre nuevo, un hombre que tuviera 
una jerarquía de valores distinta a la que existe entre los hombres de todas las épocas y de todos los países, un hombre cuyas categorías mentales estuvieran perfectamente de acuerdo con la voluntad de Dios.

Comparando lo que es el mundo, nuestro mundo y cualquier época del mundo, con el Evangelio debemos llegar a la conclusión de que el cristiano tiene que ser un hombre «distinto» porque Jesús fue, evidentemente, distinto a sus contemporáneos y a todos los hombres anteriores y posteriores a El.

«Tertium genus», decía Tertuliano. Él conocía dos clases de hombres: los judíos y los paganos, que eran todos los demás. Y decía: el cristiano es una tercera clase de hombre, no visto hasta ahora.

Y pregunto ¿es el cristiano de hoy una raza distinta de los hombres de cualquier religión y de los que no tienen religión?

El evangelio de hoy confirma esta afirmación de Tertuliano. No se trata, dice Jesús, de cumplir la ley, sino de superarla. Cumplir la ley ya sería un triunfo, porque en muchísimas ocasiones el hombre la quebranta. Basta una mirada a nuestro alrededor para encontrarnos con un panorama de muerte al hombre, provocada por el hombre, de extorsiones, de torturas, de sufrimientos impresionantes provocados al hombre por el hombre desafiando todas las leyes de la naturaleza en la que resulta dificilísimo que los de una misma especie intenten exterminarse entre sí de una manera fría, metódica y preconcebida.

Hoy está a la orden del día no sólo la infidelidad en las relaciones hombre-mujer, sino la constante propaganda que pone la satisfacción propia por encima de cualquier otro sentimiento. Lo importante, puesto que se vive sólo una vez, es gozar, poseer, mandar, triunfar cuanto más mejor.

Y viene Jesús dando un giro a esta actitud. El hombre del Reino de Dios, el cristiano, tiene que tener clarísimo que él es hijo de Dios y que el hombre que vive a su lado también lo es. Con esta verdad vivida (no sólo aprendida intelectualmente) el hombre no sólo no puede matar a su hermano, sino que no puede insultarlo, despreciarlo, maltratarlo ni ignorarlo. Para el cristiano, el hombre, cualquier hombre, no puede ser nunca plataforma para su provecho personal, sino ocasión para la atención y la entrega al otro.

Por eso, el cristiano cree que es posible el amor, ese amor «hasta que la muerte nos separe» y que para sí quisieran los más progresistas del mundo. Pero lo cree sabiendo que el amor es fundamentalmente entrega y no satisfacción propia.

No basta con no matar, hay que respetar la vida. Y no se respeta la vida cuando se consiente o no se hace lo suficiente para impedir que el prójimo muera de hambre. ¿Cómo es posible que con tantos recursos técnicos, con tanto progreso, con tanto como nos sobra, con tantas cosechas y frutas que quedan sin recoger, haya tantos millones de hombres, mujeres y niños en la más absoluta miseria? Nuestro progreso no es un progreso humano. La jornada de Manos Unidas es una llamada importante para todos. «Si no sois mejores que los escribas y fariseos...»

No sólo cuentan las obras, lo que hacemos, sino el cómo y por qué lo hacemos, es decir, las actitudes. Lo que importa es la idea que tenemos y proyectamos del otro. Si el otro es sólo un competidor, cualquier trampa nos parecerá justificada; si el otro es sólo un consumidor, cualquier abuso nos parecerá lícito; si el otro no es más que un ciudadano, cualquier pretexto será válido para cargarle de impuestos; si el otro es uno cualquiera, seguiremos marginando a los pobres, despreciando a los drogadictos, echando de la vecindad a las minorías étnicas, cerrándoles el paso y maltratando a los inmigrantes...Pero nosotros creemos que el prójimo es mi hermano, «el hermano por quien Jesús ha muerto», como dice san Pablo.

Esta manera de creer, este modo de pensar, es la sabiduría más alta, la sabiduría que no es de este mundo, como nos dice san Pablo. Porque en este mundo sólo cuenta y se tiene en cuenta el dinero, la categoría social, el pasaporte o el carnet de identidad. Pero, en este mundo y a pesar del mundo, nosotros, como cristianos, estamos llamados a compartir y difundir esta sabiduría divina, la del evangelio, la de que todos los hombres somos una sola familia en un solo mundo. Lo demás son pretextos, excusas, apariencias legales, pero inmorales.

Una fe para la vida, eso es lo que quiere el Señor para los suyos. Una fe que se refleje en las relaciones sociales, en las actitudes individuales y colectivas de los que se llaman cristianos. Una fe que se refleje en el trabajo, en el sentido de la justicia, en el compromiso con los débiles, en el respeto al hombre, en la capacidad de diálogo y de comprensión, en el destierro de la intolerancia, del insulto, de la agresividad, del dogmatismo, en la apertura al amor, un amor que porque está centrado en Dios, es capaz de resistir la erosión del tiempo y la carcoma de la desilusión. Una fe para la vida que sea capaz de iluminar al mundo dándole sentido y asegurándole que es posible que el hombre deje de ser enemigo del hombre para convertirse en hermano.

sábado, 12 de febrero de 2011

Nuestro Dios es un Dios compasivo

¡Amor y paz!

"Me da pena esta multitud”, dice Jesús. Hermanos, nuestro Dios es un Dios compasivo. ¡No nos engañemos! El amor que se hace piedad y compasión tiene una fuerza que no es la de nuestras compasiones humanas, ni tampoco la de esas compasiones impotentes que suscitan el sarcasmo de nuestros contemporáneos.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este sábado de la V Semana del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Marcos 8,1-10.

En esos días, volvió a reunirse una gran multitud, y como no tenían qué comer, Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: "Me da pena esta multitud, porque hace tres días que están conmigo y no tienen qué comer. Si los mando en ayunas a sus casas, van a desfallecer en el camino, y algunos han venido de lejos". Los discípulos le preguntaron: "¿Cómo se podría conseguir pan en este lugar desierto para darles de comer?". El les dijo: "¿Cuántos panes tienen ustedes?". Ellos respondieron: "Siete". Entonces él ordenó a la multitud que se sentara en el suelo, después tomó los siete panes, dio gracias, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que los distribuyeran. Ellos los repartieron entre la multitud. Tenían, además, unos cuantos pescados pequeños, y después de pronunciar la bendición sobre ellos, mandó que también los repartieran. Comieron hasta saciarse y todavía se recogieron siete canastas con lo que había sobrado. Eran unas cuatro mil personas. Luego Jesús los despidió. En seguida subió a la barca con sus discípulos y fue a la región de Dalmanuta. 

Comentario

    Señor Jesús, sé muy bien que no quieres dejar en ayunas a esas gentes aquí conmigo, sino alimentarles con el pan que les distribuyas; así, fortificados con tu alimento, no temerán desfallecer de hambre. Sé muy bien que tampoco a nosotros nos quieres enviar en ayunas... Tú lo has dicho: no quieres que desfallezcan por el camino, es decir, que desfallezcan a lo largo del camino de esta vida, antes de llegar al término de la ruta, antes de llegar al Padre y comprender que tú vienes del Padre...

     El Señor tiene compasión, a fin de que nadie desfallezca por el camino... Igual que hace llover sobre justos e injustos (Mt 5,45), nutre tanto a los justos como a los injustos. ¿No es, acaso, gracias a la fuerza del alimento recibido que el profeta Elías, desfallecido en el camino, pudo caminar cuarenta días? (1R 19,8). Este alimento se lo dio un ángel; pero a vosotros es el mismo Cristo quien os alimenta. Si conserváis el alimento así recibido, seréis capaces de caminar no cuarenta días y cuarenta noches..., sino durante cuarenta años, desde la salida de vuestros confines de Egipto hasta vuestra llegada a la tierra de la abundancia, la tierra que mana leche y miel (Ex 3,8)...

     Cristo comparte los víveres, y quiere, sin duda alguna, dar a todos. No rechaza a nadie sino que provee a todos. Sin embargo, cuando parte los panes y los da a sus discípulos, si no tendéis la mano para recibir vuestro alimento, vais a desfallecer durante el camino... Este pan que parte Jesús, es el misterio de la palabra de Dios: cuando se distribuye, aumenta. Tan sólo con unas pocas palabras Jesús ha dado a todos los pueblos un alimento superabundante. Nos ha dado sus palabras como panes, y mientras los saboreamos, se multiplican más en nuestra boca... Mientras las multitudes comen, siguen aumentando los pedazos de pan de tal manera que, los restos, al final, son muchos más que los panes compartidos.

San Ambrosio (hacia 340-397), obispo de Milán, doctor de la Iglesia
Comentario al evangelio de Lucas, VI, 73-88
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