¡Amor y paz!
Al poner Jesús pie en la región de los gadarenos (Gadara ciudad helenística que se encontraba cerca del mar de Galilea), van inmediatamente a su encuentro dos hombres endemoniados que desean salir de su estado y ven en Jesús una posibilidad de vida.
Lo destacado del relato es que Jesús libera a los hombres del miedo a los demonios; éstos no tienen realmente poder alguno y quedan sometidos instantáneamente con una palabra del Señor. Hay un solo poder con el que los hombres deben contar: el poder de Dios.
Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este Miércoles de la XIII Semana del Tiempo Ordinario.
Dios los bendiga…
Evangelio según San Mateo 8,28-34.
Cuando Jesús llegó a la otra orilla, a la región de los gadarenos, fueron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros. Eran tan feroces, que nadie podía pasar por ese camino. Y comenzaron a gritar: "¿Que quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?" A cierta distancia había una gran piara de cerdos paciendo.
Los demonios suplicaron a Jesús: "Si vas a expulsarnos, envíanos a esa piara". El les dijo: "Vayan". Ellos salieron y entraron en los cerdos: estos se precipitaron al mar desde lo alto del acantilado, y se ahogaron. Los cuidadores huyeron y fueron a la ciudad para llevar la noticia de todo lo que había sucedido con los endemoniados. Toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, al verlo, le rogaron que se fuera de su territorio.
Comentario
Jesús atraviesa a la otra orilla. A la otra» región. Al lugar de los no judíos», la región de los gerasenos. En su paso por ese lugar se encuentra con dos endemoniados que se encontraban en el cementerio. Los endemoniados eran muertos en vida por eso frecuentaban el cementerio como el lugar donde reposan los muertos.
Los endemoniados reconocen en Jesús al Hijo de Dios, le temen y le interpelan. Jesús también les lleva el milagro del amor de Dios a ellos rompiendo las barreras culturales, y manifestando la universal salvación de Dios que no se dedica a un solo pueblo, como lo entendieron los israelitas y como aún lo comprenden; Jesús proclama a su Padre como el Padre de todos en el universo y así manifestó el inicio del Reinado de Dios en medio de los de Generaza.
La liberación de los endemoniados por parte de Jesús no es por la fuerza, que siempre destruye y degenera; es una liberación realizada por el amor de Dios, que incluye a los excluidos y llama al perdón a los pecadores. Es el Dios que da una nueva oportunidad en la vida y no condena por los fracasos y por los desatinos. El Dios de la Biblia es el Dios que entiende la realidad del ser humano y por eso lo vuelve a llamar y le vuelve a proponer su misericordia y su amor.
La gente del pueblo de los gerasenos quedaron admirados por la liberación que Jesús hizo de los endemoniados. Dios no hace caso de las barreras creadas por los sistemas; a él le importa el ser humano integralmente, y por eso lo rescata del abismo y le da la posibilidad de ser una creatura nueva, con capacidad de luchar por su comunidad y de dar testimonio del amor de Dios manifestado en su vida.
Servicio Bíblico Latinoamericano
www.mercaba.org
miércoles, 30 de junio de 2010
martes, 29 de junio de 2010
¿Quién es Jesús para usted?
¡Amor y paz!
Es muy significativo que en estos días en que estamos meditando las exigencias que les hace Jesús a quienes quieran seguirlo, esto es a sus discípulos, la Iglesia nos proponga considerar el invaluable testimonio de los santos apóstoles Pedro y Pablo.
Es también hoy una ocasión para orar por un testigo actual del valor poderoso y transformador del conocimiento y seguimiento de Cristo: el Papa Benedicto XVI.
Por supuesto, es una oportunidad para que nos preguntemos quién es Jesús para cada uno de nosotros. La concepción que tengamos de Él nos dirá mucho sobre qué clase de cristianos somos.
Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este martes en que celebramos la solemnidad de los Apóstoles Pedro y Pablo.
Dios los bendiga…
Evangelio según San Mateo 16,13-19.
Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: "¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?". Ellos le respondieron: "Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas". "Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?". Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo". Y Jesús le dijo: "Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo".
Comentario
Igual que los Santos Pedro y Pablo y el resto de los apóstoles, nuestro discipulado y misión consiguiente está edificada sobre nuestra relación personal con Jesucristo. La mayoría de nosotros, cristianos de esta generación, hemos conocido a Jesús “de oídas.” Nos hemos bautizado y hecho cristianos porque literalmente otro lo ha pedido por nosotros. Hasta entonces nuestra fe es fruto de la fe de otros, de algunos miembros señalados de nuestra familia, la más cercana y la ampliada. Pero en un determinado momento de la vida, Jesús nos sale personalmente al encuentro y nos reta a responder a esta pregunta muy personal: “¿Quién soy yo para ti?” ¿Cómo respondemos a este requerimiento? Esta pregunta de fe es de primera y máxima importancia.
Conocer bien cómo contestarla proporciona una visión clara y una misión en la vida, ciertamente no sin dificultades y sacrificios.
Para San Pedro (antes Simón), el encuentro con Jesús llegó tardíamente, una vez establecido. Pescador de profesión, con esposa y familia, Pedro se encontró con Jesús en la orilla de mar (ver Mc 1, 16-18; Lc 5, 1-11) y este encuentro cambió el curso de su vida.
San Pablo (antes Saulo) encontró a Jesús de un modo muy diferente. Era todavía joven, y ya comprometido ardientemente con las preguntas de la fe. De hecho pudo considerársele un líder religioso de su tiempo (ver su confesión personal en Gál 1, 11-15). Pero Jesús resucitado le buscó hasta el final. El Señor se manifestó a Pablo en medio de una luz cegadora, camino de Damasco, mientras perseguía fieramente a los seguidores de Cristo (ver Hch 9, 1-9 y par. En Hch 22 y 26). En aquella encrucijada, se abrieron los ojos de Pablo a la verdadera identidad de Jesús. Como consecuencia, fue descubriendo gradualmente su misión en la vida y, con la fuerza del mismo Espíritu de Cristo, la cumplió hasta el final, es decir, hasta llegar al martirio.
“¿Quién dices tú que soy yo?” es una pregunta personal que resuena a través de los tiempos. Lo mismo que la hizo Jesús a Pedro y Pablo durante su vida concreta, el Señor crucificado y resucitado continúa haciéndola a cada uno de nosotros. Nos reta y nos invita a una vida de riesgo que, desde la fe, hace una propuesta de fe y, desde el valor, al valor.
www.discipulasdm.org
Es muy significativo que en estos días en que estamos meditando las exigencias que les hace Jesús a quienes quieran seguirlo, esto es a sus discípulos, la Iglesia nos proponga considerar el invaluable testimonio de los santos apóstoles Pedro y Pablo.
Es también hoy una ocasión para orar por un testigo actual del valor poderoso y transformador del conocimiento y seguimiento de Cristo: el Papa Benedicto XVI.
Por supuesto, es una oportunidad para que nos preguntemos quién es Jesús para cada uno de nosotros. La concepción que tengamos de Él nos dirá mucho sobre qué clase de cristianos somos.
Los invito, hermanos, a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este martes en que celebramos la solemnidad de los Apóstoles Pedro y Pablo.
Dios los bendiga…
Evangelio según San Mateo 16,13-19.
Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: "¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?". Ellos le respondieron: "Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas". "Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?". Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo". Y Jesús le dijo: "Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo".
Comentario
Igual que los Santos Pedro y Pablo y el resto de los apóstoles, nuestro discipulado y misión consiguiente está edificada sobre nuestra relación personal con Jesucristo. La mayoría de nosotros, cristianos de esta generación, hemos conocido a Jesús “de oídas.” Nos hemos bautizado y hecho cristianos porque literalmente otro lo ha pedido por nosotros. Hasta entonces nuestra fe es fruto de la fe de otros, de algunos miembros señalados de nuestra familia, la más cercana y la ampliada. Pero en un determinado momento de la vida, Jesús nos sale personalmente al encuentro y nos reta a responder a esta pregunta muy personal: “¿Quién soy yo para ti?” ¿Cómo respondemos a este requerimiento? Esta pregunta de fe es de primera y máxima importancia.
Conocer bien cómo contestarla proporciona una visión clara y una misión en la vida, ciertamente no sin dificultades y sacrificios.
Para San Pedro (antes Simón), el encuentro con Jesús llegó tardíamente, una vez establecido. Pescador de profesión, con esposa y familia, Pedro se encontró con Jesús en la orilla de mar (ver Mc 1, 16-18; Lc 5, 1-11) y este encuentro cambió el curso de su vida.
San Pablo (antes Saulo) encontró a Jesús de un modo muy diferente. Era todavía joven, y ya comprometido ardientemente con las preguntas de la fe. De hecho pudo considerársele un líder religioso de su tiempo (ver su confesión personal en Gál 1, 11-15). Pero Jesús resucitado le buscó hasta el final. El Señor se manifestó a Pablo en medio de una luz cegadora, camino de Damasco, mientras perseguía fieramente a los seguidores de Cristo (ver Hch 9, 1-9 y par. En Hch 22 y 26). En aquella encrucijada, se abrieron los ojos de Pablo a la verdadera identidad de Jesús. Como consecuencia, fue descubriendo gradualmente su misión en la vida y, con la fuerza del mismo Espíritu de Cristo, la cumplió hasta el final, es decir, hasta llegar al martirio.
“¿Quién dices tú que soy yo?” es una pregunta personal que resuena a través de los tiempos. Lo mismo que la hizo Jesús a Pedro y Pablo durante su vida concreta, el Señor crucificado y resucitado continúa haciéndola a cada uno de nosotros. Nos reta y nos invita a una vida de riesgo que, desde la fe, hace una propuesta de fe y, desde el valor, al valor.
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