lunes, 15 de noviembre de 2010

Jesús, enséñanos a mirar el mundo como tú lo ves

¡Amor y paz!

San Lucas planeó su evangelio como una ‘subida a Jerusalén’, donde tendrá lugar el sacrificio y glorificación de Jesús. De aquella ciudad saldrá la Buena Nueva para difundirse por toda la tierra.

Ya en la última etapa del ascenso, el Señor cura a un ciego, incluso en medio de la incomprensión de sus discípulos.

Como algunos de esos discípulos, podemos ser tan ciegos al no ver aún que la encarnación, vida, pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo deben ser leídas en claves de amor y misericordia.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este Lunes de la XXXIII Semana del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Lucas 18,35-43.

Cuando se acercaba a Jericó, un ciego estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que pasaba mucha gente, preguntó qué sucedía. Le respondieron que pasaba Jesús de Nazaret. El ciego se puso a gritar: "¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!". Los que iban delante lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: "¡Hijo de David, ten compasión de mí!". Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran. Cuando lo tuvo a su lado, le preguntó: "¿Qué quieres que haga por ti?". "Señor, que yo vea otra vez". Y Jesús le dijo: "Recupera la vista, tu fe te ha salvado". En el mismo momento, el ciego recuperó la vista y siguió a Jesús, glorificando a Dios. Al ver esto, todo el pueblo alababa a Dios.

Comentario

Se ponía todos los días en el mismo lugar, como un complemento pintoresco entre otros muchos de la calle, sin molestar a nadie.

En su mundo cerrado aparece de pronto una presencia: "Es Jesús el Nazareno". El hombre se pone en pie: "¡Señor, que vea!".

Como Dios es Luz, ha inventado los ojos de Jesús para mirar nuestro mundo como nunca lo había podido mirar nadie, con una verdad y una intensidad que son a la vez inexorables para con la mentira y misericordiosas para con la debilidad, "¡Ten compasión de mí" Y como Jesús es la Luz del mundo, inventa unos ojos para ese mendigo ciego: Ve. Tu fe te ha salvado".

Un proverbio árabe dice: "Ven a mí con tu corazón y yo te daré mis ojos". Ven a mí con tu corazón, nos dice Jesús. "¡Ten compasión de mí!" Tenemos que ir a Jesús con nuestro corazón, con nuestro coraje de ver, de verlo todo, de no parpadear ante la realidad, la de nosotros mismos, la del mundo. Tenemos que atrevernos a ver nuestras tinieblas: la fe es ante todo una prueba y un grito: "¡Ten compasión de mí!" Porque ¿Cómo no hacer aquella constatación dramática de un hombre de teatro: "Por la mañana abría los ojos ciertamente con un verdadero placer por ver la luz del día; me levantaba y, al cabo de pocos minutos, como un manto de plomo, el cansancio aplastaba mis hombros... Es como si en pleno día estuviera viendo la noche, la noche mezclada con el día, el sol negro de la melancolía" (F. Ionesco, Journal en miettes)? 

"Ven a mí con tu corazón..." Sólo un grito puede subir de nuestros labios ante lo que estamos viendo: "¡Ten compasión de nosotros!" "Yo te daré mis ojos": sólo los ojos del Resucitado pueden hacernos huir de la desesperación y ver el mundo con una mirada distinta. Sólo la luz puede deslumbrarnos hasta el punto de llegar a irradiar la realidad entera. "Ve...": la mirada a la que nos abre Jesús no es una mirada cualquiera: si nos atrevemos a mirar la realidad cara a cara, es porque ella nos ha sido revelada como salvada.

Luz nacida de la luz,
Jesús, Hijo del Dios vivo, 
¡ten compasión de nosotros!

Arráncanos de nuestras tinieblas,
danos a vivir tu salvación.

Deslúmbranos con tu misericordia
y enséñanos a mirar nuestro mundo
como Tú lo ves por los siglos de los siglos.

Dios cada día
Siguiendo el leccionario ferial
Semanas XXII-XXXIV T.O. Evang. de Lucas
Sal Terrae/Santander 1990.Pág. 193

domingo, 14 de noviembre de 2010

¿Por qué temer? ¡Dios está con nosotros!



¡Amor y paz!

El Evangelio es hoy una enérgica llamada a no vivir adormecidos. Dios nos ama, pero también nos exige fidelidad a su amor hasta las últimas consecuencias. Y debemos ser conscientes de que esta fidelidad puede acarrearnos problemas e incluso persecuciones.

Pero, como dice San Pablo: “¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? Pero en todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro.” (Rm 8, 35. 37-39). 

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Lucas 21,5-19.

Y como algunos, hablando del Templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo: "De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido". Ellos le preguntaron: "Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a suceder?". Jesús respondió: "Tengan cuidado, no se dejen engañar, porque muchos se presentarán en mi Nombre, diciendo: 'Soy yo', y también: 'El tiempo está cerca'. No los sigan. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin". Después les dijo: "Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo. Pero antes de todo eso, los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi Nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí. Tengan bien presente que no deberán preparar su defensa, porque yo mismo les daré una elocuencia y una sabiduría que ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir. Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán. Serán odiados por todos a causa de mi Nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias a la constancia salvarán sus vidas. 

Comentario

Perseverar en el bien 
Es fácil comenzar algo bueno: un proyecto que puede beneficiar a otras personas, una relación de amistad que puede hacernos crecer, una opción por Jesús que comprometa nuestra vida entera. En general, lo bueno nos atrae y damos los primeros pasos. Lo difícil es perseverar en aquello bueno que hemos emprendido.

Una opción seria por Jesús es extremadamente arriesgada, pues “os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a los tribunales y a la cárcel…por causa de mi nombre” (Lc 21, 12). Hace falta, entones, fortaleza, paciencia y perseverancia para llegar hasta el final. Todo esto nos viene de Dios.

El seguimiento de Jesús está inmerso en la historia. Con sus luces y sus sombras. Por eso, nos advierte que no nos dejemos engañar ya que se dará la confusión. Es necesario discernir los acontecimientos. Vigilar. Además, les regala una certeza: “El final no vendrá enseguida” (Lc 21,9) Y es que en el itinerario de Jesús, más allá de un trágico final, se resalta que el Reino de Dios está dentro de nosotros.

Tener confianza 

Las palabras de Jesús se han cumplido, a través de los tiempos. Y, lejos de amedrentar a sus seguidores, han sido un estímulo. Pues, si bien no han faltado las persecuciones y la muerte, tampoco ha faltado la fortaleza para llegar hasta el final. Desde la confianza en un Dios fiel que nunca defrauda.

El Señor estará siempre cerca de las personas que hablan y actúan en su nombre hasta las últimas consecuencias. Por eso, hay razones para ser pacientes y constantes, pues, “ni un cabello de vuestra cabeza perecerá. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas” (Lc 21, 18).

Dios no nos pide lo que supera nuestras fuerzas, aunque, a veces, pareciera que sí. ¿Cómo asumir las duras palabras del Evangelio de Lucas? : “… hasta vuestros padres, parientes, y hermanos y amigos os traicionarán, y matarán a alguno de vosotros, y a todos os odiarán por causa de mi nombre”. Aquí se presenta una situación doblemente dolorosa que subraya la radicalidad del seguimiento de Jesús.

Ser testigos 

Testimoniar a Jesús es exponerse a muchas situaciones que la condición humana rechaza: el despojo, el sufrimiento, el martirio... Es seguir su camino que, al parecer, continúa teniendo las mismas consecuencias en nuestro tiempo. Los mártires en África y América Latina, Asia, entre otros lugares del mundo, por causa del Evangelio, actualizan la muerte de Jesús. También su mensaje de salvación.

La persecución o el martirio a causa de Jesús, es la mejor oportunidad para testimoniar al Dios de la Vida y de la Historia. San Lucas presenta una perspectiva, no tanto desde los poderosos y trasgresores, como desde las víctimas. Y, en todo caso, resalta que El Señor asistirá a sus testigos con su sabiduría para que no queden confundidos por sus adversarios.

Los testigos de Jesús son hombres y mujeres llenos de esperanza, por la fe en el que los amó primero y que nunca les fallará. Por eso, no sólo se sienten llamados a testimonios desmesurados, sino, también, desde la vida cotidiana, a vivir una vida austera, sencilla, laboriosa, como la presenta San Pablo (2ª Ts 3,7-12). Situarnos en nuestra historia con lucidez y responsabilidad. 

María Teresa Sancho Pascua
dmsfpg@terra.es