miércoles, 19 de agosto de 2009

JESÚS NECESITA TRABAJADORES PARA SU OBRA

¡Amor y paz!

Hoy (miércoles de la 20a. semana del T.O.) leeremos la parábola de los trabajadores de la viña que laboran un número desigual de horas y, sin embargo, reciben el mismo salario.

Lo importante aquí no son los sueldos ni la equidad social, sino la generosidad de Dios que llama a jóvenes y adultos, a fuertes y a débiles, a laicos y a religiosos, a hombres y a mujeres y a todos les da su recompensa, aunque hayan trabajado menos.


Abrahán fue llamado a los setenta y cinco años y Samuel, cuando era jovencito. Unos fueron convocados cuando amanecían a la vida y otros cuando ya se les ponía el sol.

En su comentario, San Juan Crisóstomo se refiere a alguien que fue convocado a la última hora –a la undécima—pero que dio testimonio de Jesús en momentos en que todos o casi todos lo abandonaban.


Dios los bendiga…

Evangelio según San Mateo 20,1-16.

Porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña. Trató con ellos un denario por día y los envió a su viña. Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza, les dijo: 'Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo'. Y ellos fueron. Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: '¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?'. Ellos les respondieron: 'Nadie nos ha contratado'. Entonces les dijo: 'Vayan también ustedes a mi viña'. Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: 'Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros'. Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario. Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario. Y al recibirlo, protestaban contra el propietario, diciendo: 'Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada'. El propietario respondió a uno de ellos: 'Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?'. Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos".

COMENTARIO

¿Qué es lo que ha hecho el buen ladrón para poder participar del paraíso después de la cruz?... Mientras que Pedro había negado a Cristo, el ladrón, desde lo alto de la cruz, daba testimonio de él. Y no digo esto para desanimar a Pedro; lo digo para poner en evidencia la grandeza de alma del ladrón... Este ladrón, mientras que todo el populacho estaba alrededor de él bramando, vociferando, llenándolos de blasfemias y sarcasmos, no tuvo en cuenta nada de esto. Ni tan siquiera tuvo en cuenta el miserable estado de la crucifixión que, de manera evidente, tenía delante de él. Recorrió todo este panorama con una mirada llena de fe... Se volvió hacia el Señor de los cielos y volviéndose hacia él, le dijo: «Acuérdate de mí, Señor, cuando llegues a tu Reino» (Lc 23,42). No queramos eludir la desenvoltura y el ejemplo del ladrón, no nos avergoncemos de tomarlo como maestro a él a quien Nuestro Señor no tuvo a menos hacerlo entrar el primero en el paraíso...

No le dijo, como a Pedro: «Ven, sígueme y haré de ti un pescador de hombres» (Mt 4,19). Tampoco le dijo como a los Doce: «Os sentaréis sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel» (Mt 19,28). No le pagó con ningún título; no le enseñó ningún milagro. El ladrón no le vio resucitando a un muerto, ni expulsar demonios, no vio que el mar le obedeciera. Cristo no le dijo nada ni del reino ni de la gehena. Y, sin embargo, dio testimonio a su favor delante de todos y le dio en herencia el Reino.

Por San Juan Crisóstomo (hacia 345-407), presbítero en Antioquía, después obispo de Constantinopla, doctor de la Iglesia - ©Evangelizo.org 2001-2009.

martes, 18 de agosto de 2009

O SERVIMOS A DIOS, O AL DINERO

¡Amor y paz!

Los invito a leer y meditar el Evangelio y el comentario, en este martes de la 20ª semana del tiempo ordinario.

Dios los bendiga…

Evangelio según San Mateo 19,23-30.

Jesús dijo entonces a sus discípulos: "Les aseguro que difícilmente un rico entrará en el Reino de los Cielos. Sí, les repito, es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos". Los discípulos quedaron muy sorprendidos al oír esto y dijeron: "Entonces, ¿quién podrá salvarse?". Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: "Para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible". Pedro, tomando la palabra, dijo: "Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos tocará a nosotros?". Jesús les respondió: "Les aseguro que en la regeneración del mundo, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, ustedes, que me han seguido, también se sentarán en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel. Y el que a causa de mi Nombre deje casa, hermanos o hermanas, padre, madre, hijos o campos, recibirá cien veces más y obtendrá como herencia la Vida eterna. Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros.

REFLEXIÓN

¿Para qué escamotear el sentido de las palabras de Jesús? Sencillamente, si ponemos nuestro corazón en las riquezas, desplazamos de él a Jesús.

El dinero, los bienes de fortuna no son malos por sí mismos. Sólo que muchos los han convertido en el fin y la razón de sus vidas. ¿Por qué estudian? ¡Por dinero! ¿Por qué trabajan? ¡Por dinero! ¿Por qué viven? ¡Por dinero! Y así las cosas, haciendo del dinero el nuevo ‘dios’, tienen vía libre para llegar a estafar, engañar, explotar, delinquir y hasta matar por dinero. Así que o servimos a Dios o al dinero.

Jesús nos propone que elijamos su amor por encima de otros amores que pueden ser válidos. Se trata de optar por Él como valor supremo. Se trata de no amar a nadie más que a Él.

Este amor preferencial a Jesús potencia nuestro amor por los demás. Si no se ama a Jesús, no se ama a los demás. Por algo dice San Juan: «Si alguno dice: 'Amo a Dios', y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano» (1 Jn 4,20-21). Lo malo es anteponer otros intereses, otros amores que están en contraposición con Dios. Lo peligroso es que los amores a las cosas, a las riquezas, a las criaturas, nos distancien de Él.

El Papa Benedicto XVI terminaba la homilía de inicio de su servicio a la Iglesia diciendo a los jóvenes: “¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a Él, recibe el ciento por uno”.

Es que al final de nuestra existencia, cuando pasemos de esta vida a la eterna, el Señor no nos juzgará porque tuvimos tantas casas, o tantos vehículos, o tantas cuentas corrientes o porque recibimos tantos títulos o porque hicimos tantos viajes por el mundo.

Así lo entendió Francisco de Asís cuando se despojó de sus galas para casarse con ‘madonna povertá (la señora pobreza). Pese a que los bienpensantes del pueblo lo juzgaron como loco, porque lo “había perdido” todo, él sabía que había “ganado” lo verdaderamente importante: la vida eterna. Asimismo, el mendigo de Tagore, cuando vació sus alforjas, supo que, en vez de perder un grano de trigo, había ganado un grano de oro.

Recordemos las palabras de San Juan de la Cruz: “Al atardecer de nuestra vida se nos juzgará de amor”.

No faltará quien, el día del juicio, responda: “Pero, cómo, ¡si me pasé la vida haciendo dinero!” Por eso, no se fijó, como el rico Epulón, que había muchísimos Lázaros reclamando un mendrugo de pan. Jamás amó a Dios y por tanto jamás amó a sus hermanos.