jueves, 5 de agosto de 2010

¿Quién decimos nosotros que es Jesús?

¡Amor y paz!

La de hoy es una pieza muy importante en el Evangelio: confesión de la divinidad de Jesús por parte de Pedro; declaración de cómo la Iglesia se construirá con y sobre los apóstoles; seguridad de que esa Iglesia será mantenida por la fuerza del Espíritu, a pesar de las flaquezas humanas. A la debilidad hay que oponer la fuerza de Dios.

Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este Jueves de la XVIII Semana del Tiempo Ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Mateo 16,13-23.

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: "¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?". Ellos le respondieron: "Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas". "Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?". Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo". Y Jesús le dijo: "Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo". Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías. Desde aquel día, Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: "Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá". Pero él, dándose vuelta, dijo a Pedro: "¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres".

Comentario

a) La página de Mateo es doble: contiene una alabanza de Jesús a Pedro, constituyéndolo como autoridad en su Iglesia y, a la vez, una reprimenda muy dura al mismo Pedro, porque no entiende las cosas de Dios.

Ante todo, la alabanza. Jesús pregunta (hace una encuesta) sobre lo que dicen de él: unos, que un profeta, o que el mismo Bautista. Y, ante la pregunta directa de Jesús («y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»), Pedro toma la palabra y formula una magnífica profesión de fe: «tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».

Jesús le alaba porque ha sabido captar la voz de Dios y, con tres imágenes, le constituye como autoridad en la Iglesia, lo que luego se llamará «el primado»: la imagen de la piedra (Pedro = piedra = roca fundacional de la Iglesia), la de las llaves (potestad de abrir y cerrar en la comunidad) y la de «atar y desatar».

Pero, a renglón seguido, Mateo nos cuenta otras palabras de Jesús, esta vez muy duras. Al anunciar Jesús su muerte y resurrección, Pedro, de nuevo primario y decidido, cree hacerle un favor: «no lo permita Dios, eso no puede pasarte»; y tiene que oír algo que no olvidará en toda su vida: «quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar: tú piensas como los hombres, no como Dios». Antes le alaba porque habla según Dios. Ahora le riñe porque habla como los hombres. Antes le ha llamado «roca y piedra» de construcción.

Ahora, «piedra de escándalo» para el mismo Jesús.

b) En nosotros pueden coexistir una fe muy sentida, un amor indudable hacia Cristo y, a la vez, la debilidad y la superficialidad en el modo de entenderle.

No se podía dudar del amor que Pedro tenía a Jesús, ni dejar de admirar la prontitud y decisión con que proclama su fe en él. Pero esa fe no es madura: no ha captado que el mesianismo que él espera (fruto de la formación religiosa recibida) no coincide con el mesianismo que anuncia Jesús, que incluye su muerte en la cruz.

Todos tendemos a hacer una selección en nuestro seguimiento de Cristo. Le confesamos como Mesías e Hijo de Dios. Pero ya nos cuesta más entender que se trata de un Mesías «crucificado», que acepta la renuncia y la muerte porque está seriamente comprometido en la liberación de la humanidad. No nos agrada tanto que sus seguidores debamos recorrer el mismo camino. Como a Pedro, nos gusta el monte Tabor, el de la transfiguración, pero no, el monte Calvario, el de la cruz.

A Jesús le tenemos que aceptar entero, sin «censurar» las páginas del evangelio según vayan o no de acuerdo con nuestra formación, con nuestra sensibilidad o con nuestros gustos.
Más tarde, ayudado en su maduración espiritual por Cristo, por el Espíritu y por las lecciones de la vida, Pedro aceptará valientemente la cruz: cuando se tenga que presentar ante las autoridades que le prohíben hablar de Jesús, cuando sufra cárceles y azotes, y, sobre todo, cuando tenga que padecer martirio en Roma. Valió la pena la corrección que Jesús le dedicó.

J. ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 5
Tiempo Ordinario. Semanas 10-21
Barcelona 1997. Págs. 236-241
www.mercaba.org

miércoles, 4 de agosto de 2010

‘Señor Jesús, Hijo de Dios, ten compasión de mí, pecador’

¡Amor y paz!

Los invito, hermanos a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este Miércoles de la XVIII Semana del Tiempo Ordinario.

Evangelio según San Mateo 15,21-28.

Jesús partió de allí y se retiró al país de Tiro y de Sidón. Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: "¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio". Pero él no le respondió nada. Sus discípulos se acercaron y le pidieron: "Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos". Jesús respondió: "Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel". Pero la mujer fue a postrarse ante él y le dijo: "¡Señor, socórreme!". Jesús le dijo: "No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros". Ella respondió: "¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!". Entonces Jesús le dijo: "Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!". Y en ese momento su hija quedó curada.

Comentario

Al contrario de lo que le ocurría en tierra judía, Jesús encuentra unas extraordinarias demostraciones de fe en tierra gentil. Una mujer acude al Señor en favor de su hija enferma, con una petición que parte de lo más profundo de su ser y que contrasta con muchos rezos nuestros de pronto rutinarios y formales.

Esta misma jaculatoria la repiten los clérigos de rito oriental todos los días y a toda hora, mientras pasan unas cuentas parecidas a nuestras camándulas: “Señor Jesús, Hijo de Dios, ten compasión de mí que soy pecador”.

Esa ‘camándula’ es un cordel negro o granate, con treinta y tres nudos donde predomina una cruz o una cuenta. Su uso se ha recuperado hoy en ambientes cristianos ligados a la Liturgia Hispana aunque la tradición viene de lejos: se entrega desde la antigüedad a los monjes como un sacramental para la repetida invocación del santo Nombre de Jesús. Se le da el nombre latino de Funis precationis o "cordón de oración" en español, si bien entre los orientales se le denomina Chotki en ruso, Komvologion en griego y másbaja en árabe.

Según dice el Catecismo de la Iglesia Católica (No. 2667): “Jesús no sólo oraba constantemente, sino que enseñó la necesidad de "orar sin descanso" (Lc 18,1) y mandó a los suyos: "Velad y orad en todo tiempo" (Lc 21, 36). La comunidad cristiana repite el mandato del Maestro: "Haced en todo tiempo, mediante el Espíritu, toda clase de oraciones..." (Ef 6, 18). Esto se concretó en la antigua y breve fórmula de la tradición cristiana Kyrie eleison o su expresión más elaborada: Señor Jesús, Hijo de Dios, ten piedad de mi, pecador.

Es esta una oración eminentemente bíblica ya que todos sus elementos se encuentran en la Sagrada Escritura. Es la oración humilde del publicano en el Templo que aspira a la misericordia divina: "¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, pecador!" (Lc 18, 13); podemos reconocerla en la oración de los dos ciegos: "¡Ten piedad (eleison) de nosotros, Hijo de David!" (Mt 9, 27); en la mujer cananea; "¡Ten piedad (eleison) de mí, Señor, Hijo de David!" (Mt 15, 23) y en el padre del epiléptico: "Señor, ten piedad (eleison) de mi hijo..." (Mt 17, 15). En la súplica de los diez leprosos encontramos la invocación del santo Nombre: "¡Jesús, maestro, ten piedad (eleison) de nosotros!" (Lc, 17, 13). Asimismo en la súplica del ciego Bartimeo en Jericó: "¡Hijo de David, Jesús, ten piedad (eleison) de mí!" (Mc 10, 47-48; Lc 18, 38-39).

Ojalá incorporáramos a nuestra oración diaria esta significativa súplica al Señor.

Dios los bendiga...

Con información de mozarabia.com